Una arqueología espectral. Por Valeria González


Imagen de portada*: Valeria González

Cuidado editorial: Helga Fernández


El 24 de marzo se cumplieron cincuenta años del golpe de Estado en Argentina.

Cincuenta años de delitos de lesa humanidad que aún nos pasan entre ausencias y pactos de silencio, pero también entre juicios, arte y palabras.

Desde Fogonazos escriturales a cargo de Valeria González, iremos publicando una serie de crónicas breves que intentan visibilizar no sólo el horror, sino el poder de una comunidad que ha hecho que el lazo no claudique.

Nos siguen faltando. Los buscamos.

Nota de edición


Que los ojos de los desaparecidos los sigan por siempre

Y los llantos de sus madres nunca los dejen dormir.

Lety Hidalgo, citada por Ileana Diéguez Caballero

A la memoria de Lorena Ingrassia

Una pregunta atraviesa el texto A la salud de nuestros muertos de Vinciane Despret, ¿de qué manera entran los muertos en la vida de los vivos?

Pensaba cuando leía, que ni siquiera esa pregunta es posible de ser formulada al descuido cuando se trata de un desaparecido. Porque un desaparecido no es un muerto. Les han robado hasta la muerte. A ellos, a sus familiares. También al espacio público en su conjunto de donde faltan.

Entonces ¿Qué vínculos se vuelven posibles con quien permanece en ese umbral?

Es desde ese carácter liminal del ni vivos ni muertos, que Mariana Tello Weiss indaga en Fantasmas de la dictadura −durante casi veinte años de investigación y nueve años de trabajo en el Centro Clandestino de Detención La Perla−, sobre episodios como apariciones, energías, fantasmas y apariciones en sueños, manifestaciones que se sustraen a cualquier modo de la existencia basado en algo tangible y concreto. Ya que el modo de subjetivación que encarna ese terror es el desaparecido, el modo en el que se manifiesta es el espectro.

Cuenta en su libro sobre los modos de excusarse de quienes le han confiado experiencias que pueden enmarcarse en una ontología espectral. ¿De qué se excusan? De ser tomados por locos —la misma categoría con la que los genocidas intentaron deslegitimar el reclamo de las Madres de Plaza de Mayo—. Es que si a la exigencia de producir datos objetivables y sujetos a estrictos regímenes de verdad, se le suma, en contextos donde el negacionismo sigue invalidando denuncias, cifras, testimonios y juicios, la ausencia misma de restos, entonces es esperable que este tipo de experiencias con espectros que quedan etnografiadas en su libro, sean contadas con prolegómenos que excusan a quienes las transmiten.

Es que los delitos cometidos durante el genocidio en nuestro país confrontan, no sólo con lo indecible y como escribió Jorge Semprún en La escritura o la vida, con lo invivible, sino con lo increíble. Porque vérselas con eso solicita de cada uno y del conjunto de la sociedad, una decisión de adentrarse en lo inhumano.

De armar las distancias que lo vuelvan posible; prestar oído a los testimonios. Pensar y teorizar, sin emplazar deidades conceptuales; transmitir y llegar a hacer pasar con el arte algo de ese tajo en la trama ficcional social. Experimentar y reunirse con otros, marchar, poner el cuerpo en la calle. De seguir empuñando sus fotos y sus nombres; armar una señalética que indique una ausencia y devuelva a ese que falta, también del espacio público.

Ileana Diéguez Caballero en su libro Cuerpos liminares. La performatividad de la búsqueda, da cuenta no sólo de la búsqueda de desaparecidos en México, sino de la relación que, quienes buscan, tienen con los muertos. Sus muertos. Y que, admitiendo esas presencias efímeras, afirmándolas y dejándose instruir por ellas, han llevado en muchos casos, a poder identificar las fosas comunes donde los restos de sus familiares intentaron ser expropiados hasta de la humanidad de la tumba. Plantea ya desde el título, la liminalidad como potencia que siempre expresa una situación relacional, un tejido de vínculos con otras y otros, con presencias y ausencias, con materialidades y espectralidades.

¿Acaso hablar de fantasmas, espectros y apariciones no es también un modo de instaurar la muerte allí de donde fue erradicada? Tal vez, pero también se trata de un modo específico de lidiar con esa liminalidad estragante que hace del desaparecido ni un muerto ni un vivo.  Los fantasmas y la injusticia tienen una larga historia.

Dice Helga Fernández en Vinciane Despret y una objeción al psicoanálisis, publicado en la revista En el Margen: si constatamos una y otra vez que el inconsciente no va de suyo, que requiere de nuestra posición tanto como de ese médium que es la transferencia, ¿por qué descreemos y así abolimos otros modos de presencia?, Ética y óntica no se contrarían, se enlazan. Ciertas manifestaciones tienen lugar en la medida en que no las explicamos ni las comprendemos, en la medida que nos dejamos instruir y nos dejamos hacer por ellas, en la medida en que facilitamos que ese algo tome presencia sin que lo garanticemos pero tampoco que lo impidamos.

Es decir, que debemos tomar posición frente a estas apariciones, para que tomen cuerpo. Sitúa una complejización en esta conversación de mujeres, ubicando la necesidad de discriminar entre los muertos y la irrupción de los muertos que no terminan de estarlo, porque con las desapariciones, no hay dónde afirmar la muerte. El desaparecido irrumpe, podríamos decir con Mariana Tello Weiss, también como una aparición que toma diferentes formas y ella las registra.

Adentrarse en estas lecturas no sólo permite hacer lugar a manifestaciones que no comprendemos, por las cuales nos dejamos instruir o no. Sino también dimensionar y dejar en evidencia en estos recorridos la topografía del terror que trazó el genocidio.  

Estas lecturas de cuatro mujeres que intervienen políticamente con su escritura, generan condiciones de hospitalidad para aquellas manifestaciones que ponen en cuestión los modos habituales de conocimiento. Mujeres que no rehúsan a navegar en esta liminalidad siniestra, no estructural, forzada por el genocidio. 

Si como dice Despret, los muertos convierten a los vivos en fabricantes de relatos, nuestro pueblo, o gran parte de nuestro pueblo, ha tenido que construir relatos primero, para emplazar la muerte.

Y lo hemos hecho.

***

*Posdata (sobre la imagen de portada)

Didi Huberman, en Arde la imagen, se pregunta qué sería mirar una imagen, responde con su poesía habitual, que es ser capaz de distinguir ahí donde la imagen arde (…) ahí donde la ceniza no se ha enfriado.

El 24 de marzo de 2013 hice esta foto. Es de una intervención a puro color y retazos pintados del colectivo Arte Memoria. Vi la mariposa de casualidad mientras sacaba fotos a la muestra en medio de la calle 9 de Julio, camino hacia nuestra Plaza, quizá el lugar más insólito para encontrar una mariposa. Estaba posada en el dibujo de una persona, en medio de pequeños mosaicos multicolor que recuerdan que, para que un modo del olvido pueda tener lugar, es preciso recordar y tener memoria de lo que el genocidio infligió en el cuerpo social.  

Pues bien, esa mariposa que nunca es la misma pero que siempre vuelve; que insiste en engalanar las cercanías de Plaza de Mayo, es lo que arde en esta imagen, un encuentro que no es posible bienvenir de otro modo más que dejándome instruir por la memoria de aquellos y aquellas a quienes hoy seguimos buscando y por quienes exigimos Memoria, Verdad y Justicia.


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