Un comentario de «Travesías», de Daniel Rubinsztejn. Por Helga Fernández

Cuidado Editorial: Yanina Marcucci


Daniel Rubinsztejn compuso algo que escapa a toda clasificación: ni tratado ni manual, ni compendio ni colección de artículos. Estamos ante un artefacto textual que respira al ritmo de lo que bordea: lo singular, ese grano de arena irreductible que ninguna teoría domestica, ese ombligo del sujeto que comunica —como el del sueño freudiano— con lo no reconocido.

Se trata de un libro que encarna en su propia escritura fragmentaria, zigzagueante, musical, la imposibilidad de decirlo todo, la fecundidad del resto, la potencia del silencio entre las notas. Por esto puede ser llamado ensayo: género que no hereda su forma sino que la encuentra mientras avanza.

Textura musical

Quizás lo más singular de Travesías sea su textura musical. No solo porque Rubinsztejn convoca a Charlie Parker —leído a través del Johnny de Cortázar— para pensar la temporalidad de la experiencia del análisis, sino porque el libro mismo está compuesto como una improvisación de jazz: temas que retornan variados, silencios que pesan como notas, puentes que transportan a lo imprevisto.

«Esto lo estoy tocando mañana», dice Johnny. «Hoy mismo es bastante después de ahora». El análisis, como el jazz, suspende de a ratos —preciosos ratos— la tiranía de los relojes, introduce un tiempo en el que algo se pone en juego. To play music; to play a game: el inglés conserva lo que el español separa. La interpretación musical y la interpretación analítica comparten esa cualidad lúdica que no es frivolidad sino condición del acto.

El vacío del saxo de Parker llora la muerte de su hija Bee; un duelo metálico que la heroína y el alcohol no apagan, tal vez encienden una y otra vez. Pero —y aquí la precisión de Rubinsztejn es crucial— la música no dice por qué gime. El vacío del saxo no tiene ni es el del objeto del duelo. La música es sin objeto, y en esa sustracción radical reside su potencia.

Lo mismo la interpretación analítica: cuando funciona, no nombra el objeto perdido sino que bordea el vacío que ese objeto velaba.

Y junto a Parker, Pizarnik: «Cuando a la casa del lenguaje se le vuela el tejado y las palabras no guarecen, yo hablo». Rubinsztejn lee aquí no la desesperación sino la apuesta: el lanzamiento de dados en la intemperie, la rebelión que consiste en mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos. El analista, cuando interpreta, también pronuncia fonemas desde la intemperie: sin garantías, sin tejado, prestando una palabra que viene de otro lado para nombrar lo que no tiene nombre.

Boca de tormenta, pie de página, falda de la montaña

El tratamiento de la catacresis como figura de la interpretación es uno de los momentos más potentes del ensayo, y también uno de los más generativos. La catacresis —nombrar lo innombrable tomando prestada una parte del cuerpo: ojo de la cerradura, boca del subte, pulmón de manzana— se convierte aquí en modelo, u orientador, de la interpretación: inscripción de un significante no en el lugar de otro sino en el lugar de nada.

«Ni mil adjetivos sobre el goce lo describirían; el único enfoque del goce es la metáfora defectuosa», escribe Rubinsztejn citando a Barthes. Esta formulación invita a quien lee, habitado por lo que el libro inaugura, a seguir el hilo. ¿Qué pasa si amplificamos la catacresis? ¿Hasta dónde nos lleva?

La catacresis tiene una historia densa que la formulación de Rubinsztejn convoca sin necesidad de nombrarla. Para los retóricos latinos —Quintiliano en su Institutio Oratoria, Cicerón en De Oratore— era una «necesidad bendita»: no una elección estética sino una exigencia del sistema lingüístico. Los objetos del mundo son más que las palabras que tenemos para nombrarlos; la catacresis se hace presente ante este apremio. La cerradura no tiene ojos, pero sin «ojo de la cerradura» careceríamos de nombre para esa parte. —decían—la metáfora obligada, el préstamo forzoso que el lenguaje se hace a sí mismo para poder funcionar.

