Cuidar la fragilidad de los lugares en el corazón de las clínicas que hacemos: un ficcionar en común*. Por Agostina Taruschio

Foto: Amanda Nicosia

Cuidado editorial: Amanda Nicosia, Laura Gobbato y Leticia Gambina


Este texto comienza en las aulas de la Universidad Pública. El día del primer teórico de la materia que enseño luego de las elecciones primarias del 13 de agosto de 2023. Marcelo Percia (en aquel momento titular de la cátedra de Grupos II de la UBA) narra la siguiente historia: en la reunión semanal de equipo en el hospital, dos días después de la votación, una de las trabajadoras llega diciendo: “Qué bueno saber que existe un lugar a donde caer con los corazones rotos”. A continuación Percia ensaya una pregunta y hace de esa pregunta el sentido de las clínicas venideras: ¿Cómo crear lugares a dónde caer con los corazones rotos?(1)

Este relato bello y conmovedor de un momento de incertidumbre nos vale para comenzar a conversar sobre los asuntos que dan ocasión a esta jornada y que se entroncan con las inquietudes que me vienen interpelando en la labor clínica dentro del campo de las urgencias: los modos de presentación del sufrimiento y como respuestas posibles: las prácticas de cuidado y de hospitalidad ante los derrumbes y des-enlaces de una época, triste y cruelmente presente, la actual, la nuestra.

Como si de un efecto resonador se tratara, nos animamos a enlazar nuevas preguntas a la anterior: ¿Cómo procurar la pervivencia de espacios hospitalarios capaces de albergar los diversos efectos de la ruptura? ¿Cómo trazar parajes de acogida para las vidas desoladas, arrasadas, desalojadas, sin lugar? ¿Cómo inventar lugares que se dispongan al común cuidado de la vida cuando, justamente, peligra lo común? ¿Cómo hacer una especie de arqueología de las ruinas para construir algo nuevo sobre los escombros de la civilización?

Como vemos, el problema del lugar y la pregunta por lo común son asuntos medulares cuando de cuidar algo tan frágil, como los corazones y la vida, se trata. Cuando lo que está en juego es atender y dar acogida a las diversas formas en que encarna el dolor. Ambos asuntos se entrelazan cuando intentamos hacer confluir la implicancia ética de la presencia del analista pensada en términos de un deseo de hacer lugar a lo que no tiene lugar y la necesidad de entramar un estar-con capaz de alojar ese despojo para que pueda emerger algún rasgo de subjetividad. 

Sin embargo, cuando sobre los lugares y lo común se cierne la amenaza de inexistir, la pregunta inagotable sobre ellos se torna urgente de ser repensada. 

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Al cabo, ¿qué es un lugar? No se trata de un sitio que pueda definirse solamente en términos de su locación o extensión. Se trata de alguna otra cosa que requiere que nos demoremos un poco allí.

Un lugar es lo que nos antecede, aguarda y enlaza con una historia de la que procedemos. El Otro es la primera sede de ese anidamiento y como espacio precedente nos moldea, nos conforma en tanto humanos. Allí nos hospeda una lengua, un nombre y un lugar en el linaje que nos vincula a un pasado, un presente y un porvenir(2).

Una inermidad insoslayable es la raíz de nuestra existencia y dispone una condición humana compartida. Estamos hechos de una vulnerabilidad que nos mantiene comunes pero dejándonos distintos. Vulnerables quiere decir literalmente heribles, es decir, que podemos rompernos. Esta materialidad frágil que nos compone entraña un estado de apertura, exposición, exterioridad que requiere como condición inexcusable, para que la vida se mantenga con vida, la presencia de los otros, el cuidado y la protección que  posibilita que la vida pueda ser vivida y vivible. El cuidado, como apunta Pascale Molinier, es el valor opuesto a la “autonomía personal” y la fantasía de “ser indestructibles” pergeñadas por el neoliberalismo(3). Al contrario de estos valores, la tarea del cuidado resuena como la capacidad de atención a la vulnerabilidad del otro, tarea que guarda cercanía con la poesía, como parece decirnos la poeta Claudia Masin(4).

El reconocimiento de esta razón desvalida o poética (como diría María Zambrano) es el punto de partida de toda experiencia de lo social: es que vivir se fundamenta en un continuo con-vivir en un haz de relaciones siempre frágiles, finitas, precarias, inciertas, ambiguas.

Hay un principio de hospitalidad, acogida, auxilio, de amparo material y simbólico de los lugares que se apoya en esta fragilidad y se alza como el paradigma que engendra la habitabilidad de la vida.

