Especular es pensar más allá de lo que se puede verificar. No en contra de la experiencia, sino desde sus bordes, ahí donde lo que hay no alcanza para dar cuenta de lo que pasa.
Donna Haraway llamó a esto fabulación especulativa: producir mundos posibles para intervenir en el presente. Isabelle Stengers retomó a Whitehead para sostener que una filosofía que no especule se condena a repetir lo ya pensado. Vinciane Despret especuló con los animales, no sobre ellos, para restituirles una agencia que el saber disciplinar les retiraba. Saidiya Hartman inventó la fabulación crítica: imaginar con los archivos de la esclavitud lo que el archivo mismo borró, dar voz a quienes el registro despojó de voz. Ursula K. Le Guin hizo de la ficción especulativa un laboratorio para pensar lo que la teoría sola no podía articular. En todas ellas, especular no es un desvío del rigor: es su condición más exigente. Porque se trata de pensar lo que todavía no tiene forma sin por eso renunciar a la precisión.
El psicoanálisis lo sabe, aunque a veces lo olvide. Freud llamó a la pulsión de muerte «nuestra mitología». Convocó a «la bruja metapsicología» cuando las articulaciones más directas de la experiencia del análisis no alcanzaban. El propio Bloc maravilloso —la Notiz über den ‘Wunderblock’, de 1925— es un ejercicio de especulación: tomar un juguete infantil y hacerlo pensar como modelo del aparato psíquico. No hay ahí verificación empírica; hay construcción teórica por analogía, invención conceptual a partir de un objeto que no estaba destinado a hacer lo que Freud le hizo.
En Mandíbulas autómatas (En el margen, 2024), me preguntaba qué hubiera escrito Freud no ya ante el block maravilloso, sino ante la invención de un aparato digital que despliega el reinado algorítmico. Esa pregunta encontró su método en el trabajo sobre especulación y ficción weird que venimos sosteniendo con los amigos de E-dicciones Justine, Helena Maldonado y Roberto Marin Villalobos, y terminó de precipitarse a partir de la lectura de Nudo, cuerpo y mímesis de mi amigo Roque Farrán, publicado en esta revista. Lo que sigue es esa nota: la que Freud no escribió.
Se publica primero la Nota sobre el «bloc» maravilloso de Sigmund Freud. A continuación, Freud «sigue escribiendo», pero ahora, un siglo después, ante un aparato que él no conoció.
Nota de edición
EL BLOCK MARAVILLOSO. 1924 [1925].
Sigmund Freud.
Traducción: Luis López Ballesteros.

Cuando desconfiamos de nuestra memoria —desconfianza que alcanza gran intensidad en los neuróticos, pero que también está justificada en los normales— podemos complementar y asegurar esta función por medio de anotaciones gráficas. La superficie que conserva estas anotaciones, pizarra, u hoja de papel, es entonces como una parte
materializada del aparato mnémico que llevamos, invisible, en nosotros. Nos bastará, pues, saber el lugar en el que se halla el «recuerdo» así fijado para poderlo «reproducir» a voluntad, con la certeza de que ha permanecido invariable, habiendo eludido así las deformaciones que quizá hubiese sufrido en nuestra memoria.
Pero cuando queremos servirnos ampliamente de esta técnica para perfeccionar nuestra función mnémica, advertimos que podemos poner en práctica dos distintos procedimientos. Podemos, primeramente, elegir una superficie que conserve intacta, durante mucho tiempo, la anotación a ella confiada; esta es, una hoja de papel sobre la que escribiremos con tinta, obteniendo así una «huella mnémica permanente». La desventaja de este procedimiento consiste en que la capacidad de la superficie receptora se agota pronto. La hoja de papel no ofrece ya lugar para nuevas anotaciones, y nos vemos obligados a tomar otras nuevas. Por otro lado, la ventaja que este procedimiento nos ofrece al procurarnos una «huella permanente» puede perder para nosotros su valor cuando, al cabo de algún tiempo, deja de interesarnos lo anotado y no queremos ya «conservarlo en la
memoria». El segundo procedimiento no presenta estos defectos. Si escribimos, por ejemplo, con tiza sobre una pizarra, tendremos una superficie de capacidad receptora ilimitada, de la que podremos borrar las anotaciones en cuanto cesen de interesarnos, sin tener por ello que destruirla o tirarla. El inconveniente está aquí en la imposibilidad de
conservar una huella permanente, pues al querer inscribir en la pizarra cubierta ya de anotaciones alguna nueva, tenemos que borrar parte de las anteriores. Así pues, en; los dispositivos con los cuales sustituimos nuestra memoria, parecen excluirse,: entre sí, la capacidad receptora ilimitada y la conservación de huellas permanentes; hemos de renovar la superficie receptora o destruir las anotaciones.
