Hay novelas que no se leen, sino que se habitan como un cuerpo extraño, como una prótesis que, una vez instalada, reorganiza nuestra sensibilidad y nuestro pensamiento. «La segunda lengua materna» de Flor Canosa —escritora, guionista y académica nacida en Buenos Aires en 1981— pertenece a esa estirpe de textos. Publicada en Argentina y España, y recién traducida al italiano, la obra cosechó un reconocimiento como finalista en premios como el Celsius de la Semana Negra de Gijón y el Premio FILBA 2023. Su inclasificable naturaleza, que fusiona la Ciencia Ficción, el Cyberpunk, el New Weird y el Melodrama Familiar, es el primer indicio de su complejidad conceptual.
La novela nos mete de cabeza en un futuro cercano y reconocible, una Argentina donde la tecnología de implantes neurales es parte del paisaje cotidiano. Esta tecnología volvió obsoleta la memoria humana, ese archivo falible y afectivo, para reemplazarla por una capacidad infinita de búsqueda y acceso a datos. En este escenario de obsolescencia programada de lo humano, seguimos la trayectoria de Hana Schmidt, una investigadora de vanguardia.
Ella, junto a sus dos parejas, Lars y Johan, concibe un bebé gestado a partir del material genético de los tres, un evento que no solo fractura su vida, sino que detona una transformación radical en el porvenir de la especie. Esta premisa, que empuja hasta el límite las preguntas sobre la identidad, el cuerpo y el deseo, convierte a la novela en un objeto privilegiado para pensar e interrogar el psicoanálisis.
Pero, ¿qué habilita realmente este diálogo entre la ficción especulativa y el discurso analítico? ¿Dónde se tocan estos dos universos dispares? La conexión es más estructural de lo que parece a simple vista. Cuando Jacques Lacan afirmó que «la única ciencia verdadera es la ciencia ficción», no solo lanzaba una de sus características provocaciones, sino que señalaba un territorio fértil y común.
Ambos campos, para empezar, comparten un método fundamental: la especulación. La ciencia ficción opera bajo la pregunta fundacional «¿qué pasaría si…?», explorando las consecuencias lógicas, sociales y existenciales de una alteración radical en nuestra realidad. Este gesto genera una distancia crítica, un «efecto de extrañamiento» que nos permite mirar nuestras propias construcciones culturales como si fueran artefactos ajenos. De una forma análoga, el psicoanálisis, en sus momentos más creativos y revolucionarios, avanzó gracias a un potente sesgo especulativo; el propio Freud no dudó en llamar «bruja» a su metapsicología, reconociendo con honestidad su carácter conjetural y su dependencia de ficciones teóricas para poder materializar algo de lo que escapa y al mismo tiempo habita, en el acto de nombrar propio del ser hablante.
En segundo lugar, ambos discursos se enfrentan a «lo que no anda», a la falla en el sistema. Mientras la vida cotidiana se esfuerza por sostener una apariencia de normalidad y coherencia, el psicoanálisis se confronta con lo Real, esa dimensión que irrumpe, que se resiste al símbolo y que nos demuestra que el mundo es «inmundo», fracturado e incompleto. La ciencia ficción, por su parte, se dedica sistemáticamente a objetar mundos, a explorar distopías que exhiben los restos de algo que ya no funciona o que, en verdad, nunca funcionó del todo.
Finalmente, y quizás lo más importante, este cruce nos lleva a reconocer la ficción inherente a toda teoría. Toda construcción teórica, sea científica o psicoanalítica, se compone de «ficciones útiles», de conceptos que funcionan como metáforas para intentar nombrar e inventar lo real. La ciencia ficción, al exponer el carácter construido de toda realidad, funciona como un dispositivo crítico que puede, incluso, liberar a los textos psicoanalíticos de su propio dogmatismo y devolverles su potencia subversiva.
Pero para volver a la magnitud del colapso que narra Canosa, es crucial situar su mundo en el epicentro de un debate filosófico fundamental: la colisión entre el proyecto transhumanista y la resultante condición posthumana o poshumana. El transhumanismo defiende el uso radical de la tecnología para «mejorar» y superar las limitaciones biológicas: el envejecimiento, la enfermedad, la muerte. Su objetivo es crear o alcanzar un «humano aumentado» (Human+), una versión 2.0 que conserva la centralidad del “hombre”, aunque ahora optimizado y no se cuestiona (porque no le interesa) los fundamentos epistemológicos y ontológicos de la modernidad. En ese sentido, es una extensión de lo mismo, pero en manos de unos cuantos.
El poshumanismo, en cambio, no es un proyecto de mejora, sino una perspectiva crítica que constata la disolución de las fronteras que definían el concepto de «hombre» del humanismo. Describe una condición donde las dicotomías entre humano/máquina, organismo/código y natural/artificial ya no tienen sentido. El sujeto kantiano ha dejado de ser el agente por excelencia, apuesta por un desacimiento del antropocentrismo para explorar un nodo híbrido en una red de relaciones con entidades y agenciamientos no-humanos.
