Imagen de portada: «La llamada de la noche» de Marcelo Canevari.
Cuidado Editorial: Gabriela Odena y Juan Pablo de Arriba.
«Maldita la tierra donde los pensamientos
muertos viven en cuerpos nuevos y extraños,
y malvada la mente que no está sujeta
a ninguna cabeza»El ceremonial, P.H. Lovecraft
La modernidad trajo consigo la expansión de las ciudades, y a la par de la reproducción industrial, los ahora ciudadanos se multiplicaron conformando la multitud. Una nueva forma de experiencia humana, que la literatura fantástica supo retratar, fundamentalmente Edgar A. Poe. Podemos nombrar el cuento “El hombre de la multitud”, pero también “William Wilson”. La posibilidad de anonimato, de perderse en otros, de extrañarse del propio yo, despertó el miedo al encuentro con uno mismo siendo otro, un doble, el doppelganger[1].

Más allá del doble cómo arquetipo, tomaremos algunas situaciones que ciernen la experiencia de la duplicidad. En estos casos, está el espejo como dispositivo, pero podría no estarlo. La imagen especular es, entre otras, motivo para el doble; también lo es la sombra, el semejante, incluso uno mismo durante el día u otro por la noche. Quizás el espejo tiene esa ventaja de abarcar otros objetos y nos permite captar que la experiencia del doble es, en definitiva, la posibilidad de que exista otra realidad.
Según Borges, en El libro de los seres imaginarios, hubo un tiempo en que el mundo de los espejos y el de los humanos no coincidían ni en formas ni en colores, vivían en paz, se entraba y se salía por los espejos. Una noche, la gente de los espejos invadió la Tierra. Luego de sangrientas batallas, los invasores fueron encarcelados en los espejos y obligados a repetir todos los actos de los hombres. Esa domesticación del otro mundo
Durante un viaje en tren, luego de que una sacudida violenta abriese la puerta del toilette, la imagen de un señor mayor vestido con bata de entre casa y un gorro acorde en la cabeza, se le apareció a Sigmund Freud dentro del baño de su compartimiento privado. Supuso que ese señor se había confundido, intentando mitigar la inquietud que se avecinaba. Decide levantarse para ayudar a ubicar al despistado intruso, pero la perplejidad lo detiene antes de completar la intención: era su propia imagen frente al espejo del baño.
En el cuento “El extraño”, de H.P. Lovecraft, acompañamos al narrador, en primera persona, en el descubrimiento de su identidad. Habiendo crecido en la oscuridad de un castillo, sin otro contacto que sus pocos recuerdos y una biblioteca, se encuentra, fuera de su encierro, no sólo con seres humanos, que huyen al verlo, sino con su propia imagen en un espejo. Es memorable la tensión que logra el autor al narrar ese momento. Cuando ve al monstruo se da cuenta que esa imagen es la de él mismo. Luego de tocar el frío “vidrio azogado”, intentando frenar a la bestia que se acercaba, Lovecraft recurre a la inefable adjetivación de lo aberrante: fétida, inmunda, putrefacta, asqueante. Antes de enloquecer, con el olvido como aliado, vuelve entre sueños al encierro, dentro de las ancestrales pirámides egipcias, agradece a la amarga alienación por su nueva y salvaje libertad de la soledad.
La pequeña anécdota de Freud la encontramos en una nota al pie de página en su texto Das Unheimlich[2]. Toma dos perspectivas distintas a las de Lovecraft para enfrentar al doble. En la nota al pie, así como el personaje lovecraftiano, Freud admite que la figura que vio en el espejo lo disgustó profundamente. Pero lo adjudica a una reacción arcaica, la de experimentar al doble como unheimlich, abriendo un nexo con lo misterioso, lo desconocido. Por otro lado, recurre a deshacer fácilmente el sentimiento generado, por una simple prueba de realidad. Confirma que esa imagen era el reflejo de la irrepetible forma de su persona. De esta manera, se clausura la posibilidad de lo desconocido, de otro mundo posible, el alter mundus, se corta el vínculo entre lo fáctico y la fantasía, no hay otra escena, el yo no es otro.
No es necesario compartir el misantropismo de Lovecraft para tener un rechazo a la vida humana, al mundo como lo conocemos. La insignificancia de lo humano, ante lo cósmico, lo ancestral, las bestias que escapan a nuestra nomenclatura de la naturaleza, quedan fuera ante la prueba de realidad. Es la decepción de lo fantástico, no sólo como género, sino como modo de habitar un mundo desencantado.
Magnetizado, es el título del libro de Carlos Busqued, autor mas contemporáneo, en el cual se puede leer efectivamente el posible vaciamiento de sentido del mundo, en este caso con una conducta tan extrema como el homicidio. Los crímenes cometidos esa semana de septiembre de 1982 por Ricardo Melogno, a cuatro taxistas, ejecutados de la misma manera, a pocas cuadras a la redonda y con el mismo ritual posterior, invita a interpretar un motivo que lo sostenga, pero no lo hubo. El libro abre con un epígrafe que define la Ley de Ampère, aquella que establece la creación del campo magnético a partir de la corriente eléctrica, supongo que indicando al lector la importancia que tendrá en la conversación con Melogno el estar magnetizado.
