La Institución (Im)posible. Lo difícil es no quemarse. Por Soledad Vargas

Imagen: “Rapport” o “Separados pero juntos” (Diego Diaz)

Cuidado editorial: Yanina Marcucci y Gerónimo Daffonchio


En un haz de actos mínimos (un pijama, una vianda, un llamado) puede radicar la potencia de la ternura. También la insurrección de un acto político. Encontramos allí una revuelta de las intervenciones o de los modos de intervenir. En tiempos desabridos, ¿se puede sanar la hospitalidad con pequeños gestos que encanten un poco nada?

La guardia de un hospital aloja sobrevivientes en recintos en llamas.

Con pequeños injertos, pasajes, dones, Soledad Vargas logra en este escrito recrear lugares, espacios, tiempos siempre amenazados de aniquilamiento. Con la misma pujanza de una flor creciendo en el cemento, aloja la convicción de que algo de la vida aún pulsa en un mundo roto y  recupera la voz de la singularidad frente a las hablas institucionales que pretenden automatizarlo todo. Más cercana al lenguaje poético que al automatismo del sentido común nos invita a preguntas no tan fáciles de soportar, a trazar mapas en territorios devastados y a devolverle el valor al relato. Esta dimensión narrativa y ficcional es fundamental para habitar de nuevo los espacios y hacerlos transitables. Con todo, se trata de ese tejido, de ese entramado posible que intentamos vivificar en esta sección como los telares de Salta captados por el lente de Diego Diaz en la imagen que acompaña,  tan precisamente, al texto.

Agostina Taruschio


Lo institucional sucede más allá de nosotros, y con nosotros allí mismo. O es un sistema simbólico que nos tranquiliza. 

Es una fuerza vital, ¿es la vida tendiendo a la vida? Diría Spinoza, y ¿cuándo aparece la pulsión de muerte?

En una pasantía que hice en el año 2015 en el primer mundo llamado Europa, la búsqueda imaginaria de Lacan y un hospital que despertaba mi atención, me toparon con la psiquiatría del otro lado del océano.

Después de haber escrito una carta sin respuesta a Jean Oury para hacer la pasantía en Laborde (Oury estaba muriendo y no podía responder una carta mal escrita) me tropecé con un hospital en donde todo funcionaba. 

Funcionaban los teléfonos, las interconsultas, las paredes bien pintadas, las múltiples especialidades médicas. La comida estaba bien preparada y, además ¡era sabrosa! También funcionaban los suicidios, y funcionaba la rebelión. 

Mientras hice la stage en el único servicio psicoanalítico de dicha institución, “el sobreviviente”, supe de alguien que se había matado colgándose en la sala de contención (así conocía en Córdoba a esas habitaciones), o también llamada de isolement. Lo que para nosotros es una aparente contención, para ellos es aislamiento. Dicha sale de isolement se veía diametralmente más acondicionada que las que yo conocía, en cuanto a colchones, paredes más protegidas, sistema antifuego; realmente me llamó la atención pensar quién y cómo había logrado encontrar algo allí para un fin suicida.

Lo imaginario no siempre, o casi nunca es lo que funciona. Esta idealización comenzaría a caerse gracias a una mujer que una mañana hizo algo que no esperábamos. Parecía que “funcionaba”, parecía que estaban controladas las intervenciones, las medicaciones, la vestimenta, los protocolos.

Las pasantes (dos psicólogas porteñas, y yo) teníamos el “permiso” para observar entrevistas, escuchar, y no participar, el observador (no) participante. En ese momento de la pasantía ya entendía mucho más el idioma no materno, y de alguna manera el “acceder” a la lengua me hacía comprender el modo de los psiquiatras y el modo de algunas expresiones clínicas. 

