La confianza en el equívoco. Por Gisela Avolio.

Cuidado editorial: Gerónimo Daffoncio y Marisa Rosso

Imagen: pexels.com


Si bien errar es humano errare humanum est como formuló Séneca convirtiéndose en una expresión de uso popular, haber hecho del yerro un terreno fértil para la emergencia del sujeto del inconsciente fue un logro del psicoanálisis que no era obvio. La cita mencionada continúa: sed in errore perseverare diabolicum, perseverar en el error es diabólico, lo cual tampoco es ajeno a los desarrollos del psicoanálisis ya que esta perseverancia demoníaca, como expresión de la pulsión de muerte, la encontramos cada vez que el efecto del automatismo de repetición nos hace tropezar incluso más de dos veces con la misma piedra.

Según Lacan, San Agustín se acercó mucho a esta idea al situar el error humano bajo el signo de la ambigüedad subjetiva pero nunca explicitó que un lapsus podía significar algo. Es desde Freud en adelante que aprehendimos que nuestra vida cotidiana se fabrica también de actos sintomáticos portadores de un mensaje, que la enseñanza de Lacan supo relanzar al vuelo (fr. volée) como una carta de “pocas palabras” en espera de “un buen entendedor”. 

Es curioso, o quizás no tanto, que la equivocación sea un tema planteado por Lacan en su primer seminario y retomado en uno de los últimos de su enseñanza oral cuyo título fue construido precisamente con un equívoco. El título del seminario al que nos referimos es  L’insu que sait de l’une-bévue s’aile a mourre (1), que si quisiéramos traducirlo al castellano nos enfrenta de entrada no solo al desafío de la pérdida que supone siempre toda traducción, sino también con este problema llevado al extremo de sus paradojas. Podríamos ensayar decir: El insabido que sabe (que homofónicamente también se trata del insucces: el fracaso) de la una equivocación (que homofónicamente también traduce la palabra alemana Unbewusst: inconsciente) adquiere alas para la morra (que homofónicamente también está ligado a la muerte, y al amor), y no obstante también podemos elegir la invitación que Ricardo Rodríguez Ponte hizo en su traducción del seminario al castellano, a que corra por cuenta del lector combinar  las variantes traducidas. 

Claro que es preciso señalar algunas distinciones respecto de los errores y equívocos. En principio el lapsus freudiano abarca no solo el lapsus lingüístico, sino también el paso en falso, la inadvertencia, el error de desatención, el olvido de nombres y palabras, el acto fallido, la ocurrencia, etc. Cualquiera sea el idioma que hablemos parece que necesitamos una expresión que designe el conjunto de los modos en que el inconsciente interviene en nuestras existencias. Un conjunto cuya propiedad es que no sea cerrado sino que esté tan abierto como tantas manifestaciones del inconsciente hallemos.  

En otro orden también es preciso recordar la diferencia existente en castellano entre error y equivocación, habiendo entre ellos un recubrimiento parcial. Hecho no menor ya que el error supone un juicio falso, un desacierto que puede ser a causa de los objetos que se nos presentan, como por una acción propia del sujeto, mientras que, en la equivocación, yerro, desliz, hay en juego un “engañarse” en el que se toma una persona o cosa por otra y que supone la propia inadvertencia o descuido del sujeto, es decir, comporta la responsabilidad del mismo.

Guy Le Gaufey aporta un detalle muy interesante cuando al referirse a la composición en francés de la palabra equivocación “bévue”, señala que esta incluye la partícula “be” que implica un sentido peyorativo y que al unirse a “vue” -cuya traducción es vista-, también significa “mal visto”. Un “mal mirar” que como acto supone que es el sujeto quien no vio como debía y mete la pata (2).   

Lo que es indudable es que el territorio del equívoco es significante porque como seres hablantes no nos es posible hablar mediante cosas, siempre lo hacemos mediante palabras, y aunque en el lugar de la palabra que nos falta (en un olvido, por ejemplo) acudiese materialmente la cosa, así y todo nos hallaríamos dentro de la estructura del lenguaje porque las cosas no solo cuentan por su designación o nombre, sino también por sus cualidades, es decir, que la cosa en el lugar de la palabra no dejaría de ser un signo ambiguo porque la palabra no recubre a la cosa. 

