Vuelta al porvenir. «No tan loco»: Testimonio trans textual a partir de las marcas de una conferencia de Jean Allouch. Por Esteban Monge Flores

Cuidado Editorial: Viviana Garaventa y Yanina Marcucci.

Imagen de portada:Katsushika Hokusai. Pesca con antorchas en la provincia de Kai.

Este texto fue editado, revisado y autorizado por el autor.

Yo no estuve ahí. No asistí a la conferencia que dictara Jean Allouch el 30 de julio de 1995 en Costa Rica. En ese año, yo estaba transitando otros caminos. Cursaba mi segundo año de Derecho. Recuerdo que en el último año del liceo, cuando tenía que decidir qué iba a estudiar en la universidad, había puesto en el formulario respectivo, como primera opción, Derecho, por delante de Psicología (¡!) y Arquitectura. La nota de admisión me alcanzó para ingresar a Derecho. Además, hice las pruebas para ingresar a la Escuela de Música a llevar clases de guitarra y, aunque me aceptaron, tuve que escoger —no sin algo de contrariedad—, por choque de horarios, llevar el curso de Sistemas de investigación y razonamiento jurídico, en lugar de Lectura musical. En el 95, también, tenía escritas algunas de las canciones que, un año después, grabaría en los estudios de Radio U, de la Universidad de Costa Rica.

Un año antes había tenido mi primer contacto con la teoría psicoanalítica. El profesor de Filosofía del Curso Integrado de Humanidades había seleccionado, como lecturas de su clase, El malestar en la cultura, de Freud, y El discurso de las artes y las letras, de Rousseau. Recuerdo la sensación de apertura del mundo —o de mi visión de este— que tuve leyendo ambos textos. Incluso, escribí una canción a partir de impresiones que su lectura generó en mí.

A El malestar en la cultura volvería cuando, en cuarto año de la universidad, mi profesor de Filosofía del Derecho —que fue el mismo que dio el curso, en primer año, por el que no pude llevar el de Lectura musical— me dijo: – “Usted, que es artista, no estaría mal que leyera Eros y civilización, de Herbert Marcuse. Le va a interesar”. El libro, publicado en 1955, lleva por subtítulo “Una investigación filosófica sobre Freud” y cuenta con un epílogo titulado “Crítica del revisionismo neofreudiano”, en el que el autor acusa a esta corriente de convertir al psicoanálisis en una psicología del yo y en una terapia adaptacionista, que borra todos los elementos subversivos que aquel tenía. Es por eso que, a la afirmación de Allouch de que el psicoanálisis será foucaultiano o no será, yo le agregaría, para mí, “foucaultiano y marcusiano”.

Es así como, para el año siguiente, matriculé cursos en la Facultad de Filosofía. La lectura de Eros y civilización fue una de las razones. Otra razón fue la de evitar que el abogado en el que me podía convertir una vez que terminara la carrera de Derecho, ahorcase, con su corbata, al artista.

Ya en Filosofía, asistí a un seminario sobre Freud y a otro sobre Marcuse, lo que me motivó, años después, no sin vencer ciertas resistencias, a escribir mi tesis en Derecho, la cual lleva por título “La abolición del sistema penal: algunas consideraciones fundamentadas en el pensamiento de Herbert Marcuse” (Monge, 2008).

Puedo decir que fue, a partir de ese contacto con la teoría psicoanalítica, que llegué a considerar que si algún día hacía algún tipo de proceso “psicoterapéutico” (¿?) sería con un/a psicoanalista. Recuerdo que, cuando cumplí con esa promesa/amenaza, la reacción de uno de mis hermanos fue decirme: – “Pero usted no está tan loco”. Ese “tan” lo relaciono con lo planteado por Allouch en la conferencia del 30 de julio de 1995, en la que no estuve, pero cuyos efectos, puedo decir, han marcado mi recorrido por y con el psicoanálisis.

