Un original coloquio*. Por Belén del Rocío Moreno C.


Hoy en el día del amigo, En el margen publica un artículo en el que la autora se dedica a encontrar en los textos de Freud las marcas en su estilo de transmisión que, de acuerdo a ella, quedaron impresas como consecuencia de su amistad con Eduard Silberstein. 

¿Quién fue Eduard Silberstein? El amigo de juventud de Sigmund Freud a quien éste dirige la primera de las misivas que se han conservado, en fecha tan temprana como el 12/VII/1871, cuando el futuro autor de La interpretación de los sueños sólo cuenta quince años recién cumplidos. Y no es una carta sino una postal. Freud escribe el texto en latín y se despide en español: “Quedo su atento servidor, Sigmund Freud.”

Sabemos que Freud hablaba español porque en el primer volumen de sus obras completas, publicadas por Biblioteca Nueva, aparece la carta que le envió a su traductor, Luis López–Ballesteros y de Torres: “Siendo yo un estudiante, el deseo de leer el inmortal Don Quijote en el original cervantino me llevó a aprender, sin maestros, la bella lengua castellana.”  Por lo que la autora, en este texto, también nos señala que Freud utilizó una voz latina para nombre el deseo: desiderio y entonces, tal vez, desde allí abrió el camino, sin saberlo, para que el psicoanálisis prosperara, también, en nuestra lengua.

Agradecemos enormemente a la autora este texto.

En el margen saluda a todos sus amigos con esta publicación, mostrando que el lazo deja huellas que forman parte del discurso. Porque uno solo no hace nada.

Comisión editorial: Facundo Soares, Violeta Atadía, Juan Picón y Yanina Juarez.


Mucho antes de que Freud creara el psicoanálisis, en la época en que cursaba sus estudios de medicina, sostuvo un lazo de amistad con Eduard Silberstein. Ese vínculo ha dejado el rastro de una singular correspondencia que se extendió a lo largo de diez años, de 1871 a 1881, año en que Freud obtuvo su título de doctor. De la correspondencia entre los dos jóvenes se conservan las cartas que Freud envió a Silberstein, no así las que él hubo de recibir de su amigo. En efecto, se sabe que en 1885 Freud destruyó todos sus apuntes, resúmenes científicos, manuscritos de trabajos y buena parte de la correspondencia recibida; se trató, como se sabe, de un gesto dirigido explícitamente a torturar a sus biógrafos. Los originales de estas cartas reposan actualmente en la Library of Congress, en Washington; su publicación en español se hizo bajo el título de Cartas de juventud1 . La correspondencia da cuenta de las diversas inquietudes académicas de Freud, quien al tiempo que cursaba su carrera de medicina estudiaba mineralogía, botánica, astronomía, asistía a clases con Franz Brentano, tomaba conocimiento de Feuerbach, viajaba a Berlín para escuchar a Dubois Reymond, Helmholtz y Virchow.

Las cartas también revelan la pasión de Freud por las letras y su aspiración de elevar la escritura epistolar al rango de creación poética. Más singular aún es que algunas hayan sido redactadas directamente en español; desde luego, se trata de un español un tanto tortuoso, surgido del estudio de un libro de texto, aprendido sin maestro ni diccionario. Con Silberstein habían escogido el español como la lengua de sus confidencias; era pues el idioma oficial de sus secretos. En el momento en que los amigos se separaron para emprender estudios en ciudades diferentes, crearon la Academia Española, institución cuyas “dos únicas lumbres”2 fueron ¡Eduard Silberstein y Sigmund Freud! De este modo la comunicación epistolar cumplía con aquella condición que el poeta nombró como “la escritura del ausente”; además Freud leía con entusiasmo las cartas de su amigo y le narraba exhaustivamente sus acontecimientos para no agarrar “la + + + cólera + + + del mortífero aburrimiento”3 . Desde los 18 años anticipa lo que habrá de ser la condición sedentaria que le impondrá su práctica constante de lectura y escritura:

Pertenezco a aquellas criaturas humanas que se pueden localizar la mayor parte del día entre dos muebles, uno de forma vertical, el sillón, y otro que se extiende horizontalmente, la mesa, y de los que comenzó a surgir toda la civilización como coinciden los historiadores de la cultura, porque estos dos muebles reclaman con razón el predicado de sedentario o de ‘asentamiento’4 .