Ante la hondonada de las formas en que el sufrimiento se encarna hoy, cabe formular el siguiente interrogante clínico: ¿Qué ocurre cuando el Otro no ofrece un lugar donde habitar? ¿Qué sucede cuando en las condiciones contemporáneas se arrasa con toda dimensión del Otro/otro? ¿Qué acontece con las vidas requeridas de cuidados cuando no encuentran un lugar donde arribar?

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Además de ser estancias relacionales, conectivas, hospitalarias cuya transversalidad es el cuidado de la vulnerabilidad, los lugares poseen una dimensión narrativa, gestual, ficcional, quiero decir, inventiva. Podemos pensarlos como tramas de sentidos que se gestan a lo largo del tiempo a partir de los encuentros singulares entre quienes los habitan y transitan, el uso que se le da a los espacios, las prácticas que se llevan a cabo y los intercambios de palabras, de deseos, de recuerdos, de historias que tienen lugar allí. Los lugares funcionan como archivos de memorias de la historia de la vida, como reservas naturales de sensibilidades, deseos y afectos. 

En este sentido, un hospital, un centro de salud, como espacio público destinado a dar asilo al dolor, constituye una de las últimas reservas contra la economía de la crueldad que domina este presente(5). Del mismo modo, las Concurrencias y las Residencias componen unas de las últimas moradas donde residen, a la vez, el deseo de lo clínico, el deseo de lo público y el deseo de lo formativo. Si pensamos lo clínico como tentativas de recepción, demora y escucha, lo público dispone la igualdad de esos cuidados “para todas las vidas fecundadas por la palabra”(6).

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Del mismo modo que el ir y venir de los habitantes, las ficciones van ocupando lentamente el territorio, lo sitúan y lo tornan a la vez complejo y figurable, particular. Es necesario recuperar, parece decirnos Sebastián Salmún cuando acuña el término ficciones institucionales, los había una vez… de los espacios públicos(7). Este es un asunto serio que intenta morder algo de lo imposible de soportar y contar algo de lo que nos afecta. Las ficciones producen realidad y generan efectos que transforman el mundo.

¿Qué sucedería si transformamos cada interconsulta, admisión, reunión de equipo, en una historia que podamos contarnos? ¿Qué ocurriría si relatáramos las crónicas de los cuidados, las fábulas de la espera, los dones de la hospitalidad? ¿No sería un modo hermoso de remediar, de aliviar el dolor? ¿Un modo amoroso de reponer la voz de los sufrientes? ¿La huella de la singularidad en su engarce con la colectividad?(8) En un pequeño ensayo llamado La teoría de la bolsa de la ficción, Úrsula K. Le Guin nos advierte sobre la urgencia de buscar las palabras para ese otro relato, el de “la historia no contada, la historia de la vida”(9). Historias, relatos, palabras que ustedes se han propuesto recolectar a través de las preguntas que circulan en las Jornadas de hoy: ¿Qué amás del Centro 1? ¿Qué te sostiene del Centro 1? 

Si seguimos de cerca esta línea de pensamiento, re-habitar los lugares consistiría en habitarlos con historias, vale decir, en articularlos narrativamente. Abrir una franja narrativa -sostenida en los encuentros- implica “aprender a escuchar y responder a la historia de la vida”(10) allí donde el suelo firme corre riesgo de desmoronarse, allí por donde se precipita el desfondamiento del Estado.

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Por caso, pienso también la narración en el sentido que propone Ulloa: como herramienta posible de salida a las encerronas de la tragedia elaborada en una suerte de “inteligencia compartida” que apela a la construcción de un común para inventar(11). Por este margen lúdico, creativo, intuitivo asoma un ejercicio de imaginación política que abre otros caminos y posibilita otros mundos al apostar por la creación de procesos subjetivantes y de devenir otros con otros. Como señala Donna Haraway: “La cuestión apremiante es cómo nos unimos para contar las historias necesarias, construir los mundos necesarios y hacer enmudecer a los mortíferos”(12).

Un proyecto ficcional y político de esta amplitud incluye el armado de todas las estrategias, artificios, experimentos, astucias, que se gestan en los espacios colectivos de pensamiento-acción y que emergen como sutiles maniobras de ligazón para salir de la mortificación y favorecer la capacidad de producir espacios. Una vez más, esto es lo que me parece que está sucediendo, no solo hoy en esta ficción-Jornada que armaron sino en las asambleas, reuniones, abrazos, clases públicas, flash mob, conversatorios que vienen sosteniendo las trabajadoras y los trabajadores en sus diferentes espacios para seguir pensando, tramando, conspirando en común y convocando a la defensa de lo público.

