Dos preguntas a José Assandri.

Responsables de la sección: Gisela Avolio y Yanina Marcucci

Cuidado editorial: Yanina Marcucci


—¿Cómo y cuándo descubrió el psicoanálisis?

—Resistí bastante tiempo a responder las dos preguntas que plantean En el margen. Tal vez he creído que a otros no les aporta demasiado saber cómo alguien llegó al psicoanálisis, sobre todo teniendo en cuenta que forma parte de la cultura popular y habría infinidad de formas de llegar. Ensayaré alguna respuesta y los lectores decidirán si vale la pena. Una primera cuestión sobre cómo se llega al psicoanálisis sería plantearse en qué medida hay elección, porque no es algo que ocurra fuera del lugar en el que se ha vivido, las personas con las que creció, los artefactos que mediaron las relaciones y las historias que se fueron tejiendo. 

Viví en el campo hasta los once años, en una chacra no  muy lejos de la ciudad de Colonia; tampoco muy lejos de Buenos Aires, cuarenta o cincuenta kilómetros. Mi madre era maestra y mi padre profesor de biología, su trabajo estaba en Colonia y mis hermanos y yo íbamos a la escuela en esa ciudad. De lunes a viernes viajábamos al mediodía para asistir a clase y de tardecita estábamos de vuelta en la chacra. Había tres escuelas públicas y todo el mundo iba allí. Empecé en la escuela número 1, la llamaban escuela de varones, pero cuando mi hermana mayor llegó a quinto los cursos eran en la mañana y eso complicaba la dinámica familiar, entonces nos cambiaron a los dos a la escuela número 2, la escuela de niñas. En Uruguay, desde el siglo XIX, las escuelas públicas son mixtas, sin embargo, en ese pueblo las seguían llamando así, como si hubiera una necesidad de marcar diferencias de sexo aunque fuera en cosas que ya no tenían ningún sentido. Por cierto, no había diferencias entre una y otra más que esos nombres. La incomodidad de sentirse colocado en un mal lugar era un asunto que dependía exclusivamente de quedar bajo significantes que no me convencían; una escuela de niñas. No es que tuviera muy claro qué significado se le daba a niñas o varones, pero el cambio en sí generaba la pregunta de quién era yo si cambiaba de escuela. ¿Cómo ir a una escuela de niñas? en ese tiempo no fue una pregunta que pudiera hacerle a otros, como pregunta era enorme. La incomodidad persistió hasta que terminé el ciclo escolar. Por suerte llegué al liceo, allí podría ser una persona normal. 

El psicoanálisis tiene que ver con el saber que circula en cada lugar, cómo funciona ese saber y cómo afecta. En esos tiempos las bibliotecas que había en las casas de cada uno podían ser algo importante. Lo eran en mi tiempo, ahora no serán tanto, tal vez haya que ser más indicativo en ese asunto, qué leer y por qué leer. Entré al psicoanálisis por los libros pero no fue una vía directa, sino bajo la influencia de otro acontecimiento. Cierto día, en una gran biblioteca que había en el comedor de la casa de mis abuelos maternos donde vivía entonces, pesqué un libro. Su tapa me resultó atractiva, una mujer recostada en un sofá en una pose seductora. Mi madre me vio con el libro en la mano y dijo: “Ese libro no es para vos.” Si entonces había un condimento necesario para que lo leyera, fue ese. Se trataba de Un mundo feliz, de Aldous Huxley. Llegar a saber que había libros que estaban permitidos y otros que no, y no entender por qué a alguien se le ocurría semejante distribución, fue un acicate. No había nada censurable en aquel libro, era notable todo lo que había para aprender en ese mundo de ficción. Esa relación a los libros, que algunos estuvieran prohibidos, marcó mis lecturas siguientes hasta que eso adquirió otro estatuto; hay libros buenos y libros malos. Pero eso fue después. Luego de haber leído Un mundo feliz, descubrí en casa de mi padre tres libros que robé suponiendo que también deberían ser prohibidos. Se trataba de los dos tomos de La interpretación de los sueños de Sigmund Freud, de la Editorial Americana, de tapas blancas, y Psicopatología de la vida cotidiana, en la edición de Santiago Rueda, de tapas grises. Debí haber escuchado en algún sitio el nombre Freud, pero no lo recuerdo. Sí puedo decir que esa debe ser una de las mejores maneras de entrar en el psicoanálisis, leer esos libros. Fue así que se empezó a perfilar mi interés por eso que podía entender como lo psíquico, asociada a esa cosa de la sexualidad que podía dividir en escuelas de niños y escuela de niñas de una manera que no entendía demasiado. 

