Primero escuché hablar sobre este libro en Montevideo, en una actividad de la Ècole lacanienne de psychanalyse; luego vino un encuentro por zoom, es decir, en ese espacio que significa una contracción del mundo material. Aproximaciones o zooms, dice Fernando Barrios. Un teleobjetivo aproxima el objetivo a fotografiar, contrae el espacio; el zoom hace desaparecer el espacio. Los kilómetros desaparecen, desaparece el clima y las diferencias horarias, aunque algunas marcas quedan: lamparitas encendidas o apagadas, chombas o pulóveres. Marcas que dicen que algo del mundo donde habitamos sigue existiendo, y entonces recuerdo la consigna zapatista: muchos mundos en un mundo. ¿No sería una propuesta a tono con la literatura weird?
Empiezo de esta manera porque en ambas presentaciones hubo algo que me quedó claro, y esto es que no me queda claro qué significa weird, lo que no resulta muy alentador a la hora de presentar un libro que se llama “Un viaje a los confines weird del psicoanálisis”; sin embargo, que algunos de los que han escrito los artículos que componen este libro, hayan manifestado que para ellos tampoco era TAN claro, da un cierto alivio, y por sobre todas las cosas una sensación de libertad para decir, similar a la que puede sentirse luego de leer Aló Lacan, ciertamente no, de Jean Allouch. Sin embargo, para no andar tan a ciegas, voy a tomar algunas precisiones de Ramiro Sanchiz en el prólogo de la segunda edición, que es la que tenemos hoy aquí:
¿De qué hablamos cuando hablamos de weird? Quizá un buen punto de partida sea pensarlo como un territorio cuyos mapas todavía están en construcción, un contínuo de potencialidades y no tanto una serie de figuras reconocibles por sus contornos o fijadas en saberes teóricos, epistemológicos, literarios. El weird es aún lo que queremos que sea, como si dijéramos que es una mirada o un punto de vista, un filtro de Instagram que deshace en glitches la selfie de nuestra cultura.
Sin prescripciones ni límites claros a la vista, entonces puedo comentar lo que se me ocurrió: que tal vez esta presentación podría haberse llamado Hanna Barbera, o lo weird aplicado a los niños, pero no se llama así, ni de ninguna otra manera, porque lo que sigue son apenas algunas ocurrencias que surgieron mientras, en esos encuentros escuchaba a los expositores, y luego, leyendo el libro. En primer lugar sí, Hanna Barbera que por un tiempo, entre 1962 y 1963 hizo coexistir a Los picapiedras con Los supersónicos. En esos universos paralelos, cuyo umbral de pasaje era la perilla del televisor, había, sin embargo, marcas de un presente, de ese presente. Por ejemplo, el troncomóvil en Los picapiedras, o el maletín de supersónico que va y vuelve todos los días de la oficina. En ambos dibujos existen los mismos problemas de la familia clase media de los sesenta, como si los sesenta fueran un universal que no admitiera particularidades, un universal que no reconociera geografías ni culturas, porque la cultura es una sola: el american way of life, ya sea para los primitivos del pasado o para aquellos que aún no llegaron. Un ideal modelado y exportado en el norte para el sur global. Marcas, pasajes, tal como la novela de Philip K. Dick, El hombre del castillo, donde al principio pareciera que se tratara de una novela del tipo ¿qué hubiera pasado si ganaban los nazis? ¿qué hubiera pasado si…? Eso que en el libro, repiten los autores, se llama especulación. Narración especulativa, ciencia especulativa. Pero no, en la novela de Philip K. Dick, de a poco algo va desajustándose y aparece otro mundo, el mundo en el que habitamos, con los nazis derrotados y el american way of life desplegado en todo su fulgor imperialista. Lo inquietante de esta novela es que no se trata de la hipótesis “si los nazis…”, sino que efectivamente hay un mundo donde los nazis ganaron y otro en el que no, el problema es que ambos mundos se comunican, hay un umbral de pasaje y ambos mundos interactúan. Ahora, si nos olvidamos un ratito de la novela, y estamos atentos a los acontecimientos del hoy, ¿podemos estar tan seguros de que los nazis no ganaron, aunque no vistan los ropajes del nazismo, aunque hayan cambiado de mascarada? Eso diferencia a esta novela de la serie El túnel del tiempo. No se trata de una tecnología super desarrollada que permite desplazarse en el tiempo, se trata de mundos paralelos que coexisten y que se comunican, tal como la primera vez que escuché a los expositores hablar de este libro, de manera presencial, y luego