Fotografía: David Munilla, wwww.davidmunilla.com
Cuidado editorial: Marisa Rosso y Laura Gobbato
Había seguido a Lacan literalmente, cuando dice: “Sigan mi ejemplo, no me imiten”. Por eso tenía cierto rechazo por la imitación. Seguir el ejemplo de Lacan, no obstante, significó para mí leer durante mucho tiempo sin comprender del todo, anticipando breves fogonazos de la verdad expuesta en fórmulas enigmáticas, sentencias brillantes, grafos, figuras topológicas y sobre todo nudos. Lo que tomé de Lacan de manera anticipada fue el nudo borromeo, y así, en nombre propio, lo extendí bajo los pies de diversos pensadores, entrelazando discusiones y problemas que se repetían circularmente. No se trataba solo de una aplicación, exógena o automática, sino de lo que fui descubriendo y desarrollando como una lógica de la implicación. La estructura de implicación material que sitúa al pensamiento como nudo singular en su mismo ejercicio. Hasta llegar a darle el nombre de nodaléctica a ese proceder.
Ahora me encuentro con la imitación desde otro lugar, gracias a Serres, quien le da un papel fundamental en la vida y el conocimiento humano (y no solo). El filósofo francés también dice que primero hay que tomar, incorporar, repetir, para recién luego poder comprender, explicar o inventar algo. Y que todo pasa fundamentalmente por el cuerpo, por la imitación de los gestos, el mimo o la mímica, el ejercicio con sus repeticiones y variaciones. Me resulta absolutamente lógico porque he llegado al mismo punto, aunque no suele ser así como se practica en general el conocimiento: todos quieren comprender y explicar cualquier cosa antes que formarse y entrenarse como corresponde, quieren ser críticos antes de sostener un ethos, por eso proliferan las teorías delirantes de todo tipo. También es cierto que se ha abusado en exceso de las estructuras convencionales de transmisión, relaciones de poder y jerarquías infatuadas mediante. No obstante, el Big Data y la IA no pueden reemplazar a los cuerpos presentes y su necesaria formación integral.
Vuelvo entonces sobre la imitación para trazar una demarcación. Serres, quien además de filósofo es deportista y escalador de montaña, escribe: “En el atardecer de mi vida canto esta razón, para la instrucción de mis sucesores. Entonces, ¿qué va a hacer usted a la alta montaña, a su edad? A preparar mi escritura. Estudien, aprendan, por cierto siempre quedará algo, pero, por sobre todas las cosas, entrenen el cuerpo y confíen en él, porque él se acuerda de todo sin molestias ni estorbos. Solo nuestra carne divina nos distingue de las máquinas; la inteligencia humana se distingue de lo artificial por el cuerpo, solamente por el cuerpo.” (Serres, 2011, p. 38)
El ejercicio de distinguirnos de las máquinas me parece necesario porque hay muchas cosas que hacemos en las cuales podemos ser perfectamente reemplazables; pero otras no. Y deberíamos saber cuáles son porque por ahí pasa lo que nos constituye singularmente y es lo que en general olvidamos. Pasa por un cuerpo sintiente, por un modo de disfrute y conexión con el entorno antes que por la perfección alcanzada en los actos y performances. Voy a traer otra cita más extensa de Serres donde se hace explícita nuestra singularidad -en este caso, en su nombre- hasta alcanzar una modulación poética:
“Que la inteligencia se reconstruya artificialmente, por cierto, no veo en esto un desempeño sorprendente, ¿pero la carne, lo sensible, el cuerpo? La encarnación, eso es la cumbre de lo concreto tanto como del saber más abstracto. Nuestros cuerpos disponen en consecuencia de un avance suficiente, de un margen de paz antes de que los eruditos nos molesten gravemente por nuestras escaladas y nuestras siestas sensoriales y perturben nuestras felicidades culturales de sapiencia y de sagacidad, acogidos aun libremente, sin lógica ni cálculo, en un viento frío y en un gran sol, en esa primera tarde de agosto cuando, habiendo bajado de la cumbre del Cervino, acostado en mi jardín, en el suelo, mezclo exquisitamente mis extremidades íntimas, ínfimas, con los temblores externos múltiples de las cimas de los árboles, a treinta metros de altura. Si los espacios, por lo tanto, si los lugares habitables se multiplican, afuera y adentro, y se anudan como los tiempos, el mío, el de la Tierra, el de la historia y de la evolución, ¿cuántos días y noches todavía mi carne de verbo, de tintes y de música permanecerá en el ápex o las aristas de la montaña fascinante, bailando en un equilibrio inestable sobre el filo de su hoja, inmensa lengüeta temblorosa en los labios del viento?” (pp. 49-50)
Aquí tendríamos que tomar una pausa y respirar ese aire de montaña que nos trae Serres, con el cual componemos. Que resuenen sus últimas palabras en nuestras fibras sensibles, si alguna vez nos dispusimos así respecto a la naturaleza o acaso podemos mínimamente imaginarlo.