Quizá, para utilizar las palabras del Freud posterior, una “coerción forzosa” lo obligaba a leer y escribir; tal deseo vuelto imperativo lo conducirá, mucho tiempo después, a descifrar la escritura de los sueños. Con las cartas a Silberstein, Freud abre una amplia serie de corresponsales cuya función será muy importante en la producción del saber psicoanalítico. El lugar del destinatario de la correspondencia ingresará luego en la escritura de sus textos como tercero supuesto entre el lector y el autor, lugar desde donde se formularán preguntas inevitables, se llevarán los argumentos al límite, se pondrá, en fin, a prueba el rigor de sus planteamientos.

La escritura para Freud no sólo era el medio para dar a conocer los productos de su investigación; ante todo era el instrumento mismo de la investigación. ¿Cuántas veces su escritura nos conduce por los más impensados meandros de la reflexión, para después por los mismos efectos de la escritura deshacer lo formulado y replantearlo en nuevos términos? No podía ser de otra manera, pues la condición escritural del inconsciente y litoral de la letra imponen de suyo a esta investigación su instrumento. Escribir para otro y alojar al Otro en su escritura es lo que Freud comienza a esbozar con este primer corresponsal. En 1884, en una carta dirigida a su prometida, Martha Bernays, Freud recordará así aquella época:

Hoy ha venido a verme otra vez Silberstein, me tiene el mismo afecto que antes. Fuimos amigos en una época en que no se entiende la amistad como un deporte o una ventaja, sino que se necesita al amigo para vivir con él […] Estudiábamos juntos español, tuvimos una mitología propia y nombres secretos que habíamos tomado del gran Cervantes. En nuestro libro español de lecturas encontramos una vez un diálogo filosófico-humorístico entre dos perros que están sentados contemplativos delante de la puerta de un hospital, y nos apropiamos de sus nombres; tanto en el trato escrito como en el oral, él se llamó Berganza y yo Cipión. Cuántas veces escribí “querido Berganza” y firmé “Tu fiel Cipión, perro en el hospital de Sevilla”. Los dos formamos una extraña unión de eruditos, la Academia Castellana /AC/ [sic], habíamos redactado toda una gran literatura cómica […] nunca nos aburríamos el uno del otro. A él no le gustaban las ideas de altos vuelos, se quedó en lo humano; su horizonte de lecturas, su humor, todo era un poco burgués, incluso algo pedante5

La mitología creada con Silberstein pasaba por una codificación que no sólo sustituía sus nombres por los de los perros de El coloquio6 de Cervantes; además, para nombrar a Alemania, Freud le proponía a su amigo decir “hospital de Sevilla”. También para referirse a las muchachas utilizaban la palabra “principios”. Gisela Fluss será un principio fundamental para Freud, principio que opera por su ausencia. En efecto, la inclinación amorosa por la joven, a quien escasamente Freud se dirigió, se vio bruscamente interrumpida ante la prohibición que le hizo su padre de viajar a Roznau, donde se encontraba la muchacha. Freud acata la orden y este sacrificio se convertirá en la piedra basal, al parecer no sólo de la Academia Española. “[…] he renunciado á [a] […] si –dicha esperanza y […] también a la inclinación que me pegaba a esa niña, Gisela […] No es porque otra haya ocupado su lugar, pero el lugar se puede quedar vacío. O como no hay lugar vacío en la naturaleza, digamos que se ha llenado de otra cosa como aire”7 . Resulta notable que los principios que antecedieron en mucho el comienzo de la escena analítica sean hasta el final motivo de cavilación para Freud; digamos también, lugar donde persiste un vacío que su sostenida investigación sobre el alma femenina no logró desalojar.

Sobre la identificación con los cánidos de las Novelas ejemplares es preciso decir que el nombre escogido por Freud, Cipión, evoca al general romano Scipión, conquistador de Cartagena en el año 209, a. C. Al parecer, sólo excepcionalmente Freud confundió su seudónimo y firmó Berganza o Braganza. Ya en la época cervantina era usual poner a los perros nombres de personajes eminentes. Así que por su identificación Freud será “comperro” de su amigo y una vez ha presentado sus exámenes llamados “Rigorosa”, pasará a ser un perro “ejaminado”. Nombrados perros los miembros de la noble A. E., Freud considera que este es “su mayor título que tienen ni tendrán”8 . Como lo anota la editora de la versión española de las Cartas de juventud, al parecer Freud insiste en distinguirse con tal título cuando toma conocimiento del uso del significante “perro” en la época cervantina: se aplicaba “precediendo en aposición a ‘judío’ o ‘moro’ o a los hombres de estas razas”9 . Las palabras injuriantes ‘perro judío’ atravesarán los siglos, para llegar a los oídos de los jóvenes estudiantes. Desde luego que en la época de sus estudios universitarios ya Freud tomaba nota de la segregación creciente que habrá de culminar en la Shoah.

