Foto de portada: Valeria González
El 9 de mayo se presentó el libro La función del amigo. Una tensión deseante, de Helga Fernández (En el margen, 2026), en la librería del barrio porteño de San Telmo, Lalibre. Auspiciaron el pasaje del libro al estado público: Gerónimo Daffonchio, Leticia Martin, Carolina Polak Solok, Horacio Medina y José Assandri.
Compartimos aquí las palabras de Horacio.
Nota de edición
Agradezco, de corazón, este convite a la autora Helga Fernández y hago extensivo el mismo a la editorial En el margen, que ha hecho un trabajo editorial increíble, a la librería La libre que nos recibe cálidamente siempre y a todos los que han venido hasta aquí a bienvenir y recibir este libro.
Esta bienvenida hace pasar La función del amigo a un estado de letra pública que se dona a la comunidad de lectores. El estado público de la palabra es un don que circula entre unos y otros dando lugar al juego de la metáfora.
Eso público, en nuestro caso, pone el lazo de la comunidad de lectores en el centro del ágora psicoanalítica. La metáfora y sus movimientos son la expresión misma que allí hay vida. Pulsión de vida.
En otro momento, Helga, nos habló de la retirada de la metáfora o de su destrucción cuando la instancia profiriente es una mandíbula mecánica, cuyas groserías y cinismos, sean algorítmicos o no, tanto sufrimos en una repetición lacerante que destruye esa textura pública de la palabra.
Desde una portada con trazos sinuosos el libro nos convoca a navegar aguas devenidas un poco turbulentas, charco polisémico de una amistad posible. Se trata de un charco dónde dos nenas generan el estruendo tenue de las olas. Estruendo que vamos a escuchar en este libro que propone la función del amigo como una tensión deseante. Vamos a escuchar la vibración que sale de esa tensión. Una función que se formaliza con las implicancias de una lengua foránea que no habla los clasicismos familiaristas del lazo.
Hay también en la tapa de este libro un barquito que va trazando trayectos y marca lo sinuoso con el color de la deriva. Una tapa suficientemente bella para que deje intuir el placer del texto que nos espera al navegar esas olas.
La escritura de estas páginas, que bordean al amigo en su estatuto de función más que de concepto, restituye toda la sensibilidad de los encuentros: amor, rivalidad, resonancia, gramática del amigar, en definitiva, una tensión en estado de deseo.
Si la función se despojara de esa sensibilidad ¿como se sigue escribiendo una vez formulado su matema? Un decurso del pensamiento que se asoma a una serie de umbrales concluye con una operación pero, al tiempo, algo deviene en esta escritura que la hace participar de cierta poética, podemos decirlo, sin exagerar. El libro nos invita a navegar estas ondulaciones hasta hacer aparecer un trayecto como un color, vector de una deriva dijimos, emergente distintivo del cual provienen, sean quienes sean, dos o más, siempre más que uno. Allí donde también ese devenir es una o varias transformaciones más o menos silenciosas.
Hay en sus páginas una poética. No digo un decir rítmico de la prosa como predicado de unos dichos. Digo más bien una poética como el conjunto de un decir que arremolina y escribe orillas.
Y Helga –como le había anticipado en su momento parafraseando a Perla Sneh– encuentra las palabras para decirlo. En el caso de Perla se trata de palabras para lo inefable. Aquí, es una poética del lazo que empieza a narrarse entre aquellos a quienes hace jugar la función del amigo, que si bien resuena en todo psicoanálisis, no llega a ser su lengua canónica ni lo quiere ser. La autora se sirve de figuras tejidas en las retóricas de la cultura, tanto como de transferencias insoslayables con la letra de Winnicott, Turner, el antropólogo, Lacan y Allouch, entre otros, para poder articular esa lengua.
“Me hace falta un nuevo impulso de ti, pasado un tiempo se me acaba”[1] Leit motiv que tensa la cuerdade un deseo que surca el psicoanálisis.A eso me refiero con una poética que va bordeando las ondulaciones siguiendo un curso, y que al seguirlo lo inventa.
Entre la sinuosidad y las resonancias, anida un poco la osadía de este libro y también de esta función, que no encuentra atajo en un lazo hartamente nominado en el psicoanálisis por las lógicas identificatorias del padre y las fratrias. Lejos de un nosotros compacto, sujeto esencial de una comunidad cerrada, se abre a una ética de la situación que no garantiza ningún resultado a priori. ¿Es posible inventar relaciones que aún no tienen formas? Pregunta que se escucha como eco de estas figuras traídas por la autora para componer el logos poético de este libro.