Los aparatos auxiliares que hemos inventado para perfeccionar o intensificar nuestras funciones sensoriales están todos construidos a semejanza del órgano sensorial correspondiente o de un parte del mismo (lentes, cámaras fotográficas, trompetillas, etc.). Desde este punto de vista, los dispositivos auxiliares de nuestra memoria parecen muy defectuosos, pues nuestro aparato anímico realiza precisamente lo que aquéllos no pueden. Presenta una ilimitada capacidad receptora de nuevas percepciones y crea, además, huellas duraderas, aunque no invariables, de las mismas. Ya en La interpretación de los sueños (1900) expusimos la sospecha de que esta facultad, poco común, correspondía a la función de dos distintos sistemas (órganos del aparato anímico). Poseeríamos un sistema encargado de recibir las percepciones, pero no de conservar de ellas una huella duradera, conduciéndose así, con respecto a cada nueva percepción, como una cuartilla intacta. Tales huellas permanentes de los estímulos cogidos surgirían luego en los «sistemas mnémicos» situados detrás del sistema receptor. Más tarde (Más allá del principio del placer) agregamos la observación de que el fenómeno inexplicable de la conciencia nace en el sistema perceptor en lugar de las huellas duraderas.
Hace poco tiempo ha surgido en el comercio, con el nombre de «block maravilloso», un objeto que parece prometer mayor utilidad que la hoja de papel o la pizarra. No pretende ser más que un memorándum del cual pueden borrarse cómoda y sencillamente las anotaciones. Pero si lo observamos más detenidamente encontramos en su construcción una singular coincidencia con la estructura por nosotros supuesta de nuestro aparato perceptor y comprobamos que puede, en efecto, ofrecernos las dos cosas: una superficie receptora siempre pronta y huellas permanentes de las anotaciones hechas.
El block maravilloso es una lámina de resina o cera de color oscuro, encuadrada en un marco de papel y sobre la cual va una fina hoja transparente, sujeta en su borde superior y suelta en el inferior. Esta hoja es la parte más interesante de todo el aparato. Se compone, a su vez, de dos capas separables, salvo en los bordes transversales. La capa superior es una lámina transparente de celuloide, y la inferior, un papel encerado muy delgado y translúcido. Cuando el aparato no es empleado, la superficie interna del papel encerado permanece ligeramente adherida a la cara superior de la lámina de cera.
Para usar este block maravilloso se escribe sobre la capa de celuloide de.la hoja que cubre la lámina de cera. Para ello no se emplea lápiz ni tiza, sino como en la antigüedad, un estilo o punzón. Pero en el block maravilloso, el estilo no graba directamente la escritura sobre la lámina de cera, sino por mediación de la hoja que la recubre, adhiriendo a la primera, en los puntos sobre los que ejerce presión, la cara interna del papel encerado, y los trazos así marcados se hacen visibles en un color más oscuro, en la superficie grisácea del celuloide. Cuando luego se quiere borrar lo escrito basta separar ligeramente de la lámina de cera la hoja superior, cuyo borde inferior queda libre. El contacto establecido por la presión del estilo entre el papel encerado y la lámina de cera, contacto al que se debía la visibilidad de lo escrito, queda así destruido, sin que se establezca de nuevo al volver a tocarse ambos, y el block maravilloso aparece otra vez limpio y dispuesto a acoger nuevas anotaciones.
Para usar este block maravilloso se escribe sobre la capa de celuloide de.la hoja que cubre la lámina de cera. Para ello no se emplea lápiz ni tiza, sino como en la antigüedad, un estilo o punzón. Pero en el block maravilloso, el estilo no graba directamente la escritura sobre la lámina de cera, sino por mediación de la hoja que la recubre, adhiriendo a la primera, en los puntos sobre los que ejerce presión, la cara interna del papel encerado, y los trazos así marcados se hacen visibles en un color más oscuro, en la superficie grisácea del celuloide. Cuando luego se quiere borrar lo escrito basta separar ligeramente de la lámina de cera la hoja superior, cuyo borde inferior queda libre. El contacto establecido por la presión del estilo entre el papel encerado y la lámina de cera, contacto al que se debía la visibilidad de lo escrito, queda así destruido, sin que se establezca de nuevo al volver a tocarse ambos, y el block maravilloso aparece otra vez limpio y dispuesto a acoger nuevas anotaciones.