Los primeros comentarios conocidos en español sobre las relaciones entre “El coloquio de los perros” y el dispositivo psicoanalítico fueron los de León Grimberg y Juan Francisco Rodríguez10, quienes consideraron comparable la actitud “ético pedagógica” de Cipión con aquella sostenida por Freud en los tiempos preanalíticos de Estudios sobre la histeria. En efecto, en aquel entonces muchas intervenciones de Freud estaban animadas por un espíritu didáctico que luego, tanto por sus efectos como por su falta de consecuencias, habrá de resignar. Posteriormente, el especialista británico en Cervantes, Edward Riley11, presentó un texto sobre las relaciones entre el psicoanálisis y la teoría narrativa. Este autor sitúa la complejidad de la obra cervantina, dado que su estructura contempla tanto la conversación entre dos perros como la narración de la vida de Berganza. Hay que recordar que esa doble elaboración de la forma está ya declarada desde el título que Cervantes escoge para este escrito: “Novela y coloquio que pasó entre Cipión y Berganza”. El gusto de Cervantes por la experimentación con la forma lo condujo a esta singular hibridación. Del lado del coloquio, Riley encuentra sus fuentes en la tradición lucianesco-erasmista del Renacimiento, con la cual, sin duda, Cervantes estaba familiarizado. Entonces, Riley desarrolla su trabajo de comparación bajo el supuesto de que este último es un diálogo.

En el coloquio aparentemente dos perros hablan, a partir de lo cual se puede afirmar, de manera un tanto equívoca, que se trata de un diálogo, de donde casi resulta natural el desliz de equiparar “El coloquio” con un supuesto diálogo analítico que, sin embargo, tampoco lo hay. En “El coloquio” no hay tal diálogo, en primer lugar porque es el aventurero Berganza quien le cuenta sus acontecimientos a Cipión, mientras este último interviene de otra manera, según veremos. En segundo lugar, porque si en un diálogo participan dos, aquí en “El coloquio” hay en realidad tres. El tercero, testigo silencioso de lo que acontece a las puertas del Hospital de la Resurrección en Valladolid [y no en la Sevilla de Freud-Cipión], es el alférez Campuzano, quien había llegado allí, esquilmado, calvo y sifilítico, como efecto de “El casamiento engañoso”12 que había contraído. Se realizaba entonces una cura de sudores para sacar el mal que padecía y, en medio de ese trance escucha, en el transcurso de una noche, lo que los perros decían; luego, sin decorado ni adorno, se da a la tarea de transcribir el portento que había escuchado. Campuzano es pues el silencioso tercero: oreja que escucha, pero ante todo, oreja que escribe el texto mismo de “El coloquio”, cuyo primer lector será el licenciado Peralta. Mas allá de la función de “cinta registradora” que le asigna Riley al alférez Campuzano, nosotros veríamos en él la función de testigo y también de secretario. En la ficción de Cervantes, sólo por él “El coloquio” tiene lector(es)13.

Cervantes articula esta dos Novelas ejemplares, “El casamiento engañoso” y “El coloquio”, a través del alférez Campuzano. En la primera novela, este personaje, alentado por la ambición de ganar para sí una rica dote que le ofrece una pizpireta muchacha, dispuesta a obedecer y en busca de marido, se casa con ella, para disfrutar sólo por seis días de propiedades doblemente ajenas, pues jamás serán de él ni tampoco eran de la recién desposada. Antes de que Berganza le contase a Cipión su vida de perro, teniendo como testigo-secretario a Campuzano, antes de eso, Campuzano mismo también le narraba a Peralta su suerte de perro en su infortunado lance con Doña Estefanía de Caicedo. Así pues, afirmar que “El coloquio” es un diálogo y predicar lo mismo de un análisis implica el olvido de la función tercera que en uno y otro caso se juega. Asunto que también vale para los más prestigiosos diálogos de Occidente: los Diálogos de Platón. Tal es el planteamiento de Lacan en el seminario Los problemas cruciales para el psicoanálisis:

Los diálogos de Platón nunca son diálogos; quiero decir que nunca se trata del intercambio de comentarios entre dos personajes donde el uno sería de verdad quien sostiene una de las tesis en cuestión y el otro la otra: siempre hay uno que representa una de las dos tesis, que por cualquier razón se recusa, se escabulle, se declara insuficiente; y se toma entonces una tercera persona quien, a primera vista, parece el rol del idiota pero es trujamán bastante útil sin duda, pues es de esa manera que se intentará hacer pasar algo que no siempre es un diálogo, muy a menudo es una exposición14.