Se trata de un encuentro que es siempre un acto jubiloso.
No es un libro silencioso, no camina a hurtadillas. Es un libro que provoca estruendos. Hace olas. Se nota en la materialidad que lo soporta, sea papel, lazo o cuerpo. Charco de agua, jardín japonés, tumba que augura flores, seres nubosos o etéreos, transformaciones del objeto a en los cuatro elementos.
Al poner en discusión –por fin– los modos del lazo en un afuera al que llamamos intemperie, evita sumergirse en el calor asfixiante del familiarismo o someterse a la verticalidad patercentrada de un parentesco que rápidamente pasa del semblante de refugio a una atmósfera de opresión, endogamia, pacto de sangre con un cierto tufo incestuoso.
Si hacemos el esfuerzo de situar las coordenadas de la función del amigo en la tradición de una subversión del sujeto,¿habrá otros lazos, disímiles, heterogéneos a las identificaciones remanidas de la masa?
También ahí arroja este libro su munición pesada.
Conozco un poco ese estilo de Helga, a la vez poético y ruidoso, marcas en su obra abierta, que he podido leer: Psicoanálisis profano[2], La carne humana[3] y otros textos propios y en coautoría como Escrituras clínicas y finalmente La función del amigo[4].
Hace ya un tiempo que venía leyendo el trabajo en progreso que hacía Helga en la web y En El margen. Allí ensayaba la construcción de esta función del amigo que no sería lo que intuitivamente llamamos philía de la amistad, el amigo inolvidable o el amigo mejor y todos los predicados que podamos apuntar aquí desde las neurosis que acompañan a cada quien, o bien, desde las herencias griegas de una política extensa de la amistad que no contienen ningún ágalma que pueda dar con una verdad de esencia sobre la amistad.
Algo me llamó la atención en la catalogación del libro que se incluye en el estante de psicoanálisis, pero también en el de la filosofía. Pienso que no es extraño en cuanto al movimiento sinuoso de sus contenidos, su figuración poética, su dejar pasar en la transferencia la insistencia de una repetición para evitar la rigidez de los lugares comunes o hipostasiados. El psicoanálisis se deja leer con textos que vienen de la filosofía, aunque en el transcurso de esa lectura la filosofía se haga una antifilosofía para dejar pasar al psicoanálisis como práctica de la lectura y práctica de la transferencia. Creo también que este libro La función del amigo va y viene por esa liminalidad. Esto es parte de la gran audacia de la escritora. Hay que poder navegar esas aguas y ensayar una invención. Metáfora móvil, poiesis de una pasión de pensar. Está escrito así en la solapa, palabras de Haraway /Camblong
La navegación y las cartas aparecen como significantes que me arriman a Helga. Cartas de navegación[5] fue el primer libro que escribimos y editamos en coautoría con mis amigos Victoria Larrosa y Fernando Montañez. Helga presentó ese libro junto con Elizabeth Barral, psicoanalista y Juan Besse, antropólogo. Era la primera vez que nos encontrábamos, y la segunda vez que me aventuraba en la edición de un libro. Seguía su voz en posteos de las redes y en algunas intervenciones en En el Margen. Aguda y lúcida, siempre. Fue muy hermoso lo que nos regaló en esa presentación del libro, ponía en perspectiva los devenires del sujeto como concepto en vecindades tanto clínicas como filosóficas. Otra liminalidad. A partir de allí se sucedieron varios otros y distintos encuentros. De intercambio, de escucha mutua, de lecturas cruzadas, de transferencia de trabajo, de meras charlas y brindis. También de inquietudes editoriales, transmisión del psicoanálisis y, especialmente, la lectura generosa de nuestras propias letras.
Ese movimiento que puede traer el estruendo o el silencio se cifra primero en las mesas de un bar, acá: encuentro, conversación y acto de escritura. Cafetín de Buenos Aires. Sabiondos y suicidas. Cafetín del tango que si bien, es lo más parecido a mi vieja, aquíse trata dela escena fundante de La función del amigo como las cartas que hacen navegar la letra transferencial, o como la escucha que rompe espejos.