Una mañana, una psiquiatra en formación, residente, (allá les dicen internos), entrevista a una paciente que se la escuchaba con mucha dificultad para hablar, disartria diría la clínica psiquiátrica, quizás producto de los psicofármacos; haciendo mucho esfuerzo para organizar sus ideas. La discusión se basaba en que la paciente le pedía su ropa a la psiquiatra, ya que se la habían sacado en la internación y le habían dado un pijama. La psiquiatra insistía en que no se la daría porque ella tenía el mal hábito de fugarse. Más allá que sería más fácil sortear la guardia del hospital con ropa de civil, yo me preguntaba por qué no se iba vestida con pijama. Su ropa la sujetaba al hospital, y toda la entrevista se basó en eso. Me ofuscó un poco lo acotada que encontraba a esa intervención. Una hora más tarde, mientras la misma psiquiatra entrevistaba a otra paciente internada, nos interrumpe el golpe sobre el vidrio de la puerta, es decir que sin abrirla se veía para afuera, nos miraba la paciente del pijama completamente vestida con su ropa y el pijama puesto sobre su ropa. La observa a la psiquiatra y con gestos de la mano y de los labios le pregunta: ¿ça va comme ça?, ¿así está bien? La situación nos dió mucha risa a las pasantes, no pudimos evitarlo; encontré algo vivo en ese momento, la psiquiatra seguía muy seria. A ella no le hizo gracia la situación. Sentía que la locura no transgredió la politesse. Luego consideré que esa paciente necesitaba tener su ropa, le hacía el famoso cuerpo del que siempre hablamos, pero también quería ser amable con la perseverancia de la joven psiquiatra. Después, no lo conversamos. 

Había algo que se repetía en esta pasantía y era que nosotras, las pasantes, solíamos hacerles preguntas a los psiquiatras y psicólogos del servicio, pero ellos no nos preguntaban nada sobre Argentina. Alguna vez se lo dije a un psiquiatra interno y se incomodó, me preguntó si Argentina era linda.

Traigo este recorte de la mujer del pijama porque insiste,  quedó enredado en mi recuerdo de la higiene de ese hospital, de ese funcionar perfecto, de esa institución que no supe leer más que en lo que funcionaba bien, en lo estético, en los horarios, en las derivaciones a especialidades médicas. En algo que no se dejaba tocar por mí, y algo que tampoco me tocaba. 

Me pregunto si se podría haber hecho algo más a partir de esa insistencia que ella, la mujer del pijama respetaba. ¿Acaso no se trata de hacer con lo que se tiene? ¿Cuáles eran sus preguntas, sus malestares, qué pasaba en esa institución? ¿Quién se sentaba a leer?

¿De qué se trataba esa sensación de encontrar algo vivo?

Mientras tanto, en Argentina, ¿hay tiempo para leer? ¿Hay alguna manera de tener cuerpo para vestir un pijama? ¿Hay pijamas tan delicados para cada quién? ¿Hay prohibiciones de no acceder a determinada ropa? Seguramente no son nuestros problemas, acá nos falta biperideno en ampollas, para poder indicar a las y los pacientes con extrapiramidalismos que sienten que se tragan la lengua y que los ojos se van para atrás.

Hacemos con nada. O hacemos algo con lo que tenemos. En Argentina hoy recibimos en la sala de urgencias, personas con el mundo roto debajo de sus zapatillas. Con qué contamos cuando escuchamos alguien que lo crió su abuela, que le dice mamá a su suegra, que vive con 6 personas en una habitación, que viene traído por la policía, que tiene hambre, que tiene miedo que le saquen sus hijos, que llega golpeado o golpeada.

¿De qué se trata nuestra práctica? ¿Es clínica? ¿Es política? ¿Es poética? ¿Es nutritiva? ¿Es de trinchera?

Desde mis prácticas más juveniles dentro de la clínica psiquiátrica hasta hoy, que suelo decir que el sistema público (o provincial) todavía no me venció, siento que a una guardia de salud mental puede llegar lo inaudito, pero no solamente lo inaudito de la locura como expresión, o lo inaudito del consumo, o del dolor, o de la muerte, sino lo inaudito de lo social, lo inverosímil. Lo que nunca creí que podría escuchar, pero que sí está sucediendo.