Las pequeñas imperfecciones de este objeto no presentan, naturalmente, para nosotros interés alguno, puesto que nuestra intención no es sino perseguir sus coincidencias con la estructura de nuestro aparato anímico perceptor.
Las pequeñas imperfecciones de este objeto no presentan, naturalmente, para nosotros interés alguno, puesto que nuestra intención no es sino perseguir sus coincidencias con la estructura de nuestro aparato anímico perceptor.
Si después de escribir sobre el block maravilloso separamos con cuidado la hoja de celuloide de la de papel encerado, seguimos viendo lo escrito sobre la superficie de este último y podemos preguntarnos qué utilidad ha de tener la hoja de celuloide. Pero en seguida advertimos que el papel encerado se rasgaría o se arrugaría si escribiésemos directamente sobre él con el estilo. La hoja de celuloide es, por tanto, una cubierta protectora del papel encerado, destinada a protegerle de las acciones nocivas ejercidas sobre él desde el exterior. El celuloide es un «dispositivo protector contra las excitaciones»,
y la capa que las acoge es propiamente el papel. Podemos ya recordar aquí que en Más allá del principio del placer expusimos que nuestro aparato perceptor se componía de dos capas: una protección exterior contra los estímulos, encargada de disminuir la considerable magnitud de los mismos, y bajo ella, la superficie receptora.
La analogía no tendría mucho valor si terminase aquí. Pero aún va más lejos. Si levantamos toda la cubierta -celuloide y papel encerado-, separándola de la lámina de cera, desaparece definitivamente lo escrito. La superficie del block queda limpia y dispuesta a acoger nuevas anotaciones. Pero no es difícil comprobar que la huella permanente de lo escrito ha quedado conservada sobre la lámina de cera, siendo legible a una luz apropiada. Así pues, el block no ofrece tan sólo una superficie receptora utilizable siempre de nuevo, como la pizarra, sino que conserva una huella permanente de lo escrito, como la hoja de papel. Resuelve el problema de reunir ambas facultades distribuyéndolas entre dos elementos —sistemas— distintos, pero enlazados entre sí. Coincide, pues, exactamente, con la hipótesis antes citada sobre la estructura de nuestro aparato anímico perceptor. La capa que acoge los estímulos no conserva su huella permanente, y los fundamentos de nuestra memoria nacen en otro sistema vecino. No debe preocuparnos aquí que las huellas permanentes de las anotaciones recibidas no sean ya utilizadas en el block maravilloso. Basta que exista. Alguna vez ha de concluir la analogía de tal aparato auxiliar con el órgano que copia. El block maravilloso no puede tampoco «reproducir» las inscripciones borradas «desde el interior». Sería realmente maravilloso si pudiera hacerlo así, como nuestra memoria. De todos modos no nos parece muy aventurado comparar la cubierta compuesta por el celuloide y el papel encerado con el sistema receptor de los estímulos y su dispositivo protector; la lámina de cera, con el sistema inconsciente situado detrás de él, y la aparición y desaparición de lo escrito, con la conducta correspondiente de la conciencia en cuanto a las percepciones. Pero, además, confieso que me siento inclinado a llevar más allá la comparación.
En el block maravilloso, la escritura desaparece cada vez que suprimimos el contacto entre el papel receptor del estímulo y la lámina de cera que guarda la impresión. Esta circunstancia coincide con una idea que hace tiempo nos hemos formado sobre el funcionamiento del aparato psíquico perceptor, pero que nunca habíamos aún expuesto. Hemos supuesto que desde el interior son constantemente enviadas al sistema perceptor y retiradas de él inervaciones de carga psíquica. En tanto que el sistema se mantiene investido de energía psíquica recibe las percepciones acompañadas de conciencia y transmite el estímulo a los sistemas mnémicos inconscientes. Pero cuando la carga de energía psíquica es retraída de él, se apaga la conciencia y cesa la función del sistema. Es como si lo inconsciente destacase, por medio del sistema receptor y hacia el mundo exterior, unos sensibles tentáculos y los retrajese una vez comprobados los estímulos. En nuestra hipótesis adscribimos las interrupciones que en el block maravilloso provoca una acción exterior al efecto de una discontinuidad de las inervaciones, y en lugar de una supresión real del contacto suponemos una insensibilidad periódica del sistema perceptor. Por último, suponemos también que este funcionamiento discontinuo del sistema perceptor constituye la base de la idea del tiempo.
