Cuidado editorial: Viviana Garaventa y Gabriela Odena
Introducción
Tradicionalmente en la cultura occidental el concepto de episteme se refiere a un “conjunto de conocimientos que condicionan las formas de entender e interpretar el mundo en determinadas épocas»(1). En este sentido, desde la Grecia clásica hasta nuestros días el concepto parece estar anclado de manera indefectible a la epistemología, es decir, a la idea de un conocimiento científicamente comprobable ya que, como sabemos su etimología griega ἐπιστήμη significar «saber» o «conocimiento», se suele traducir por «ciencia», y con el que los filósofos griegos se referían al verdadero conocimiento. En contraste con la doxa, que es el conocimiento aparente o una creencia no científicamente probada difundida como verdad.
Para Platón, la episteme es el verdadero conocimiento, que solo puede ser sobre lo inmutable, la verdadera realidad, las Ideas, en contraposición a la “doxa”, que es la opinión o el conocimiento de la realidad sensible. Para Aristóteles, sin embargo, la episteme sería el conocimiento obtenido mediante la demostración.
Estas son las bases interpretativas de dicho concepto y pese a la diversificación de los métodos y el ir y venir de las hegemonías epistemológicas –que siguen siendo occidentales–, es decir, el cambio de manos donde se deposita el poder de decidir a quién corresponde –en distintas épocas– la capacidad de dictaminar los regímenes de verdad y la propiedad/actualización del paradigma científico.
Sin embargo, en este trabajo, expondremos una perspectiva crítica con respecto a esta pretendida neutralidad defendida por la idea de episteme como un saber “objetivo y científico” sin agendas inherentes que sólo se produce en los laboratorios de las llamadas “ciencias duras”.Es así, que revisaremos de manera crítica dicha neutralidad y propondremos la idea de que en el momento contemporáneo dadas las condiciones de recrudecimiento de la violencia y la precarización tanto material como existencial vivimos en una especie de “episteme de la violencia”(2) en donde la crueldad extrema se convierte en un hecho cotidiano y normalizado socialmente sobre ciertas poblaciones o “devenires minoritarios».(3)
Esto es así porque nos acercamos a la realidad con unos “pactos de verdad”(4) atravesados por el poder, pues tal como reflexionó Michel Foucault, tanto la verdad como el conocimiento son situados en condiciones materiales y contextos históricos. En el nuestro, el paradigma más difundido para relacionarnos con la verdad y el conocimiento es “el régimen necroscópico”(5), dadas las condiciones de vulnerabilidad generalizada y de violencia imparable, normaliza la muerte cruenta. Así que, por episteme de la violencia nos referimos al conjunto de relaciones complejas que unen los discursos tanto escritos como visuales en torno a la sobre especialización de la violencia como una práctica que genera tanto una técnica como una didáctica de la destrucción, difundida en distintos terrenos, tanto de la realidad social y cultural como de la economía.
Afirmamos, que dicha episteme de la violencia genera otros léxicos y otras figuras epistemológicas que parecen no partir del marco “científico” pero que, en este apartado argumentamos por qué la violencia contemporánea más cruenta, que se despliega a través de muchas realidades sociales de Nuestra América, tiene como génesis el discurso científico colonial, y sus consecuencias directas en nuestra realidad contemporánea y en las múltiples vulneraciones que acontecen a distintos grupos sociales que devienen minoritarios, por cuestiones de clase, de género, de raza, de estatus migratorio, de diversidad funcional y de geopolítica. Por ejemplo, los jóvenes, las mujeres cis, trans y las personas feminizadas, las personas migrantes indocumentadas, las personas con discapacidad físicas o neurodivergentes.
