Presentación de la reedición de El Velo Negro de Anny Duperey. Por Helga Fernández

Imagen: Lucien Legras

Cuidado editorial: Agostina Taruschio

La presentación de la reedición del libro1 se llevó a cabo el día 8 de agosto en La Libre, acompañaron Helga Fernández, Natalia Fortuny, Soledad Vargas y Flavia Rojas de la editorial Cielo Invertido. Ese día también se presentó la plaqueta “Entre la lumbre y la penumbra” de Helga Fernández en resonancia con el libro2. Decidimos publicar los textos de la presentación en la sección La piel del mundo.

Nota editorial


El duelo, poética de la composición

El Velo Negro es un libro bello. Bellísimo. Pero de una clase de belleza que duele. Una belleza dulce/amarga. Creo que esta es una cualidad que suelen compartir los libros que componen un duelo. No digo que hablan del duelo, mucho menos los libros que prescriben un duelo. 

Pienso, por ejemplo, en A la salud de los muertos de Vinciane Despret, donde la autora se ocupa de proponer una relación con los muertos pero donde también compone el duelo por la muerte trágica de un hermano de su padre, de 14 años de edad, en un accidente de tren, tratando de reconstruir lo que habría sucedido a través de páginas que están escritas en letra cursiva —emulando, evocando una escritura a mano alzada—.

Pienso también en El duelo en los tiempos de la muerte seca, donde Jean Allouch establece diferencias con la teoría del duelo de Freud y progresa con la teoría del duelo de Lacan, pero donde también compone su duelo, arrancándole a la muerte un saber mientras escribe en las páginas grises del libro sus sueños, síntomas e inhibiciones por la muerte de su hija, Hélène, de seis años de edad.

Creo que El Velo Negro, A la salud de los muertos y El duelo en tiempos de la muerte seca son escrituras que acercan, que avecinan, lo que en la vida cotidiana procuramos mantener escindido: cielo y tierra; vivos y muertos; deseo y dolor.

Son textos de una belleza dulce/amarga porque nos muestran el deseo que envuelve el dolor, pero también el dolor que envuelve todo deseo. Nos enfrentan con la naturaleza de ese objeto enigmático, incandescente, pero también opaco, que llamamos objeto perdido, objeto imposible, objeto hecho de falta. Ese objeto sin el cual no habría duelo ni erotismo. Un objeto que no permanece quieto. Que muta y transmuta en cada vuelta de la pérdida, en cada vuelta del deseo.

La letra es algo intrínseco a la composición de un duelo: como presencia de una ausencia, nació y renace cada vez con la muerte de los seres queridos. No nació con el comercio. Nació y vuelve a nacer cuando nos vemos urgidos de desplazar a otra superficie la marca que un ser querido que ya no está deja en nuestro cuerpo.

El duelo y la escritura son, en sí mismos, una erótica de la distancia. Es por ello que se requieren, uno a la otra. Lo cual queda atestiguado con las marcas horadadas en las tumbas y con los libros que componen duelos. Cuyas letras son también vestigios, restos. Cicatriz del duelo.

Hablo no sólo de una letra que fija, que embalsama, que hace taxidermia de los ausentes. Sino del despojamiento de una letra que no retiene. Una letra que no es representación, sino presencia. Aparición. Inmanencia. Una letra que es marcación, efímera, del sitio donde el otro se diluye en su vacuidad para renacer transformado.

Pongo en mención el verbo componer porque un duelo no implica un trabajo forzado, ni un trabajo psicológico obligatorio, una labor que sí o sí hay que realizar por el bien de nuestra salud mental. Mucho menos una intención voluntaria que habría que llevar a cabo, por ejemplo, en un año. Es una creación, un ciclo de transmutaciones y transmigraciones. Un duelo es algo que hacemos, en el mismo sentido que hacer el amor, hacer una huerta, hacer un pullover, hacer un budín, hacer tiempohacer un libro.

El duelo es una poética de la composición, pero no supone lisa y sencillamente prodigarse los medios para dejar partir a quien murió. Las cosas no son tan fáciles.

El Velo Negro muestra que no se duela solo lo que se perdió sino también lo que podría haber sido. Da a leer que para perder primero hay que tener, que para dejar partir lo que fue, primero tiene que haber sido. La poética de la composición de un duelo, antes que nada, supone darle existencia a lo que quizá, después, pueda dejarse ir.

Digámoslo: la muerte suele ser más piadosa, infinitamente más piadosa que el accidente.

Quiero ir, entonces, a la composición de la poética de Anny, a su particular ciclo de transmutación.

