Erótica de la lucha. Por Valeria Gonzalez


Cuidado editorial: Patricia Martinez y Gisela Avolio

Fotos: Valeria Gonzalez


Violeta

Para llegar a los alrededores del Congreso de la Nación desde donde partiría la movilización, suelo tomar el subte línea A desde la Patria Grande de Flores. Como pocas veces me ha sucedido, esta vez fue casi imposible entrar porque venía completo, incluso en estación Carabobo que es la segunda desde la cabecera en San Pedrito. Pero adivinando el destino, todos hacen lugar y siempre entra alguien más. Ya desde el subte empezaron los cantos que son como una banda elástica, alguien a lo lejos comienza en tono muy bajo, otros se suman y en algún momento estalla una voz coral que se despliega rauda en el resto del vagón y así recorre toda la formación.

Salir por la escalera del subte -estación Saenz Peña- para llegar a la cita es siempre un termómetro de la concurrencia y en esta ocasión los pies podían dar pasos muy pequeños si es que no se está dispuesto a atropellar al resto. Aún sin ver, se impone de ese modo la presencia de la multitud que nos espera.

Azul

Desde esa perspectiva que pone por un instante los ojos a la altura del asfalto -en la escalera, saliendo del subte- nos recibe a todo volumen el estribillo de la canción de Gloria Trevi Todos me miran que dice algo así como Todos me miran, me miran, me miran, porque hago lo que pocos se atreverán sonando desde la Carroza que encabeza la columna LGBTIQ+. 

Y entonces el cuerpo deja atrás el agobio de resistir a tanta destrucción y humillación. Urge salir y urge encontrarse en la calle a esos anónimos dispuestos a contar.

Verde

Nos recibe un verdadero clima de fiesta. Colores. Banderas. Sonrisas. Besos. Amor. Baile. La erótica de la lucha en su máximo esplendor. Nuevamente la alegría y todos sus matices, allí armando un cobijo colectivo, en tiempos de tempestades.  

Una pancarta escrita sobre una sábana –esa en la que quieren meterse y mandar todo el tiempo cómo debe ser el goce– dice la ternura es compañera y algo más que no alcanzo a leer por la increíble multitud que no se deja amedrentar por las condiciones climatológicas y las vallas que obstaculizan el discurrir. 

Me detengo en esa definición tan argenta que dice tanto con tan poco. La ternura es ese modo de querer capaz de ubicar al otro como otro, como diferente, no como continuidad de un sí mismo como versión única y uniforme de la vida; compañera, compañero, compañere no es un nombre que puede darse a cualquiera. Es aquél con quien compartimos algo de esa nada que nos propulsa luego en el resto de nuestra vida. Un algo en común que sentimos como lo más propio, aun sabiéndolo impropio: no sólo el pan como dice la etimología, sino también el hambre. Entonces, la ternura es compañera, bien podría ser uno de los nombres de lo que ayer se afirmó en las calles: nadie puede apropiarse de eso en común tan impropio.

Amarillo

Abanicos con los colores de la bandera del Orgullo haciendo, de la adversidad del calor impiadoso, una oportunidad para inventar superficies de escritura. Empanadas antifascistas y cervezas más frías que el corazón de Milei, al decir de sus vendedores. Parrillas humeantes que con el humo le dan a la histórica Avenida de Mayo una mística de ensueño.

Naranja

Dos viejitas con la bandera del Orgullo saludan desde un balcón de Av. de Mayo y la columna, casi como en una misa pagana y espontánea, les canta «abuela, lalalalala» esas abuelas que también llenaron las calles sumando sus reclamos ante el avance destructivo del actual gobierno que les quita los descuentos a los medicamentos y congela el haber jubilatorio. Eso se repite con cada trayecto de una larga columna, multitudinaria que ha sabido aglutinar y cobijar, bajo la consigna Orgullo LGBTIQ+ antifascista y antirracista, los reclamos de todos los sectores que vienen siendo sistemáticamente atacados por las políticas del estrago para lo popular de este gobierno. 

Rojo

Algunas pancartas caseras que no quiero dejar de mencionar, una decía la uniformidad es la muerte, la diversidad es la vida y otra reunía orgullosamente antifascista. Nuevamente la potencia del decir callejero, sintetizando en una cartulina un nombre. Un cartelito diminuto, de esos que llaman a acercarse para poder leerlos, decía de puño y letra Usurpaste la palabra libertad pero no la entendes! También el humor tuvo lugar en las pancartas domésticas, de aquello que cada quien quiso sumar al patchwork lenguajero de un decir colectivo. Una de ellas, decía marcharé hasta que el presidente encuentre su tono de base.  Y otra decía Karina: obvio que esta marcha es contra el presiduende y en los colores de la bandera, pelotuda.

Blanco

Los pañuelos de las Madres tatuados en una bandera del Orgullo. Un cartel con la lucha del Hospital Bonaparte. Discapacidad. Jubilados. Feminismos. Mujeres en situación de Calle. Educación Pública: E.S.I. Artistas. Músicos. 

Es que decir antifascismo nombra y aglutina. 

Al desconcentrar, ya cayendo el sol y con los recolectores de la Ciudad intentando eliminar con urgencia los rastros de lo que pasa cuando pasa, me detuve en un cartel que decía:

Ante la hostilidad la potencia de nuestra sensibilidad.


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