¿Realidad o sueño? Por Roque Farrán

Cuidado editorial: Juan Pablo De Arriba y Marisa Rosso

Imagen: Andrew Haggar


Soñé que salía al patio de una casa que no era la mía y me disparaban en la cabeza. Trataba de esquivar el disparo, pero ya me habían dado y no quería ver mi cadáver en el piso; la herida expuesta. Entonces le pedía a mi hermano que fuera a ver, a confirmar mi muerte. Lo extraño es que mi hermano estaba vivo y todo era completamente natural; incluso que yo muerto se lo pidiera. Después había una subtrama de averiguación detectivesca sobre quiénes me habían disparado, por qué lo habían hecho, cómo habían entrado a la casa, etc. Un hombre mayor, flaco y alto, con escaso pelo, y una mujer que parecía no estar de acuerdo con él, que le discutía no sé si la acción o la forma, pero al final no se lo impedía. No aparecen más datos en el sueño.

¿Quién querría mi muerte, mi cabeza? Recuerdo que cuando me dispararon en la vigilia, a unas cuadras de mi antigua casa, había alguna gente bienintencionada que incluso se alegraba de que al menos los medios hablaban del Conicet (durante mis 15 minutos de fama fui tristemente el “joven investigador baleado del Conicet”), o el verdulero del barrio -cerca también de lo de Barrelier- que al verme de vuelta me dijo: “justo a vos pibe”. Cuando uno desciende a la subtrama de los deseos humanos todo huele bastante mal. Tu vecino puede ser un asesino; tu amigo, un traidor; vos mismo estar muerto, y no darte cuenta. A punto de ser padre por segunda vez estoy muy contento, pero a la vez siento que cualquiera puede matarme o traicionarme, supongo que es un fantasma normal: el homo sacer es la regla, diría Giorgio, en el estado de excepción en que vivimos. Cualquiera puede ser asesinado o arrojado a la calle con desidia, por más historia o trayectoria que tenga.

En lo que va del año llevo escritos varios informes para Conicet donde tengo que relatar mi trayectoria, y por eso he vuelto a revisar las fechas de los primeros registros. En estos días se cumplen veinte años desde que ingresé a la institución como becario. Lo recuerdo muy bien por un hecho clave que ocurrió en aquel momento y marcó mi vida para siempre. Tenía todos los papeles listos, guardados en una carpeta amarilla, cuando mi hermano se disparó. Fue un domingo 6 de agosto. Pasé el fin de semana angustiado por su ausencia y luego de la confirmación de la trágica noticia, vinieron el llanto inconsolable, el desamparo, la orfandad. Al día siguiente salí caminando como pude hacia el Correo Argentino que estaba en el Patio Olmos donde deposité los papeles para el Conicet como quien lanza una última cuerda mientras cae por un abismo. Un amigo decía hace un tiempo que los argentinos creemos que nuestra vida personal representa la vida del país entero, cada crisis se vive así en ese doble registro: personal y político al mismo tiempo. Y sí, cuando un país está tramado con instituciones tan precarias, las mediaciones dejan lugar a las identificaciones directas, y lo real es el desamparo extremo: la herida expuesta. La pregunta es ¿qué nudo podrá sostenernos, esta vez?, ¿será el amor, la amistad, la política? ¿O será todo esto un mal sueño del que habrá que despertar pronto?

El mes de agosto es difícil, siento que la lucha no es solo personal o política, sino también cosmológica u ontológica, que están en juego fuerzas que nos exceden, ¿podremos dar vuelta los signos del tiempo? Llegamos a la semana 39 del embarazo; Uma, la gata antigua, reapareció luego de estar una semana ausente de casa, la habíamos dada por muerta y hasta llorado; Alma, la perrita nueva, se recupera de la operación tras el atropello que la dejó con la cadera rota y una lámpara en la cabeza que nos causa gracia y pena al mismo tiempo; terminamos la obra, preparamos el nido, saludamos a la madre tierra, estamos contentos porque la lucha en calles y redes revirtió por ahora el artículo que permitía comprar sin límites a los extranjeros, quemar todo para apropiarse de las tierras. La vida y la muerte, la alegría y la tristeza se entreveran, ¿podremos invertir los signos del tiempo? ¿Encontrar la constante vital o el tono justo que nos sostiene?

Pensaba esto: si pudiéramos invertir la proposición, el modo de expresión, y decir, en lugar de la tierra es nuestra, nosotros somos de la tierra que habitamos y cuidamos; somos parte de ella y agentes responsables por lo que en ella y gracias a ella sucede. No estamos solos, infinidad de seres nos acompañan, incluso nuestros muertos. Quizás algo podría empezar a transformarse en serio; saldríamos de los círculos de la repetición estéril, de la posesión estúpida, de la posición infatuada, de la fascinación con los poderes oscuros de los adversarios. Seríamos más generosos, abiertos y risueños. Quizás estemos a tiempo de devenir otros, no sé si mejores, al menos más reales, conectados a nuestras verdaderas condiciones de existencia.

Roque Farrán, Mendiolaza, 7 de agosto de 2026.

Adenda. Vera nació el domingo 9 de agosto, se adelantó unos días a la fecha estimada por los médicos (14 de agosto). No sabíamos que era justamente el día internacional de los pueblos indígenas; tampoco recordaba una frase que leí al pasar en la conmemoración de ese día: “La tierra no pertenece al hombre; el hombre pertenece a la tierra. Todas las cosas están conectadas como la sangre que une a la misma familia.” Firmada por el jefe indio Seattle, esa frase que no recordaba al escribir lo anterior, pertenece a una extensa nota que leí de muy niño y se encuentra grabada en un casete junto a las voces de mis hermanos. No todo tiene que ver con todo, como se dice a veces, sino que hay recurrencias singulares en esta trama en común. Estamos muy contentos de reencontrarnos en cada giro de esta historia, que es la de la tierra, del cosmos, y (que) cada uno de nosotros cuenta (como puede).

Adenda II. Observo dos fotos de mis hijas recién nacidas, Camila y Vera; se parecen mucho. Por supuesto que está todo el juego de las semejanzas cada vez que hay un nacimiento: a quién se parece más, de quién heredó tal rasgo, cuál será el color de ojos que tendrá, etc. Pero hay otra cosa que no tiene que ver con el juego de la repetición de lo mismo. Cuando la veo a Cami tan contenta de tener a su hermanita en brazos, multiplicando la alegría de todos, pienso: acá se cerró el círculo. Luego me corrijo: acá en realidad se abrió el círculo. La familia se agranda con variaciones, no es la reproducción de lo mismo, no somos los mismos; nunca. Y sin embargo, vuelvo inevitablemente al pasado y pienso: ya hemos estado aquí, en las vueltas de la vida, cada círculo sosteniendo a los otros, como si no fuesen círculos, sino bucles que se enlazan. Entonces me digo y escribo, retomando aquel momento en que leía al viejo indio y dando vuelta ahora su triste sentencia: acá comienza la vida y termina el sobrevivir. Y como aquel otro loco célebre, digo también alegre: ¡Sí, a lo que viene!


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Un comentario en “¿Realidad o sueño? Por Roque Farrán”

  1. Has escrito una bella poesía a la incertidumbre y en ella hay esperanza! Para todos nosotros, para los hijos!

    Cito Lorca, «la poesía no quiere adeptos, quiere amantes»!

    Felicitaciones!

    Arnaldo Dominguez de Oliveira.

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