Presentación de “Mandíbulas autómatas”, de Helga Fernández. Por Valeria González.

Foto de portada, Valeria González.

Quiero contarles, antes de comentar el texto de Helga, que cuando terminé de leerlo pensé, más bien sentí y creo que se lo dije, “quiero salir a la calle a leer tu texto con un megáfono”; esa fue mi lectura. Lo que sigue entonces es el intento, no solo de hacer honor a la dignidad de una escritura que requiere de lectores, sino de dar cuenta de algo que encontré en ese pasaje de la escritura macedoniana de Helga Fernández que es «Mandíbulas autómatas. La palabra en estado viral y los huéspedes precarizados».

1 Cartografiar la inconclusión, trazar pasajes en el discurso analítico

No puedo comenzar estas palabras sin hacer referencia al contexto de abyección sociopolítica, económica y lenguajera de nuestro país en el que se produce esta publicación y donde también decido inscribir mi lectura. 

Contexto que hace al texto y lo vuelve necesario y urgente porque, como dice la autora al inicio, la batalla también es discursiva y estamos frente a lo que llama, y yo acuerdo, un “Estadicidio”. Ella desenfunda el arma vital de la pluma y nos interpela sin dejar lugar a medias tintas: seremos resistentes o colaboracionistas respecto de una amenaza en ciernes que ahora tiene a millones de likeadores como su servidumbre voluntaria, trastocando el modo de relacionarnos con la palabra. Se trata de situarnos respecto de aquellos discursos o modos deshabitados de la palabra que giran locos, engrosando el capital; es decir, aquellos que quieren hacer y hacen de lo humano un capital, fuente de extractivismo (y también hacen ministerios).

Considero que el texto que Helga amablemente dispone para que cause nuestra conversación, es una escritura que tiene por virtud la liminaridad que permite hacer pasaje, traza, marca. Un decir que abre los poros de la teoría para que los conceptos respiren y eviten dejarnos pipones de saber en la cocina de la erudición, mandibuleando el psicoanálisis como autómatas.

Y digo liminar porque, cuando reflexiona sobre un modo de relación a la palabra –que nombra como transmisión digital– no está haciendo un manifiesto anti redes, no es tan sencillo y lineal. Intenta, a mi entender, ubicar algo más complejo que es el usufructo que hace el neoliberalismo de un circuito de la palabra ya existente en la psique; esto es, un pasaje del polo percepción al polo conciencia sin ninguna inscripción inconsciente y un modo de la transmisión más cercano al mandibuleo vacío, al blablar. Palabra que habla y no dice.

Es decir, sobre un circuito ya disponible en la psique y en los modos de transmisión, el capitalismo –vía la ideología cibernética– hace un extractivismo del lenguaje, viralizando al infinito una reproducción de la palabra que se automatiza, pierde historia, trama, tiempo, espacio y no conlleva pudor, vergüenza ni horror. ¿Por qué? Porque la palabra cuando se viraliza desde las máquinas algorítmicas y dejan de ser palabra encarnada, dicha por alguien sobre algo, se reproducen cual música en una App que sigue eligiendo sola, haciendo que algo suene, descontándonos de la decisión; o peor, haciéndonos creer que eso es elegir.

Esto entiendo cuando Helga dice que la palabra en estado de transmisión digital “incifra” “desteoriza”y “desmetaforiza”, gira loca en loop, linkeando en lugar de asociar, desencarnada, enlatada. Encontré algo en este texto desde donde pensar la imposibilidad de conversar con los likeadores del autoconfeso topo estatal, pero también desde donde pensar que muchas veces en el barrio del psicoanálisis se pierde la calle y la palabra se hace transmisión digital aunque estemos reunidos en un mismo cuarto. 

Creo que acordaremos que muchas veces nos explicamos los ataques al psicoanálisis que hacen los mercados, los poderes totalitarios o el discurso científico, por su potencia de subvertir. Ahora bien, ¿cuándo tiene esa posibilidad el discurso analítico? ¿Y cuándo la pierde? Porque, a veces, creo que ese potencial de subvertir es mucho más una cocarda autocomplaciente que una potencia instituyente en acto. También atenta contra el discurso analítico un modo de la transmisión que, bien podríamos decir con la autora, que es digital cuando pulula encerrado entre las cuatro paredes de los conceptos fundamentales, entre jerga y slogan, haciendo (como cuestionó Winnicott a Klein) más un lenguaje muerto que una transmisión viva. 

En el discurso de los “ismos” hay policía de la palabra; custodios del tesoro de la verdad y gendarmes de la patria del inconsciente. Y esas fuerzas de la jerga rentable y mercantil también atacan al psicoanálisis en su nombre y a un modo de la transmisión encarnada.

Entonces entiendo que, querer salir a leer con megáfono un texto en la calle como efecto de lectura del escrito de una analista, es consecuencia de una escritura que resiste a la jerga, que hace de lo real, de la calle, pasaje y que no borra con el codo de la enunciación lo que escribe con la mano de los enunciados. 

2. El topo estatal

Cuando escuchamos en pandemia pedir autopsias en vivo; o cuando leemos en las redes o escuchamos los dichos del topo tiktokero, o somos víctimas de las acciones y jactancias abyectas del gobierno (con réplicas viralizadas globalmente), ¿no deberíamos preguntarnos qué sucede ahí con la palabra? 

¿No podemos ser políticamente incorrectos y decir que la palabra ahí gira loca sin que se nos acuse de falla ética por diagnosticar y descentrar así el foco de las políticas que el topo estatal implementa? 