Para poder argumentar nuestro punto sobre la episteme de la violencia como un saber “científico” nos remitimos a lo expresado por la pensadora argentina Lu Ciccia, quien en su ensayo Extractivismo vital como el paradigma del saber moderno-colonial: vivisección, bestialización y delirio(6) argumenta que el paradigma científico colonial, además de extractivista, ha sido fundado en una violencia muy efectiva que a través de la disección y la vivisección funda procesos de conocimiento sobre los cuerpos vulnerables. La autora señala:
“Un elemento que destacar en esta utopía baconiana [ubicada en el libro la Nueva Atlántida de Francis Bacon] y su proyección en la Royal Society es el ideal del saber científico. Si bien suele identificarse a Descartes como la figura fundamental a partir de la cual se desplegaron los valores coloniales (Dussel, 2000) en este ensayo voy a sugerir que fue la relación que Bacon planteó entre sujeto cognoscente-fenómeno de estudio la que principalmente guió el proyecto moderno-colonial de racionalidad, experimentación y evidencia, y tuvo como piedra angular un fenómeno que denominaré extractivismo vital: la extracción de información acerca de cómo funciona lo vivo. Una extracción basada en la vivisección de bestias y, al mismo tiempo, la bestialización de ciertas corporalidades para convertirlas en vivisectables. La vivisección consiste en abrir a un ser vivo mientras sus funciones vitales están intactas. Es decir, abrirle vivo. La disección, en cambio, es la apertura post-mortem.” (Ciccia, 2024).
En este sentido, podemos vincular “el proyecto moderno-colonial de racionalidad, experimentación y evidencia” que menciona la autora como una precuela de la expresión y exposición cruenta de lxs racializadxs/bestializadxs a la violencia como un paradigma de extracción vital y en pos de la generación de “conocimiento científico”. Además, es muy clara la intersección entre la producción de una técnica para producir conocimiento a través de la sobre especialización de la violencia sobre ciertos cuerpos. Tal como argumenta Ciccia:
“[E]l espíritu de la propuesta baconiana se resume en: experimentar con lo vivo encarna la evidencia que conduce al verdadero conocimiento. Ya expresado tímidamente a través de los ensayos, su utopía le permite describir sin tapujos la piedra angular del nuevo paradigma: el espectáculo de las bestias, algo que rememora los zoológicos de humanos (…) y su vivisección como rasgo estructural del saber basado en la experimentación.”
A partir de la cita anterior, podemos confirmar que no es un misterio para nadie que los proyectos de la ciencia moderna, basados en el paradigma colonial, no están libres de agendas explotadoras y relaciones de poder y dominación sobre los cuerpos que se consideran inferiores, a saber: mujeres y personas feminizadas, infantes/jóvenes, personas racializadas, personas en situación de precariedad, etc., en otras palabras, poblaciones que siguen siendo al día de hoy el objetivo de la violencia más especializada y más cruenta.
Así, episteme de la violencia no se refiere sólo a un capricho intelectual ni a una mera terminología académica, sino que sienta sus bases en el paradigma moderno colonial de la ciencia moderna. Esto se nos muestra de manera muy visible en los espectáculos de la violencia contemporánea, desde los acontecimientos trágicos vinculados con el crimen organizado y desorganizado que en otros trabajos se ha definido como capitalismo gore(7), hasta la estetización de la violencia y sus técnicas efectivísimas de disección de cuerpos en programas como CSI (Crime Scene Investigation por sus siglas en inglés)(8) u otros programas con temática científica forense, hasta la violencia espectacular exhibida en distintos medios de comunicación o redes digitales, en los cuales el paradigma de la violencia como episteme, para acercarse al mundo contemporáneo, puede mostrar sus intrincados mecanismos de yuxtaposición que obedecen a un orden simbólico, económico, político, social y científico necro patriarcal.
En ese marco, cuando hablamos de episteme de la violencia, estamos apelando a una posición crítica y decolonial que busca indagar en los fenómenos actuales de manera profunda, haciendo conexiones de largo aliento entre las formas de dominación conocidas como colonialismo y las maneras en las cuales la violencia sobre-especializada se convierte en un mercado, mostrando así una economía de la muerte o capitalismo gore. Con capitalismo gore nos referimos:
“Al derramamiento de sangre explícito e injustificado (como precio a pagar por el Tercer Mundo que se aferra a seguir las lógicas del capitalismo, cada vez más exigentes), al altísimo porcentaje de vísceras y desmembramientos, frecuentemente mezclados con el crimen organizado, el género y los usos predatorios de los cuerpos, todo esto por medio de la violencia más explícita como herramienta de necroempoderamiento”(9).
