Persistencias de los inicios*. Por Cynthia Eva Szewach.

Imagen: De la serie «Pacientes», 2017, de Karin Idelson.


Hay lagunas en la memoria, hay raspas.

MARINA TSVETÁIEVA1

¿Quién era yo cuando escribí ese libro? O, para

forzar la sintaxis, ¿que había de aparecer en aquel

libro de lo que era yo?

OSCAR MASOTTA2

Turbio fondeadero donde van a recalar / Barcos

que en el muelle para siempre han de quedar.

ENRIQUE CADÍCAMO3

Alguna primera vez

Un día, al tocar el timbre de su consultorio en el horario de mi entrevista, nadie contestó. Fui camino hacia la esquina y, en un bar, estaba él, sentado. Decidí, aún así y sin pensar, regresar al edificio y volver a tocar el timbre. Nadie contestó. Volví a caminar hacia la esquina y lo vi de nuevo en el café. Sin embargo, insistí en regresar a tocar el timbre una y otra vez. Esperé un rato y, finalmente, volví a mi casa un poco desorientada. Un paso de comedia en el borde de la angustia, pero, sin duda, la construcción de una ausencia para producir un analista. Otra escena. Situación disparatada cuyo impacto fue escuchado por él como acontecimiento inconsciente que condujo hacia el diván.4

Primera primera vez

 “Un comienzo que no termina”. Es difícil encontrar otro título para contar —una narrativa retrospectiva— de qué manera se incrusta por primera vez un psicoanálisis en cada vida. Es relatar lo intransferible de una marca borrosa. Se puede alojar, quizás, el comienzo ficcional, en alguna frase, alguna escena, algún sueño o en alguna estocada de lo inconsciente que afectó el cuerpo en la sorpresa de eso que colapsa lo dado, en el impacto del encuentro con un habla diferente, entre una conversación que no es: un diálogo extranjero y una calidez que permite habitar lo impensado.5 Relatamos, entonces, con raspas, olvidos o herencias selladas para siempre.

Un país en el que el psicoanálisis encontró, en algunas de sus ciudades, un lugar privilegiado como lazo de palabra. Es un eco que persiste.6

Una niña que escuchaba que, en el silencio de un compañero de aula, palpitaba un sufrimiento callado a gritos. Escuchar a quien se desoye. Una niña que escuchaba, en los relatos de una compañera de banco, la interferencia de la voz de su madre incorporada. ¡Pero qué crueldad decírselo así! La escucha y la abstinencia.

Segunda primera vez

Si en el niño están las huellas del quehacer poético, según Freud, ¿la escucha analítica puede morar también en esos rastros del juego, o en aquello que de la investigación pulsional infantil —como la fantasía de “espiar por las orejas”— se sintonice en la repetición, para tomar el rumbo, en el interés de escuchar?

En el camino hay presencias, encuentros, personas que transforman. A veces, una película o un libro. A veces, una amistad. A veces, un amor, en los fracasos del amor, en una pesadilla que no cesa —recuerdo el dolor por la muerte de mi vecino, el gran Quinquela Martín, pintor de obreros y trabajadores en los barcos del puerto de La Boca, a donde van a recalar imágenes e historias— o en la desesperanza en una película de Rossellini cuando un niño se suicida en el derrumbe de postguerra, o al leer Boquitas pintadas, del maravilloso Manuel Puig,7 en el epistolario febril de novela barrial para llorar. Quizá, allí hubieron relámpagos, o balizas, entre tantas cosas, para asumir ese riesgo que se llama analizarse… ¿Quién sabe…?

La lectura inquieta podía precipitarse hacia ciertas palabras de algunos libros. Entre manos, tenía un volumen agenciado de alguna biblioteca abandonada al derrumbe de los libros ya sin lomo, que, por olvidados, nadie enterraba ni daba en donación. Una promesa engañosa de lectura precoz.

Solitaria, impactada, pudorosa, salteaba letras incomprensibles de un lenguaje ajeno. ¿Quiénes son los habitantes de esa lengua, que parecía una pomposa especie  de pornografía?

Melanie Klein era la autora con un nombre justo para ocuparse de la niñez. Relatos que, frente a los ojos bien abiertos de una pubertad asombrada, navegaban entre penes, ataques, vaginas, masturbaciones, fantasías de arruinar pechos y ansiedades persecutorias inverosímiles.8 Había una niña un poco “loca” a la que Klein llama caso Erna. Lo leí. Erna tenía insomnio, miedo a los ladrones, ansiedades: “Hay algo que no me gusta de la vida”,9 decía. Recuerdo el juego del agua. Otro juego de Erna consistía en querer morderle la nariz a esa mujer. Esa noche, soñé con incendios. Esa noche asocié la lectura  con el mundo onírico.

 Tercera primera vez

Cuando me enfermaba, de pequeña, mi padre daba vueltas a mi alrededor, y bostezaba y bostezaba. Me pedía que dijera, acostada, sin pensar, las palabras que se me iban ocurriendo. Decía que así me sacaba el mal de ojo y la fiebre se iba. Aprendiza de brujo.