Es una bomba molotov, es todo eso junto que acabo de nombrar, y si lo contrario a la omnipotencia es la impotencia, entonces parece que en una trinchera podemos sentirnos entre estos polos con la facilidad que te otorga la estructura institucional. Acaso la institución nos permite creer rígidamente, en el poder hacer todo, y no poder hacer nada; es decir experimentar la tensión de las relaciones de poder en una misma; pero también con otras y otros, porque como bien desarrolló Foucault dichas relaciones son móviles. Pero si “donde hay poder hay resistencia”, el cóctel molotov puede ser desactivado, encontrando el modo de hacer nuevamente móvil a lo que estaba rígido. Acaso la institución nos permite crear desde la resistencia, y en la resistencia, recrear, innovar, experimentando en lo menos ideal de nuestros cuerpos la subjetivización de nuestras prácticas de resistencia en su versión posible. 

“No hay ningún orden que elimine la violencia, lo que hace es encauzarla.” Joan-Carles Melich

Lo difícil es no quemarse:

Estar de guardia es literal, no hay nada de metafórico en esa frase, es estar al frente. O se trata de un concepto que varía entre la vigilancia y el cuidado. 

La madrugada es un horario en el que escuchar a un paciente o te da más sueño, o te despierta con furia. 

En el hospital de Córdoba en donde trabajo actualmente, a las personas las recibe en primera instancia personal administrativo, que haciendo un triage a vuelo de pájaros, decide despertar o no (aunque casi siempre la opción es despertarnos) a un “equipo”, el cual integro, formado por una psicóloga y una psiquiatra. 

Una de tantas madrugadas, dicho personal administrativo nos previene que tenemos que ver una mujer angustiada en la guardia, pero que no sabe el motivo de dicha angustia. Encontramos una jovencita de esas aseñoradas que tienen más vida y edad encima que la del dni, tiene los brazos en cruz apoyados sobre el pecho y sus manos agarrándose del cuello. Llora sin detenerse. Mientras despliega una lista de derechos vulnerados, se irá tranquilizando, y también irá descruzando sus brazos. Ella nos hace tiernas, a nosotras que la escuchamos y que solemos hacer el chiste que nada nos conmueve. Llevamos 16 horas seguidas de guardia y ella nos enternece. Cuenta que su hijo de 12 años se quemó el brazo y eso desató una batalla campal con sus cuñadas, dice que la amenazan con sacarle el hijo. Resulta que viven en una habitación tan pequeña que lo difícil es no quemarse con agua hervida, que calientan para darse un baño. Cuenta del roperito que puso al medio para la intimidad de su hija adolescente. El año pasado aprendió a leer, en un centro educativo al que dejó de ir porque podían agarrarse a los tiros, entonces era peligroso para su bebé que ahora tiene dos años. Cartonea y limpia casas, ese día después de la pelea, yendo a limpiar a una casa no pudo llegar, se derrumbó sin saber por qué, y comenzó a llorar en la vereda, no pudo parar y un vecino la ayudó. Su hijo mayor lo tuvo a los 14 años, a ese si se lo quitaron. Después de parirlo, un hermano mayor la incitó para que salga y vaya al baile con amigas, ella accedió, “no me di cuenta” dice con una sonrisa tierna que la hace sonreír y llorar en el mismo gesto. Cuando volvió del baile no la dejaron entrar a la casa ni buscar a su hijo, y para sumar a la épica, el padre la corrió a los tiros. Un poco desde esa despedida apresurada y dolorosa ella se quedó en la calle. Después de eso se hace a la vida, tiene algunos otros hijos, con algunos otros padres que no se hacen cargo, hasta éste último que la acompaña a la consulta. Hicieron un baño con bolsas de cartón, están pensando en juntar plata y lograr conseguir un terrenito. Agrega que esta última pareja dejó de pegarle cuando nacieron sus hijos. Ella está despeinada y con parte de su ropa sucia, parece que se revolcó en el piso, después de despertarse llorando. Quizás la insurrección del síntoma, lo que no te deja seguir en el mismo lugar, aunque ese lugar lo construyas como una hormiguita. Susy Shock, la cantante y activista trans, dice que hoy prefiere hablar de insurrección más que de resistencia. Aunque esta mujer resiste, quizás ver a su hija de 14 años agarrándole los pelos a la cuñada y viceversa, le tocó algo, además del pequeño con el brazo quemado. ¿Cuál es el cuerpo del hacinamiento?, ¿el cuerpo de ella llega hasta el brazo del hijo?, ¿hasta las manos de su hija?, ¿su cuerpo llega hasta las bolsas que rodean el baño? 