Cabe aclarar que dicho concepto fue acuñado dentro de un marco de violencia generada por el narcotráfico en México durante la década de 2010. Fue así, que este inició su andadura de manera local y con la intención de producir conocimiento situado que hablase específicamente de la relación entre la violencia y la economía neoliberal, las demandas patriarcales hacia los varones, quienes ante el asedio de la masculinidad y las humillaciones de clase se convirtieron en empresarios de sí mismos, por medio del desarrollo de mercados ilegales, en donde la violencia se vuelve un elemento altamente rentable. Un ejemplo de ello son los carteles del narcotráfico, así como distintos sectores del crimen organizado y desorganizado, que en su momento encarnaron de manera muy nítida las relaciones fronterizas, económicas y culturales, entre México y los Estados Unidos. Sin embargo, una década y media después de su creación observamos, dada su popularización y empleo concienzudo entre las academias hispanohablantes, que es un concepto abarcador de muchas realidades de nuestra América que se caracterizan por “la administración del sufrimiento”(10) a través de la “necropolítica”(11) y rentabilizan la institución de la episteme de la violencia a favor de la gobernanza neoliberal en todo nuestro continente, aunque no sólo en éste continente.
De esta deriva necropolítica del Capitalismo Gore que se ha ido extendiendo en nuestros territorios y tiene distintos rostros y aristas de la crueldad contemporánea, hablaremos en nuestro próximo apartado.
Sobre la crueldad contemporánea
¿Cómo llega la crueldad de la violencia extrema, el género y la muerte a convertirse en la lógica y el modo de operar de este brutal capitalismo que habitamos como sociedad y como región?
Tal como muy bien se señala en el apartado anterior, en América Latina vivimos formas exacerbadas y sangrientas de terror gubernamental y crueldad extrema ejercida contra diversas poblaciones. Esta crueldad se asienta en múltiples violencias y formas institucionalizadas de dominación que se manifiestan en un amplio repertorio. Se ejercitan y crecen cada día en radicalidad y extensión. Ellas se encarnan en aquellos cuerpos que se convierten en blanco fundamental y mercancía del necrocapitalismo, tal como lo define Valencia en su ensayo Capitalismo Gore, para referirse a aquellos cuerpos concebidos como producto de intercambio que simbolizan los discursos de odio, racialización y segregación.
Dicha segregación, como lo plantea el psicoanalista Jacques Lacan(12), “siempre encontrará la ocasión para arraigar más y mejor. Nada puede funcionar sin eso”. Hoy es dirigida en forma de racismo hacia mujeres, personas trans, inmigrantes, extranjeros y miles de seres sin nombre que “desobedientes y obstinados, agotados, no piden nada, solo pasar, el simple deseo de dar la espalda a la muerte y la miseria”(13). Son cuerpos criminalizados, patologizados, que funcionan como dispositivos de clasificación en los procesos de globalización del discurso capitalista y sus despojos. Cuerpos desplazados, feminizados, exiliados, deportados, expulsados; cuerpos frontera, como nombra Achille Mbembè a los cuerpos racializados, flujos de desechos, de restos de la humanidad sobrante. Es la crueldad cotidianizada.
En el presente apartado nos enfocaremos en la crueldad, que es sin duda, uno de los rasgos contemporáneos de la “episteme de la violencia”(14). Consideramos fundamental detenernos en este concepto, dado que en el contexto contemporáneo la extensión de la violencia y la lógica de la crueldad constituyen el instrumento más acabado para mantener cualquier sistema de poder y dominación. Inmensas poblaciones y sectores de seres humanos la viven en su más desnuda existencia, en la medida en que sus vidas precarizadas están expuestas al desamparo, a la mera sobrevivencia, al hambre cotidiano, al abandono, a la violencia y a la muerte cruenta.
Según el Breve Diccionario Etimológico de la Lengua Castellana de Corominas(15), la palabra “crudo”, del latín crudus, significa “que sangra” y se emparenta con “cruento”, agravar un mal, volver a sangrar una herida o volver a hacer sangrienta una lucha. La crueldad consiste en derramar sangre -o más ampliamente energía, vida- sin otra razón que hacerla derramar. Ella surge de una exasperación que pretende a toda costa dominar la vida. Y cuanto más íntimo es aquello exhibido al desgarrarse, mayor es la crueldad.