Derrida, en «La mitología blanca», radicaliza esta intuición: si la catacresis existe, es porque no hay literalidad originaria. Todo lenguaje es, en su fundamento, metafórico. Lo que llamamos «conceptos» son catacresis olvidadas —metáforas que se han vuelto «gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su relieve y ahora ya no son consideradas como monedas sino como metal», escribe Nietzsche en el pasaje que Derrida analiza. La filosofía misma está edificada sobre préstamos que han olvidado como tales. No hay salida de la metáfora: sólo hay grados de desgaste. Que Rubinsztejn rescate la catacresis para el psicoanálisis es, también, un gesto que indica que toda nominación es préstamo, que el analista no posee la palabra.

Siguiendo con los rastros de la apertura de Rubinsztejn, la catacresis tiene también una vida política. Spivak y Butler lo mostraron cada una a su modo: cuando el colonizado toma la palabra del colonizador, cuando el sujeto que el lenguaje normativo no contemplaba reclama un nombre que no estaba previsto para ello, la operación es catacrética. No hay nombre propio disponible; hay reapropiación de un nombre impropio, y en ese desajuste —que nunca se resuelve— reside la posibilidad de una subversión. Lo que Travesías permite pensar es que la experiencia del análisis opera en un registro lindero: no hay nombre propio para el goce, y sin embargo el analista presta una palabra.

La formulación de Rubinsztejn, entonces, toca un nervio. Catacresis viene de katákhresis: abuso, uso indebido. Pero hay algo más en esa etimología que «abuso»: está también lo no certero, lo que falla en dar en el blanco, lo que no alcanza su objeto. Toda catacresis es un intento fallido de nombrar lo que no tiene nombre —y en ese fracaso, paradójicamente, reside su productividad—.

Si todo nombrar es catacrético, si no hay literalidad, si toda palabra es préstamo que nunca termina de pagar su deuda con la cosa, entonces el abuso no es la excepción sino la regla. ¿Cómo orientarse entonces en un campo donde todo es, estructuralmente, impropio? Esta pregunta resuena con lo que Derrida se interroga respecto de la metáfora. Y resuena, también, con algo que a partir de su trabajo Rubinsztejn habilita a pensar: la inquietud ante quienes usan la no-certeza del lenguaje para hacer pasar como inevitable lo que es simplemente abusivo. «Todo es interpretación, todo es metáfora, así que mi interpretación vale tanto como cualquier otra.» El canalla —el que se autoriza de la falla para decir cualquier cosa, el discurso que convierte la impropiedad del lenguaje en licencia— conoce este terreno: hace de la palabra La palabra convierte la falla estructural en coartada. Pero la catacresis, bien entendida —y Travesías ayuda a entenderla—, no autoriza cualquier cosa.

Lo que Quintiliano llamaba «necesidad bendita» era eso: necesidad. No cualquier préstamo es catacrético; solo aquel que responde a una carencia. La catacresis no es licencia, o no solo licencia, es también testimonio de un límite: el límite de lo que el lenguaje puede nombrar. Derrida insistía en que la catacresis revela la estructura del lenguaje, no la suspende. Ningún significante se llena para siempre, ningún préstamo se naturaliza del todo.

Si la catacresis puede orientar la interpretación, como sugiere Rubinsztejn, entonces la interpretación analítica no nombra lo innombrable —eso sería pretensión de literalidad— sino que toma prestado un significante de otro lugar para señalar el vacío. No llena el agujero; lo bordea con una palabra que viene de otra parte.

Esto tiene consecuencias para pensar la posición del analista. La interpretación catacrética no es solemne ni explicativa. No viene a decir qué significa el síntoma, qué quiere decir el sueño, cuál es la verdad del sujeto. No reparte verdades como ostias rituales. Viene a desviar. Divertir, en su sentido etimológico: divertere, hacer girar hacia otro lado. Una interpretación dada para ser divertida —llegado el momento y la ocasión— es una interpretación que no ocasiona la comprensión sino el efecto de sorpresa, el tropiezo, la risa incluso. Por eso la interpretación puede ser divertida —en ambos sentidos: graciosa y desviante—. El humor no es un accesorio de la experiencia del análisis sino una de sus formas privilegiadas.