Sus padres murieron asfixiados con gas cuando Anny tenía ocho años de edad y su hermanita seis meses de vida. Ella fue quien los encontró muertos. No recuerda nada anterior a ese día del espanto. Vive con lo que llama un velo negro. Una negrura abisal. «Ni siquiera una mano, un rostro, un brazo, una palabra susurrada al oído», dice. Una amnesia pero también un escotoma de los rasgos de lo humano.

Anny, cuando recuerda algo anterior a aquel día, recuerda objetos, animales, luces, como mucho, cuerpos anónimos, pero sufre de una amputación de cualquier trazo de la singularidad. Los anticuerpos —como ella los llama— empezaron el mismo día: los vecinos llegaron a la casa y ella no sabe cómo. Más tarde, toda la familia se reunió y ella permanecía como si nada hubiera pasado, con los ojos secos, dice. Yo diría: con la mirada estallada por Eso que no entra por los ojos de nadie, pero menos por los ojos de una niña de ocho años. Le tuvieron que decir: «tus padres están muertos». Y ella respondió: «Bueno, de acuerdo, pero ¿cuándo voy a tener mis cosas?» Las cosas. Las cosas que prevalecen. Las cosas de las que nos agarramos. Las cosas por las que nos peleamos. Las cosas que abandonamos. Las cosas de las que no nos podemos hacer cargo, cuando alguien muere. Las condiciones materiales cambian, mutan, y también enloquecen cuando el ser amado abandona este mundo. La animosidad de las cosas —nunca tan inertes, menos cuando portan el espíritu de los que siguen viviendo en ellas.

Hay una contrariedad entre la necesidad de la memoria y la necesidad de mantener sus rostros en escotoma. ¿En qué otros brazos podía refugiarse más que en los suyos? ¿Cómo sería posible sufrir si no tiene quien la ampare? ¿Habrán sido las imagen de sus padres lo que tuvo que sacrificar para no irse por el agujero negro que cava la muerte?

10

15

20

30 años después….

Ella expresa que quería publicar las fotos de su padre, y que quería escribir acerca de esta historia de su vida. Este libro reúne la escritura de Anny Duperey y la fotografía de Lucien Legras. Un libro que enlaza dos oficios, dos anhelos. Quizá dos deseos. Un sitio que vuelve a enlazar a un padre y a una  hija. 

Sin embargo, una vez que ella se dedica a la fotografía —después de que su hermana saca del ático los negativos arrumbados del padre—, recuerda el rojo del cuarto de revelado y el olor del hiposulfito. ¡Ay, el olor! —quizá el sentido más atávico. Y entonces, también recuerda acompañar al padre en ese cuarto, pasar varios momentos con él en la sombra irreal. Y aunque siguen sin aparecer imágenes de su rostro, de su cuerpo, se pone en acto su presencia, lo recuerda de otro modo. Algo aparece, una marca en su cuerpo. Una marca que su padre le dejó en su propio cuerpo, quizá relativa a su propio deseo, la fotografía. ¿El deseo de quién? ¿El de él; el de ella? ¿El deseo que los encuentra?

Decimos que un duelo es la elaboración uno a uno de los recuerdos. Decimos que el duelo labora y elabora un inventario de la pérdida. Decimos que el duelo supone un quehacer de la mirada. Pero, ¿qué pasa cuando no contamos con recuerdos que inventariar, que evocar, que gastar? Pasa que la poética de la composición se ve urgida de inventarlos. De arte/ficcionar esas imágenes. Eso hace Anny: funda imágenes de lo que no puede ver ni oír.

Anny dice que alguien llamó a la fotografía «las imágenes fijas de la muerte en marcha». Pero ella hizo con las fotografías lo inverso: las imágenes móviles de una vida coagulada.

Las fotografías de El Velo Negro son la rueca del textil de la memoria. Arroyos de luz con los que Anny entraña la vida. Dura y pura materialidad que grita: No hay más que un carrete sin hilo y una caja de negativos. Un punto en la nada.

La fotografía, en El Velo Negro, es un acto de nigromancia: una invocación. El espacio sagrado donde el pasado y el presente se encuentran, donde el amor puede volver. Donde la mirada del padre se reúne con la mirada de ella. Donde ella, ingresando en la foto,  lo hace partícipe de su escena actual. Donde le da una posible existencia a lo que no fue y necesita que sea para luego, dejarlo ir.

Anny estaba ciega de recuerdos, pero no fundó imágenes de la nada. Fundó recuerdos a partir de los archivos del padre. Archivos que se vuelven conjuros.  Un duelo se compone también de lo que el muerto dejó. No solo de los recuerdos buenos o malos, sino de los vestigios que siguen estando y que pueden entrar en la actualización del presente. 

