Imagen de Marian Torres.
He de decir que es motivo de felicidad para mí presentar La función del amigo. Una tensión deseante, no solo porque reconozco y aprecio el trabajo de Helga Fernández, sino porque leer este libro me ha generado una sensación de inquietante extrañeza. Para mí lo inquietante o lo ominoso, lejos de ser una experiencia desagradable es una sensación que estimo y abrazo con gratitud. Creo que, tal y como señala Mark Fisher, lo unheimliche tiene la potencia de convocar lo inédito. Potencia que Fernández encuentra también en lo que ella llama la función del amigo.
Además, he de decir que, haciendo eco de una frase de Karen Barad que dice que conocer es enredarse —la cual alude al hecho de que no podemos estar por fuera de lo que conocemos—, me gusta pensar que esta inquietante extrañeza habita también en el seno de nuestra amistad con Helga porque en nuestros encuentros reconozco un cierto tremor que considero herencia de la orfandad que nos atraviesa, y al mismo tiempo, nos impulsa en nuestras respectivas búsquedas.
Nuestra amistad se ha ido nutriendo en los últimos años, en gran medida gracias a que hemos podido compartir espacios, viajes, presentaciones y tiempos, los cuales me han hecho apreciar la presencia y la importancia de la función del amigo, en la cual este libro se detiene. Así que me alegra mucho ser parte de la presentación, junto con todos ustedes, de esta criatura.
Una vez dicho lo anterior, podemos entrar en materia. El libro de Helga Fernández contiene 6 capítulos: La invención del lazo, Un amigo no es un hermano, Communitas del deseo, Los inter-cesores, Poética de la composición y Soberanía huérfana. Además de dos excursos al final. Cada capítulo se encuentra intercalado o intervenido por una serie de umbrales.
El trabajo está tejido a partir de una cantidad considerable de referencias, que van desde Freud, Fliess, Lacan, Winnicott, Mannoni, Allouch, Derrida, pasando por Agamben, Foucault, hasta Piglia, Macedonio Fernández y Borges, entre otros. Como se puede apreciar, la lista es extensa, pero ciertamente la amistad es un tema mayúsculo, atraviesa nuestra condición existencial y ha sido de gran importancia en muchos campos, excepto en el campo del psicoanálisis. El mérito de este libro radica en gran parte en señalar su omisión y como decía al principio, apelar a su potencia.
Sin embargo, a pesar de las referencias que espero poder en algún momento tener el tiempo de revisar, a mí me obligó a desempolvar otros textos como por ejemplo los tratados de Marco Aurelio y de Séneca, volver a la correspondencia de Freud con Fliess, de Benjamin con Adorno y de Hannah Arendt con Mary McCarthy.
La correspondencia, la cual podríamos incluso considerar como género literario, por lo general nos permite ampliar nuestros horizontes pues nos sumerge en los detalles y las minucias de las relaciones y por supuesto nos muestra algo del orden de la amistad. Quizá uno de los rasgos más evidentes de este género, si es que lo consideramos género, es una cierta intimidad particularmente nítida en la correspondencia de Arendt y Mc Carthy, puesto que ésta está llena de descripciones de lo cotidiano y de profundas intimidades que desbordan sus límites; no se reducen a discutir cuestiones teóricas. Al respecto, Helga nos recuerda que: “Cuando Mc Carthy habló en el funeral de Arendt, dijo que mirarla pensar era como ver los movimientos de la mente hechos visibles en acción” (p. 141). Las cartas dejan ver o plasman el pensamiento en el momento de su composición. Por eso para Helga las cartas son el limen, es decir el umbral.
En cambio, la correspondencia entre Adorno y Benjamin es sumamente prolífica en los desarrollos teóricos, pero menos profunda afectivamente, incluso diría que es formal y a veces dura. No obstante, esta correspondencia es de una intensidad muy peculiar porque alberga la intención de “movilizar la experiencia teológica en el mundo profano”. Mientras que la de Freud y Fliess, si bien es mucho más pasional, no deja de estar enfocada en asuntos que atañen a la incipiente teoría psicoanalítica, provocando una borrosidad muy peculiar de las fronteras entre lo teórico y lo personal, propia de la función del amigo.
Y así como Marco Aurelio consideraba la vida más cercana a la lucha que a la danza porque había que estar siempre atentos y listos frente a los imponderables de la vida, así mismo la función del amigo, según Helga Fernández, no se ciñe al contrato, mucho menos a la garantía, sino que se trata de una práctica que requiere de un ejercicio constante, de una actitud activa y de un acto de inter-cesión, dice nuestra autora. El acto de ceder es más importante que el de protagonizar.