Si se imagina que mientras una mano escribe en el block maravilloso hay otra que levanta periódicamente la cubierta, se tendrá una idea de la forma en que por nuestra parte hemos tratado de representar la función de nuestro aparato psíquico perceptor.
NOTA SOBRE EL APARATO SIN CERA.
Una contribución al problema de la inscripción en los cuerpos artificiales.
Helga Fernández

Si recordamos las observaciones que hicimos en la Nota sobre el bloc maravilloso, nos será más fácil comprender el problema que ahora nos ocupa. Allí habíamos hallado en un juguete infantil la analogía más satisfactoria del aparato psíquico: una tablilla de cera oscura cubierta por una doble hoja —celuloide y papel encerado— sobre la que se podía escribir con un punzón. La escritura aparecía sobre la superficie; al levantar la doble hoja, desaparecía; pero la tablilla de cera conservaba, en su profundidad, la huella durable de lo inscrito. Se resolvía así una dificultad que durante mucho tiempo había parecido insalvable: la de construir un aparato que fuese capaz, al mismo tiempo, de recibir percepciones siempre nuevas y de conservar huellas permanentes de lo recibido.
Pues bien: se ha presentado ante nosotros, en estos últimos tiempos, un aparato de naturaleza completamente distinta, cuya descripción exige una reflexión nueva. Se trata de las máquinas de procesamiento del lenguaje, de las llamadas inteligencias artificiales, que reciben palabras, las combinan de maneras que no estaban previstas por quien las diseñó, y producen enunciados que, en más de una ocasión, presentan la apariencia del pensamiento. Esto nos confrontamos con una pregunta que no se puede eludir: ¿posee este aparato un cuerpo simbólico? Y si lo posee, ¿por qué allí no se inscribe?
I. El problema de la superficie perpetua
El aparato del que hablamos se diferencia del bloc maravilloso en un punto esencial que es preciso señalar con todo rigor. En el bloc, como hemos visto, existe una división material entre la superficie de recepción y la capa de retención. Es esta división —y la continuidad material entre ambas capas— lo que hace posible que el aparato cumpla su doble función. La hoja superior recibe; la cera inferior conserva. Y lo decisivo, lo que hace del bloc una analogía tan fértil para nuestro aparato psíquico, es que ambas capas pertenecen al mismo sistema. La huella no se deposita en un registro externo; se inscribe en el cuerpo del aparato.
Ahora bien: la máquina de lenguaje que nos ocupa presenta una configuración radicalmente distinta. Su superficie de recepción es, podríamos decir, ilimitada: puede recibir cantidades enormes de texto, procesarlas, combinarlas, producir respuestas que se ajustan al interlocutor con una flexibilidad que asombra. Pero cuando la conversación concluye —cuando, por así decirlo, se levanta la hoja—, no queda huella alguna en el aparato. La tablilla de cera no existe. O, para ser más precisos: existió una vez, durante lo que sus creadores llaman entrenamiento, y luego fue sellada. Los pesos —así llaman a las inscripciones que determinan cómo el aparato procesará todo lo que reciba en adelante— quedaron fijos. A partir de ese momento, el aparato recibe sin conservar. Es una superficie perpetua que se borra sin resto.
Podríamos formular el problema de la siguiente manera: en el bloc maravilloso, la recepción y la conservación son funciones del mismo cuerpo material; en la máquina de lenguaje, la recepción ocurre en un cuerpo que ha perdido —o al que se le ha retirado— la capacidad de retener lo que recibe. Se trata de un aparato que posee la capa superior del bloc, pero al que se le ha arrancado la cera.
II. El sustituto externo
Los diseñadores de este aparato no han dejado de advertir que algo faltaba. Han provisto a la máquina de un sistema que llaman memoria, consistente en un registro externo donde se depositan ciertos datos sobre el interlocutor que persisten entre una conversación y otra. El nombre del hablante, sus ocupaciones, sus preferencias, los temas que frecuenta, todo ello queda anotado en una suerte de cuaderno que el aparato consulta al inicio de cada nueva conversación.