La psicoanalista argentina Ana Berezin(16) lo expresa de forma contundente:
“Es así como la crueldad es un rasgo exclusivo de la especie humana, es una violencia organizada para hacer padecer a otros sin conmoverse o con complacencia ¿La complacencia de no conmoverse? La crueldad es un modo de violencia que se despliega para anular cualquier modo de alteridad. No sólo es la destrucción de los otros y de lo otro de los otros, sino también la destrucción del otro/Otro en cada sujeto, es decir de sí mismo también.”
Esos cuerpos lacerados, sangrantes, disidentes, torturados, dolientes, garantizan con su presencia que son cuerpos sobrantes a los que por odio se les intenta aniquilar. Un odio que, al decir del psicoanalista Jacques Hassoun(17), es “el cumplimiento de una última fractura en la existencia del sujeto, capaz de ser literalmente un factor cancerígeno en el contexto de lo que funda la relación consigo mismo y con el otro”.
Hoy los discursos de odio proliferan desde posiciones gubernamentales y se encarnan en la sociedad en su conjunto, se dirigen “contra nuestras sensibilidades y comunidades afectivas, las que defendemos la memoria histórica contra los negacionismos, que enarbolamos las luchas feministas, diversas, afro e indígenas. Sensibilidades que no comulgan con la violencia de los discursos de odio”(18), y tristemente también se encarnan en sujetos que asesinan a sus compañeras sentimentales, las despedazan brutalmente, las meten en una refrigeradora, las tiran al río para que las devore un cocodrilo, o las queman.
Se trata de una particular versión del horror y de la crueldad que define los actos y las desapariciones reconocidas como feminicidios. La filósofa italiana Adriana Cavarero, en su libro Horrorismo, se refiere al tema de la violencia contemporánea en toda su intensidad y reflexiona acerca de cómo es posible nombrarla. Para comprender adecuadamente lo que la filósofa quiere decirnos, es necesario prestar atención a la singularidad de las situaciones, ya que cada una de ellas tiene un nombre y una historia. Aunque el horror intente borrarlas. “No es cuestión de inventar una nueva lengua, sino de reconocer que es la vulnerabilidad del inerme en cuanto específico paradigma epocal lo que debe venir a primer plano en las escenas actuales (…) disponer de su palabra para cubrir el silencio, sin olvidar el alarido.(19)”
Dado que en este texto trabajamos la episteme de la violencia y la crueldad contemporánea resulta importante preguntarnos a qué nos referimos cuando hablamos de lo contemporáneo y qué significa ser contemporáneos. El filósofo italiano Giorgio Agamben(20), en su ensayo ¿Qué es lo contemporáneo?, plantea que contemporáneo es “aquel que mantiene la mirada fija en su tiempo, para percibir no sus luces sino su oscuridad. Es, justamente aquel que sabe ver esa oscuridad, aquel que está en condiciones de escribir humedeciendo la pluma en la tiniebla del presente.”
Contemporáneo es quien sabe ver esa sombra e intenta incidir en ella. Coincidimos con el planteamiento propuesto por este autor en el sentido que la contemporaneidad es una relación singular con el tiempo, que adhiere a este y a la vez toma su distancia. Precisamente, es esa relación con el tiempo, que fija a través de un desfase y un anacronismo; no coincide a la perfección ni se adecúa a sus pretensiones.
Percibir la oscuridad del presente implica justamente vivir en este contexto de crueldad generalizada que afecta a mujeres, jóvenes, personas trans, niños y cuerpos en situaciones de vulnerabilidad, puesto que la crueldad refiere a lo que está más allá del poder y sus figuras y mecanismos de sometimiento, produce categorías sobrantes, residuales, desechos, “nuda vida”(21) , sujetos sin rostro ni nombre, meras existencias entre humanas y no humanas para las que se legitima un trato cruel e inhumano.
Costa Rica no está exenta del ejercicio de la necropolítica, la crueldad y los discursos de odio generalizados, ya que en este país de “paz”, la muerte opera como un genocidio por goteo en una sociedad precarizada contra mujeres, jóvenes y poblaciones trans. Esta situación genera un estado de parálisis que “petrifica a quien la vive frente a la pantalla de los noticieros a cualquier hora del día, lo congela, pero también le provoca repugnancia”(22). En particular, esta repugnancia es la sensación producida por una sociedad del espectáculo habituada cada día más a observar los gestos del horror en las pantallas.