de manera virtual. Lo presencial y lo virtual coexisten, cohabitan, se comunican, se continúan. Rituales de pasaje, de un espacio a otro, de una ciudad a otra, como los personajes de Cortázar que pueden entrar al metro en París y salir en una estación de subte de Buenos Aires. Cuerpos que se desplazan desconociendo la geografía y el tiempo, o más que desconociendo, dislocando la geografía y el tiempo. Hay, entonces en esta categoría Weird, si es que se le puede llamar categoría (estoy tentado a pensar que no, pero no se me ocurre otra palabra para que tenga su lugar en la estantería), una puesta en suspenso de la realidad, pero no sólo, sino que a eso se le suma la producción de verosimilitud, y decir verosimilitud, significa llevar a cabo una operación sobre la verdad. Que sea verosímil, no significa que sea verdadero; se trata, en el mejor de los casos de un símil de la verdad; un símil, y escribo esto dejándome llevar por las asociaciones, y se me viene a la memoria el film “Copia certificada” de Abbas Kiarostiami, donde efectivamente se pierde la referencia a la verdad como efecto de la realidad, o incluso, por qué no, los seminarios de Lacan, puras copias de un original inexistente. Pero entonces ¿de qué verdad hablamos? Pienso entonces en el sueño de Freud, en su sueño original, cuando siendo todavía joven trajinaba el laboratorio de Brücke, y adhería al juramento fisicalista de su maestro y de Du Bois Reymond, y que por lo tanto pretendía que el psicoanálisis fuera una ciencia natural, una Naturwissenschaften, una especie de quimera si se considera, como se advierte en este libro que presentamos aquí, que la ciencia, en tanto discurso produce el mundo que dice describir, o que las fórmulas matemáticas y ecuaciones son ficciones rigurosas. Newton, no está de más recordarlo, para enunciar la ley de la inercia se valió de un artificio, una cámara de vacío, que no existe en “la realidad” es decir, en la naturaleza, toda una curiosidad que los científicos insistían en confundir: la realidad era lo natural. Para descubrir y enunciar una ley natural, tuvo que darle la espalda a la realidad, quiero decir, la inercia es algo que nunca sucederá, sino mediante un artificio, lo que deja en evidencia que todo saber es un invento.
Hablando de inventos, quiero recordar al Doctor Von Reitcher, un científico nazi, que escondido en la selva brasileña produjo criaturas casi humanas en serie. Estas criaturas se han ido insertando en diferentes estamentos de la vida cotidiana con un único fin: que el Doctor Von Reitcher pueda convertirse en el amo del mundo. Ha creado los Type, Los idea fija, los Tecnos, y los Cyber. Estos últimos salieron fallados pues eran muy parecidos a los niños humanos, tan parecidos que desobedecían. En 1980, alrededor de 5000 niños Cyber fueron destruidos. ¿Hay uno que vive? Podría haberse preguntado Rodolfo Walsh. Efectivamente la número seis se escapó y se escondió en la ciudad. Cambió su identidad, o mejor dicho, llevó adelante una doble vida: de día es el profesor de literatura Ariel Seidelman, de noche Cybersix. De día sólo se interesa en la literatura, de noche, sale a cazar a Los idea fija que la buscan. Al igual que Drácula, Cybersix se alimenta de “la substancia”, que sería la sangre de Los idea fija. Esta doble vida le trae algunos inconvenientes, sobre todo uno llamado Lucas Amato, compañero de trabajo que se convierte en su amigo, y del cual Cybersix se enamora, pero ay, Lucas Amato está enamorado de una mujer imposible a la que ha visto algunas noches: una mujer que se desplaza por las sombras recorriendo la ciudad, es decir, Cybersix. Me estoy refiriendo a una historieta llamada Cybersix, creada por Trillo y Meglia, publicada por primera vez en la Revista Skorpio, de Italia, a mediados de 1991, y publicada en Argentina casi en simultáneo. A fines de los años 90 se produjo una serie con Carolina Peleritti. Cybersix me vino a la memoria porque en la página 46 de la primera edición del libro se dice lo siguiente:
Mark Fisher, quien fuese discípulo de Land, advertía la contradicción entre lo fácil que es pensar el fin del mundo y lo difícil que es pensarse por fuera del capitalismo. Mientras que la weird fiction, que tiene sus resonancias en Lovecraft, pero también en el cyberpunk y el chamanismo, apuestan por una dislocación bien peculiar que pone en entredicho ciertas nociones que hasta ahora nos habían servido desde el psicoanálisis para pensar algo del horror, como por ejemplo lo ominoso en Freud.