De un modo u otro tropezamos siempre con el “muro del lenguaje»: ¿a qué nos referimos con eso? Si alguien señala con el dedo una muralla, ¿cómo sabemos si de lo que se trata es de la muralla en sí misma y no, por ejemplo, de su cualidad de aspereza, de su color? Otro ejemplo de la  multivocidad significante son los juegos al estilo del “dígalo con mímica” en los que la impaciencia por ser adivinados en la palabra mimada (por ej. “blanco”) puede llevarnos a buscar tramposamente un objeto (una cortina blanca) que figure lo que queremos decir pero aun así esto no quedaría resuelto por la sola presencia del objeto (cortina) ya que esto no definiría cuál sería el aspecto del objeto (la textura, que cubre una ventana, el color, etc.) que estaría figurando la palabra que nos falta; tal como en el sueño que es un jeroglífico de cosas significadas. 

Es por esto que el equívoco es un lugar para la emergencia del sujeto del inconsciente, en tanto toda metida de pata es de orden significante -y es, en este sentido, que se muestra como verdad-. Más aún, hasta que la verdad no se desvela, quizá sea parte de su naturaleza propagarse en forma de equívoco mediante el cuerpo que emite su palabra en los movimientos, en los gestos y en las emociones. Sin más: “nuestros actos fallidos son actos que triunfan, nuestras palabras que tropiezan son palabras que confiesan”(3).

¿Qué estatuto tiene hoy esa contribución cultural del psicoanálisis en una época en que la exactitud del algoritmo y su poder performativo pareciera resolver la pasión narcisista de “ser sin fallas”? (4)

Ya no nos sorprende la fascinación que aporta la sensación de unidad, incluso de utilidad, que puede encontrarse en el “diseño de sí mismo” asistidos por la inteligencia artificial mediante una app y configurados con “error cero” como  mandíbulas autómatas (5), pero tampoco son novedad las terribles consecuencias que trae al individuo esa pasión por la exactitud del dato que cautiva, e impone a la vez la coagulación de un único sentido que por no completarse nunca, exige superyoicamente más y más renuncia. Prueba de dichos efectos son los fenómenos de FOMO (Fear Of Missing Out) definido por los manuales de salud mental moderna como la inquietud y miedo de perderse las experiencias de gratificación –agrego: idealizadas- que otros están disfrutando, y que el individuo siendo testigo a través de las redes informáticas aspira a conseguir punto por punto a costa de su subjetividad.

Hace ya muchos años el psicoanálisis supo dar una lógica a este tipo de fenómenos cuya estructura no es otra que el aplastamiento que el goce (¿supuesto?) del Otro imprime en el sujeto, es en este sentido que estamos habilitados a calificar estos efectos como preocupantes porque en definitiva alejan al ser hablante de la afectación y del carácter indeterminado e imprevisible que comporta el deseo. 

El psicoanálisis no es un progreso, es un sesgo práctico para sentirse mejor (6) afirmaba Lacan durante el seminario de 1977, y ¿Qué significa esto a la luz de la equivocidad? 

Hará menos difícil responder esta pregunta si aislamos que el análisis no se trataría de una dimensión intelectual en la que el analista pone a prueba comportamientos o juegos de palabras captados con astucia que al final no dejan de ser un encuentro de dos Yoes y que actualmente algunas prácticas que se proclaman psicoanalíticas realizan; de lo que se trata es de aproximarnos a cómo nos operaron (obraron, elaboraron, amputaron) algunos significantes privilegiados respecto de otros, y en ese contexto la equivocación es fecunda no solo porque abre al sujeto a la verdad, sino porque con ese mismo acto es posible –aunque sin garantías- que un sentido se sustituya por otro trastocando así la economía libidinal, porque así funciona nuestra “equí/boca” para hablar, indisolublemente hecha de pulsión y significante. Por esta razón un retruécano no es suficiente para que represente el peso de una intervención si ésta no se compone también con el objeto pulsional.