Llega la pregunta: ¿cómo podemos ayudarte? Una pregunta grande, qué vamos hacer todos con esa pregunta, ¿cómo podemos ayudarnos? Nos pide alguna pastilla para estar más tranquila. Pero algo se acomodó, en el relato, en contarnos su vida, sus logros, sus detalles en la casa, su lectura, el amor por sus hijos, su sueño de dejarles un lugar donde vivir. Algo se abrió, algo se empalabró, algo se enterneció. 

Qué cosa calmó su angustia, si hasta ese momento no había aparecido ninguna pastilla.

¿Qué podíamos proponer, además de la palabra ante tamaño apiñamiento de dolores, precariedades, historias largas de aplastamiento, vulneraciones sistemáticas, qué podíamos ofrecer?

La era Mi Ley, en Córdoba Capital:

Llegando al final de otra guardia (en este caso, le digo final al simulacro de ir a dormir a las 00 hs.) mientras cenábamos,  escuchamos a una de las médicas clínicas responderle muy mal a una piba que preguntaba por un laboratorio. Después le preguntamos qué había pasado, y nos dice que la piba la había tratado mal, porque el laboratorio estaba muy demorado, quizás más de tres horas. Al rato, otra de las médicas llama a esa piba, ya con los resultados de laboratorio en mano, y le dice que la tenían que hidratar porque estaba deshidratada, la piba se pone un poco mal y le pregunta si eso demora mucho, porque estaba con su bebé y el bebé tenía hambre; en ese momento me doy cuenta que era una piba que vi durante toda la tarde en la sala de espera haciendo gestos de dolor, mientras intentaba hacer jugar al hijo. Le digo a la psicóloga, y me dice que ella también la vió. Entonces pensamos entre las dos qué comida le podíamos dar, si el bebé podía comer algo de nuestras viandas. Nos acercamos a la piba a la que ya le estaban poniendo el suero, y le preguntamos la edad del bebé, si podía comer comida de adultos, nos dice que sí, la psicóloga vió que le temblaban los labios (como de emoción?), y le preguntamos dónde estaba el bebé. 

El bebé estaba afuera con su papá. Armamos la vianda, con un flancito que también nos habían llevado de la cocina, salimos, buscamos al bebé, y al padre. Ambos recibieron la comida, agradecieron, y nos fuimos a nuestro cuarto de guardia. Creo que las dos estábamos muy conmovidas, creo que me quedé algo paralizada y pudimos leer y actuar en esa situación porque lo hicimos juntas, y lo pensamos entre ambas, y porque miramos en diagonal. Pertenecemos a una guardia de salud mental, y en este país están sucediendo cosas que la dañan cotidianamente: un mosquito, el hambre, y el cansancio de la clase media explotada.  