Un ejercicio que se destaca por su movimiento. De hecho, también para Marco Aurelio, la amistad es importante en la medida en que es movimiento constante, pero no cualquier tipo de movimiento, sino aquel que obedece a ciertos principios que para Marco Aurelio son filosóficos, puesto que lo único que puede conducir al hombre en su camino es la filosofía, ya que lo que pertenece al cuerpo es flujo y lo que pertenece al alma es sueño y vapor. «La vida es una batalla y una breve estancia de un extranjero” —dice nuestro romano. La filosofía es una forma de vida, para Marco Aurelio, que consiste en darse el tiempo para meditar, pero más importante aún, para estar presente en cada instante. Si bien el vínculo entre las escuelas helenísticas antiguas, las cuales concibieron la filosofía como una forma de vida fue hace tiempo trazado por Pierre Hadot y luego por Jean Allouch a través de Foucault, en el caso de la propuesta de Allouch que jala los hilos hacia las aguas de la práctica psicoanalítica, la amistad y/o la función del amigo brilla por su ausencia.
El libro de Helga Fernández tiene cierta consonancia con estos apuntes de nuestro filósofo, pero además tiene la virtud no solo de colocar en el centro de la mesa del psicoanálisis, la función del amigo a modo de una interrogante: ¿Hasta qué punto ha sido relegada en la construcción de esta práctica tan atípica?, y yo agregaría que valdría la pena también preguntarse cuáles habrán sido las razones para desatender o minimizar el lugar de dicha función, sino también de problematizar qué entendemos por amistad y cuál sería la diferencia con la función del amigo.
Puntuemos, siguiendo el recorrido de este libro, algunas cosas en relación con esta cuestión. En primer lugar, podemos decir que la amistad ha estado atravesada como señalamos anteriormente, por la escritura puesto que ciertas relaciones de amistad se desenvolvieron magistralmente en y gracias a la correspondencia que nos han dejado y en ese sentido podríamos decir que amistad y escritura comparten una afinidad o un espacio muy peculiar. Fernández señala este aspecto cuando dice: “Escribir es hacer un trabajo con la lengua, torcer la gramática o desautomatizar los significados para renovar la frescura de la lengua y aliviarla del sentido dado”. Quizá también esa sea una característica de la función del amigo, la cual alberga un acto de producción y un trabajo en y de la lengua, más allá de los involucrados.
Pienso en la correspondencia entre Fliess y Freud, puesto que es una correspondencia que excede las expectativas de cualquier lector en la medida en que es también una continua confesión de amor, al mismo tiempo que da cuenta de un espacio de intensa producción en la lengua. Cito una carta del 31 de octubre de 1895:
“Queridísimo Wilhelm:
Todo bien, salvo la migraña de tres días. Con excepción de este lamento, la carta pertenece a la ciencia. Tu juicio sobre la solución de histeria-neurosis obsesiva me ha regocijado naturalmente hasta el delirio. Pero oye ahora. En una diligente noche de la semana pasada, con aquel grado de cargazón dolorosa que constituye el óptimo para mi actividad cerebral, de repente se alzaron las barreras, cayeron los velos y se pudo penetrar con la mirada desde el detalle de las neurosis hasta las condiciones de la conciencia. Pareció que todo se armaba, los engranajes empalmaron, se tuvo la impresión de que ahora la cosa era efectivamente una máquina y se echaría a andar por sí sola enseguida. Los tres sistemas de neuronas, los estados libre y ligado de cantidad (Qn), el proceso primario y el secundario, la tendencia principal y la tendencia de compromiso del sistema nervioso, las dos reglas biológicas de la atención y de la defensa, los signos cualitativo, real y cognitivo, el estado de los grupos psicosexuales, por fin, las condiciones de la conciencia como función de percepción —¡todo ello concordaba y concuerda hoy todavía! Naturalmente no quepo en mí de contento. Habría debido esperar dos semanas ‘más’ para comunicártelo; todo habría resultado tanto más claro. Pero es que en el intento de comunicártelo se me aclaró el asunto por primera vez. Es decir que de otra manera no salía. Ahora tendré poco tiempo para hacer una exposición en regla. Los tratamientos comienzan, y las parálisis cerebrales, que para nada me interesan, ya urgen. Sin embargo, algo he de componer para ti. Los postulados cuantitativos, a partir de los cuales tendrás que averiguar la característica del movimiento neuronal, y la exposición de la neurastenia-neurosis de angustia dentro de las premisas de la teoría. ¡Dios me conserve tu cabeza exenta de migraña!
Si pudiera hablar contigo durante 48 horas exclusivamente sobre el asunto, probablemente quedaría concluido. Pero son imposibilidades.
«Lo que no se pueda volando, se alcanzara cojeando: la escritura dice: cojear no es pecado».
Hoy he pronunciado una segunda conferencia sobre histeria, en cuyo centro he colocado la represión. Pero no se presta para ser publicada.
¡No tendrás objeción si llamo Wilhelm a mi próximo hijo! Si él es niña tiene reservado el nombre de Anna.
Cordialísimos saludos,
Tu Sigm”.
Seguramente recordarán que Freud utilizó esta última cita muchos años después en El más allá del principio del placer. La carta es intensa, está llena de gestos amorosos como el aviso de ponerle el nombre de Fliess a su próximo hijo, o la premura que siente Freud por contarle sus avances teóricos. Se aprecia el lugar tan importante que tenía Fliess para Freud, pues está seguro que 48 horas con él bastarían para resolver el problema. Para mí no cabe duda que esta carta derrama pasión. La misma pasión que atraviesa al psicoanálisis en la actualidad.