La genialidad de «La segunda lengua materna» reside en que escenifica cómo el sueño transhumanista conduce a una pesadilla que prolonga los problemas heredados del humanismo. El mundo de la novela abraza la tecnología con la promesa transhumanista de la optimización: una memoria perfecta, acceso instantáneo al conocimiento. Sin embargo, el resultado para Hana no es convertirse en una «humana mejor», sino en algo distinto. Su conciencia se desprende de la carne, sus afectos se rigen por la lógica de la interfaz y su identidad se funde con la red. La novela puede ser considerada, por tanto, una crítica al transhumanismo, no desde la nostalgia por un pasado «natural», sino al revelar que su promesa de perfección puede conducir a la disolución.
«La segunda lengua materna» es la encarnación de esta confluencia entre tecnología y subjetividad. La novela es una incursión en la cartografía de nuestras futuras cicatrices, un mapa detallado del dolor que vendrá. Aquí, la tecnología de implantes neurales no es un adorno futurista, sino el catalizador que redefine por completo la experiencia humana bajo la lógica transhumanista. La pregunta que late en cada una de sus páginas no es la clásica pregunta de si las máquinas llegarán a pensar, sino una mucho más inquietante: ¿qué quedará de nosotros cuando deleguemos el recuerdo, el gesto aprendido, el saber-hacer inconsciente que nos ancla corporalmente en el mundo?
Para nombrar esa herida central que deja la externalización de nuestras funciones, Canosa inventa un neologismo de resonancias alemanas: Ferviso. Construido a partir del prefijo Ver —que en alemán denota pérdida, deterioro, un camino errado— y wissen (saber o conocer). Ferviso es quizá el nuevo acto de nuestra época, el de ceder una función vital a la tecnología hasta olvidar por completo cómo se ejecutaba, convirtiéndose en el verdadero y secreto título del libro.
Esta renuncia existencial, este Ferviso generalizado, se manifiesta, ante todo y con una violencia inusitada, en la carne. La progresiva disolución corpórea de Hana, su lenta y deliberada transformación en una entidad que habita un implante, es un viaje sin retorno hacia la crueldad, una crueldad que es proporcional a su pérdida de anclaje en la materialidad de la carne. El propio lenguaje registra esta mutación ontológica: la pestaña humana, ese vestigio orgánico, se convierte en «pestaña de navegación». El cuerpo se vuelve nomenclatura, interfaz, y las torrenciales notas al pie de página no son un recurso erudito o un juego posmoderno; son el ruido blanco del implante, el zumbido incesante de la data aniquilando la jerarquía de la experiencia vivida. El conocimiento ya no se integra, solo se accede a él.
El horror de esta transformación culmina en la disolución del lazo que funda la subjetividad, llevado aquí a su extremo más siniestro: la relación de una madre con su hijo. En este punto, la novela abandona cualquier metáfora. La fusión es una «inoculación» literal, la locura de un vínculo que borra toda distancia, toda alteridad posible. La madre que nos presenta Canosa es una figura inolvidable y terrorífica: una «dictadura», una «IA desprendida de la carne muerta», «una bomba autopoiética» que arrebata todo lugar del otro para imponer el propio sin fisuras. Es la encarnación más violenta y definitiva del Ferviso: la anulación total de la singularidad del hijo en nombre de una presencia materna que no cede, que no permite el más mínimo espacio para que el otro advenga como un ser separado. Es el terror del psicoanálisis, el fantasma de la no separación, llevado a su consecuencia lógica y letal.
De este modo, la novela parte de una fábula casi aristotélica sobre la herencia de los amantes y la concepción, una premisa que sugiere la posibilidad de una fusión poética y armoniosa, para luego desmantelar sistemáticamente, pieza por pieza, toda ilusión de completud. El amor, el sexo y la procreación se revelan como un complejo andamiaje imaginario, una construcción necesaria pero frágil que, al ser examinada bajo la luz cruda de esta nueva realidad, se derrumba. Lo que queda en pie es el espanto, la constatación de la imposibilidad del encuentro, algo que resuena con una lucidez implacable con la famosa y a menudo malinterpretada tesis lacaniana de que «no hay relación sexual». Canosa la escenifica, la pone en acto, la lleva a sus últimas consecuencias.
En definitiva, Flor Canosa no solo escribió una novela, sino que construyó un dispositivo de pensamiento. Al conducirnos a través de lo weird, nos demuestra que la ficción especulativa es el laboratorio donde se pueden testear las consecuencias éticas y existenciales de nuestras renuncias presentes. «La segunda lengua materna» funciona como un espejo deformado que nos devuelve una imagen aterradoramente nítida de nuestro propio presente, mostrándonos que esa segunda lengua, la del código, la interfaz y la claudicación, es un idioma que, sin darnos cuenta, estamos balbuceando.
Lean «La segunda lengua materna». Enseña, tanto como un seminario de Lacan.
gracias por esta excelente y exquisita reseña del libro.
ya quiero leerlo
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