Lacan insistía en que la interpretación opera por el equívoco. El chiste, el juego de palabras, el retruécano: formas de tomar prestado un significante para hacer resonar otra cosa. La interpretación no es un préstamo que se devuelve con intereses de sentido. El analista que interpreta catacréticamente no dice «esto significa aquello»; más bien lanza una palabra que no encaja del todo, que viene de otro registro, que produce un desajuste. Y en ese desajuste, algo se mueve.

La subversión, entonces, es inherente a la interpretación. No se trata de subvertir un orden para instalar otro —eso sería la operación del amo—, sino de subvertir la pretensión misma de que haya un orden de sentido que cierre. Es, en el mejor de los casos, un uso de la catacresis que no olvida que es catacresis.

Lo que el sonido convoca

Lo que este recorrido pone en juego apunta —en última, pero también en primera instancia— a la posición del analista. Una posición que se lee en Travesías —tal vez como siempre, un poco descentrada, aquí en la función de supervisor— en un capítulo que es uno de mis favoritos del libro.

Si el psicoanálisis habita una «actualidad inactual», no es porque ignore su época sino porque la escucha desde otro lugar. El capítulo «¿Es para tanto? / ¡Es para tanto!» lo muestra en acto.

Una persona habla de su paciente: Flori. Del padre de la hija de Flori: Mauri. Ella misma se presenta como Fabi. Tres diminutivos que, en la escena transferencial de la supervisión, reproducen lo que traba el análisis. No se trata de informalidad ni de cercanía afectiva; se trata de una horizontalidad que aplasta toda dimensión. Flori/Mauri/Fabi: tres nombres achicados hasta volverse intercambiables, sin corte. Una degradación que no es accidente, sino quizá uno de los modos epocales por donde se sopesa la carencia de relieve que alcanza hasta a los nombres propios. Esta degradación sea quizá un modo de olvidar la condición catacrética del nombre: ¿el diminutivo que intenta hacer del nombrar algo puramente «familiar», tapando el vacío estructural y eludiendo el préstamo que todo nombre implica?

«¿Es para tanto?», pregunta la persona cuando Rubinsztejn señala el problema. «Es para tanto», responde. Y en esa respuesta —sin explicación, performativa— se juega todo. Porque el nombre no es etiqueta; es anudamiento.

El nombre propio, cuando funciona, inscribe una marca: el rasgo unario, soporte de la identificación simbólica. Sin esa marca no hay sujeto del inconsciente. Flori/Mauri/Fabi son modos de llamar que no parecen convocar, tampoco desde lo sonoro, la dimensión del inconsciente.

Lo notable es que Rubinsztejn no teoriza esto: lo hace. Y lo hace con humor —»¡Es para tanto!»— porque el humor es, también, una forma de sostener el nombre sin solemnidad.

Toda metáfora, sin excepción

Pero hay algo más en Travesías, y reside no solo en lo que dice sino en cómo lo dice —distinción que en psicoanálisis no es solo retórica, porque a veces la forma traiciona lo que se afirma o porque la retórica no es ornamento del pensamiento sino su nivel de constitución—. Cuando Rubinsztejn propone que la interpretación analítica tendría la dimensión de una nominación catacrética, cuando sostiene que es inherente al uso del lenguaje el abuso, cuando recuerda que toda metáfora exitosa es fracasada porque deja un resto no metaforizable, está abriendo una modulación que creo merece ser transitada hasta sus últimas consecuencias.

Si toda metáfora es en el fondo catacresis —abuso, préstamo, uso indebido—, entonces la metáfora paterna también lo es. No es lo contrario de la catacresis; es una catacresis.

Considerados los diversos enlaces entre el qué y el cómo, hay al menos dos modos discursivos de sostener el Nombre del Padre —y la diferencia entre ellos no es de contenido sino de posición—. Uno olvida su condición catacrética: lo sacraliza, lo convierte en verdad, en referente último. Desde ahí —no ahí, pero sí desde ahí— se puede abusar efectivamente, y de hecho se abusa. El otro recuerda que es préstamo: no es la ley sino que la nombra en el lugar donde no hay nombre.