Insistir en formar parte de la salud pública en una provincia, cuya política de salud mental dice continuamente la palabra trabalenguas: desmanicomialización; pero no dice cierre de monovalentes y desmantelamiento de polivalentes que sobreviven como pueden, con estructuras simbólicas y reales precarias, con malestar institucional que se viste de queja o bronca mal dirigida, con trabajadores que no pueden pensar sus prácticas por falta de tiempo, de ejercicio ético, político y espiritual, por falta de falta; o porque se entiende lo colectivo como un fantasma que puede atentar contra un individualismo tranquilizador; traduciéndose todo esto en una resistencia a la hospitalidad, resistencia que tantas veces da más trabajo, que solo estar, al ras, con lo que nos nazca de hospitalarios.

Es en este contexto, y desde este contexto en el que escribo, y  en el que además puedo decir que las últimas madrugadas de guardia me están golpeando el corazón, como si todo el día largo y abrumador de guardia desapareciera en esas apariciones. 

La de esta noche se trata de una jovencita de 15 años. Es realmente una aparición, tiene el pelo negro, largo, lacio, rasgos preciosos, un look urbano, buzo oversize, short de jean, borcego, y una mirada y un gesto profundamente triste, resignado de tan triste. Durante todo el día recorrió unidades judiciales, y el Polo de la mujer, como se llama el centro de violencia familiar en Córdoba, ya casi “separada” de sus padres, comienza, muy tranquila y algo cansada, a armar el mapa de su pequeña y profusa vida. La espera una oficial mujer con un rodete maravilloso que me llama la atención. Soy toda atención el martes a las 3 am. Nació en Venezuela pero tiene acento porteño, parece que haga lo que haga sus padres se enojan con ella, y son muy crueles, de todas las maneras, con las manos, con objetos, con palabras objetos llenas de sentido. Las actas sumariales dicen Maltrato Infantil. La escuela se entera, porque ella no da más, dá muchísimo. La escuela denuncia, a ella le duele, no quiere ir a una residencia de menores, pero cómo volver a casa con padres denunciados y enojados; entonces mueve un poco su pelo lacio y me mira: “me dejaron sin opciones”, dice (es una frase que como trabajadores de la salud pública nos representa dolorosa y profundamente). Le pregunto lo casi obvio, ¿estás triste?, “y sí, si mi vida es terrible”. Y sí. 

Hay un atisbo de vida, creo que quiere vivir, que en el fondo tiene opciones, pero todavía no las conocemos. Ella todavía no sabe que irá a una residencia (de jóvenes mujeres) en Barrio San Martín, se lo comentamos porque la del rodete nos lo dice a nosotras, le contamos que cuenta con nosotras, que va aprender a confiar, que va aprender del cuidado, que tiene opciones, le digo que estoy segura de eso.

La despedimos, le toco el hombro despacito despidiéndola, para que sepa… después nos quedan 4 horas de sueño más o menos. Se hace difícil dormir, ya no importa dormir. 

Las esposas de Francisco:

Pensando en “lo monovalente”, en el sueño, en la vigilia, en el agotamiento, recuerdo la primera institución en la que trabajé siendo ya una médica especialista. Se llama Casa del joven, atiende jóvenes (entre los 14 y 20 años) con problemáticas de salud mental. Como se trata de una institución ambulatoria, las “guardias” o mejor llamadas “demandas espontáneas” eran más cortas, y todos dormíamos en casa. 

Ese día llega traído por la policía un jovencito colorado, grandote, de 17 años. Tiene los brazos cortados, cicatrices de las nuevas, muchas de las viejas. Lo primero que dice es sentirse golpeado. Las esposas, por tener las muñecas un poco más gorditas que lo que la justicia espera, le hacen daño permanente. Algo que aprieta ahí, y ya lleva dos días apretando. Los señores uniformados se muestran bastante silenciosos. Francisco se llama. Parece que sentado en el cordón de una vereda de un barrio de Jesús María, el hermano le convidó un tropiezo sobre una línea, la policía se enteró, entonces como otro tropiezo,  cayó sobre un calabozo. Parece que le dijeron que la causa era resistencia a la autoridad, y no sólo eso, sino que le había quebrado los dedos de la mano a un policía.