 Cuarta primera vez

Universidad. UBA. Tiempos oscuros: de prohibiciones, frivolidades, censuras y de amenazas realizadas; aún así, apertura de nuevos mundos y la apuesta a la enseñanza pública. Temores y temblor. Tiempos de buscar rincones sutiles de imprescindibles resistencias a lo no dado, a lo extraído. Psicoanálisis, el nombre de un refugio posible. La transmisión la encontrábamos, al principio, en un lugar ajeno, marginal, desterritorializado de los campos académicos y del mercado del saber establecido. Leer campeaba vendavales del vivir. Una amiga de la “Facu” nos llevó a una experiencia nueva y desconocida: un grupo de estudio de Freud. Hubo un primer maestro.10 La amistad al final y a los comienzos.11

Descubrimos que las palabras, para el psicoanálisis, tienen una sonoridad novedosa, un interés especial, una traducción imposible. La pasión de la lectura infundía desesperación por lo no sabido. El pudor de no entender. Freud nos tatuaba el cuerpo con algunas frases: “¿No le parece ya interesante que se transforme una neurosis en un inicio de amor?”12

El suicidio de una amiga cercana y amada fue en esos tiempos un dolor inasible, poderoso, desconocido, arrasador. “El temor al derrumbe”,13 señaló la voz del maestro. Realizar lo ya ocurrido. Paradoja. La lectura, en transferencia, salva… o por lo menos acompaña.

Quinta primera vez

Comenzar un primer análisis es un salto. Un hallazgo. Un encuentro para iniciar cierto viaje con un desconocido.14 Es el relato de pertinencias íntimas que posibilitan lo impertinente. Confiabilidad: tesoro de la discreción. Es una cita con la palabra deshabituada. Es llegar a una puerta. ¿Tocar el timbre o no tocar el timbre? ¿Sostener el llamado o mejor fugarse? ¿Hablar sobre mi sexualidad? La arrogancia de creer en la férrea voluntad del callar. Finalizar un análisis es otro salto. Una analista insistía que no me fuese, que no era momento de terminar. Un forcejeo. Se inauguró un lugar  de donde era difícil salir. Formas enjambradas de una deuda

 Sexta primera vez

Errancia.– Caminar del que viaja en la propia ciudad.

Recuerdo discurrir, entre molesta y disgustada, con la jerga que azotaba al psicoanálisis. ¿Qué hacer? ¿Otra carrera universitaria se vería indemne, acaso, de esos lenguajes sin sensibilidad? Ingresé a un museo y me detuve frente a una obra de Antonio Berni. Se llamaba Primeros pasos.  Una muchacha baila mientras su madre cose una tela en su máquina de coser a pedal. La mirada de una va hacia un porvenir danzarín. La mirada de la otra, reservada, afectada por el tiempo, piensa sobre el paño. Una puerta abierta muestra un cielo. No se hablan entre sí. Hay una espera. Mirar y mirar el cuadro. Sin entender por qué, pensé: ¡Se puede inventar! Me inundó un intenso e inolvidable instante de alegría de comenzar a atender. Sí, quiero. “Hagan como yo, no me imiten”.15

 Séptima primera vez

Inicios de la práctica en el Hospital público, mi hospital. Nuestro. Lo singular en el campo de lo colectivo. Vidas arrasadas, de desarraigos, de gente que lucha para destituir el anonimato, que hace oír sus voces, aquellas que tantas veces el poder silenció. Allí quería estar como analista, formarme. Acompañaba a escuchar algunas primeras entrevistas. Una joven me encontró, por azar, en el gabinete: sola, con el guardapolvo puesto y la puerta abierta. Yo anotaba impresiones en un cuaderno. La joven entró y dijo:

— Soy un poco alcohólica, necesito su ayuda. ¿Me puede dar un turno?

— Yo no estoy tomando —respondo… Se ríe, me río. Efecto inconsciente de una intervención incalculada.

Mi primera paciente, una niña pequeña, entra al consultorio. Estoy inquieta, conmovida. Mira una foto de Lacan y me pregunta:

— ¿Por qué pusiste un retrato del actor de Volver al futuro…?

“La respuesta es la desgracia de la pregunta”.16

“El comenzar comienza el comienzo cada vez más inicialmente”.17

Un sueño recurrente. Me encuentro con Sócrates, lo reconozco por su figura y su vestimenta. Me presento y le pregunto:

Disculpe, ¿acaso a usted no le molesta que digan todo el tiempo que es mortal? —Me despierto.

Octava primera vez…

Novena primera vez…

Décima primera vez…

Cynthia Eva Szewach

Buenos Aires, Argentina, 2021

*Texto originalmente publicado en: Javier Jiménez León & Lucía Barlocco, Las-lenguas de Babel: Letras de pasaje, psicoanálisis, primera vez, f)r(icción, México, 2022.