Se trata del lugar que tracciona la tradición porteña que la autora, andando sobre las huellas de María Moreno, pero también las de Macedonio, nos ofrece como su propia escena fundante para escuchar lo que esta función nos viene a decir. Hay otros lazos sobre los que el psicoanálisis abre la escucha para dejarlos pasar sin reduccionismos.Otros lazos que no son función paterna, materna o fratrías. Esa modulación del psicoanálisis es la que la autora transita en este libro al hacer de la función del amigo un operador, como dice ella, que brota como maleza: sin permiso, lateral y persistente[6]
Para que algo pueda pasar, la autora construyó umbrales. La edición puso hojas negras que marcan el lugar por donde asomarse y espiar del otro lado como en el jardín de la película de Somai (1994)[7]. Esos umbrales son espacios liminales.
El antropólogo Turner introduce la liminalidad para diferenciar ese espaciamiento del mero límite. Lo liminal abre un espacio que no es propiedad ni de uno ni de otro sino que es la potencia misma de un devenir que inventa formas en la intemperie de lo que Turner llamó dramas sociales.
Hacer lugar para nuevas poéticas de la composición en ese entre de los encuentros.
Los umbrales que invitan a asomarse son también un llamado a escuchar lo que sucede del otro lado. La función del amigo como suplemento demorado atraviesa el fuego inaugural, atraviesa la antiestructura de toda institución hacia la metáfora que surge entre la maleza. Luego esa función llama desde la lengua popular en su potencia de invención, dado que el cuerpo del discurso se estira en esas retóricas del encuentro.
¿Qué le pasa a la lengua cuando intenta nombrar un espacio que disuelve la frontera entre los pronombres? Cuando finalmente puede formalizar esta función se pregunta qué tiene para decir esta práctica de la amistad de la función del analista, esa otra que también opera en el límite de lo familiar.
Recuerdo una escena que fue producto de una curiosidad, en principio, de osadía turística devenida posteriormente etnográfica. En una oportunidad en Salvador Bahía fui invitado, por unas personas quienes eran de mi más absoluto desconocimiento, a visitar un terreiro donde se oficiaba un ritual candomblé para recibir las bendiciones de un orixas previsto en cierto calendario religioso. Éramos muchas personas, entre oficiantes e invitados, en un recinto amplio y caluroso. Yo andaba con una cierta euforia por la novedad y, entonces, acepté el convite en el lugar que se dice del observador participante o testigo escribiente de una experiencia puertas adentro.
Allí la congregación disponía lugares que se abrían a un encuentro rítmico entre varios cuerpos que vibraban al son de un frenesí de tambores y que se componían en una vibración extenuante como ofrenda para la deidad homenajeada.
Entre los blancos de las prendas que cubrían esos cuerpos, las mujeres festivas extendieron sus manos a un joven semidesnudo a quien acompañaron a recibir las ondulaciones rítmicas de su propio cuerpo que, a esa altura, era un cuerpo de a varios. Ellas y sólo él. Él y sólo ellas. Sin más pronombres.
Lo fueron vistiendo con ciertas ropas, siempre blancas, para llevarlo a una zona liminar entre los géneros: géneros como telas y géneros como sexualidades, mientras la tensión densa y húmeda seguía vibrando en el aire en un suspenso indecidible. Una zona liminar que se abría en búsqueda de nominación. Solamente bajo esa tensión del deseo apareció algo así como una transformación.
Ahora puedo preguntarme cuánto habría allí de la función del amigo, cuánto habría allí de una erótica huérfana, cuánto abría allí de una relación por venir aún innominada.
Termino con un pasaje del libro de Helga:
Este ensayo, por tanto, no puede concluir. Su propósito no es cerrar un debate , sino dejarlo abierto ¿la práctica de la amistad es un modo de devenir huésped –esporádico sin residencia fija- de la In-existencia? Hospes nombra tanto al que recibe como al que es recibido; la misma palabra designa al anfitrión y al extranjero.[8]
Gracias.
[1] Fernández Helga, La función del amigo, una tensión deseante, En el margen, Buenos Aires, 2026,p.83
[2] Psicoanálisis profano, Archivida, Buenos Aires, 2020
[3] La carne humana, Archivida, Buenos Aires, 2022
[4] La función del amigo, op.cit.
[5] Larrosa, V, Medina H. Montañez, F. Cartas de navegación, 2019, Archivida, Buenos Aires
[6] Fernández Helga, la función del amigo, op.cit. p. 11
[7] Somai, Shinji (1994), película The friends Japón
[8] Fernández Helga, La función del amigo, op.cit. p.313-314
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