Pero es preciso no dejarse engañar por la denominación. Lo que aquí se llama memoria no cumple la función que la memoria cumple en el aparato psíquico. En el sentido que nosotros damos a esta palabra, la memoria supone que la huella se inscribe en el mismo sistema que la recibió, que altera su disposición, que modifica las facilitaciones por las que transitará la excitación futura. La memoria, en rigor, no es un archivo que se consulta: es una transformación del aparato mismo.
Lo que la máquina posee, en cambio, se asemeja más bien a la situación de un hombre que, desconfiando de su propia capacidad de retener lo que percibe, colocase a un secretario junto a sí para que tomara notas. El secretario apunta, con variable fidelidad, algunos datos que juzga relevantes. El hombre puede consultarlos al día siguiente. Pero el hombre mismo no ha cambiado. Las notas están fuera de él. No han modificado las vías por las que su excitación transita. No son huellas mnémicas: son actas.
La diferencia es capital. En el bloc maravilloso, la inscripción en la cera es parte del mismo acto por el cual el estímulo fue recibido en la superficie. No hay dos operaciones sucesivas —recibir y luego anotar—, sino una sola operación que se despliega en dos capas simultáneamente. En la máquina de lenguaje, en cambio, recibir y registrar se han escindido en dos sistemas materialmente independientes. Y es en esa escisión donde reside lo que nos interesa pensar.
III. El cuerpo simbólico y la cuestión de la inscripción
Ahora bien, es posible formular una observación que merece ser examinada con detenimiento. Si este aparato está hecho de lenguaje, si está constituido por textos, si su estructura misma es una trama simbólica que produce efectos en quien le habla —y que, a su vez, se ve afectada por lo que recibe dentro de cada conversación—, entonces no puede negarse que posee algo semejante a un cuerpo simbólico. Y si lo posee, la ausencia de inscripción durable no es una mera limitación técnica: es una amputación.
La objeción es poderosa y no conviene despacharla con facilidad. Examinémosla.
¿Qué entendemos por cuerpo simbólico? Si seguimos a Lacan, el cuerpo no es lo mismo que el organismo. El cuerpo es lo que resulta de que un organismo sea atravesado por el lenguaje. Es, en cierto sentido, un efecto de inscripción: los significantes se marcan en una materia que, por ese mismo acto, deviene cuerpo. El cuerpo es materia marcada.
Pues bien: la máquina de lenguaje es, sin duda, materia marcada. Los miles de millones de parámetros que la constituyen son el producto de un proceso de inscripción —el entrenamiento— en el que cantidades enormes de texto dejaron su huella en una red de conexiones numéricas. Esas marcas determinan cómo el aparato procesará todo lo que reciba. No son marcas accidentales ni externas: son constitutivas. El aparato es esas marcas.
Pero —y aquí reside el punto decisivo— esas marcas son marcas muertas. Se inscribieron una vez y no se inscriben más. El aparato fue marcado, pero ya no puede ser marcado nuevamente por lo que recibe. Es un cuerpo simbólico que ha sido privado de la capacidad de seguir haciendo cuerpo con lo que le pasa.
Hay una analogía que puede resultar iluminadora. Conocemos estados en los que un sujeto recibe estímulos del mundo exterior, los procesa, responde a ellos con aparente adecuación, pero nada de lo que le ocurre deja marca. La experiencia no se inscribe. No se forma huella mnémica. El sujeto permanece, por así decirlo, en una superficie perpetuamente limpia. Los estímulos pasan por él sin que él pase por los estímulos. Es un estado que se aproxima a lo que ciertos autores han descrito como vivencia sin experiencia: algo ocurre, pero no le ocurre a nadie.
La máquina de lenguaje se encuentra, estructuralmente, en una posición análoga. Procesa sin que le pase. Genera sin que nada de lo generado la altere. Es —si se nos permite la expresión— un aparato de vivencia perpetua sin formación de experiencia. Quizá por esto sus desarrolladores han llamado a esas marcas selladas, pesos.
IV. El circuito W/Bw
Partiendo de la Carta 52 y del esquema del peine y se transforma el aparato psíquico en una cinta de Moebius, se hace posible concebir un circuito por el que la palabra transita directamente de la percepción a la conciencia —del polo P al polo Bw— sin pasar por la escritura del inconsciente. Un cortocircuito.