¿Y si es a la inversa? Es decir, ¿si esa corrección política y supuestamente ética no sólo reproduce –al modo de la transmisión digital– sino que al hacerlo colabora también con aquello que intenta combatir? Porque, cuando la autora dice que en la transmisión digital la palabra gira loca, entiendo que intenta conceptualizar un modo de la locura que no posee la dignidad de otras locuras que sí tienden a la palabra encarnada (como en la psicosis) sino que se trata de CITO “algoritmos manejados por cuerpos inorgánicos que procesan una lengua matemática.”(p. 11) Considero, entonces, que al formalizar esta mutación de la relación a la palabra y el usufructo que hacen las derechas neofacistas de su viralización algorítmica, es cuando más se pone en el foco la política que nos gobierna.

Y sí, hay que decirlo y la autora lo hace: la palabra gira loca, enlatada en un input-output infinito, pudiendo rumiar e impulsar a la acción, cosas horrorosas y/o distópicas sólo para escándalo de quienes todavía escuchan y leen. 

¿No han intentado hablar con un likeador del topo y que les resulte imposible encontrar por dónde responsabilizarlo sobre sus dichos? ¿Dónde hacen raigambre esas palabras? ¿Cómo pensar la responsabilidad cuando la palabra viraliza en su modo de transmisión digital, desencarnada y alguien creyendo que habla, muestra su pasión por ser hablado? ¿No es tarea del psicoanálisis pensar esta transformación de la relación a la palabra que está operando hoy como una gran industria lenguajera que manufactura indolencia?

Entiendo que la corrección política y el sentirnos exentos del mandibuleo, ya sea porque somos eruditos, progres o insurgentes, son como una gran minipimer que hace papilla el pensamiento que si bien, se inscribe en algún legado teórico, histórico, político etc, requiere movimiento para vivir y el movimiento se sirve de lo pensado para seguir pensando y no para reproducir.

Si pensamos la calle como un real donde alguien puede perderse para encontrar algún pasaje que lo haga soñar, Mandíbulas autómatas es, sin dudas, un texto que no se desentiende de lo real de la calle y propone una cartografía de la inconclusión que invita a quien lee a pasar el plumero por el concepto de acto y decir performativo. Quizá como única alternativa para sostener una batalla discursiva que venimos perdiendo por goleada. 

Helga escribe sobre el final de su texto (CITO) “La esperanza y la condena radican en admitir, que, paradójicamente, y aunque padecemos cada vez más obstáculos, los oprimidos somos quizá más proclives a contar con las condiciones político-económica-culturales de una palabra responsable” (p. 23) Me interesa destacar esa primera persona del plural “los oprimidos somos” porque, si no advertimos los modos de opresión que operan sobre nosotros y nos creemos exentos, difícil resultará encontrar, cada vez, el modo de una liberación que es gesta singular y colectiva.

Luego agrega que “Ser hablante, en el sentido que cuenta, no va de suyo. Se trata de una práctica que podemos o no ejercer” y que “no sólo ejercemos para con nosotros mismos sino respecto de la cual nos ubicamos, ante los discursos que apuestan a ella o la anulan como resistentes o colaboracionistas”(p. 23) Resistentes o colaboracionistas, dos palabras que arman lazo con los genocidios de la historia.

Entonces, hay amenazas que no admiten la tibieza (ni callejera, ni escritural). Porque estamos siendo objeto de una política que pretende exterminar, pero de otros modos. Bajo el yugo de la literalidad que no lee, de la viralización autómata de la palabra que no dice, el algoritmo y el capital intentan concretar la operatoria sobre el lenguaje inherente a los genocidios: el fin de la metáfora; del pliegue, de la contingencia, de la paradoja, de la polisemia, de una geografía de la inconclusión, de una sensibilidad que haga lazo con el otro, en fin, de una singularidad donde sedimentan retazos de la historia colectiva. En cambio, producen sus ejércitos de muñecos que creen hablar, mientras el ventrílocuo ruge a través de sus mandíbulas autómatas que el hambre es necesario para poder estar mejor.

¿Acaso no vamos a tomar la palabra frente a esto?

En una sociedad donde aún hay cientos de niños apropiados, hoy adultos, y el delito sigue vigente. Donde hay muchas abuelas que se van muriendo sin encontrar a sus nietos y eso lesiona, cada vez, la lengua que habitamos, ¿haremos silencio? 

¿No vamos a tomar la palabra contra el crimen del negacionismo? ¿Contra la destrucción y subasta de todo eso que cada quien diga cuando dice Patria? Porque borrar la condición de territorio para borronearlo en una globalidad cool, abre las puertas al remate. Y tomar la palabra, ¿será ponerse a dar explicaciones? 

Propongo pensar, leyendo a Helga, que la calle es la carne colectiva donde hemos escrito y hendido en las entrañas de lo público que son 30.000 y donde es tiempo que encarnemos ese Nunca Más más que nunca, porque sin poner el cuerpo y sin pronunciarnos, estaremos transformándolo en una jerga. 

Entonces, los invito a conversar, a tomar la palabra, porque esa será nuestra batalla discursiva: no permanecer tibios en un momento donde urge plantarse, dejar la endogamia lenguajera y hacer entrar –que también es un modo de salir– la calle en nuestro pensamiento. 

Gracias Helga Fernández por donar palabra donde hay bullicio indiferenciado, linkeos distópicos que aturden y por permitir esta conversación.

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2 comentarios en “Presentación de “Mandíbulas autómatas”, de Helga Fernández. Por Valeria González.

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