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Hace poco, una voz libertaria descartó la ficción como forma de enseñanza. Afirmó: «Los chicos tienen que leer libros para educar. Si quieren leer ficción, que lean en su casa» a propósito de la insólita polémica con el libro Cometierra de Dolores Reyes(13). Más allá de que leer en nuestras casas puede estar buenísimo, quiero enfatizar el esquema privatizador, individualizante, aislado y desligado al mismo tiempo que instala una narrativa de la posverdad que tiene a los medios de comunicación y a las redes sociales como sus máximos exponentes y la justicia y la antipolítica como sus adeptos más fieles.

Lo que nos interesa es postular la idea de que la ficción nos sirve como instrumento político para la ocupación, defensa y apropiación de los territorios en términos similares a los de la lucha por la defensa de los territorios comunitarios frente a la depredación del extractivismo neoliberal. Como plantea Juan Francisco Herrerías, no se trata de decir que la narrativa realiza la misma tarea, ni con la misma importancia que las comunidades y los activistas directos, pero sí de divisar los lazos entre ambos esfuerzos(14) (15). 

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¿Cuál es la tragedia de nuestro tiempo?

Propongo pensar que el paradigma trágico del presente consiste en el ultraje de aquella condición existencial que engendra la habitabilidad del sujeto. Algo que Adriana Cavarero llama la vulnerabilidad del inerme. Esto es la exposición del desvalimiento de nuestras vidas a la producción de un desamparo cruel, una violencia sin medida, un borramiento de todo registro de singularidad por lo que la vida misma puede ser eliminada por un accionar organizado, deliberado y programado. Cavarero acuña el término horrorismo para dar nombre al tipo de violencia y crueldad contemporánea acometida por el capitalismo(16).

La acción del mercado en su alianza con la técnica, desgarra los vínculos, derrumba los lugares, fractura lo comunitario, arrasa con toda la espesura de las magnitudes del tiempo y el espacio. La catástrofe radica en el hecho de que haya vidas que se fundan allí y quedan habitadas por la crudeza de los efectos de todas esas rupturas. 

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A lo largo de la modernidad hasta nuestros días se ha articulado y desplegado de forma estructural un dispositivo multidimensional (político, económico, jurídico, epistémico, militar) para lograr la disponibilidad de los espacios y los sujetos.  Algo que Ignacio Mendiola propone pensar como producción de lo inhabitable. Bajo la égida del capitalismo tecno-financiero este dispositivo funciona como una instancia apropiadora de los espacios y generadora de no-lugares, no sólo por la degradación a la que somete a los lugares sino por los proyectos mercantilistas que favorece.

Lo que en definitiva tiene lugar con estos procedimientos de dominio es una “deshabitualización de esos espacios y sujetos, una ruptura de los hábitos sobre los cuales se articulaban los hábitats, una quiebra de la subjetividad de los habitantes que ya no se reconocen en esos hábitats, que ya no tienen hábitat en donde proyectar sus deseos, habitantes sin hábitat (…) sumidos en la violencia simbólica que los inferioriza, en la violencia material que mercantiliza los espacios, en la violencia punitiva que los criminaliza”(17). 

Esta negación del hábitat que la modernidad no ha dejado de producir desde sus mismos inicios gesta otra de las tragedias de nuestro presente: la vivencia de lo inhabitable, que atenta radicalmente contra la posibilidad de articular formas de pensar y hacer, a través de las cuales se establezcan otros modos de habitar(18). 

Nos confrontamos con lo inhabitable cercanamente en la clínica cuando acogemos existencias sometidas a procesos de precarización vital, que llegan sin recepción, sin refugios, sin lugar a donde ir, expulsadas, fantasmales, expuestas a una intemperie sin fin. Pero también, cabe decir, cuando estamos en las instituciones públicas sin recursos, sin red, bajo condiciones precarizadas. Cuando se menosprecian nuestras empresas de acogida, reconocidamente bajas en rentabilidad y estadísticas. 

¡Intenten mensurar o capturar algo de nuestras tareas de cuidado, pretendan apresarlas bajo alguno de los nuevos sistemas simbólicos disponibles! Se van a desbordar. 

Es que, paradojalmente, estas tareas parecen fugarse como si fueran constitutivamente inconmensurables, indisponibles, indómitas. Sólo con un resto que escape al dominio puede entrarse en lo que Hartmut Rosa denomina relación de resonancia: lo que sucede “cuando las cosas, los lugares, las personas que encontramos nos impresionan, nos emocionan, nos conmueven; cuando nos sentimos capacitados para responderles con toda nuestra existencia”(19).