Especialmente hay un ensañamiento con los cuerpos femeninos. Se queman sus rostros, se destruyen sus cuerpos, se borran sus rastros. Pensemos en los feminicidios en América Latina que incluyen a toda persona brutalizada por el hecho de ser feminizada, por ejemplo, las mujeres trans. Estas muertes se dan a conocer en pantallas televisivas y sensacionalistas, pero no pasan de ser una noticia que provoca un horror instantáneo y que a la semana siguiente o al otro día vuelve a suceder algo similar.
Cuando hablamos de un ensañamiento particular contra las mujeres, nos referimos a que este se da, en su mayoría, en la esfera doméstica; es decir, que son mujeres asesinadas por sus parejas, exparejas o familiares. Según el Observatorio de Violencia de Género contra las Mujeres y Acceso a la Justicia, en el 2023 se contabilizaron más de 20 feminicidios, lo que significa mujeres asesinadas solo por su condición de ser mujeres. Natalia, Elena, Adelaida, María, Luz, Amira, Aura, Yuliana, Sandra, Anielka, Hannia, Thyra, Alina, Estrella, Kristel, Nahomy, Dylana, Lindsay y Bebé son los nombres de estas mujeres asesinadas.
Para ubicar el contexto necropolítico que estamos atravesando, consideramos importante mencionar algunas cifras. Las estadísticas muestran un aumento vertiginoso de la violencia, la muerte y la crueldad. Desde el 2015 las muertes en Costa Rica por cada 100 000 habitantes han venido en aumento. En el año 2017 se registró una tasa de homicidios de 12,2% con un total de 603 homicidios. En el 2019 fue de 11,2% con 564 homicidios. Para el 2021 la tasa aumentó a 11,4% con un total de 588 homicidios (Observatorio de Violencia de Género contra las Mujeres y Acceso a la Justicia, 2021). Para el 2023, se registraron 907 homicidios, 240 muertes más que el año anterior, la mayor cifra contabilizada por homicidios ocurridos en el país; estos datos marcan el año 2023 como el más violento de la historia.
Sin embargo, las cifras parecen no acabar ahí, la lista es interminable y las crónicas de nuestros días nos muestran algunos de esos nombres como repertorio del horror. Resulta imprescindible resaltar que en contra de cada una de ellas se cometió feminicidio, es decir, no fue un asesinato cualquiera ni un crimen pasional, ni un acto de celos, ni una conducta que merezca ser psicopatologizada. Más bien, es un acto político de exterminio que atraviesa latitudes, países, geografías, en las que el Estado es responsable de generar impunidad.
Los feminicidios, como lo indica Montserrat Sagot(23), expresan “de forma dramática la desigualdad entre lo femenino y lo masculino y muestran una manifestación extrema de dominio, terror, vulnerabilidad social, de exterminio e incluso impunidad”. Para esta antropóloga y socióloga costarricense estudiosa e investigadora del tema, estos asesinatos deben categorizarse dentro del continuum con el feminicidio.
Es justamente allí donde radica la vulnerabilidad de nuestros cuerpos singulares expuestos al horror en las manos del otro que ultraja y aniquila bajo el manto de la normalización. Contemplar la crueldad desde el horror significa no poder olvidar que “el objeto de la violencia no es una categoría, sino alguien con un nombre propio y un rostro(24).
Coincidimos con la filósofa Judith Butler en que la violencia es acto e institución y una atmosfera tóxica de terror. Esta autora señala que “la situación del feminicidio no implica solo el asesinato activo, sino que incluye también el mantenimiento de un clima de terror, uno en el que cualquier mujer, incluidas las mujeres trans, puede ser asesinada”(25). Por esta razón a cada una de estas mujeres se les hace difícil dormir y vivir bajo la amenaza constante de un enemigo invisible para todas, pero que toca las amenazas, los fantasmas y las angustias propias de cada una.
En este sentido, es importante rescatar que tanto la tendencia creciente en el número de feminicidios como la lógica de crueldad con la que se ejecutan, son situaciones que afectan subjetiva y colectivamente a la ciudadanía costarricense, generando una lógica de terror generalizado que se expande como humo en el tejido social.