El rol del idiota en “El coloquio” lo realiza el alférez Campuzano; rol que ejecuta bastante bien, habida cuenta de la historia de “engañador engañado” que había protagonizado con Doña Estefanía. Pero, además, se advierte bien que el soldado Campuzano es trujamán de Cervantes, quien vivió muchos años de su vida en la milicia, de donde le quedó el histórico apelativo de “el manco de Lepanto”. La función de escriba de Campuzano es la de transcriptor, entonces, de la crítica social que despliega Cervantes con sus perros. Conviene recordar, en este punto, que el cinismo de la Antigüedad clásica, cuya figura central fue Diógenes, derivó su nombre de la palabra “perro”, kynos. Ese cinismo (no el actual, desde luego, dispuesto a las más proteicas connivencias) desempeñó una función crítica respecto de las máscaras y la convención en la sociedad helénica. Sobre ese cinismo, los perros cervantinos están bien informados. Esa función tercera de trujamán deshace, entonces, la fácil creencia en la existencia del tan socorrido diálogo. Volviendo a la referencia de Los problemas cruciales para el psicoanálisis y a la señalada esterilidad del diálogo (“el diálogo no produce nada”15), Lacan se mantiene escéptico respecto de sus virtudes “mientras no haya diálogo más seguro entre el hombre y la mujer, en el terreno de la relación sexual, valga decir en el terreno en que son respectivamente hombre y mujer, en el terreno de su relación sexual […]”16. En esa misma sesión del seminario, el comentario que hace Audouard de El sofista permite situar otro elemento de “El coloquio”: refiriéndose al sofista, comparado por él con el analista, dice que la voz de Teeteto en un momento lo reemplaza, al hacer intervenciones del tenor siguiente: “Sí”, “Por supuesto”, “Dilo pues”; función de puntuación que no sólo asegura la continuidad del decir, sino que precipita además el advenimiento de una verdad. ¿No es acaso el mismo propósito perseguido por Berganza con su “Di adelante”17? Hay otras intervenciones en las que podría advertirse una función de corte, esencial para el discurrir de Berganza: “Basta, Berganza; vuelve a tu senda y camina”18, “Sigue tu historia y no te desvíes del camino carretero con impertinentes digresiones”19, “No más Berganza, no volvamos a lo pasado; sigue que se va la noche, y no querría que al salir el sol quedásemos a la sombra del silencio”20. Gracias a estas intervenciones Berganza es detenido en su inclinación al rodeo y la prolijidad y puede retomar de otra manera el hilo de su narración. Todas estas intervenciones son consideradas por Riley como “interrupciones” ajenas a la asociación libre. De donde podría colegirse que este autor considera la regla fundamental del análisis como una deriva sin puntuación. La cuestión de los cortes concierne de modo fundamental a la práctica analítica porque sitúa en primer plano la cuestión del tiempo de la palabra. Este asunto del tiempo ingresa además en “El coloquio” de otra manera: los perros saben que sólo tienen una noche para el ejercicio en el que se comprometen; no tienen ninguna certeza de que continúen asistidos por el “divino don”, de modo que una cierta urgencia marca su discurrir. Y de nuevo acá, el especialista británico, ya citado, estima que esa limitación temporal “es ajena a la buena práctica freudiana”21 , muy a pesar de que él mismo referencia el límite temporal que Freud impuso en el caso de “El hombre de los lobos”.

En medio de la cerrada noche, la única luz que tienen los perros son sus palabras; por ello, ya avanzado “El coloquio”, Berganza teme que al salir el sol queden a oscuras al faltarles el habla22 y, Cipión, alertado también por el transcurrir del tiempo, en el mismo sentido alienta el relato de Berganza: “Sigue que se va la noche, y no querría que al salir el sol quedásemos a la sombra del silencio”23. Sin embargo, como veremos, la luz que así los ilumina no es producida por cualquier tipo de palabra.