Yo, que era quien había decidido ir a análisis, no asociaba mi movimiento con “la locura”. Mi hermano, sí. Y esto, por un lado, me hace pensar que cierta locura (o grado de esta) sí que sería aceptada como “normal” y “permitida”, y, por otro lado, que culturalmente está posicionada la idea de que quienes van -o a quienes los llevan- a “terapia” están locos. ¿Esto no se relaciona con una especie de consenso, institucionalmente establecido, que es el que Allouch, en su conferencia del 95, –y desde cierto psicoanálisis, en diálogo con Foucault– cuestiona?

Antes de volver a la conferencia del 95, quisiera compartir algo de mi experiencia en relación con la lectura de dos de los libros de Allouch: Erótica del duelo en tiempos de muerte seca y El psicoanálisis ¿es un ejercicio espiritual?

En cuanto a Erótica del duelo en tiempos de muerte seca —libro que en el 95 Allouch traía “en sus manos, aún sin traducir del francés”, tal y como indican Helga Fernández y Ginnette Barrantes en la invitación a participar en este ejercicio de escritura—, su lectura tuvo efectos en mi proceso de análisis y en mi forma de acercarme a la teoría psicoanalítica. Y es que mi proceso de análisis y mi interés por la teoría psicoanalítica siempre han estado vinculados.

Cabe señalar que mi lectura de “la Erótica” fue antecedida por la de Duelo y melancolía, de Freud. Dos ideas me quedaron marcadas a partir de la lectura del texto freudiano: una, que, tanto en el duelo como en la melancolía, se da la pérdida de un objeto, sólo que en la melancolía el sujeto no sabe que ha perdido o no se sabe qué ha perdido con lo que perdió. La otra idea es la de que el duelo termina cuando el objeto perdido es sustituido por otro objeto. De esta segunda tesis, Allouch hace una crítica en su libro, crítica que yo sintetizo diciendo que ningún objeto es sustituible por otro, porque cada objeto es único, singular. El análisis que hace Allouch del texto freudiano es más complejo y no pretendo, en este escrito, desarrollarlo más. Además, en su libro, desarrolla una nueva concepción del duelo.

Ahora, podrán imaginarse (o no) lo que la lectura de ambos textos, con las páginas grises del de Allouch incluidas, en pleno proceso de análisis, provocó en alguien que nació poco más de un año después de la muerte de un hermano que falleció a los tres meses de edad. Es así como me encontré, muchos años después, viviendo esa pérdida como si la misma estuviese efectuándose en ese momento. Tengo claro que no fue la lectura, por sí sola, lo que tuvo ese efecto. Pero, con esta, algo se movió.

La mejor imagen que encontré para expresar lo que estaba experimentando en aquel momento es la siguiente: yo me veo a mí mismo en una especie de jardín en el que estoy con una tenue y constante sensación de angustia. En el jardín hay un muro. Más que el muro, lo que me provoca ansiedad es no saber qué hay detrás de él. El muro se cae y un material (lodo), que estaba ejerciendo presión sobre el muro, me pasa por encima.

A partir de ese momento, pienso que la palabra, el hablar en análisis, fue lo que hizo que el muro, poco a poco, se fuera debilitando hasta ceder y caerse. Fue como si las palabras, en análisis, hubiesen operado como una especie de mazo con el que iba golpeando, de a poquito, el muro, para que este se cayera. Pero, también como una especie de lazo con ¿la persona? analista que me permitió soportar ese revolcón, para no “enloquecer” y, superada esa especie de crisis, estar sin ese muro y sin esa sensación de ansiedad.

Cuando, en análisis, hablo de esta escena del jardín y el muro para dar cuenta de lo que sentía que era el análisis para mí, recuerdo que cuando tenía 10 años, en una tarde de aguacero, el muro del patio trasero de casa cedió por la presión que ejercía la tierra mezclada con agua que había en el lote contiguo y un lodazal invadió buena parte de esta.

Tiempo después, a la lectura de “Erótica del duelo” se sumó la de “El psicoanálisis ¿es un ejercicio espiritual?”, otro de los libros que para mí se ha vuelto imprescindible. El planteamiento que Allouch hace en ese texto en cuanto a lo que es el psicoanálisis (o, mejor, el spychanalyse, en tanto ejercicio espiritual), para alguien que no proviene del campo “psi”, resultó estimulante y provocador. Algo similar me generó la lectura de Enséñame a desistir de mi locura, comenzando por el título de la conferencia.