Creemos en la necesidad de que las categorías para pensar la realidad sean multidisciplinarias, intergeneracionales y transversales; que rechacen los binomios bueno/malo, sano/enfermo, normal/anormal, salud/enfermedad, amigo/enemigo, categorías en la lógica de contrarios, de visión schmittiana que responde a un combate feroz contra el enemigo, cuyo principal fin es segregar. Necesitamos que estas categorías nos ayuden a pensar y resistir, donde los cuerpos no pierdan densidad política en medio del necropoder del capitalismo gore que les arrebata sus sueños, sin ver que, tal como lo plantea el psicoanalista Jean Allouch(26), “Los seres cuya muerte pone de luto son precisamente los que tienen el estatuto de irremplazables. El problema del duelo debe reconsiderarse completamente a partir de allí a partir de la pérdida considerada como pérdida total, radical, sin ninguna recuperación futura”.
Nos preguntamos: ¿Quién escucha los decires, los duelos y las historias singulares de quienes atraviesan, cueste lo que cueste, el brutalismo de esos paisajes de muerte, dolor y horror? Esa violencia epistémica que encarna la crueldad más exacerbada nos toca desde la vergüenza -efecto que raramente se siente- y genera el deseo de potenciar los afectos para lograr que en comunidad aflore la hospitalidad y la ternura frente a tanta crueldad y ante esta gramática de muerte generalizada contra poblaciones en contextos de vulnerabilización. Nos dice Joan-Carles Mèlich(27):
“Ni vergüenza, ni mala conciencia, nadie pide perdón, ni se arrepiente de nada. Y si en algún momento uno se sobresalta, siempre está a tiempo de entrar en un chat o de ver una nueva serie y así poder dormir a pierna suelta. En cualquier caso, alguna pastilla hará su efecto.”
Es así que esta violencia y su lógica de crueldad no debemos reducirla al plano individual, psicológico ni a ningún inventario de diagnósticos, ya que se trata de un sufrimiento cuyas manifestaciones expresan la más absoluta intemperie y desamparo y, en muchos casos, impunidad hacia quien comete estos feminicidios. Sin embargo, hay quienes intentan ubicarlo en el lugar de la patologización, lo cual sería, sin duda, un acto de violencia.
Hay que recordar que la pasión por la clasificación oscurece estos tiempos en que la división entre lo normal y lo patológico cobra un peso extraordinario en el discurso científico y es otra de las formas que encarna el control social. Patologizar puede significar también una forma de justificación.
Se trata de vaciar las etiquetas de su contenido positivo y determinista con el fin de convertirlas en espacios de construcción siempre cambiantes. Se deben fomentar nuevas formas de subjetividad mediante el rechazo de esta forma de individualidad. Resulta crucial escaparse de modelos de subjetividad que convocan al escrutinio normalizante, dado que podemos constatar un empuje cada vez mayor hacia el dispositivo vertical del discurso capitalista. Esta situación produce el plan macabro de una sociedad medicalizada y criminalizada, un sueño cientificista enmarcado en el exceso obsceno de un manual que introduce al sujeto en la clasificación de los protocolos, a través de la expansión de diagnósticos en serie. Jean Allouch(28) es categórico en sostener que:
“La psiquiatría norteamericana, y en adelante la de todo el mundo, se ha movilizado en esta dirección, no sólo afinando sus descripciones clínicas o ajustando nuevas enfermedades a un repertorio un poco más extendido u ordenado, sino transformando radicalmente su sentido del término clínica. Se crea así un sujeto sin memoria, sin interrogantes y sin la cuota de sombra, opacidad y sin sentido que nos acompaña como seres hablantes desde el comienzo de la experiencia humana.”
En el texto, Despatologizaciones: homosexualidad, transexualidad… ¿otra más?, Allouch(29) se propone que, “por no haber acogido lo diverso, hemos estado marcados por el hierro al rojo vivo de la vergüenza”. A su vez, señala que son los movimientos queer los que han dado los primeros pasos en señalar esa vergüenza, no la psiquiatría norteamericana ni la psicología ni el psicoanálisis. ¿No será conveniente interrogarnos y cuestionar nuestras prácticas, esta oscura costumbre de empañar las imágenes con etiquetas? “Rehusarse a ser identificado y clasificado, como lo plantea la ética queer, es un acto de resistencia al poder y al control social”(30).