Lo que distingue a estas dos modulaciones se juega en una fórmula de Lacan en RSI: el Nombre del Padre es nombre de nombre de nombre. La primera modulación pasa por alto esto: literaliza la catacresis reduciéndola a mero tropo, y convierte al Nombre del Padre en excepción, en lo que escaparía a la condición catacrética de toda metáfora. Resalta el del del Nombre del nombre —con artículo, con determinación— más que la iteración sin cierre del nombre de nombre de nombre. Doble movimiento que cancela precisamente lo que el libro de Rubinsztejn habilita a pensar.

La segunda modulación, en cambio, transmite el fracaso del nombre respecto de la cosa —fracaso diferido al anudamiento de tres, rubricado en los dos de, donde lo más logrado posible no es el éxito del Nombre del Padre sino el límite de su fracaso, precisado en el nudo borromeo—. Si la metáfora paterna hizo lo suyo, hay don de la falta: la transmisión de que toda palabra, incluso la que nombra la ley, es impropia.

Eso es lo que el libro de Rubinsztejn habilita a pensar, o una de las cosas que he podido pensar con él. Y se lo agradezco.

Hueso de la posición

Pero hay algo previo a las tesis, algo que las hace posibles, algo que no es del orden del argumento sino del hueso, de lo que sostiene sin exhibirse. Lo que sale y sobresale en estas páginas —y es cada vez más infrecuente— es un autor que escribe desde el deseo de ocupar el lugar del analista. No desde la fatiga, no desde esa melancolía apenas disimulada de quien hubiera preferido dedicarse a otra cosa y sigue en el cuarto de escucha por inercia.

Rubinsztejn escribe como quien sigue eligiendo, sesión tras sesión, página tras página, habitar el lugar del analista con la seriedad y el gusto que eso merece. Travesías es testimonio de un psicoanálisis habitado con alegría, con rigor, con esa «docta ignorancia» que no es pose humilde sino condición del deseo. Quizá por eso, después de leer este libro, dan ganas de escuchar.


Helga Fernández. Práctica el psicoanálisis. Miembro de la école lacanienne de psychanalyse. Ejerce la dirección editorial de En el margen, colectivo editorial. Es editora de Archivida, compañía editorial. Autora de: Para un Psicoanálisis Profano. Archivida, 2020; La carne humana, Archivida, 2022; México, 2023. Mandíbulas Autómatas. En el margen, 2024. La hiperstición, la más nueva de las letosas. En el margen, 2024. Entre la lumbre y la penumbra. Cielo invertido, 2025. “La función del amigo. Una tensión deseante”. En el margen, 2026. Próximo a publicar: “¿Pueden los expertos ejercer la pregunta?”, y “Macedonio Entrañable”. Co-autora de: ”Melancolía, perversión, psicosis. Comunidades y vecindades estructurales”. Ed. Kliné; ”El hilo en el laberinto I y II”. Kliné, 2016; ”La carta del inconsciente”. Kliné, 2007; ”Feminismos”. Letras del Sur, 2017; “Acuerdo en el desacuerdo”. Qeja, 2019. ”Identificación, nombre propio y síntoma”. Kliné, 2020. ”Ser sin orillas. Ensayo sobre Ofelia”, En el margen, 2020; ”Escrituras cl{ínicas”, Archivida, 2021; “Excesos”. Prometeo, 2024. “Psicoanálisis a cielo abierto”. Montevideo, 2024. ”Un viaje weird a los confines del psicoanálisis” En el margen y E-dicciones Justine, 2025. “Escrituras afectadas”. Codei Ameghino 2025. Escribió artículos en: LALANGUE; Lapsus Calami; N-1; La Mosca; En el margen, Espectros, Fort-Da, Ñacate, Lacanenmancipa, E-dicciones Justine, etc. Algunos de sus textos fueron traducidos al portugués, francés e inglés. Mantiene conversaciones y charlas de psicoanálisis en hospitales públicos. Da seminarios, cursos, talleres y otros dispositivos en diversos ámbitos (UNAM, UBA, etc ). Es revisora editorial en diferentes publicaciones. Participa en espacios interdiscursivos en el ámbito de la cultura.


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