Por una coincidencia sorprendente, cuando leí este pequeño y hermoso libro, más precisamente ese fragmento, justo había visto un documental sobre lo peligrosa que es la escalada del Cervino; una montaña muy escarpada que se ha puesto de moda después de la pandemia por videos que suben muchos escaladores sin experiencia. Una montañista experimentada contaba que había visto caer a una persona muy amable que la había dejado pasar cuando ascendía y a los pocos metros se desbarrancó en silencio por dejar pasar a otras más. Ella le había advertido al pasar que tenga cuidado y no retroceda tanto. Lo que le impactó, y a mí también en su relato, fue ese detalle en la amabilidad de dejar pasar a costa de la propia vida, y luego el silencio al caer por el precipicio.
Si bien he escalado toda mi vida, por vivir cerca de las montañas y amar la naturaleza, siempre he tenido respeto por las cumbres escarpadas y precipicios; me producen un gran vértigo. En cambio, mi hermana menor es una escaladora profesional y guía de montaña experta que ha superado duras pruebas en esos elevados terrenos. Además, inquieta como es, sigue nutriéndose de lecturas y formándose en múltiples aspectos que exceden su propia área de trabajo; suele leer lo que le mando, incluso mis libros. Así que también le envié el de Serres. Recuerdo que una vez se sacó una foto escalando con Nodaléctica (2018) en la mochila, contando en sus redes que esas escrituras la acompañaban en la montaña. Una gran alegría acompañarla a través de la escritura adonde yo no puedo llegar.
En ese libro se cifra el nombre de la implicación material, practicada antes y después de su publicación, pero que desde la pandemia pasa sobre todo por la formación ético-política y las prácticas de sí, donde la dimensión afectiva resulta crucial. Nada de sentimentalismos, sino qué aumenta o disminuye la potencia de obrar. Insisto mucho en la formación en ese sentido y encuentro en Serres un aliado, así que no debería haberme sorprendido tanto hallar una cita donde expone el nudo originario del conocimiento: “El origen antropológico del conocimiento se anuda en una simulación tan cercana que el amor y el odio se miman y se mezclan, que el mimo mezcla el amor con el odio, que el odio mima el amor para mezclarse a él, y donde, por último, el amor odia al mimo: ésas son las cuerdas del nudo originario y el secreto de su desenlace.” (p. 80)
Entender la lógica del anudamiento resulta crucial para hacer cuerpo los saberes. Agrego otra posibilidad en la lectura nodal, que Serres no menciona: el odio ama al mimo. Esto me da el pie para introducir a qué viene todo esto. La mímesis prolifera bajo términos hoy ampliamente conocidos y repetidos en diversos medios: meme, cosplay, therians, etc. En lugar de rechazarla podemos pensar qué modalidad adquiere la mímesis en estas últimas figuras, y el filósofo francés nos da valiosos elementos para entender la pobreza de las imitaciones contemporáneas.
Mi amigo Luis García, filósofo cordobés como yo, ha publicado un libro cuyos fragmentos puso a prueba primero en las redes digitales, Fascismo cosplay: crónicas del desconcierto en el laboratorio argentino (2026), lo tituló. Limitándose a la extensión que estas permiten, compuso una escritura archicondensada con análisis muy lúcidos sobre el gobierno de ultraderecha que ganó las elecciones en 2023 y sobre nuestro presente desquiciado. Allí comenta cómo la derecha ha sabido apropiarse de las estrategias de la izquierda: “acaso la más eficaz haya sido la apropiación de la mascarada carnavalesca, la performatividad queer de la identidad, ahora bajo la figura del cosplay.” (139) Sin dudas este es un gobierno de farsantes e imitadores mediocres; dando un patético ejemplo, cada vez que puede el presidente se disfraza de rockstar y arma recitales cantando bastante mal, mientras se muestra insensible a todos los dramas reales de la población (los incendios e inundaciones, la desocupación y la pobreza, el cierre de fábricas y el desempleo, etc.). El problema es que con estas performances insólitas deja a todo el arco político fuera de juego, con disonancias cognitivas (y no solo) graves sobre cómo leer el fenómeno, dejando caer la rigidez de las formas de su lado: “El devenir cosplay del fascismo le permite abandonar la rígida topología moderna del fascismo clásico, otorgándole una movilidad táctica para entrar y salir de la democracia, destruirla por dentro, y neutralizar la crítica por pasearse, burlón, como imitación de sí mismo” (García, 2026: 140).
