Cuidado editorial: Valeria González
El 24 de marzo se cumplen cincuenta años del golpe de Estado en Argentina.
Cincuenta años de delitos de lesa humanidad que aún nos pasan entre ausencias y pactos de silencio, pero también entre juicios, arte y palabras.
Desde Fogonazos escriturales a cargo de Valeria González, iremos publicando una serie de crónicas breves que intentan visibilizar no sólo el horror, sino el poder de una comunidad que ha hecho que el lazo no claudique.
Nos siguen faltando. Los buscamos.
Nota de edición
En honor a las víctimas del centro clandestino de detención, tortura y exterminio El Olimpo.
Y en nombre de quienes, sin haberlo elegido, crecimos en el lugar equivocado.
I. La casa
Era una casa de barrio, tipo chorizo. Un chorizo que atravesaba la manzana. La puerta de entrada daba a la Avenida Rivadavia; el jardín terminaba en la calle Yerbal. El perímetro estaba rodeado con una alarma. Cuando sonaba, las corridas retumbaban arriba de mi cabeza. El techo de mi habitación era el piso de la terraza: de día, yo jugaba; de noche, se convertía en torre de vigilancia.
Pegado al living, abajo de una escalera, estaba La Baticueva: el cuarto donde se apostaban los hombres que cuidaban de nosotros. Según parecía.
Mi lugar favorito era el cuartito de arriba, donde iban a parar la ropa vieja y los libros. Algunos libros tenían un sello que decía CENSURADO. No sabía qué quería decir eso, pero entendía que no debía leerlos.
En la pared más grande del comedor colgaba el retrato de un hombre de bigotes finos, ceño fruncido, venas marcadas en la sien, nariz aguileña y una ceja más alta que la otra. Te sentaras donde te sentaras, no te sacaba los ojos de encima. Pero lo peor no era la foto. Cuando él estaba en la casa había que guardar silencio. Un paso en falso podía desatar su furia.
En otra pared, un escudo atravesado por dos espadas. Una vez escuché que había salido de una de las casas reventadas. Cuando alguien preguntaba qué era, Él respondía: una heráldica de familia. Yo pensaba: ¿cómo sería la casa de la que se lo llevaron?, ¿ahí también habría niños?, ¿dónde estarán ahora?
En la pared izquierda, adentro de una vitrina, una bazuca con su trípode. Regalo del General Suárez Mason para Él. Mi abuelo.
II. El entrenamiento
Tenés que cerrar un ojo y dejar el otro abierto, enmarcar en el centro de la V el blanco, respirar hondo, contener el aliento y disparar. Las clases eran con un rifle de aire comprimido que había sido de Él cuando era chico y después de mi papá. A mi hermano y a mí no se nos ocurría que alguna vez nos haría disparar con las armas de verdad. Esas eran de Él. No se tocaban. Estaban cargadas por el diablo.
Mi abuelo tenía una pistola negra que se sacaba de la cintura ni bien entraba en la casa. La dejaba arriba del calefactor de su habitación. Sólo la escondía cuando venían visitas. Es feo que la gente tenga que ver estas cosas, decía.
Párense derechitos, en posición de atención. Los talones juntos y los pies separados, formando un ángulo de 45 grados. Erguidos, mirando hacia el frente. Las manos con el puño cerrado. Después gritaba: Mar.
Mar era la orden de marche. El comando de ejecución. Mi hermano adelante, yo atrás. Una fila de dos.
Cuando nos aburríamos, cambiábamos la cadencia. Habíamos ideado un código secreto: si yo le rozaba la espalda con un dedo, marchábamos a un ritmo; con dos dedos, a otro. Canciones que él no podía escuchar.
Mi abuelo gritaba: ¿Me están cargando? Así no infunden respeto. ¿Respeto a quién?, pensé, hasta que una vez se lo pregunté. Al enemigo, contestó.
III. El interrogatorio
Comía solo, como los monarcas. Milanesas con puré de lunes a lunes. Mi abuela le cortaba la carne en pedacitos. Le llenaba el vaso cada vez que se vaciaba. Comentaban, en chiste, que ella probaba la comida primero para asegurarse de que no estuviera envenenada. Cada tanto me invitaba a su mesa. Decía que así me instruía en el arte de la conversación.
Abuelo: ¿Qué hacías en el cuartito de arriba?
Yo: Jugaba.
Abuelo: ¿A qué?
Yo: A la maestra.
Abuelo: A la maestra ciruela.
Yo: No, la maestra ciruela no me gusta.
Abuelo: ¿Y eso por qué?
Yo: Porque no me gusta la gente que manda.
Abuelo: ¡Ah, sos comunista!
Yo: No sé qué es comunista.
Abuelo: Eso que leés en el libro rojo.
Yo: No leo el libro rojo.
Abuelo: Entonces cómo sabés que hay un libro rojo.
Yo: Porque vos lo nombrás.
Abuelo: ¿Sabés lo que quiere decir CENSURADO?
Yo: Sí. Que a alguien le resulta peligroso que se lea lo que dicen.
Abuelo: Muy peligroso, ¿entendés? ¿A qué jugaban con tu hermano?
Yo: Al príncipe y la princesa. Yo tenía una coronita y él un cetro de poder.
Abuelo: ¿Un cetro de poder?
Yo: El coso rojo del placard. Ese, como un palo, con el que se le da electricidad a las vacas.
Abuelo: No usen más ese aparato. Decime, ¿qué aprendiste del libro rojo?
Yo: No leo el libro rojo.
Abuelo: Entonces por qué lo nombrás como si supieras de qué hablo.
Yo: Porque vos lo nombrás todo el tiempo.
Abuelo: Ja, ja, ja. Menos mal que no sos más grande. Si no, ya te hubieran chupado.
IV. La apropiación
Decía que era más mi papá que mi propio papá, porque era el papá de mi papá.
Mi mamá pensaba que él podía robarnos. Arrebatarnos. A veces nos quedábamos horas en la puerta de la casa sin entrar. Ella no se atrevía a hacerlo.
Cada vez que mis padres señaban un departamento para mudarnos los cuatro solos, Él malograba el acto. Nunca supe cómo.
V. Los últimos días
Murió a principios del milenio. Los últimos días fueron de dolor y confusión.
Nombraba cuartos con números. Los pronunciaba como quien da coordenadas de un lugar que conoce. No eran habitaciones de hospital. Eran celdas. Los cubículos donde se encerraba a las personas secuestradas.
Se agitaba, gritaba, quería levantarse. Tenía la certeza de que estaban torturando a su mujer y a su hijo —mi papá. De que alguien, en algún lugar, les estaba haciendo lo que él sabía que se les hacía a los seres humanos depositados en esos cuartos. Me pedía que los ayudara, que por favor hiciera algo. Decía que les estaban dando máquina.
Años después pude reconocer que esas imágenes que nombraba, las habia visto. No fueron el delirio de un viejo desorientado.
Lo que volvía no era la locura. Era la memoria.
Si escribo esto es porque todavía hay quienes llaman guerra a lo que pasó. Como si hubiera habido dos bandos, dos fuerzas equivalentes, dos violencias simétricas. Lo que yo puedo atestiguar desmiente esa ficción desde un lugar inesperado: la casa del represor.
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