Los archivos son fragmentos que continúan obrando en la vida de los allegados. Son materia háptica, escópica, invocante, sensible, capaz de destituir la finitud de la vida y la desaparición del cuerpo. 

Los fragmentos de los muertos guardan en sí un porvenir. Late un futuro incierto en ellos. Los restos, en ocasiones, pueden llegar a cambiarlo todo. Como las fotografías del padre de Anny.

*

El libro mismo es el velo negro. Un velo que se va componiendo, rodeando lo abisal de ese agujero, a medida que se va escribiendo.

El Velo Negro enseña que el objeto del duelo no tiene una naturaleza fija sino que supone una entidad que muta y transmuta. En la procesualidad del duelo el objeto existe en el pasaje entre estados, en ese trans-espacio que es también trans-corpóreo. 

Entre Anny y sus padres el objeto atraviesa un pasaje. Abismo negro. Pedazos de carne en formol. Restos en un cajón. Negativos a revelar. Marca corporal (rojo, olor). Fotos revelándose. Invocación a y de los muertos. Existencia fosforescente. Materialización posible de lo que no pudo ser. Vestigios, huella, letra.  Letra que acompaña la transformación del objeto a través del dibujo de la ausencia que ella misma es. 

El Velo Negro es un libro maestro en el arte de cambiar la fatalidad que nos muere por una obra que nos vive.

La procesualidad del duelo da a ver y a leer que el duelo cambia al deudo. Transmuta la ontología del ser querido fallecido. Y metamorfosea la entidad mutante y transmutante del objeto que compartimentan. Muestra que el duelo es un ciclo, siempre único. Como esos diagramas de mariposa —huevo, larva, crisálida, imago— pero más extraño. Más imposible.


  1. Anny Duperey. El Velo Negro. Córdoba : Editorial Cielo Invertido, 2025. Disponible en: https://cieloinvertido.empretienda.com.ar/ediciones/el-velo-negro ↩︎
  2. Helga Fernández. «Entre la lumbre y la penumbra», Córdoba : Editorial Cielo Invertido, 2025. Disponible en: https://cieloinvertido.empretienda.com.ar/ediciones/coleccion-resonancia/entre-la-lumbre-y-la-penumbra-helga-fernandez ↩︎

Helga Fernández.

Práctica el psicoanálisis. Miembro de la école lacanienne de psychanalyse. Ejerce la dirección editorial de En el margen, colectivo editorial. Es editora de Archivida, compañía editorial.

Autora de: para un psicoanálisis profano. Archivida, 2020; la carne humana, Archivida, 2022; México, 2023. Mandíbulas Autómatas. En el margen, 2024. La hiperstición, la más nueva de las letosas. En el margen, 2024. Entre la lumbre y la penumbra. Cielo invertido, 2025. “La función del amigo. Una tensión deseante”. En el margen, 2026. Próximo a publicar: “¿Pueden los expertos ejercer la pregunta?”, Nocturna.

Co-autora de: ”Melancolía, perversión, psicosis. Comunidades y vecindades estructurales”. Ed. Kliné; ”El hilo en el laberinto I y II”. Kliné, 2016; ”La carta del inconsciente”. Kliné, 2007; ”Feminismos”. Letras del Sur, 2017; “Acuerdo en el desacuerdo”. Qeja, 2019. ”Identificación, nombre propio y síntoma”. Kliné, 2020. ”Ser sin orillas. Ensayo sobre Ofelia”, En el margen, 2020; ”escrituras cl{ínicas”, Archivida, 2021; “Excesos”. Prometeo, 2024. “Psicoanálisis a cielo abierto”. Montevideo, 2024. ”Un viaje weird a los confines del psicoanálisis” En el margen y E-dicciones Justine, 2025. “Escrituras afectadas”. Codei Ameghino 2025.

Escribió artículos en: LALANGUE; Lapsus Calami; N-1; La Mosca; En el margen, Espectros, Fort-Da, Ñacate, Lacanenmancipa, E-dicciones Justine, etc.

Algunos de sus textos fueron traducidos al portugués, francés e inglés.

Mantiene conversaciones y charlas de psicoanálisis en hospitales públicos. Da seminarios, cursos, talleres y otros dispositivos en diversos ámbitos (UNAM, UBA, etc )

Es revisora editorial en diferentes revistas.

Participa en espacios interdiscursivos junto a otros hacedores de discurso y prácticas, en el ámbito de la cultura.


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