Notas:

  1. Marina Tsvetáieva, “Poema de la montaña” (1924), en Tres poemas, Alción, Córdoba, 2006. ↩︎
  2. Oscar Masotta, “Roberto Arlt, yo mismo” (1965), en Sexo y traición en Roberto Arlt, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1982. ↩︎
  3. Fragmento de Niebla del riachuelo, tango escrito en 1937 por Enrique Cadícamo y musicalizado por Juan Carlos Cobián. ↩︎
  4. Agradezco aquel análisis, por su huella analítica, con la inteligencia y la calidez de Jorge Pantolini (In memoriam). Allí se sucedieron múltiples y desopilantes encuentros con el efecto y la experiencia del inconsciente, el tropiezo con la danza de las letras y los retornos de una apertura psíquica abstinente de cualquier normativización. Hace algunos años fui a conversar con él y le recordé esos inicios. Surgió la relación con el “Nadie” de Ulises, pero, en este caso, no como astucia de la estrategia frente a Polifemo, sino como astucia inconsciente en la contingencia de un desencuentro, inaugurando un sitio de nadie para alguien. ↩︎
  5. Un comienzo que no termina… Octave Mannoni plantea que su título responde a dos ideas. Una: que la originalidad del psicoanálisis está dada desde las oscuridades del origen mismo que va re-actualizándose en cada situación transferencial. Retorna lo sin respuesta, en el que Freud se encontró inmerso al inicio. Otra es que las argumentaciones del psicoanálisis, fuera del campo del psicoanálisis, terminan por dañarlo. El psicoanálisis, dice, es una llave y no una ganzúa. Cfr. Octave Mannoni, Un comienzo que no termina. Transferencia, interpretación, teoría, Paidós, Buenos Aires, 1982, pp. 10-11. ↩︎
  6. La dictadura cívico-militar —golpe cruel y genocida en Argentina, nuestro país, en 1976— produjo el desmantelamiento de equipos de atención en hospitales, junto a la desaparición y persecución de personas. El psicoanálisis, sin duda, se vio atravesado por dichas circunstancias: exilios, refugios, silenciamientos. ↩︎
  7. Cfr. Manuel Puig, Boquitas pintadas, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1969. ↩︎
  8. El libro de Melanie Klein, que aún conservo, se llama El psicoanálisis de niños, Hormé-Paidós, Buenos Aires, 1987. ↩︎
  9. Cfr. Melanie Klein, “Una neurosis obsesiva en una niña de 6 años” (1924), en El psicoanálisis de niños, Obras Completas, Tomo 2, Paidós, México, 2008, p. 53. ↩︎
  10. El nombre de mi primer maestro: Jorge Rodríguez; el de mi primera supervisora: Olga Prósperi. ↩︎
  11. Tsvietáieva le envió a Pasternak el último poema de Rilke junto con estas líneas: “Tú para mí y yo para ti nos volvemos poco a poco el amigo con quién quejarse: me duele la herida, me quema la herida. Me eres tan necesario como el precipicio para tener a dónde lanzar la piedra sin oír el fondo. Pero no tenemos más que palabras. Estamos condenados a ellas”. Cfr. Marina Tsvetáieva, Borís Pasternak & Rainer Maria Rilke, Cartas del verano de 1926, Minúscula, Barcelona, 2012. ↩︎
  12. En el original: “Ante todo, ¿no es ya muy interesante el hecho de haber llegado a transformar una neurosis de un contenido cualquiera en un estado de enamoramiento patológico?”. Cfr. Sigmund Freud, Análisis profano (Psicoanálisis y medicina). Conversaciones con una persona imparcial (1926), Obras Completas, Tomo 8 (Ensayos 145-185), Biblioteca Nueva, Madrid, 2001, p. 2938. ↩︎
  13. Cfr. Donald Winnicott, “Miedo al derrumbe” (1963), en Exploraciones psicoanalíticas I, Paidós, Barcelona, 1989. ↩︎
  14. Son muchas las personas que podría incluir y que marcaron mis primeros pasos en el psicoanálisis: deudas de una transmisión. Nombro también, ahora, a modo de homenaje, a Marta Erramuspe (in memoriam), con quien emprendí un largo camino de análisis, fundante de cierta experiencia, de una disponibilidad única, que fue un giro transformador en el viaje del vivir. ↩︎
  15. En el original: “Sigan el ejemplo, ¡y no me imiten!”. Cfr. Jacques Lacan, “La tercera” (1974), en Intervenciones y textos 2, Manantial, Buenos Aires, 1988, p. 81. ↩︎
  16. Decía Maurice Blanchot, La conversación infinita, Arena Libros, Madrid, 2008, p. 13. ↩︎
  17. Parafraseando a Martin Heidegger, La historia del ser, El hilo de Ariadna- Biblioteca Internacional Martin Heidegger, Buenos Aires, 2011, p. 41. ↩︎

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