Resulta imperativo dejar a un lado las clasificaciones, la nosografía, los saberes petrificados de la academia para escuchar los silencios singulares que se cuelan entre las palabras y el dolor. Es necesario vaciar las etiquetas, cuestionar los valores morales, los prejuicios y estereotipos, sin binarismos, dualismos ni categorías universales; así como propiciar desdoblamientos, movimientos, registros múltiples y diversos que acojan subjetividades y diversidades.
Consideramos que, en la subjetividad contemporánea, el sujeto sobre el que se ejerce una nomenclatura y una clasificación es tomado como un resto, un desecho, a partir de su envoltura y de la categoría en la que fue encerrado. De allí deviene la segregación, que podemos entender como una construcción que recubre por lo menos tres conjuntos de prácticas: 1) encierro simbólico o real; 2) lógica de la inclusión a través de la exclusión; y 3) violencia y crueldad contra la singularidad y todas las marcas de alteridad.
Félix Guattari(31), en una entrevista para la televisión griega, se pregunta “¿Qué hacen con ustedes mismos, con su propia locura, con su singularidad, con su muerte, con su deseo? ¿Cómo se oponen a la burocracia que gangrena las instituciones universitarias y psiquiátricas?”. Estas preguntas no han perdido su vigencia en absoluto. Una cosa es atravesar tiempos oscuros y otra, muy distinta, someterse ante la inercia mortífera y alienante de la sumisión, porque si bien la crueldad es potencialidad del accionar humano, también lo es la capacidad de resistencia en comunidades afectivas, en construcción y tejido del lazo social con otros, en alojar desde la hospitalidad que reconoce en cada sujeto que habita la misma parcela de humanidad a un huésped y no a un enemigo que hay que aniquilar.
Conclusiones
Para finalizar es necesario apuntar que la creciente violencia que genera múltiples crisis en nuestros territorios, poblaciones y cuerpos no es una situación excepcional. Es resultado directo, aunque ciertamente espectralizado, del régimen de gobierno de la modernidad colonial y su episteme de la violencia que obtiene ganancias tanto sociales como simbólicas y económicas con la aceptación acrítica del ascenso de la crueldad extrema que, como hemos visto en este trabajo, se despliega de manera amplia en sociedades como la costarricense, la cual hasta hace un par de décadas, parecía ser un paraíso democrático y pacífico.
A lo largo de este texto hemos abordado la presencia de cuerpos atravesados por la marginalización, la crueldad, el horror y la muerte. Sin embargo, somos enfáticas en considerar que la vulnerabilización se convierte en condición de posibilidad, en profundidad para la sublevación como gesto e impulso de libertad, tal como es “la fuerza de nuestras memorias cuando estas prenden con la fuerza de los deseos cuando se inflaman”(32). He allí, en ese gesto de sublevación, una dimensión política y ética.
Por ello resulta urgente reinventar solidaridades sociales donde los saberes y las disciplinas conjuguen su creatividad para conjurar la barbarie y la destrucción de la pulsión de muerte hacia el sujeto y la civilización.
Construir lógicas emancipatorias que disputen formas de habitar el mundo, pero sobre todo que sean capaces de generar resistencias, sublevación y potencia contra el patriarcado, la misoginia generalizada, las categorías epistémicas coloniales que se basan en la racialización y jerarquización de la población del planeta.
Escribir para luchar contra el desamparo de la crueldad normalizada, en una escritura que apele al deseo de libertad, a conceptualizar de otro modo la sombra de la contemporaneidad. Escribir como acto cotidiano de resistencia en la construcción de una memoria histórica. Escribir y hacer preguntas que apelen al valor de la apertura y la transformación en tiempos y temas convulsos y oscuros.
Bibliografía citada
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(2) Valencia, S. (2010). Capitalismo Gore. Barcelona, Melusina.
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(6) Ciccia, L. (2024). “Extractivismo vital como el paradigma del saber moderno-colonial: vivisección,bestialización y delirio”. En Prensa. p.1.
(7) Valencia, S. (2010). Capitalismo Gore. Barcelona, Melusina.