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Ignacio Lewkowicz planteaba que a diferencia de las condiciones estatales, estructurales, sólidas, en el medio fluido desconfigurado por el capital financiero los lugares ya no nos preceden(20). Si no los construimos, no hay. Como venimos sosteniendo, si no hay una operatoria capaz de instaurar y determinar un espacio que nos acoja, entonces nos des-subjetivamos. Por caso, irrumpen diversas formas de fragmentación y vacío. Hay algo de la existencia que deja de ser propiamente existencia. Con lo que tenemos que vérnosla es con unos pedazos dispersos, fragmentos sueltos, piezas descosidas que no pueden inscribirse en una relación y por ende ligarse a la vida. El cuerpo acaba siendo el lugar por donde pasa la huella impedida de lo que erra en espera de inscribirse(21). Sin lazo. Sin lugar. Sin representación. Sin memoria. 

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¿Cómo volver a habitar los espacios? ¿Cómo reapropiarse de ellos? 

Si, como agrega Lewkowicz, “un medio fluido es un río sin orillas y sin fondo (…) en el que todo se está moviendo con distintas velocidades”. Por el contrario, como plantea la cineasta argentina Lucrecia Martel (una de quienes más supo representar la historia de nuestro país a través de la ficción), narrar “(…) daría la impresión que es clave para la gestación de una comunidad. Es el tejido que hace que no estemos a la deriva como una rama que se lleva el río, sino como un conjunto de ramas que conforman una especie de balsa donde algún animal podría salvarse de morir ahogado”(22). 

Las ficciones comunes nos permiten hacer pie en el fondo de lo inhabitable, extienden una mano en la ruptura, ensayan las posibles formas del mañana ante los derrumbes y des-enlaces de la época. 

Esta mano extendida nos lleva nuevamente a la esfera del cuidado. La perspectiva del cuidado ofrece una respuesta transversal y una gramática alternativa a lo que desborda epocalmente. Propone prestar atención a la fragilidad del mundo, de los otros y de las relaciones y situaciones que habitamos. 

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Por último, en su reflexión sobre los espacios y los lugares, Martin Heiddeger nos dice que habitar es el rasgo fundamental que nos hace humanos mientras que cuidar es el matiz esencial de ese habitar.  Para Heiddeger habitar es cuidar. Así lo constata la antigua palabra germana bauen que significa tanto habitar y construir, como abrigar y cuidar. Lo que acontece no solamente al preservar algo del daño sino en un sentido positivo: cuando realbergamos algo, lo rodeamos de una protección, lo ponemos a buen recaudo(23). El planteo de Heidegger dice más adelante que habitar, vale decir, cuidar, reposa en el poetizar(24). Poetizar quiere decir construir, edificar con palabras, empalabrar.

Desde distintos bordes fuimos trazando un tenue hilo: habitar, narrar, construir, ficcionar, crear, alojar, inventar, empalabrar: modos diversos de decir cuidar.

Ante la fuerza omnipresente y omnipotente del mercado, vayan algunas consignas menores:

Cuidar la fragilidad de los lugares del mismo modo que la vulnerabilidad de nuestras existencias. 

Velar por un resto indisponible.

Renunciar a la apropiación, al dominio, al adueñamiento. 

Recuperar la potencia de un sentido de lo frágil y lo precario. 

Y sobre todo, ficcionar, empalabrar, novelar. Pero ponerlo en práctica con otrxs, en común.

Para finalizar:

No a la venta del  predio del Centro de Salud Mental N°1 “Hugo Rosarios”

La salud no se subasta, no se negocia.

Exigimos la reapertura de las Concurrencias.

Viva la lucha de los trabajadores y las trabajadoras que hacen de las prácticas de cuidado su trabajo cotidiano.

Por una salud mental pública, colectiva y sensible.

Muchas gracias.

* Versión extendida y corregida del trabajo presentado en el marco de las Jornadas de Concurrentes Prácticas de cuidado entre derrumbes y des-enlaces del Centro de Salud Mental N°1 “Hugo Rosarios” el día 20 de noviembre de 2024.


Notas:

(1)Este relato está recuperado en Percia. M “Saberes para tiempos venideros”. Lobo suelto, 2023. Disponible en:  Saberes para tiempos venideros // Marcelo Percia – Lobo Suelto!

