El trauma como tiempo anterior: más allá del principio de placer. Por Leandro Levi.


Cuidado editorial: Andrés Hoffman, Gabriela Odena y Valeria González

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En este primer texto el autor se aventura en un minucioso trabajo para releer un texto canónico de Freud, Más allá del principio de placer. Procura un deslinde conceptual de lo que considera ha sido una lectura general que rápidamente equipara conceptos en detrimento de la riqueza de las ideas freudianas.


El trauma como repetición

La concepción del más allá del principio de placer, en tanto pulsión de muerte, reduce la riqueza del texto freudiano. Esta concepción equipara rápidamente la compulsión a la repetición con la pulsión de muerte, y se termina creyendo que ambas tienen que ver con todo aquello que el sujeto no puede controlar. A diferencia de esto que puede ser lo que se entiende ingenuamente por el más allá del principio del placer, Lacan nos enseña que éste más allá es fundamental para comprender la política de Freud en ese momento de la segunda tópica, ya que había vuelto a aparecer con fuerza la noción del «yo» en tanto objetivo y fin de un análisis.

Estoy convencido de que la pulsión de muerte no tiene ese carácter negativo que se le supone. Ella no es sencillamente la negación de la vida. No es lo que nos lleva al goce desmedido. En cambio, me parece que Freud con este texto emprende una exploración sobre lo traumático en tanto repetición, en tanto el trauma no puede ser integrado por el sujeto a su historia. Son varias las razones que podemos suponer que tuvo Freud para encarar dicha exploración. Una es porque el principio de placer y su heredero, el principio de realidad, se rigen por un principio económico, y esto no resulta suficiente para explicar algunos acontecimientos psíquicos que exceden su órbita de injerencia y no hay manera de abordarlos desde un punto de vista funcional, incluso desde uno homeostático.

Otra razón que tuvo Freud para emprender esta exploración es la existencia de las neurosis traumáticas. En ellas se puede constatar la presencia de un mecanismo que tiene que ver con lo que Freud nombra como «compulsión a la repetición» o en alemán Wiederholungszwang. Lo que me interesa retener de esta repetición es el hecho de que la vivencia traumática se presenta como repetición incluso en los sueños. La compulsión a la repetición parece haberse entendido de una manera que se impregnó en todos los que estudiamos psicoanálisis. Ella sería una fuerza más o menos misteriosa y difícil de roer por el significante, por medio de la cual el sujeto repite una experiencia displacentera. No digo que esto sea falso, pero es quitarle de alguna manera toda la fuerza que este concepto tiene en el texto.

Una de las caras de la repetición es la revivencia por parte del traumatizado del hecho o de la vivencia traumática. Esta repetición se contradice con el valor de realización de deseo que los sueños tienen. En esta vía de sueños excepcionales podemos incluir los recopilados por Charlotte Beradt[1] en su libro «el tercer Reich de los sueños», con la particularidad que se trata de sueños políticos además de traumáticos.

Vemos que Freud, luego de introducir la dificultad de considerar los sueños de los traumatizados con la mirada tradicional del sueño como cumplimiento de deseo propone dejar este oscuro y árido tema de las neurosis traumáticas para ocuparse del juego infantil. Este salto no es un cambio de tema, sino que hay una línea que los une, y ella es la repetición. Esto justifica ya en parte mi propuesta de no definir exclusivamente a la compulsión a la repetición como goce mecánico.

En cambio, la repetición logra a veces una renuncia pulsional, en alemán «Triebverzicht», como por ejemplo en el juego infantil del fort-da.  En el caso del juego, el niño al utilizar el símbolo para representar a la madre, elige perder el objeto. Podemos decir que lo que sucede allí es que se repite la pérdida del objeto y con ello se renuncia a la satisfacción de la pulsión. Cuando hablamos del más allá del principio de placer, esta cuestión del objeto suele pasarse por alto. En el juego infantil se pone en juego la cuestión de que la repetición realiza la pérdida del objeto, y una renuncia pulsional. Queda expuesta así una diferencia radical entre el juego infantil y los casos de neurosis traumática, en donde el sujeto repite la misma experiencia que el juego infantil, esto es la pérdida del objeto, pero no renuncia a la pulsión. La diferencia radical entre una experiencia y otra es la renuncia pulsional, que la debemos entender como una renuncia a la pulsión y no de la pulsión.

