Gorki y la cicatriz. Por Fabiana Rousseaux


Imagen de portada: Fabiana Rousseaux

Cuidado editorial: Helga Fernández y Valeria González


El 24 de marzo se cumplieron cincuenta años del golpe de Estado en Argentina.

Cincuenta años de delitos de lesa humanidad que aún nos pasan entre ausencias y pactos de silencio, pero también entre juicios, arte y palabras.

Desde Fogonazos escriturales a cargo de Valeria González, iremos publicando una serie de crónicas breves que intentan visibilizar no sólo el horror, sino el poder de una comunidad que ha hecho que el lazo no claudique.

Nos siguen faltando. Los buscamos.

Nota de edición


Fragmento de escena 1

12 de mayo de 1976, 3 a. m., la hora que los chicos duermen. La hora en que mi madre dormía en el cuarto de al lado. No sé si esperaba que mi padre llegue, o no. Eran raras las noches desde hacía unos meses. 3 a. m., la hora clavada en el cuerpo por los siglos. Durante años temí que siempre fueran las 3. 

Fragmento de escena 2

Sin poder recordar cómo —solo por los efectos sintomáticos que me llevaron a dormir únicamente del lado que se pueda ver la puerta, por muchísimo tiempo—, estaba ya en otra escena, totalmente incomprensible. Sin saber si era verdad o no, ya estaba fuera de mi cama de niña que no llegaba a 12 años. Me habían arrojado a un pequeño living que se parecía mucho al de mi casa pero estaba todo roto. 

Fragmento de escena 3

Demasiados hombres vestidos de fajina, muchos más de los que entraban en una casa tan pequeña, se movían como hormigas monstruosas, mientras incluso uno de ellos me apuntaba con un arma larguísima a la cabeza gritando que abra nuestra preciosa carpa estructural Cacique con la que nos íbamos de vacaciones desde que mi papá la había comprado. Incluso a veces los domingos la abríamos para presumir de ella en los bosques de Ezeiza, mientras nuestro padre hacía el asado con el que le encantaba agasajarnos y nosotros 3 aprendíamos a andar en bicicleta, bajo la mirada de nuestra madre que al mismo tiempo preparaba la mesa o tomaba sol en bikini. 

¿Qué podía tener de peligroso esa carpa tan hermosa? Mientras pensaba eso, empecé a escuchar ruidos de helicópteros en el techito de mi casa. Cuando a veces visito a mi madre, miro ese techito y constato que ahí no cabe un alfiler. Sin embargo, aquella madrugada todo parecía demasiado inmenso. Infinito.

Escena 4 completa

Ya en el diminuto living, invadido por las hormigas monstruosas, una de ellas habla con un libro en la mano. ¿Quién de uds es Fabiana? Soy yo. Me lee la dedicatoria que mi padre me había escrito en ese libro monumental que en mi casa se trataba con muchísimo respeto, La madre* del escritor ruso Máximo Gorki. Debo decir que quizás no era el regalo más acorde para una niña de 8 años que fue cuando mi padre me lo había regalado y lo había leído con él, protestando bastante. 

No puedo recordar su dedicatoria, siempre traté de recordarla, sólo sé por la voz infrahumana que retumba de la hormiga monstruosa aquella, que comenzaba con mi nombre. Ese pedacito de la dedicatoria quedó pegada a la voz del Régimen. Pero claro, esa voz no nombra mi nombre, mi nombre lo nombraba la letra de mi padre en aquella hoja que sin ningún problema y con satisfacción, mientras blasfemaba cosas que no tenían ya ninguna traducción para mí, terminó arrancando ante mis ojos y tiró al piso luego de romperla en pedacitos. Ahí sí, me desperté.

Me quedé helada, quieta, invadida de desamparo, pensando que ni bien mi papá llegara se iba a enojar muchísimo con esa hormiga gigante y maleducada, y que iba a pegar la hoja otra vez y la volvería a poner en su lugar.    

Cicatrizar

Nunca más volví a ver esa hoja, ni a mi papá. Pero ese libro llegó hasta aquí conmigo. Lo volví a abrir hoy, 20 de marzo del 2026, casi 50 años después de aquella madrugada.

Encuentro una foto ni bien lo abro, impactante, se parece a mi living aquella noche.

Leo: 

Aulló la sirena ordenando a la gente que volviera al trabajo. Aquella mañana su aullido era sordo, bajo, vacilante. Abrióse la puerta y entró Ribin. Se detuvo ante ella y, limpiándose con la mano las gotas de lluvia que le resbalaban por la barba, preguntó:

–¿Se lo han llevado?

–¡Se lo han llevado los malditos! —repuso ella suspirando.

(Es decir: mientras escribo me estoy enterando que a los 8, he leído con mi padre, la escena que luego viviríamos en ese mismo lugar donde la leímos.)

Pero a mí me acompaña la cicatriz que ha quedado de la hoja que los malditos arrancaron. Una cicatriz devenida en deseo, en nombre y en amor.


(*) Gorki, Máximo; La madre; Editorial Progreso, Colección Octubre, Moscú, 1972

En toda la historia de la literatura mundial, pocas son las obras que han alcanzado tan enorme número de lectores e influido con tanta fuerza en los destinos de millones de personas como esta novela de Máximo Gorki. Creada en el período de la primera revolución rusa (1905-1907), conserva su actualidad hasta nuestros días y es uno de los libros preferidos en diversos países, constituyendo una especie de «Manual de vida». La idea dominante en la novela es que cuando una persona une su suerte a la del pueblo, a su lucha por la libertad y la dicha, «resucita», vuelve a nacer y se convierte en Hombre con mayúscula.

Inician el libro unas páginas del profesor Boris Biálik, destacado crítico literario soviético, en las que se enjuicia la obra y se habla de Piotr Zalómov y de su madre, prototipos reales de los principales personajes. «Yo conozco y aprecio personalmente a Gorki, no sólo como escritor de talento, estimado incluso en Europa, sino como persona inteligente, buena y simpática». León Tolstói («Diario»).


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