Me resulta necesario recalcar que Allouch indica que en su conferencia va “a tratar de examinar cómo, en el Occidente moderno, se intenta una respuesta a esta cuestión” (entiendo que se trata de la cuestión de la locura), a partir de lo que llama dos hechos cotidianos: uno, relacionado con algo que había pasado, hacía poco tiempo, en un hospital psiquiátrico de París; el otro, relacionado con un relato corto de un autor austriaco, Thomas Bernard.

Mientras leía el texto me resultaba imposible no asociar, al estilo de Erasmo de Rotterdam, cada uno de estos hechos con dos textos que me resultan cercanos. Uno de estos es “un estudio de caso” (entrecomillado porque sé que lo de los estudios de caso, en psicoanálisis, es objeto de una discusión); el otro, una canción.

En el primero de los hechos cotidianos (intuyo que la expresión hace referencia a que son hechos que, efectivamente, sucedieron), una mujer es internada contra su voluntad, a la demanda de un tercero, “después de romper todo lo que había en un apartamento”, acto que “fue juzgado por la sociedad como inadmisible”. Para Allouch, quien interrogó a esta mujer, el acto, “juzgado como loco, era totalmente racional”, y llega a cuestionar si la locura está del lado de la mujer que es internada o del lado del aparato pedagógico y judicial.

Me resulta imposible no relacionar este pasaje del texto de Allouch, con el caso de Iris Cabezudo, que Raquel Capurro y Diego Nin abordan en el libro Extraviada, publicado en el año 94, un año antes de que se publicara la primera edición, en francés, de “Erótica del duelo” y de la conferencia de Allouch.

Sobre el libro Extraviada escribí un artículo para el Cuaderno de Psicoanálisis Claroscuro No. 5. Sismografías de un extravío, publicado en 2017 y que comencé a trabajar en el marco de uno de los cursos de la maestría en Teoría Psicoanalítica que cursé. El texto se titula “El acto ¿de Iris?: posibles relaciones entre derecho penal, psiquiatría y psicoanálisis en Extraviada”. En este desarrollo tres momentos argumentativos:

«(…) un primer momento en el que abordo la forma en que la prensa emite un veredicto inicial en torno al acto de Iris y el peso que tendrá dicho veredicto en la construcción jurídico-psiquiátrica del caso. Un segundo momento en el que desarrollo la idea según la cual la sentencia judicial constituye, en realidad, una condena en contra de Iris, ya que, pese a que se la absuelve, se la despoja de su acto y su decir. Y un tercer momento en el que planteo la forma en que la noción de sujeto vendría a constituirse en el punto de ruptura entre la construcción jurídico-psiquiátrica del caso y una lectura psicoanalítica del mismo, como la que nos proponen Capurro y Nin.» (Monge, 2017, p. 85).

La publicación de Extraviada, como lo indican sus autores, “obedece al hallazgo de ciertas páginas escritas, unas por un psiquiatra, a modo de peritaje de un crimen, y otras —años después—, por la autora misma de ese crimen” (Nin y Capurro, 1995, p. 9).

A lo anterior, agregan que el libro “pretende hacer un lugar a escritos que, producidos al modo de actas interminables, brotaron de un acto terrible: un crimen parricida” (ibid.); para luego afirmar que la publicación “sólo puede entenderse entonces como acto de admisión y de atención a un decir que pugnó por hacer saber, un decir rehusado y socialmente devaluado como loco” (ibid.). ¡¿Como el decir —y el actuar— de la mujer de la que nos habla Allouch en su conferencia y que él reivindica como “totalmente racional»?!

Los hechos a los que se refiere el libro Extraviada datan del año 1935. La complejidad de estos, en cuanto a su despliegue en el tiempo y a las personas involucradas y sus roles —con particular relevancia el del padre y el de la madre de Iris—, superan en mucho el alcance de este escrito. Lo importante, para efectos de lo que me interesa analizar, es que estos incluyen la intervención del aparato judicial, mediante un proceso penal en el que la psiquiatría se pone al servicio de dicho aparato y en el que Iris es despojada de su acto, declarándola inimputable, pero sana mentalmente, lo cual constituye una paradoja.