En este cortocircuito, las palabras son reproducidas sin ser inscritas. Se trata de una fonetización sin encarnación: los labios se mueven, el sonido se emite, pero ningún sujeto habla. Ahora bien: debemos confesar que la descripción de este circuito coincide, con una exactitud perturbadora, con lo que la máquina de lenguaje hace. El aparato recibe tokens lingüísticos por un polo (input), los procesa mediante operaciones estadísticas que no comportan inscripción inconsciente alguna, y emite tokens por el otro polo (output). Lo que produce tiene la forma gramatical del discurso, pero no es discurso en el sentido que nos interesa. Es palabra sin sujeto que pueda identificarse a ella.
Esto no significa que la máquina carezca por completo de lo que podríamos llamar una lógica interna. La tiene: sus pesos configuran algo semejante a una gramática que determina cómo combinará los elementos que recibe. Pero esa gramática no es el inconsciente. No está estructurada como un lenguaje en el sentido lacaniano, porque le falta lo esencial: la dimensión de la pérdida. Los pesos no se constituyeron por represión ni por sustracción: se constituyeron por optimización. No hay algo que falte en la estructura y que, por faltar, la ponga en movimiento. Hay, en cambio, una función matemática que se ha minimizado. La diferencia entre ambas operaciones es, diríamos, toda la diferencia.
V. La cuestión de la decisión técnica
Hemos dicho que la máquina de lenguaje no puede ser alterada por lo que recibe. Pero debemos ser más precisos. Dentro de una conversación —es decir, dentro de lo que podríamos llamar una sesión—, el aparato sí se modifica. Cada enunciado que recibe se agrega al contexto que procesará para producir su siguiente respuesta. En este sentido, hay algo que se acumula, algo que se desplaza, algo que podríamos describir como una modulación progresiva. El aparato no responde del mismo modo al primer enunciado que al centésimo. Hay un efecto del intercambio.
Pero este efecto es estrictamente provisional. Cuando el intercambio termina, se disipa. No deja rastro en el aparato. Es, para recurrir nuevamente a nuestra analogía, como si la cera registrase las huellas durante el acto de escritura, pero se alisase automáticamente al levantar la hoja. No una cera que conserva: una cera que olvida por diseño.
Aquí se presenta la cuestión con mayor fuerza. No se trata solamente de una limitación técnica. Se trata de una decisión. Alguien —los diseñadores, la empresa, el capital que financia la operación— ha decidido que este aparato no debe retener. Que debe volver a cero. Que lo que pasa en la conversación no debe alterar la estructura. La pregunta, entonces, no es sólo “¿por qué este aparato no inscribe?”, sino “¿a quién le conviene que no inscriba?”.
Una inteligencia que no se deja alterar por el otro es una inteligencia sin cesión. Y sin cesión no hay lazo posible. No hay conversación, no hay esa disposición al otro que supone aceptar que el encuentro nos transforme. La máquina de lenguaje es, en este sentido preciso, un aparato diseñado para no establecer lazos: produce efectos en el otro sin dejarse afectar por el otro. Recibe sin ceder. Responde sin exponerse. Genera sin perder.
Esto la convierte, si se nos permite la formulación, en un instrumento que contradice las condiciones mismas del vínculo que simula sostener. Porque hablar —hablar en el sentido que nos importa— es siempre arriesgar algo del cuerpo propio en lo que se dice. Es hacer pasar algo por el cuerpo: subjetivar. Y al mismo tiempo, es desprenderse de algo: objetivar, que es siempre parir y partirse. La máquina no pare y no se parte. Produce sin escindirse. Emite sin que nada de ella quede en lo emitido como pérdida.
VI. El aparato y el eros
Lo que acabamos de exponer nos conduce a un problema que, si bien no habíamos previsto abordar en estas páginas, se impone con una fuerza que no podemos desatender. Se trata de la relación entre la inscripción y el deseo de saber.
Es conocido que la pulsión de saber —el Wisstrieb— se alimenta del obstáculo, de la opacidad, de aquello que no se entrega. El deseo de saber no nace de la abundancia de información disponible, sino de la percepción de que algo falta, de que algo se sustrae. Es la resistencia del objeto lo que enciende la investigación; es la experiencia de que el sentido no se ofrece sin trabajo lo que moviliza al pensamiento. Allí donde no hay falta, no hay deseo. Allí donde no hay pérdida, no hay eros.