(8)Este programa salió a la luz el 6 de octubre del año 2000 en los Estados Unidos y fue retirado del aire el 27 de septiembre 2015, tras 15 temporadas muy exitosas, el motivo de su retiro fue la creciente demanda y consumo de contenidos similares producidos por plataformas como Netflix que fueron dejando obsoletos a los programas transmitidos por televisión ordinaria.
(9)Valencia, S. (2010). Capitalismo Gore. Barcelona, Melusina p.26.
(10) Estévez A y Vázquez, D. (2027),(Coords.) 9 razones para (des)confiar de las luchas por los derechos humanos. México, FLACSO /CISAN, UNAM.
(11) Mbembe, A. (2011). Necropolítica. Barcelona: Melusina.
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(14) Valencia, S. (2010). Capitalismo Gore. Barcelona, Melusina.
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(16) Berezin , A. (2010) Sobre la crueldad. La oscuridad en los ojos. Buenos Aires, Psicolibro Ediciones. p.5
(17)Hassoun, J. (1999). El oscuro objeto del odio. Buenos Aires: Ed Catálogos.
(18) Bidaseca, K. (2024). Boca-nadas. Cuando la distopía nos alcanzó. Ecos de las poéticas disruptivas en el arte y el artivismo feminista (1970 a 1999). XII Escuela Iberoamericana de Infancias y Juventudes. Universidad de Manizales, Buenos Aires. p.7
(19) Cavarero, A. (2009). Horrorismo. Nombrando la violencia contemporánea. Anthropos. p.12
(20) Agamben, G. (2011). ¿Qué es lo contemporáneo? En Desnudez, Buenos Aires, Adriana Hidalgo. p.21
(21) Agamben, G. (2004): Estado de excepción, Buenos Aires, Adriana Hidalgo.
(22) Vul, M. (2022). Testimonio: Pasajes, Inquietud e Indecibles. En Coloquio: Retomar no es Repetir. ¿La Alteridad Psi o la Alteridad Literal? EN EL MARGEN, revista de psicoanálisis. https://enelmargen.com/2022/12/22/el-testimonio-pasajes-inquietudes-e-indecibles-por-monica-vul/
(23) Sagot, M. (2007). Femicidio (feminicidio). Diccionario de estudios de género y feminismos, Ed. Buenos Aires, Biblos. p. 62
(24) Cavarero, A. (2009). Horrorismo. Nombrando la violencia contemporánea. Anthropos.
(25) Butler, J. (2020). Sin miedo. Formas de resistencia a la violencia de hoy. (Trad. Inga Pellisa Díaz). Taurus. p. 45
(26) Allouch, J. (2009). Contra la eternidad. Ogawa , Mallarmé, Lacan. Cuenco del Plata. p.19.
(27) Mèlich, J. C. (2021). La fragilidad del mundo. Ensayo sobre un tiempo precario. Tusquets Editores S.A. p.214.
(28) Allouch, J. (2012): Despatologizaciones: Homosexualidad, transexualidad. http://www.jeanallouch.com/pdf/245 p.5
(29) Allouch, J. (2012): Despatologizaciones: Homosexualidad, transexualidad. http://www.jeanallouch.com/pdf/245
(30) Vul, M. (2018). Despatologizar. Un desafío al control establecido. Revista Crítica Penal y Poder. N.14, pp. 98-112.
(31) Guattari, F. (1991): Entrevista para la televisión griega. https://www.youtube.com/watch?v=pJ4FOFe-xuA
(32) Didi-Huberman, G.(2018) Sublevaciones. MUAC. UNAM
Referencias bibliográficas
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Sayak Valencia. Investigadora del Colegio de la Frontera Norte Centro de Investigación CONAHCYT y de la Red temática: Violencias, subjetividades y colectivos en contextos de vulnerabilización. Necropolítica y duelos.
Mónica Vul. Coordinadora de la Red temática: Violencias, subjetividades y colectivos en contextos de vulnerabilización. Necropolítica y duelos y del Programa de Investigación en Violencia y sociedad del Instituto de Investigaciones Psicológicas IIP. Universidad de Costa Rica UCR. Ejerce el psicoanálisis en práctica privada desde 1984. Profesora invitada de la Universidad de Barcelona desde el año 2007. Autora de numerosos artículos en libros y revistas nacionales e internacionales en temas de juventudes, violencias, psicoanálisis y cultura.
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