La renuncia pulsional se relaciona con lo que Freud dice del pasaje de la pasividad a la actividad. Allí hay renuncia. La satisfacción pasiva del niño es la de ser el objeto de la pulsión. Renuncia pulsional es siempre en este sentido «dejar de hacerse hacer», se renuncia a eso activo-pasivo de la pulsión. Este punto requeriría mayor explicación, pero no vamos a detenernos tanto en esto porque es necesario seguir. Por el momento solo vamos a decir que, en el caso del juego infantil, la ausencia de la madre es primordial para que pueda sobrevenir la renuncia. Se renuncia a la pulsión porque no hay objeto. Si no hay ausencia, el niño no tiene que renunciar a nada.

Siguiendo el texto de Freud, podemos decir que el juego infantil tiene en común con los sueños traumáticos, que en ambos hay una relación al trauma. En los traumatizados el desprendimiento de angustia permite realizar lo que al momento del trauma no pudo elaborarse. Así la angustia vehiculiza la representación vacía, el shock violento, la poca preparación que hubo al momento de la percepción que produjo el trauma.

Entonces los sueños de los traumatizados no son solamente la repetición de la misma vivencia, sino que alcanzan la angustia que al momento de la vivencia traumática no pudieron alcanzar. Esta angustia permite unir a un significante con otro, y hay una ganancia simbólica en el sentido de que se tapa la huella de la vivencia en tanto es percibida por el sujeto. Permite enlazar el afecto con una representación y gracias a esto es que puede haber representación de un sujeto.

La ausencia del objeto tiene que ver con el duelo. El niño que juega con el carretel transcurre el duelo precisamente en el acto de jugar. Digamos que jugando mata al objeto. En el acto mismo del juego se ausenta el objeto. Es un acto con todas las letras. En lo traumático, en cambio, no se puede renunciar a la pulsión, porque no hay duelo. La angustia puede ser en estos casos un intento para que haya una renuncia.

Hay una relación fundamental entre el tiempo y el trauma. Es posible ubicar en el texto la preocupación de Freud por ordenar los elementos de la historia de la neurosis infantil respecto al tiempo. En este ordenamiento de los acontecimientos, Freud sitúa como originario una prehistoria o un tiempo anterior (eine Vorzeit). Esto puede leerse en el capítulo seis, intitulado la neurosis obsesiva. Recordemos que el término para neurosis obsesiva en alemán es el mismo que el de la compulsión: Zwang[2].

Al trauma hay que concebirlo entonces como un tiempo anterior. Anterior al momento en que se empieza a contar el tiempo. En cambio a la angustia la podemos ubicar, en relación al trauma, pero como un paso posterior. En el trauma no hay afecto,  porque el afecto es el paso posterior a la vivencia traumática. El trauma es la detención en el momento en que acontece la pérdida del objeto, pero que todavía no se perdió del todo.

Es por esto que en los sueños traumáticos no hay una paradoja en relación al cumplimiento de deseo, sino que se cumple uno, que haya angustia ante la vivencia. Esto es una marca, una escritura. Podemos establecer un orden lógico sobre lo que vengo estudiando: lo originario es el trauma, que es la Hilflosigkeit, el exilio de la lengua. En un momento posterior es que puede haber o no renuncia a la pulsión. Que pueda haber o no renuncia es importante, porque en el desarrollo del sujeto si no hay renuncia, no se juega, no hay ni fort (lejos o ausencia) ni da (acá o presencia).  Por último está la escritura de la pérdida.

Siguiendo en esta línea podemos considerar al trauma como constitutivo del aparato psíquico, siendo el que hace que el objeto falte. Una referencia de esto es la mención de Lacan respecto al texto freudiano del hombre de los lobos, en donde sitúa al trauma[3]  como un momento previo a la represión.

En un próximo texto continuaré con este desarrollo del trauma como tiempo anterior a la represión.


[1] Charlotte Beradt se encargó de reunir en su libro «El tercer Reich de los sueños» publicado por primera vez en español en 2019 por la editorial LOM, los sueños de los habitantes de la Alemania nacionalsocialista entre los años 1933-1939. El contenido de los mismos revela el predominio de sueños de terror. Es llamativo que nadie en estos sueños haya podido dar muerte al Führer.

[2]  Otro texto que nos permite aprender más sobre esta relación, es el libro de Norberto Ferreyra «Trauma, tiempo y duelo» Ed. Klinè.

[3] J. Lacan Seminario 1 «Los escritos técnicos de Freud». Página 76, clase IV «el yo y el otro».


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