(2)Horenstein, M. Brújula y diván. El psicoanálisis y su necesaria extranjería. Córdoba : Viento de Fondo, 2020.

(3)Molinier, P. “Gestión o cuidado: ¿una conciliación imposible?”. Conferencia dictada el 29 de noviembre del 2014 en el Hospital de Niños Ricardo Gutierrez, Buenos Aires. Actividad organizada por el Programa de Salud y Trabajo de la Universidad Nacional de Lanús y la Asociación de Profesionales del Hospital Gutierrez. Se puede consultar en: Gestión o cuidado: ¿una conciliación imposible? / Pascale Molinier

(4)Masin, C. (2022) Curar y ser curados. Poesía y reparación. Ed Las Furias. Bs. As.

(5)Idea extraída de una publicación de Gonzalo Sanguinetti del día (ig: conversuras) a propósito de la noticia sobre el cierre del Hospital Nacional en Red Laura Bonaparte.

(6)Percia. M.  Estancias en común. Buenos Aires : La Cebra, 2018. Pág. 286

(7)Salmún, S. & Taruschio, A. (2023). “La institución (im)posible”. En Fanzine #2 “Modos del lazo entre analistas: efecto y afectación en la experiencia del análisis”. Buenos Aires : En el margen. Revista de psicoanálisis.

(8)En este sentido recomiendo la lectura del escrito de Soledad Vargas «Lo difícil es no quemarse” publicado en la sección “La institución (im)posible de En el margen. Revista de psicoanálisis. Disponible en: La Institución (Im)posible. Lo difícil es no quemarse. Por Soledad Vargas – En el margen.

(9)Le Guin, U. (1986) La teoría de la bolsa de la ficción. Martínez : Rara Avis Editorial, 2022.

(10)Haraway, D. (2019) “Tres mochilas en Colombia: bolas para seguir con el problema”. Prólogo a Le Guin, U. (1986) La teoría de la bolsa de la ficción. Martínez : Rara Avis Editorial, 2022.

(11)Ulloa, F. “La tragedia y las instituciones”. En Novela clínica psicoanalítica. Historial de una práctica. Buenos Aires : Ediciones del Zorzal.

(12)Haraway, D. Ibíd.

(13)Extraída de la nota de Página 12: «Si quieren leer ficción, que lean en su casa» | La insólita cruzada contra la literatura en las secundarias bonaerenses | Página|12

(14)Herrerías, J. F. (2024) “La ficción a la defensa del territorio”. En Revista Tempestad. Disponible en: La ficción a la defensa del territorio – La Tempestad

(15)Esfuerzo también advertido por Haraway al recolectar narrativas de las comunidades indígenas y afrodescendientes en Colombia que se enfrentan a asentamientos en curso y planes de desarrollo por parte de personas ajenas a la comunidad, cultivos ilícitos impuestos y fumigaciones, asesinatos e intimidaciones gubernamentales, el cambio climático, el ecoturismo, proyectos de represas y minería. 

(16)Cavarero, A. Horrorismo: Nombrando Ia violencia contemporánea. Anthropos Editorial : México : Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa. Div. Ciencias Sociales y Humanidades, 2009.

(17)Mendiola, I. Habitar lo inhabitable. La práctica político-punitiva de la tortura. Barcelona : Edicions bellaterra, 2014.

(18)íbid.

(19)Fuente: Philomag – Jean-Marie Durand publicado el 10 de enero de 2022 – Revista de la Universidad Complutense de Madrid

(20)Lewkowicz, I.(2003). “Volver a anudar”. Publicado en Revista Adynata. Disponible en:  Volver a anudar / Ignacio Lewcowicz (2003)

(21)Loisel-Buet, C. La danse à l’écoute d’une langue naufragée. Éditions érès Arcanes, collection « Hypothèses », 2004. Citada en: Weber, S. (2009) Notas del seminario «La balada de los inocentes». 2da balada: EN CORPS (En cuerpo

(22)Entrevista disponible en: Lucrecia Martel, cineasta argentina: “Narrar es clave para la gestación de una comunidad”

(23)En el texto “Construir, habitar, pensar” expuesto por primera vez en Darmstadt en 1951.

(24)Heidegger, M. “Poéticamente habita el hombre”. Disponible en: Poéticamente Habita El Hombre. También en Ramírez, M. (2010): “Poéticamente habita el hombre. Una lectura de Martín Heidegger”. Publicado en El Sigma. Disponible en: Poéticamente habita el hombre. Una lectura de Martín Heidegger | Psicoanálisis<>Filosofía – ElSigma


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