En su momento también escribí (2025) lo que había notado junto a varios colegas y amigos (entre otros, Julian Axat y Julia Monge) leyendo el curso Los anormales de Foucault. Allí se muestra que este fenómeno grotesco o ubuesco resulta intrínseco al poder; el devenir cómicamente cruel, farsesco y ridículo de sus personajes, mientras toman decisiones arbitrarias y autoritarias, es un mecanismo muy antiguo y atraviesa distintos órdenes constitucionales y formas de gobierno (desde el antiguo imperio romano, pasando por las burocracias totalitarias, hasta el neoliberalismo actual). Sucede cada vez que el poder real prescinde de cualquier tipo de legitimación porque las máscaras se han develado como tales. Lo que podríamos ensayar ahora es pensar cómo opera la mascarada o la mímesis en este tipo de fenómenos, ¿son en verdad tan mutantes y creativos en sus disfraces, o más bien muestran una estereotipia y pobreza que los delata en su torpe servidumbre al poder real?
La amiga Helga Fernández (2022) también ha aportado mucho a entender cómo funcionan estas “mandíbulas autómatas” y el vaciamiento de la palabra que produce su transmisión digital o excremental (2026). No obstante, un poco para experimentar y otro poco porque me da cierta pereza leer papers sobre estos temas más recientes (el mimo, el meme, el cosplay, los therians), le solicito a Gemini que me ayude a elaborar un texto que los vincule. Gracias a sucesivas preguntas y especificaciones solicitadas de mi parte la IA pudo ir ampliando o mejorando el contenido inicial. Lo transcribo a continuación con algunas correcciones y ediciones realizadas a posteriori. El título es sugerido también por la IA.
Mimo, Meme, Cosplay, Therian: ¿Hacia una Identidad Plástica o una Cárcel de Espejos?
Tradicionalmente, la imitación ha sido relegada al plano de lo derivativo, la copia o el simulacro; en cualquier caso, una sombra pálida de la realidad original. Sin embargo, si seguimos la huella de Michel Serres (2011), la mímesis se revela como el umbral mismo del conocimiento: el cuerpo solo aprende cuando se vuelve flexible, cuando se hace mimo para habitar el mundo y asimilar las cosas en él, ya sean vivientes o no vivientes. En nuestra época, esta capacidad plástica se ha fragmentado en nuevas y complejas gramáticas de la identidad diseñada bajo patrones algorítmicos. Desde la viralidad abstracta del meme y la encarnación estética del cosplay, hasta la búsqueda ontológica de los therians, la imitación ha dejado de ser un gesto cognoscitivo y artístico potente para convertirse en una estrategia de existencia, pertenencia o supervivencia; una biopolítica. El presente artículo se propone explorar esta transición: ¿en qué medida estas nuevas formas de mímesis conservan la potencia metamórfica que Serres atribuye al cuerpo, o si, por el contrario, han sucumbido al simulacro de una identidad fija y prefabricada?
Antes de ser un espectáculo de plaza, el término mímesis (derivado de mimós) se refería originalmente a la encarnación ritual. En ciertos ritos, el fiel no actuaba su rol, sino que experimentaba un cambio de personalidad donde sentía que en él habitaban seres de naturaleza divina o animal. Esto aún lo podemos observar en los ritos de diversos pueblos originarios. De manera más matizada, Aristóteles sostiene en su Poética que la imitación es natural al hombre desde la infancia y resulta la principal vía de aprendizaje. Para el filósofo griego, el placer de ver a un mimo no era algo superficial; respondía al placer de reconocer y comprender. El mimo utiliza el cuerpo para representar una realidad ausente o una acción. Aquí la imitación es un arte del silencio y la destreza física, una representación que todos entienden porque apela a gestos universales.
A diferencia del mimo, el meme no requiere un cuerpo físico, sino replicabilidad. Es una imitación abstracta que muta y se perpetúa adecuándose a distintos ambientes. Dawkins (1976) acuña el término meme (del griego mimema, algo que se imita) para describir cómo las ideas, modas o habilidades se transmiten de mente en mente, como una unidad mínima de información cultural. Al igual que los genes, los memes compiten por la supervivencia. El meme no “sirve” al ser humano; el ser humano es el huésped que el meme utiliza para replicarse. Aquí la imitación no es un acto consciente de aprendizaje (como en el mimo), sino un proceso biológico-cultural de infección. No podemos dejar de compartir memes porque se trata de una compulsión repetitiva y viral.
