Imagen de portada: Página12
Cuidado editorial: Helga Fernández
El río que mira
Recorrer el Monumento a las Víctimas del Terrorismo de Estado en el Parque de la Memoria, en la costanera norte de Buenos Aires, es hacer la experiencia de una conquista vital. Allí, bordeando la orilla del Río de la Plata —donde arrojaron vivos a tantos que hoy permanecen desaparecidos—, la gente recorre monumentos, instalaciones, cartelería que señala en la vía pública los estragos de la dictadura. Los niños andan en bicicleta, se multiplican las rondas de mate entre amigos. Es una decisión política: emplazar la vida, dar nombre a cada uno de los 30.000. Un sitio donde muchas veces es posible encontrar flores sobre alguno de los nombres, como si se tratara de un cementerio. Tal vez el único posible dada la desaparición de los cuerpos.
El viento agita las aguas marrones en una rítmica perseverante, la del fluir constante y la del agua golpeando la orilla de cemento que le prestó el Parque para que siempre haga escuchar esa melodía inquietante. Un sonido que captura la mirada. Y cuando la hipnosis acuática envuelve al visitante, lo sorprende una silueta en medio de las aguas.
La escultura de Claudia Fontes
Reconstrucción del retrato de Pablo Míguez. Una silueta que se mece de espaldas a quien mira desde la orilla. Llena de pájaros que suelen posarse y ofrecerle estar envuelta de vuelos de la vida.
Pequeñas trampas de la memoria: recordaba la escultura más cercana a la orilla. Me obstiné en pensar que la habían alejado. Así de absurdo. O no tanto, en un contexto político como el actual, donde se pisotea la política de Derechos Humanos. Entonces decido quedarme con esa idea: también alejaron la escultura. Cambio el lente de mi cámara para acercar el retrato de Pablo Míguez a una distancia que se lleve mejor con mi recuerdo y mi sentir. Lo acerco todo lo que puedo antes de que se borronee la imagen. Está cerca. Tan cerca como lo pretendía mi recuerdo.
Entonces ahora sí. Hago la foto. Por suerte llego a una hora donde el sol ya va cayendo, lo que hace más fácil la fotografía para una inexperta. Hago varias, quiero que ese movimiento del viento jugando con el agua se note. Luego dejo de disparar y sólo observo el retrato detrás de la lente. Una espalda. La pierna izquierda algo flexionada, generando una pequeña inclinación, el brazo derecho sujeta flexionado al izquierdo sobre la espalda. La pose anticipa una mirada, un gesto de contemplación.
Pablo nos da la espalda y en esa posición el retrato parece incluir a quien lo mira mirar. Decido no contar la historia de Pablo. Quien quiera saber sobre él y su destino en manos asesinas podrá encontrar su breve biografía de catorce marzos. Decido, en cambio, rescatar el gesto del arte para intervenir el territorio, politizándolo, modificando para siempre la escena pública. Donde desaparecieron, se hace presente una ausencia que interpela: no se trata de un río cualquiera. Se trata de una tumba líquida.

Dos veces Julio
El artista Gabriel Orge proyecta fotografías de desaparecidos en diferentes territorios. Una calle, un edificio, la ribera de un río. En el documental (Des)aparecer de Piotr Cieplak se lo puede escuchar testimoniando sobre su trabajo, sobre las historias que se recuperan con cada proyección, destacando la importancia de las fotografías de desaparecidos que «construyen un relato familiar o colectivo de la historia».
Sus fotografías intervienen el espacio público, ese mismo que fue escenario de desapariciones. Parecen escribir que allí donde aparecen, faltan. Incrustan de modo efímero lo siniestro de la desaparición en el paisaje. Hacen visible la ausencia.
De todos sus trabajos, uno me conmueve particularmente: la intervención en el río Ctalamochita —donde el fotógrafo aprendió a nadar en contra de la corriente— de la foto de Jorge Julio López realizada por Helen Zout en su serie Huellas de desapariciones.
Jorge Julio López fue desaparecido en 1976. Sobrevivió. Testimonió en el juicio contra Etchecolatz: gritó, se conmovió, imitó el tono gangoso del asesino de su compañera, se levantó de la silla de testigo para reproducir con su cuerpo los gestos que describía. En septiembre de 2006 desapareció otra vez. En democracia. Este año se cumplen veinte años de esa segunda desaparición.
En la fotografía de Zout, del año 2000, Jorge Julio López tiene el torso desnudo, cierra los ojos y los aprieta, su cabello blanco parece crispado. Tal vez una de las imágenes más grabadas en nuestra memoria colectiva. Inscribiendo su obra en esa tradición fotográfica, Gabriel Orge proyecta la imagen en la vera de un río.
Anochece y el claroscuro de esa intemperie natural abriga un rostro donándole venas vegetales en su piel que se espejan en el agua del río. Dos veces Julio en una ráfaga fotográfica. Quien mira la foto de Zout proyectada por Orge no logra comprender si se trata de un rostro emergiendo fantasmalmente o hundiéndose.
La naturaleza, lejos de armonizar lo siniestro, lo revela. Lo deja entrever.
Tanto en la escultura de Fontes como en los ojos cerrados de Jorge Julio López emerge la fisonomía de un Rostro. Ese que según Lévinas conlleva una relación ética: «El rostro es lo que no se puede matar, o, al menos, eso cuyo sentido consiste en decir: ‘No matarás'».
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