Es decir, terceros que no la quieren internar en la cárcel terminan, primero, condenándola a una muerte subjetiva al despojarla del acto que ella reivindicaba para sí (matar a su padre); luego, internándola en un psiquiátrico con un diagnóstico de paranoia y, posteriormente, dándole la salida, pero no permitiéndole trabajar como docente, para lo cual se había formado.

En ambos casos, la locura —y violencia institucionalizada, agrego yo— estaría, según Allouch, Capurro y Nin, en el lado del aparato pedagógico y judicial. De hecho, de esta violencia hablo en mi tesis de licenciatura en Derecho. El lado loco y violento de la ley y, en particular, del sistema penal.

El texto que relaciono con el otro caso planteado por Allouch en su conferencia —el de la historia del cartero narrada en el relato Locura, de Thomas Bernard— es la canción El hombre extraño, de Silvio Rodríguez.

En esta obra, Rodríguez cuenta la historia de un hombre que, en lugar de revisar las cartas y quemar las que eran portadoras de malas noticias, “besaba todo lo que hallaba a su paso”, razón por la que “los cuerdos lo llevaron donde nadie lo viera, donde no recordarlo”. Esto sería el equivalente al internamiento del cartero.

Ya en su celda, dice la canción, este hombre extraño continúa besando sus zapatos, su catre, los barrotes y las paredes de barro. Un día, sin avisar, muere este hombre extraño “y, muy naturalmente, en tierra lo sembraron” siendo que, “en ese mismo instante, desde el cielo los pájaros descubrieron que al mundo le habían nacido labios”. Así termina la canción.

Igual que en el cuento del cartero “benefactor de la humanidad”, como le llama Allouch por quemar las cartas que contenían malas noticias, ¿de qué lado está la locura y la violencia? ¿Del lado del hombre que lo besaba todo o de quienes quieren ocultarlo? ¿Para qué está hecho el encierro? ¿Para “curar a quién está loco” o para apaciguar la inquietud que este genera en los demás, en quienes “no lo están”?

¿Las preguntas que formula Allouch, en el 95, sobre quién nos enseña cómo dejar atrás la locura o cómo vérselas con esta, siguen teniendo vigencia? ¿Qué posición se sostiene hoy, desde el —o los— psicoanálisis, en relación con las mismas, tanto en lo teórico como en la práctica, en “cada caso”?

Para mí, lo que en aquel año vino a plantear Allouch es que el psicoanálisis no responde a la demanda tal y como se supone que se tendría responder desde lo que podemos llamar, siguiendo a Foucault, el “campo psi”, el cual engloba a la psiquiatría, la psicología y al propio psicoanálisis en algunas de sus vertientes, incluyendo la ego psychology de la que habla Marcuse. Estas compartirían la pretensión de estar constituidas sobre la base de un saber científico prestablecido. Del que es poseedor un sujeto (libre de toda locura), el cual versa sobre lo que tiene otro sujeto (enfermo o loco) y es, gracias a ese saber que, a la vez, constituye un poder, va a enseñarle a dejar atrás su locura adaptándolo a la realidad o imponiéndosela. La pregunta que me hago es si se puede -así o de otra forma- dejar atrás la locura y qué locura.

Para decirlo de otra forma, Allouch nos habla, en el 95, de un psicoanálisis que responde a la demanda sin dar una respuesta y, si la da, esta no es única y para todos, con lo cual estaba sacando al psicoanálisis del “campo psi”. Esto no quiere decir que el psicoanálisis no atienda o no acoja la demanda. Pero, atender o acoger no es lo mismo que responder dando una respuesta preconcebida desde un saber ya existente. También, Allouch vino a poner en tensión la idea de una cura consistente en dejar atrás la locura gracias a los buenos oficios de alguien que no está loco. Expresiones como “la locura es necesaria para toda experiencia” y “nada importante en la vida se hace sin locura” van en esa línea.