Por otra parte, el cosplay traza un puente entre el cuerpo y el símbolo. Ya no se trata de imitar una acción (mimo) o una idea (meme), sino de recrear una identidad ficcional. Es una “encarnación” temporal. Si el meme es una idea abstracta que viaja sin cuerpo, el cosplay es el esfuerzo inverso: resulta de darle carne a la imagen. Es el intento heroico (y a veces trágico) de obligar a la materia orgánica a coincidir a la perfección con el píxel o el trazo del dibujo. A diferencia del mimo, que se presenta desnudo de artificios para ser vulnerable y receptivo, el cosplayer se rodea de prótesis (pelucas, armaduras, maquillaje). Esta piel artificial actúa como una interfaz. La armadura del cosplay permite una libertad que el cuerpo desnudo no tiene. Al desaparecer bajo el personaje, el sujeto puede actuar con una audacia que su identidad habitual le prohíbe. Es la mímesis como liberación a través de la máscara.
Si en la antigüedad el mimo representaba mitos para conectar con lo sagrado, hoy el cosplayer habita los nuevos mitos (pop culture). Es una forma de sacralizar lo profano a través de la imitación estética, convirtiendo la convención o el evento en un espacio ritual de transformación. Mientras que, a diferencia del cosplayer, el therian no “actúa” sino que es directamente un animal o bien siente una conexión intrínseca con un animal. Aquí la imitación deja de ser una herramienta y se convierte en ontología. Desafía la frontera entre lo humano y lo animal, sugiriendo que la esencia puede no coincidir con la forma biológica.
Para Serres, el mimo no es una simple copia sino el estado de disponibilidad máxima. En Variaciones sobre el cuerpo, el mimo es el grado cero que puede convertirse en cualquier cosa; es un cuerpo que, al imitar, aprende y se abre al mundo; el conocimiento nace de la plasticidad. El meme, al ser una unidad de repetición rígida y viral, podría verse como una mímesis degradada. Mientras el mimo es un cuerpo que busca formas, el meme es una forma que coloniza mentes, perdiendo la “suavidad” del aprendizaje original para volverse un automatismo.
Serres valora el cuerpo que puede serlo todo, pero el cosplay se fija en un personaje específico con un traje y reglas definidas. El cuestionamiento que podría hacerse desde su perspectiva es si el cosplay clausura la invención: al disfrazarnos de algo ya existente (un icono pop), ¿estamos explorando nuevas capacidades o simplemente habitando una cárcel estética prediseñada? El filósofo francés propone que el conocimiento es un pasaje entre estados (como el hermafrodita o el mestizo). Los therians, al situarse en la frontera entre lo humano y lo animal, podrían encarnar su idea del “tercer instruido”: alguien que ya no pertenece a una sola orilla. Sin embargo, Serres advertiría sobre el peligro de que esa identidad se vuelva una etiqueta estática en lugar de un flujo constante de transformación. En fin, para este autor la imitación es valiosa solo si mantiene al sujeto en un estado de metamorfosis continua. El riesgo de las mímesis actuales es que detienen ese movimiento para fijarse en una identidad o un consumo.
Se podría comparar la transformación de Serres con el simulacro de Baudrillard.
Mientras que para el primero la imitación es un proceso de metamorfosis —un cuerpo flexible que se abre al mundo para aprender y transformarse—, para el segundo, la imitación en la era digital suele caer en el simulacro. El simulacro no es una copia de la realidad, sino una representación que reemplaza a la realidad misma, creando una “hiperrealidad” donde el original ya no importa. Así, el cosplay y el meme corren el riesgo de ser meros simulacros. En lugar de usar la imitación como una “página en blanco” para inventar (como el mimo de Serres), el sujeto puede quedar atrapado en copiar un modelo que ya es artificial (un personaje de ficción o un formato viral).
Serres habla de las “ideas blancas” o el “cuerpo blanco”: una capacidad indefinida de asumir cualquier valor porque no se tiene ninguno fijo. El desafío del therian o del cosplayer es no dejar que su identidad se convierta en una etiqueta estática (simulacro), sino mantenerla como un flujo de aprendizaje constante (metamorfosis). Serres afirma que estamos frente a una “nueva humanidad” marcada por lo virtual. La pregunta clave sería: ¿usamos el meme y el cosplay para expandir las capacidades de nuestro cuerpo (metamorfosis) o para escondernos en una imagen sin sustancia (simulacro)?