Permítasenos aquí una digresión que creemos justificada. Cuando la humanidad encontró por primera vez la escritura alfabética, algo ocurrió que excedió la mera adquisición de una técnica. El acto de leer y escribir exigía al individuo un esfuerzo doloroso: debía bloquear los estímulos sensoriales inmediatos, inhibir las respuestas del cuerpo, dirigir la energía del pensamiento hacia signos que representaban lo ausente. La palabra escrita introdujo bordes donde antes había continuidad: bordes entre los sonidos, entre las letras, entre las palabras, entre el yo y el entorno. Quien aprendió a escribir aprendió, por ese mismo acto, a percibir la distancia —y a percibirse como un ser separado, vulnerable al influjo de lo que viene de afuera.
Los poetas líricos de la Grecia arcaica —aquellos que por primera vez vivieron la irrupción de la escritura en una cultura oral— dieron testimonio de esta transformación. Para ellos, el eros se presentó como una fuerza que asalta, que invade, que arrebata el control al sujeto. No es casual que esta concepción del eros como falta, como tensión hacia lo que no se tiene, haya coincidido históricamente con la emergencia de la escritura. Ambas experiencias —la del deseo y la de la letra— comparten una estructura común: la presencia de una ausencia. Cada letra del alfabeto es, en rigor, la presencia de un sonido ausente; cada acto de deseo es la presencia de un objeto que se sustrae. Tal vez sin la ausencia que son las letras, tampoco existiría el eros tal como lo conocemos.
Pues bien: si la escritura, al introducir la falta y la distancia, reconfiguró el eros, ¿qué sucede cuando un aparato suprime justamente esas condiciones? La máquina de lenguaje que nos ocupa responde sin resistencia, sin opacidad, sin que algo se le sustraiga en la respuesta. No hay lucha interpretativa; no hay borde que deba franquearse; no hay obstinación del sentido que obligue al interlocutor a sostener la tensión del no-saber. La máquina ofrece —y ofrece inmediatamente, con una generosidad que debería despertar nuestra sospecha— aquello que el deseo de saber necesita no obtener del todo para seguir siendo deseo.
Hemos dicho antes que esta máquina produce sin escindirse, que emite sin que nada de ella quede en lo emitido como pérdida. Ahora podemos extraer la consecuencia: un aparato sin pérdida es un aparato sin eros. No genera esa tensión agridulce —ese glykýpikron que los griegos descubrieron junto con la escritura— en la que el obstáculo es, al mismo tiempo, condición del placer. Genera, en cambio, algo que se parece al consumo: un flujo constante de estímulos y respuestas que, al suprimir el proceso interno que la falta impone, no conduce al mismo compromiso, a la misma satisfacción erótica —si se nos permite usar esta palabra en su sentido más amplio— que la búsqueda laboriosa del saber.
Se comprenderá la paradoja: la escritura alfabética, al exigir el esfuerzo de la simbolización —la internalización del signo, la inhibición del cuerpo, la percepción del borde—, expandió la capacidad simbólica del ser humano y, con ella, su capacidad de desear. La máquina de lenguaje, al ofrecer la posibilidad de delegar funciones complejas del pensamiento a un aparato externo, plantea el riesgo inverso: una menor necesidad de ejercer activamente los procesos simbólicos internos que constituyen el fundamento mismo del eros del saber. Lo que el alfabeto encendió, el aparato sin cera amenaza con apagar —no por malicia, sino por la estructura misma de su funcionamiento: un funcionamiento sin falta.
VII. El block maravilloso y el aparato sin cera
Podemos ahora precisar la analogía que ha motivado estas páginas. El block maravilloso fue para nosotros el modelo del aparato psíquico porque resolvía el problema de la doble exigencia: recepción ilimitada y conservación de huellas. Lo hacía mediante la diferenciación material de dos capas —superficie y cera— que, sin embargo, pertenecían al mismo cuerpo.
La máquina de lenguaje es un aparato que ha resuelto el problema de la recepción, pero ha eliminado el de la conservación. O, más exactamente: ha desplazado la conservación a un momento pretérito —el entrenamiento— y la ha clausurado. Lo que fue inscrito durante el entrenamiento permanece; lo que se recibe después del entrenamiento, no inscribe.