Quizás, algo que puede llegar a suceder en un proceso de análisis es que la demanda por dejar atrás la locura se transforme en un preguntarse qué hacer e, incluso, qué crear con mi locura.

Desconozco cómo pudo ser recibido un planteamiento de este tipo, en un contexto como el de 1995, por el medio psicoanalítico costarricense. Quienes estuvieron allí podrían dar cuenta de ello y decir si este se encontraba, hegemónicamente, en esa posición estoica de la que habla Allouch. Me surge otra pregunta: ¿en qué posición se encuentra hoy?

Cierro mi escrito con una observación: recordemos que, el verbo “demander”, en francés, significa tanto “preguntar” como “pedir” o “solicitar”. Sin tener acceso a una versión en francés de esta conferencia, me surge la duda de si la traducción escogida (preguntar), es la más feliz. “Enséñame a dejar atrás mi locura”, más que una pregunta, es una petición, una demanda dirigida a alguien que, se supone, sabe cómo hacerlo. Ya Allouch nos indicó, en el 95, cómo, desde el psicoanálisis, acogerla.


Bibliografía.

Conferencia de Jean Allouch: Enséñame a dejar atrás mi locura. In$cribir el psicoanálisis. Año 3. Nro 5. Enero-Julio. Costa Rica, 1996. Asociación Costarricense para la Investigación y el Estudio del Psicoanálisis (ACIEPs). Costa Rica, 1995.

Conferencia publicada en versión digital. En el margen, revista de psicoanálisis. Buenos Aires, 2024. https://wordpress.com/post/enelmargen.com/13431

Allouch, J. (2007) El psicoanálisis ¿es un ejercicio espiritual? Respuesta a Michel Foucault, Buenas Aires, Argentina: El cuenco de plata.

Allouch, J. [1995] (2006) Erótica del duelo en tiempos de la muerte seca, Buenos Aires, Argentina, Ediciones Literales,

Freud, S. [1915] (1997) Duelo y melancolía, Obras completas, Tomo VI, Madrid, España:

Editorial Biblioteca Nueva

Freud, S. [1930] (1975) El malestar en la cultura, Obras completas, Tomo XXI, Buenos Aires, Argentina: Amorrurtu editores

Monge, E. [2008] La abolición del sistema penal: algunas consideraciones fundamentadas en el pensamiento de Herbert Marcuse, tesis de grado para optar al grado de licenciado en Derecho, San José, Costa Rica, Universidad de Costa Rica.

Monge, E. [2017] El acto ¿de Iris?: posibles relaciones entre derecho penal, psiquiatría y psicoanálisis en Extraviada, Claroscuro Cuadernos de Psicoanálisis, No. 5. Sismografías de un extravío, San José, Costa Rica: VivEros ediciones.

Nin, Diego y Capurro, Raquel (1994) Extraviada, Argentina: Edelp.



Un comentario en “Vuelta al porvenir. «No tan loco»: Testimonio trans textual a partir de las marcas de una conferencia de Jean Allouch. Por Esteban Monge Flores

  1. Hola, me gustó mucho este artículo escrito por Esteban Monge Flores porque es testimonial y articula bien las ideas de Allouch y otros autores pero lo que quiero señalar es que me pasó algo curioso en relación al título, pensé que el título de la conferencia de Allouch era “Enséñame a NO dejar atrás mi locura” y pensé que era un lapsus del autor el omitir el no. Así que volví a leer la conferencia de Allouch y me di cuenta con trabajo, que el no se lo había agregado yo pero no es descabellado esto porque Allouch que sigue a Esrasmo de Rotterdam y que tiene un gran respeto por la locura como garante de la verdad del sujeto, concuerda con ese no que defiendo. Porque no debemos pedir ser librados de nuestra locura sino aprender a vivir con ella, esa es la dirección de la cura a la que nos conduce el artículo de Allouch que titula Ustedes están al corriente, hay transferencia psicótica. Y que me llevó al hospital psiquiátrico no para tratar como los psiquiatras de erradicar la locura sino para escucharla y así poder vivir con la mía.

    Un saludo afectuoso, Carmen Tinajero

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