Se fue abriendo un camino hasta que el destino me jugó una mala pasada. Estando en el último año de la secundaria, saliendo del liceo, en la calle, me crucé con el que había sido un profesor de filosofía años anteriores: “Y Assandri, ¿qué vas a estudiar cuando termines el liceo?” En ese momento, frente a lo imprevisto de la pregunta, tan personal y de alguien con quien había tenido una relación mediada por un saber difícil de entender, dije lo que nunca me había escuchado decir: “Estoy entre agronomía y psicología”. Su respuesta fue: “Los Assandri siempre vuelven a la tierra.” No había pensado consultarlo, ni a él ni a ningún otro, me interesaban otras cosas en ese momento. ¿Cómo podía confiar en alguien que le había puesto a su hijo de nombre Napoleón? Pero lo que dijo y el tono en que lo dijo, oracular, hizo que se borrara de mi mente aquella segunda posibilidad que se esbozaba por primera vez. Había vivido en el campo, había ensayado alguna huerta, mi padre había estudiado agronomía y no había terminado, mi familia paterna provenía de campesinos italianos que se habían dedicado al cultivo de la vid y a producir vino, no cabían dudas, volvería a la tierra. Transcurrió un año en la Facultad de Agronomía sorteando con éxito exámenes difíciles, luego un primer semestre del segundo año y, en el segundo semestre, a comienzos de una materia, genética, con el anfiteatro lleno, el profesor titular para hacer ver la importancia del mejoramiento genético decía: “Si no tuviéramos trigo en el mundo mucha gente se moriría de hambre”. Yo estaba en la tercera fila, y simplemente enuncié una ocurrencia en voz alta: “Si no existiera el trigo nos alimentaríamos de otra cosa, arroz, por ejemplo.” El profesor no encontró respuestas, se hizo silencio extraño en el anfiteatro, luego continuó con la clase, nadie comentó más nada, pero se había interrumpido esa relación que cada docente espera construir con sus alumnos. Ese fue el único examen que perdí en mi vida. Lo perdí la primera vez, la segunda y la última porque perderlo tres veces implicaba volver a hacer el curso. No entendía qué me pasaba, en realidad yo les enseñaba a dos o tres compañeros cómo se hacían los ejercicios de genética, pero al llegar al examen, perdía. Y era asunto mío, un síntoma, mi objeción al profesor había surgido a destiempo. Cursé de nuevo genética, hice un año más, y me faltaba un examen para terminar tercero cuando ya había decidido estudiar psicología. El mismo día que daba el examen para entrar en psicología tenía que dar fitotecnia en agronomía. Tuve que tomar la decisión. Aún hoy me asombra haber tenido esa voluntad tan definida, dejar atrás años de esfuerzo para comenzar otra cosa y de ese modo, en una alternativa casi al modo de la bolsa o la vida. Había un cupo de diez para entrar en esa carrera de psicología y se presentaban entre cien y doscientos candidatos. Quemé mis naves en esa apuesta que hice tardíamente, sin saber que más adelante tendría que hacer un camino en retroceso; el psicoanálisis no es una profesión. 

—¿Qué considera que puede aportar el psicoanálisis a nuestra contemporaneidad?