¿Qué pasó? Insisto con preguntas. Casi no articula frase. En cambio si puede decirme: «Para colmo, hoy es el cumpleaños de mi mamá». Entonces creo que ahí está la llave que abre esos sujetadores. Mientras Francisco espera afuera, ya haciendo un amigo (un pibe que lee Camus) en la sala de espera, ideamos la llamada bendita. Nos atiende la abuela que despierta a la madre que ni enterada que era su cumpleaños. Le damos el teléfono a Francisco, le susurramos: es tu mamá. El toma el teléfono y dice: «Hola ma, ¿qué pasa?» . Todos nos tomamos la cabeza. Con los labios le recordamos a Francisco que es el cumpleaños de su mamá. Con sus ojos achinados, sonríe, se le abren un poco, y dice: «Feliz cumpleaños ma». Todos sonreímos con él. Se escucha de lejos un blablabla materno, que creo a veces es como una música de infancia.

-¿Qué te dijo tu mamá? 

-Que me porte bien.

Luego siguieron horas de decisiones, mientras Francisco con sus muñecas libres, se duerme profundamente en la sala de espera, y los uniformados también.

A veces, todos estamos muy cansados. Justo en el mismo momento.

Anexo:

—Lo siento madre: me confundí, me compliqué —dice empapado cuando entrega
la caja torcida, húmeda y más
de una hora tarde. Yo, que ahora soy madre, sólo asiento ante la pizza
rebusco, perpleja, en los bolsillos más propina. Afuera

sigue la tormenta, más afuera aún
estarán mi madre, su madre, algo así como la vida. Quedamos el chico
del delivery y yo cruzando
este tiempo del perdón que él insiste: lo siento

me confundí me compliqué y yo
otra vez acepto. En un rato, él arrancará la moto volverá
a esa esquina donde amigos, cerveza y porro hagan de esto
apenas otra entrega fallida. Un rato más y ya

nada quedará de la pizza. Pero ahora retumba la tormenta en mí resuena
el mantra: me confundí, me compliqué, como él como todo
busco un perdón que por ahí no venga. Madre

quién no llega tarde al lugar equivocado quién
no pide a la tormenta alguna reconciliación
una pizza torcida en la mano
entre equivocada y confundida apenas
otra entrega fallida.

Andi Nachon


Noelia Soledad Vargas. Soledad nació en Córdoba, y Noelia en Salta. La universidad pública la convirtió  en médica psiquiatra. Desde entonces trabaja, entre otros lugares, en un hospital general de Córdoba, y vive en las Sierras Chicas de dicha ciudad.

Creció junto a dos niñas. Una de ellas, Anna Frank. Intuitivamente entendía que se podía escribir un mundo, en medio de una guerra. A la otra niña la conoció en una serie televisiva, yanqui, doblada, en la televisión salteña de aire: “Vicky La pequeña maravilla” o Small Wonder, una niña robot que era “adoptada” por una familia en pos de un proyecto empresarial. Era irónica, filosa, una suerte de pequeño espejo para esa familia, que la iba dotando de cierta humanidad. Soledad tenía su edad cuando se encontró con Vicky, y no sabía que esa inversión de lo bien dicho le estaba afectando. 

Escribe poesía, narrativa, e historias clínicas. Colaboró con Divanes  Nómades, revista de la  Ecole Lacanienne de  Psychanalyse.

Publicó Nosotros nos  fuimos antes, en el año  2017, por Buena Vista  Editora. Formó parte de la  antología  Órbita,  veintiuna poetas  cordobesas, Postales Japonesas Editora, 2019. Su  segundo libro Las mejores pérdidas fue editado por Editorial Cartografías Río Cuarto, título que quedó atrapado en las interpretaciones pandémicas de una ola dolorosa de pérdidas.

Lee poesía todos los días; conoció a varios poetas de carne y hueso, casi todos murieron, y los extraña. Practica el psicoanálisis y la biopoética.


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