En la intersección entre el mimo, el meme, el cosplay y lo therian, la imitación se revela no simplemente como una copia estéril, sino como una tensión ontológica radical que presenta una serie de transmutaciones, entre la flexibilidad y la rigidez. Serres lo deja bien claro, ante una pregunta decisiva: “¿No tienen alma los animales, por pertenecer a especies singulares tan rígidas que no se liberan de su rigor? O la especie o el alma: pertenencia o inteligencia, no hay término medio; escojan por lo tanto su metamorfosis, o móvil o fija, o el proceso flexible o uno de sus avatares; por lo tanto decidan entonces acerca de su campo, de su partido, de su corporación, de su opinión, ahí están ustedes, bestias, en el sentido estricto.” (p. 92)
El verdadero conocimiento no reside en la captura de una identidad ajena, sino en la disponibilidad del cuerpo blanco: esa capacidad del mimo para ser cualquier cosa porque no se aferra a ninguna. Así, el desafío contemporáneo de estas mímesis no es alcanzar la perfección de la máscara, sino utilizar la imitación como un pasaje perpetuo, un flujo donde el sujeto no busca “ser otro” para ocultarse, sino para mantener abierta su propia capacidad de invención y aprendizaje.
Hasta aquí la IA.
No está nada mal la verdad. Yo solo agregué la cita literal de Serres. Por supuesto que también hice un trabajo de edición importante, sacando títulos, subtítulos y numeraciones que me ofrecía en exceso, como también modificando expresiones o mejorando la sintaxis. Pero el contenido anterior, con todas las comparaciones, demarcaciones y ejemplos, pertenece a la máquina algorítmica que, según muestra, se nutre de múltiples fuentes (videos, artículos, libros, conferencias, etc.). Podría pasar por un alumno con un entendimiento promedio del tema y, sobre todo, de la composición y entramado de conceptos. Además de la escasa sofisticación literaria, de la casi nula presencia de giros retóricos o frases con subordinadas, se nota la ausencia total de reflexividad crítica, como también de inflexiones biográficas con tonos y afectos diversos que solemos expresar los humanos; pero lo que más se extraña es la ausencia de cualquier nudo implicativo: la imposibilidad de realizar un entrecruzamiento de tópicos, conceptos, referencias que hagan cuerpo el saber.
Por otro lado, es cierto que los humanos podemos volvernos repetitivos y monocordes hasta la náusea; que generalmente somos hablados por frases hechas antes que modular algo en nombre propio; que nos gusta identificarnos con roles rígidos o figuras arquetípicas antes que probarnos y sacarnos mil ropajes como Arlequín. Es un problema recurrente en la historia. Actualmente, parece que nos gusta más leer frases simples como las que escribe Chul Han, por ejemplo, que las un poco más sofisticadas de Serres o Foucault. Sin embargo, resulta pertinente traer estas distinciones entre mimo, meme, cosplay y therian, realizadas por la máquina, porque no me pretendo original para decir lo que quiero decir. Un escritor va componiendo con diversos materiales, a veces se vuelve más repetitivo o monótono, informativo o neutral, y por momentos surge una inflexión afectiva, un enlace conceptual imprevisto, se produce la transferencia a otro plano, etc. Es más importante y decisivo en todo este proceso quiénes receptan lo escrito y hacen algo con ello; no importa el lugar o la escala sino la potencia. Allí la operación mimética puede ser de apertura y transformación, o bien puede cerrarse en círculos identitarios de pertenencia repetitiva. Pero sabemos por la historia de nuestra cultura que esto no es inmediato, pueden pasar cientos o miles de años hasta que un texto produzca efectos amplificados de activación del pensamiento. La prisa de las redes y la efectividad programada de la IA ignoran esto.
La IA como los fenómenos miméticos contemporáneos nos exponen más a nuestras limitaciones históricas que a una novedad o mutación profunda de la subjetividad. También nos interpelan a encontrar qué fibras materiales nos constituyen y cómo podríamos anudarnos de modo conveniente para seguir vivos, y además disfrutando de hacerlo. Nosotros sí deberíamos saber esto y hacerlo pasar por el cuerpo.
Bibliografía
Farrán, R. (2018). Nodaléctica: un ejercicio de pensamiento materialista, Adrogué, La cebra.
Farrán, R. (2025). La filosofía como intervención, Buenos Aires, Cuarenta ríos.
Fernández, Helga (2022). La carne humana. Una investigación clínica. Buenos Aires: Archivida.
García, L. (2026). Fascismo cosplay, Buenos Aires, Caja Negra.
Serres, M. (2011). Variaciones sobre el cuerpo, Buenos Aires, FCE.
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