La situación a la que remite el título es la siguiente: después del tercer asesinato, Ricardo se dispone a comer a una cuadra y media del lugar en donde quedó el auto con el taxista muerto adentro. Siente que se le pegaron los cubiertos a la mano, dice que lo primero que se le ocurre es “La mierda, estoy magnetizado, qué me pasó”. Pero la prueba de realidad que desarma la trama casi fantástica, por la que Busqued nos lleva, se derriba cuando Ricardo, al mirarse bien la mano, ve que estaba manchada de sangre. Eso era lo que le pegaba los cubiertos, la sustancia vital por excelencia con su viscosidad característica, ningún elemento metafísico.
El libro es el resultado del trabajo de edición del autor. Luego de desgrabar las frecuentes conversaciones que tuvo con Melogno, durante 1 año y medio, intentó rescatar la voz de su entrevistado, y, por consiguiente, borrar la suya[3]. Señala cualquier pregunta excesiva que suponga sugestionar al entrevistado, para que los lectores no caigamos en falsas teorías. Pero también intenta forzar el dilema del crimen inmotivado, lo pone en cuestionamiento una y otra vez. Así como no hay explicación que justifique los asesinatos, tampoco emoción que sostenga los actos, la vida de Ricardo Melogno va perdiendo, a medida que avanza el libro, ese condimento simbólico que le suponemos al ser un semejante—”Yo fui una cucaracha. Y después un monstruo. Y después un preso», dijo. Al acompañar esa deshumanización, podemos pensar el peligro de perder el sentido de la existencia humana misma.
Luego de relatar el primer asesinato, a la manera de una situación cotidiana, hablando con el taxista del clima y “boludeces así”, el entrevistador intenta darle un sentido a la acción. Le pregunta por algún recuerdo, algo que haya pensado, incluso por un sentimiento. Entonces, Melogno, recuerda haber tenido miedo por única vez. Al disparar cierra los ojos, no mira a la cara de la víctima, luego pasa por encima del asiento para erguir el reciente cadáver, que al igual que los otros, después del disparo caían hacia el costado. Cuando levanta la vista, ve que lo están mirando. No ve otra persona, tampoco una cara, sólo dos ojos que lo miran. Queda paralizado por el terror, hasta que se da cuenta que son sus ojos reflejados en el retrovisor. Aclara que no fue un momento místico, frente a la insistencia de Busqued que le remarca “tus ojos te miraban a vos”. Dice simplemente que fue un boludo por no darse cuenta. No hay simbolismo, ningún sentido más allá del mero hecho. La prueba de realidad es implacable, el mundo es concreto, no existen los dobles, no hay otra cosa. Y si existiera alguna dubitación al respecto, los psiquiatras le enseñaron a Ricardo, que estos eventos son comunes en ataques psicóticos. Aunque siga siendo inclasificable para los diagnósticos, cuestión central en la disyuntiva entre la justicia y la salud mental, que lo tuvo sin ubicación institucional durante varias décadas.

Galería de grabados, M.C. Escher, 1956.
Dentro de este libro, también inclasificable, hay un capítulo titulado “Electricidad y magnetismo”, en el que Carlos Busqued vuelve a narrar la escena del doble, sin falsear los hechos. Introduce algunos elementos técnicos, y finalmente metafóricos, propios de la ficción. Cambia el punto de vista, utiliza analogías, deja de lado el diálogo de la entrevista. Maneja el tiempo del relato deteniéndose en ese instante de terror. Describe detalles verosímiles con sutiles adjetivaciones que son más descriptivas que poéticas. El recurso permite acercarse a fragmentos de la escena que quedan ocultos frente a cierta mirada de la realidad. Hace un zoom —ese es el término que utiliza— sobre las pupilas del joven paralizado, como un ciervo encandilado —escribe enriqueciendo la imagen con la analogía—, que refleja convexa y oscuramente su propia imagen, en donde está el reflejo más chiquito de la misma imagen volviéndose otra.[4] “La realidad misma volviéndose más chiquita”, sentencia el autor, abriendo una grieta entre la prueba de realidad y la experiencia humana.
Allí, donde la ficción se cuela para dar lugar a la otredad, le otorga un sentido simbólico a la existencia. En donde el nexo con las fuentes ancestrales, animales, nos deja ver, que El Mal encarna también en lo banal.
[1] Término del romanticismo alemán (doppel, «doble»; gänger, «andante») que designa al doble, representa en la narrativa de la época tanto la fragmentación de la identidad como la existencia de lo sobrenatural.
[2] Freud, S. [1919](2019). Lo ominoso: Manuscritos, documentos inéditos y versiones publicadas (J. C. Cosentino & L. Klimkiewicz, Eds. y Trads.; Ed. bilingüe). Mármol-Izquierdo Editores.
[3] Entre otras entrevistas, esto último —y lo que sigue— está explicitado en el siguiente link: https://chasquidomoscon.blogspot.com/2018/07/entrevista-con-carlos-busqued.html
[4] Busqued dijo que había escrito un ensayo articulando esta situación con un cuadro, el cuadro de Escher, “Galería de Grabados”, de 1956. En donde la mirada sigue los edificios del cuadro, estos se expanden y curvan hasta incluir la propia galería y al joven que la está observando, creando un bucle infinito donde el interior y el exterior se confunden. En el centro se forma un espacio circular blanco porque la distorsión matemática llegaba a un punto donde no podía completarse sin inconsistencias.
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