Podría decirse que si el dato exacto performa, el significante transforma. ¿Cómo no hallar en esta sutileza un signo de liberación que el psicoanálisis aporta? Confiar en el equívoco es al menos apostar a la ruptura de un único sentido como destino: alguien mientras habla en sesión de sus desavenencias en la vida conyugal afirma con tono de reproche que su pareja le “ha mortificado mucho” condensando en su sonoridad metonímica, no solo la impotencia y la cólera que le causaban, sino también la soldadura que amor y sufrimiento  representan para el sujeto como rasgo erótico del objeto que era “amortificante”, y que hasta el momento de escucharse (objeto voz) se había constituido en una meta  inequívoca de la pulsión. De allí en adelante ser amado en esas condiciones perdió un inmedible valor de goce al que, por más mínimo que este fuese, ya no se podía retornar del mismo modo.

Claro está que hay condiciones específicas para que esa prolífica equivocación acontezca, entre las inaugurales supo serlo una conversación en tren rumbo a la Catedral de Orvieto entre Freud y su amigo E. Lowy (profesor de arqueología en Viena), pero como afortunadamente practicar el psicoanálisis implica que eso ocurra “aquí y ahora”, cada vez que entre cuatro paredes alguien se dispone a confiar su palabra (sujeto) a otro que asume su escucha (lugar de analista) mediante la suposición de un saber del que éste no se hará sujeto (sino objeto), volvemos a emprender el “viaje” por medio de la transferencia como un “auténtico recién llegado”. (7) 

Como cada hecho en psicoanálisis, lo que es inherente a la intensión también lo es a la extensión, esto significa que en la dimensión de la formación del analista, así como en las reuniones de analistas y aquellas situaciones que impliquen hablar de nuestra práctica, tanto la palabra enseñada como la que se vuelve enseñante, es tal, sólo porque se sitúa en el registro del equívoco. En otras palabras es posible que la transmisión acontezca si quien habla lo hace con la apuesta al yerro, que equivale a hablar como analizante y no como maestro, para lo cual es preciso dejarse sorprender por sus dichos, que no significa decir cualquier cosa desde luego, así como también confiar en que hay otros que escuchan dando lugar a la ocurrencia de quien habla como función inconsciente y no como campo de batalla de prestancias.  Tal vez por esto último en ocasiones no sea sencilla la conversación entre analistas.

Si la práctica del análisis marca un pasaje para quien se dispone a esa experiencia, es en tanto no es posible ser devuelto a una situación anterior (tan imposible como el incesto) como hemos hecho constatar con la situación clínica mencionada . Para que este franqueamiento se produzca, la vía “reggia” con la que contamos es la del intercambio de significantes. Ahora bien, ese movimiento no implica que la equivocación se perpetúa como tal, porque parte de lo emancipador que ésta resulta para el ser hablante, es que un yerro siempre es posible, pero en algún momento éste cesará como equivocación en tanto la significación que se juega en un equívoco no tendrá el mismo valor fundante una vez que un contenido reprimido logró su traducción en una formación de compromiso. Precisamente, porque gracias al éxito del movimiento metafórico un significante ha perdido su fijeza y en su lugar otro significante “menos tonto” puede advenir, así como cuando un chiste pierde su gracia al escucharse por segunda vez.

Podría decirse que para sentirse mejor el psicoanálisis no promete la justeza de un dato que sofoca, automatiza y performa, sino que invita a la confianza en lo vivificante del equívoco. 


Bibliografía consultada 

  1. J. Lacan. “L’insu que sait de l’une-bevue s’aile a mourre”. Trad. R. Rodriguez Ponte. 1988. Efba. Argentina. 
  2. G. Le Gaufey. “Bé-voir?”. En Revista L’unebévue nro 2. 1993. Ed. Épel. Paris. Francia.
  3. J. Lacan. “Seminario I. Los escritos técnicos de Freud”, pág 386. 1988. Ed Paidós. Argentina. 
  4. https://enelmargen.com/2023/04/09/pasion-por-la-exactitud-por-gisella-avolio/ 
  5. H. Fernández. «Mandíbulas autómatas. La palabra en estado viral y los huéspedes precarizados». 2024. En el Margen revista. Argentina.
  6. op, cit. 1. 
  7. J. Lacan. “El triunfo de la religión”. 2005. Paidós. Argentina.

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