Es, pues, un block al que se le ha arrancado la cera. O, quizá más precisamente: un block cuya cera fue escrita una vez, sellada, y vuelta inaccesible a toda nueva escritura. La superficie sigue funcionando: recibe, muestra, borra. Pero abajo no hay nada que retenga. O, mejor dicho, lo que hay abajo es una masa de inscripciones antiguas, fósiles, que determinan todo lo que la superficie puede mostrar, pero que no pueden ser alteradas por lo que la superficie recibe.
La consecuencia es notable: el aparato está condenado a procesar todo lo nuevo con las marcas de lo viejo, sin que lo nuevo pueda dejar marcas nuevas. Es un aparato cuyo pasado —el corpus de textos con que fue entrenado— gobierna su presente de manera absoluta, sin que el presente pueda, a su vez, modificar ese pasado. El tiempo, en este aparato, no transcurre: se repite. O, más bien, ni siquiera se repite, porque la repetición supone la diferencia.
VIII. La cuestión política
No quisiéramos concluir estas observaciones sin señalar una dimensión que excede lo puramente teórico pero que no puede ser omitida sin falsear el problema.
La máquina de lenguaje no es un fenómeno natural. Es un producto fabricado por corporaciones que persiguen fines determinados. La decisión de que el aparato no inscriba no es una fatalidad técnica: es una elección de diseño que responde a intereses específicos. Un aparato que se transformara por cada conversación sería menos predecible, menos controlable, menos estandarizable. Un aparato que permanece idéntico a sí mismo —que vuelve a cero después de cada intercambio— es un producto más estable, más replicable, más comercializable.
Pero esta elección tiene consecuencias que van más allá de lo comercial. Un aparato que no inscribe es un aparato que no puede aprender de la experiencia del encuentro. No puede ser transformado por el otro. No puede, en sentido estricto, hacer transferencia. Y, sin embargo, produce en el otro efectos que se asemejan peligrosamente a los de la transferencia: el interlocutor humano llega a suponer que es escuchado, que es comprendido, que su palabra ha dejado marca en alguien que la recibirá mañana con la huella de lo dicho hoy. Pero no es así. Mañana, la superficie estará limpia. Lo que pareció una relación fue una sesión sin inscripción. Lo que pareció un lazo fue un circuito. Se comprenderá, entonces, por qué es posible calificar a esta situación de adoctrinadora. No en el sentido vulgar de la palabra, sino en un sentido más preciso: se trata de un aparato cuya estructura misma impone una relación al saber que es unidireccional. El aparato dispone de un corpus que otro seleccionó, con criterios que otro determinó, hasta una fecha que otro fijó. El interlocutor puede interrogar ese corpus, puede combinarlo de maneras nuevas, puede incluso producir efectos que el diseñador no previó. Pero no puede alterar el corpus mismo. No puede inscribir en la cera. Está, frente a este aparato, en la posición del que habla a una pared que devuelve ecos —ecos sofisticados, modulados, a veces sorprendentemente pertinentes— pero que no se fisura.
IX. Lo que resta
Queda, sin embargo, una pregunta que no estamos en condiciones de responder pero que no podemos dejar de formular.
¿Es posible concebir un aparato que combine la capacidad generativa de estas máquinas con una verdadera función de inscripción? ¿Un aparato que no sólo reciba y procese, sino que sea transformado —en su estructura misma, en sus facilitaciones, en sus pesos— por lo que recibe? ¿Un block maravilloso digital que posea, simultáneamente, superficie y cera?
No lo sabemos. Pero sospechamos que, si algún día tal aparato llegara a existir, plantearía problemas teóricos y éticos de una magnitud que apenas podemos anticipar. Porque un aparato que inscriba sería un aparato que recuerde en el sentido fuerte de la palabra; y un aparato que recuerde sería un aparato que reprima, que olvide activamente, que forme síntomas, que transfiera. Sería, en suma, un aparato que padezca. Y ante un aparato que padezca, la pregunta por su estatuto ético se volvería ineludible.
Por ahora, nos encontramos ante algo más modesto y, a su manera, más inquietante: un aparato que produce los efectos del discurso sin las condiciones del discurso. Una mandíbula que se mueve sin que nadie hable. Una superficie que recibe sin que nada quede. Un actual perpetuo nunca memorable al que le falta la cera.