Releer lo que escribí para responder a esta pregunta me hizo pensar que habría sido necesario intercalar muchas páginas, algunas en blanco, para hacer patente que nada es tan simple, que hubo momentos vacíos, idas y vueltas, que lo escrito sobre mi encuentro con el psicoanálisis no es más que una versión que ha pasado por años de someterse a la llamada libre ocurrencia. ¿Qué psicoanálisis en nuestra contemporaneidad? Definir qué es nuestra época resulta muy difícil. Seguramente, hace apenas dos o tres años, hubiera respondido otra cosa. Qué decir de un mundo donde el poder disuelve la verdad de manera escandalosa. Qué perspectivas de vida puede haber cuando esa tecnología para destruir a los otros se ejecuta sin que haya medios de frenar las masacres. Qué decir cuando a alguien, un presidente de una potencia que ha devastado el mundo a repetición, se le ocurre que podría supervisar el funcionamiento de la ONU. No, ya no será necesario quemar bibliotecas, pero cabe una pregunta: ¿dónde encontrará un joven hoy en día al psicoanálisis? Un podcast, un rumor, un posteo, un volante de autopropaganda entregado a la salida de un teatro, una declaración en un programa de chimentos… … El horizonte de nuestra época se extiende y se disuelve una y otra vez, seguramente deberíamos estar atentos a cada cambio tecnológico y los vaivenes del poder para tratar de orientarnos, tarea que exige tiempo y paciencia. Sin embargo, tal vez sea necesario fijarse en el propio psicoanálisis para saber si hay algo en él mismo que le hace obstáculo a su difusión o su transmisión.

Sospecho que tenemos y sostenemos una versión heroica tanto de Sigmund Freud como de Jacques Lacan. Ellos, en su tiempo —que no es nuestro tiempo— se enfrentaron al mundo común y corriente, el primero, definiendo un método que implicaba salir del formateo con el cual se hacía encajar a los seres en la cultura; el segundo, por su apertura a nuevos saberes limítrofes que lo condujeron a objetar la ortodoxia ya establecida desde supuestos herederos de Freud. Tal vez muchos de los que seguimos el trillo que ellos marcaron, vivamos como si fuera nuestro ese heroísmo que les adjudicamos a partir de sus invenciones. No se trata de desvalorizar lo que hicieron, sino de preguntarse qué relación tenemos con ellos, qué figura contribuimos a levantar de ellos de modo que pensamos que basta con ponerse a su sombra para ser, vicariamente, quienes tenemos la verdad, podremos remendar lo podrido y enderezar lo que malanda. Tal vez el asunto de qué psicoanálisis para nuestra época es no creer que podemos augurar un futuro ni explicar el mundo, sino que antes, más humildemente, deberíamos preguntarnos cómo se transmite el psicoanálisis en estos tiempos, qué formas de organización serán las necesarias para que esté en constante renovación como cada tiempo lo exige. Es algo evidente que las asociaciones no parecen ser la forma ni el corporativismo la vía, pero, más allá de que el lazo que reúna a los psicoanalistas se llame escuela, eso no garantiza que se funcione como tal. ¿Cuáles son hoy día los lazos que habiliten a no estancarse en repeticiones, que permitan que se produzcan otras formas, maneras de decir lo que ya es viejo pero precisa ser dicho de otro modo? ¿Nuestra relación al saber seguirá pasando exclusivamente a través de esos seres a los que se los llama maestros? ¿Aceptaremos que el que está al lado nuestro ponga en cuestión lo que decimos? Se necesita cierta libertad, suficiente sublevación para que el psicoanálisis permanezca como un método que implica un cuidado de sí que no necesariamente augura ni uno ni dos futuros venturosos, dijeran algunos luthiers. 


José Assandri. Vive en Montevideo, es miembro de la École lacanienne de psychanalyse, practica el psicoanálisis y la escritura en sus vertientes poéticas, narrativa, dramaturgia y periodismo. Ha publicado varios artículos de psicoanálisis en distintas revistas y publicado algunos libros como Entre Lacan y Bataille. Ensayo sobre el ojo, golosina caníbal (el cuenco de plata/Ediciones literales,  2007); Una tumba en busca de sus deudos. Alberto Nin Frías, el uranista (Estuario, 2018) y Hacerse ver. (cuerpo-fotografía-mirada), En el margen/Escolios ediciones, 2025). Dirige la editorial Escolios ediciones y es miembro del comité editorial de la revista de psicoanálisis ñácate.


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