Pero no toda la amistad desemboca o se gesta en la escritura. Una vez escuché una entrevista en la radio que le hacían a un escritor que me gusta mucho que se llama Andrés Neumann. El escritor se remitía a su novela Fractura, una hermosa novela que comienza en Hiroshima y Nagasaki en el momento fatídico en que el tiempo se detuvo cuando los estadounidenses lanzaron la bomba atómica. En esa entrevista Andrés hacía referencia a la tristeza que acompaña el final. En el caso del fin del amor lo triste, decía, es que se extingue una lengua. La lengua privada de los amantes está esclavizada al tiempo de duración de la la relación. Me pregunto ¿Qué será de esas lenguas perdidas? Quizá queden vestigios, restos, fracturas, desechos, cenizas…
Pienso que en la amistad sucede algo similar, pero a diferencia del amor, la transformación de la lengua privada constituye un horizonte de posibilidades. Podemos arriesgarnos a decir junto con Helga, que el psicoanálisis es también como en la transformación de la lengua en la amistad, el resultado de una operación alquímica, pero que no concluye en la relación de los involucrados, en este caso Freud y Fliess, puesto que requiere de actualizaciones, necesita seguir aconteciendo. Si bien las cenizas o los desechos de esto que se produjo entre ellos y/o a pesar de ellos, siguen dándonos materia de donde cortar, no basta con hacer el ejercicio de recolección y/o fetichización de los elementos de ese acontecimiento.
Celebro que Helga Fernández haya identificado esa operación, sin embargo, me surgen preguntas. Aprovecho para ponerlas en la mesa: ¿Cómo puede ser que el amigo sea una función y al mismo tiempo una experiencia y/o un acto? Según entiendo una función puede ser entendida como la utilidad de algo, pero también puede ser entendida en un sentido matemático. En matemáticas una función se define como una forma específica de relación entre los elementos de dos conjuntos. ¿En qué sentido estás entendiendo la función?
Por otro lado, si se tratará de una función en sentido matemático, ésta estaría determinando de manera constante un tipo de relación entre los elementos, sin embargo, esto implicaría la existencia previa de los mismos, pues solo así podríamos hablar de relación. Sin embargo, el trabajo que Helga despliega a lo largo de estas trescientas páginas, me parece que es más bien un extenso recorrido que apuesta por la localización de algo que se resiste a ser localizado, algo que además se encuentra en continuo movimiento y que creo no necesariamente presupone la existencia de elementos determinados y que por lo tanto excede por mucho la definición de función matemática porque tiene en su base, a modo de inspiración dionisiaca, la posibilidad de desestabilizar. Esto que está esbozado en este libro y que estoy de acuerdo que ha marcado la práctica analítica está atravesado por la orfandad, el fracaso y la decepción como lo estuvo también la relación entre Freud y Fliess, la cual rozó peligrosamente con la paranoia (cosa que habría que seguir explorando. Al respecto el apéndice del libro es muy hermoso porque pone el ejemplo de la relación entre Borges y Macedonio Fernández como ejemplo de superación de la paranoia). Pero es por eso mismo, es decir porque transita en terrenos sinuosos e inestables, que puede habilitar un potencial de invención extraordinario y esto también quiere decir que mantiene algo de inasible, en oposición al familiarismo que muchas veces sigue vigente en psicoanálisis y que en ocasiones moldea las instituciones psicoanalíticas, el lazo entre analistas y por supuesto, la práctica.
En cambio, me gusta mucho la idea de lo liminal, y pienso lo liminal más como un estado que como una dimensión. Más en consonancia con las discusiones que se dan en el campo de la física, por ejemplo, con el experimento mental o la paradoja que propuso Schröedinger hace casi cien años, el cual estaba en realidad diseñado para desaprobar o demostrar la falsedad, incluso lo ridículo de la interpretación de Copenhague en torno a la mecánica cuántica. Como saben el experimento mental consistía en colocar un gato en una cámara sellada de metal. La vida del felino estaría condicionada por el estado de un átomo radioactivo. El gato estaría vivo si no se había emitido radiación, muerto si sí se había emitido. La idea era demostrar lo ridículo del pasaje que va de un evento a nivel cuántico a un nivel macroscópico.
Existen distintas interpretaciones al respecto de este experimento mental. No tengo tiempo de exponerlas ni de explorarlas pero creo que el experimento, así como las interpretaciones que se han elaborado abren camino para pensar eso que en este libro se esboza porque me parece que esa zona liminal que puede ser constitutiva pero no exclusiva de la amistad, es efecto de una superposición como en el experimento mental de Schrödinger, una superposición que dependiendo desde el ángulo en que nos coloquemos dará pie para elaborar distintas interpretaciones e implicará la estabilidad o inestabilidad de los elementos.
Y creo que colocar esa condición de la función del amigo como un factor insoslayable del surgimiento de la práctica analítica constituye una manera, quizá no la única, de liberarla de las ataduras convencionales, familiaristas, adaptativas y moralistas que comúnmente encontramos en la actualidad dentro del psicoanálisis y dotarla de alas para estar a la altura de nuestra época.