Lo ominoso, lo unheimlich, donde un parecería negar lo Heimlich y sin embargo no. El trabajo que hace Freud sobre el término, es realmente memorable porque en definitiva se trata de lo familiar que se vuelve extraño. De Los Supersónicos a Los Simpsom podría decirse para marcar que la idea de lo familiar en el sentido pequeñoburgués está en crisis. Leo y escribo pequeño burgués, y me acuerdo del film “Un burgués pequeño pequeño” de Mario Moniccelli, donde lo ominoso es la capacidad de arrastrarse de un empleado bancario con tal de conseguirle un puesto en el banco a su hijo. La dislocación ahí, en todo caso, es moral.
Pero sigo apenas un poco más con Cybersix. En Argentina salió en tres partes: en la primera, era presentada como “La heroína del fin de siglo: hombre de día mujer de noche”. En la segunda: “Hombre y mujer, robot y vampiro”. Puede verse ahí, una dislocación del binarismo sexo-género y hombre- máquina. Si traje a la historieta de Trillo y Meglia, es porque precisamente se inscribe dentro de una literatura ciberpunk, caja de resonancia de lo weird, según Sanchiz.
Poner en suspenso la realidad y fabricar verosimilitud parecieran ser las claves para pensar lo weird, es lo que, me parece, pone en contacto al mundo weird con el psicoanálisis, ¿acaso cuando se le pide al analizante que diga lo que se le pasa por la cabeza, que asocie libremente y no se preocupe por la importancia o no, por lo “real” o no que pueda parecerle su ocurrencia, no se le está pidiendo que ponga en suspenso la realidad? Y las asociaciones, los nexos que empiezan a surgir, ¿no son una fabricación de verosimilitud?
Los autores parten, para este libro, de una frase proferida por Lacan en 1974, donde afirma que para él, la única ciencia verdadera es la ciencia ficción, donde verdadera y verdad hacen su juego. Curiosamente, o no tanto, en Roma, en el VII congreso de la EFP, en su alocución, conocida como La tercera, Lacan dirá: “Es incluso uno de los ejercicios de lo que llaman ciencia ficción, que debo decir que no leo nunca”. La verdadera ciencia es la ciencia ficción, a la que no lee nunca. ¿Podría decirse que no es necesario leerla para habitar en ella? Cuando hace unos minutos dije que cómo podíamos estar seguros de que los nazis no habían ganado la guerra, esa interrogación es la misma que podríamos hacernos acerca de cuán seguro estamos de que el rostro que vemos en el espejo es una reproducción fiel de nuestro rostro. ¿No hay, en el simple acto de mirarnos al espejo una puesta en suspenso de la realidad y una fabricación de verosimilitud? ¿habitamos sin saberlo en una ficción weird? Tal vez por eso sea tan complicado definir de qué se trata lo weird, porque tal vez se trate de la vida misma, la vida como artificio, no como algo natural, ¿o acaso lo ominoso no camina con nosotros todos los días?
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