Esos dos perros que, para sorpresa de ellos y también de nosotros, dicen hablar con “discurso”24, están advertidos sobre los riesgos de la murmuración en el despliegue de la palabra. Así que con frecuencia Cipión previene contra ella: “Consentiré que murmures un poco de luz y no de sangre; quiero decir que señales y no hieras ni des mate a ninguno en cosa señalada, que no es buena la murmuración, aunque haga reír a muchos si mata a uno, y si puedes agradar sin ella te tendré por muy discreto”25 . Berganza, quien por hablar está más expuesto al desliz de la murmuración, de la que sin embargo no está exento Cipión, sabe que en ello cae primero la lengua que la intención; así que se propone que cada vez que se entusiasme con su “mal decir”, se morderá la que cae de segunda. Por boca de sus perros Cervantes hace oír su posición ética, pues la crítica social que formula no se viste según el género de la sátira26. En el coloquio mismo aparece una no tan velada alusión al cáustico poeta latino Décimo Junio Juvenal, quien realizó con sus Sátiras un crudo retrato de las costumbres sociales de la Roma urbana y cuya sentencia, “Es difícil no escribir sátiras”, es recordada por Cipión. Así, habría todo un campo de goce en el ejercicio de la palabra que, siendo siempre provocación, aquí también es límite, marcado de manera insistente. Dice Berganza que habría que mantenerse en sus estribos para mantener “dos horas de conversación sin tocar los límites de la murmuración”27, y nota cómo las palabras que le llegan, en cierto momento, son todas maliciosas y murmurantes. Antes ha dicho cómo el murmurador se ausenta como sujeto del deleite que lo entretiene: “Acaba un maldiciente murmurador de echar a perder diez linajes y de caluniar veinte buenos, y si alguno le reprehende por lo dicho, responde que él no ha dicho nada, y que si ha dicho algo, no lo ha dicho tanto, y que si pensara que alguno se había de agraviar no lo dijera”. Quizá desde allí puedan distinguirse dos tipos de humor: el humor ácido y descarnado al estilo de las Sátiras de Juvenal y aquel otro que como crítica y distancia surgió de la pluma de Cervantes, ése que hizo reír a Freud a carcajadas cuando leyó algunos episodios de El Quijote.

Así como los perros están advertidos sobre la murmuración, intentan también no prestarse a la prédica y a la moralina en que podrían enredarse sus palabras. Esta vez es Cipión quien se desliza a afirmaciones que por generales son más ideales. No hay necesidad de mucho para que, detenido por Berganza, en su cháchara insulsa, Cipión mismo considere que es mejor callarse. En la misma vía los perros están advertidos lo suficiente sobre otros goces del habla, como la infatuación de andar profiriendo latinajos, pasando por entendidos ante ignorantes. Así que en su lugar de escucha Cipión también, ocasionalmente, extravía su camino, bien porque murmure o predique, bien porque se precipite a interrogar a Berganza cuando pretende conocer a destiempo el final de algún episodio de la vida de su amigo. En este punto vale la pena citar un memorable rifirrafe entre los perros, por la sensación de déjà-vu invertido, o más bien divertido, que pueda traer para los psicoanalistas:

CIPIÓN. Pues ¿ahora no puedes decir lo que ahora se te acuerda?

BERGANZA. Es una cierta historia que me pasó con una grande hechicera, discípula de la Camacha de Montilla.

CIPIÓN. Digo que me la cuentes antes de que pases adelante en el cuento de tu vida.

BERGANZA. Eso no haré yo, por cierto, hasta su tiempo. Ten paciencia y escucha por orden mis sucesos, que así te darán más gusto, si ya no te fatiga querer saber los medios antes que los principios.

CIPIÓN. Sé breve, y cuenta lo que quisieres y como quisieres. BERGANZA. Digo pues que yo me hallaba bien en el oficio de guardar ganado […]28 .

Pues bien, años después de que Freud se nombrara en sus cartas Cipión, años después de que destruyera la correspondencia de su “comperro” Silberstein y considerase caduco todo ese pasado de sus años juveniles, años después, entonces, en la época en que transcurría el tratamiento de Emmy de N., un análogo rifirrafe, pero esta vez de consecuencias mayores, ocurrió entre Freud y su ahora nada sumisa paciente. El episodio que sigue ha sido señalado, con frecuencia, como la piedra de toque en la nueva experiencia discursiva creada con el psicoanálisis:

Por algún camino doy en preguntarle por qué ha tenido dolores de estómago y de dónde provienen. Su respuesta bastante renuente, fue que no lo sabe. Le doy plazo hasta mañana para recordarlo. Y hete aquí que me dice con expresión de descontento, que no debo estarle preguntando siempre de dónde viene esto y estotro, sino dejarla contar lo que tiene para decir. Yo convengo en ello y prosigue sin preámbulos. “Cómo ellos lo sacaron y no he podido creer que esté muerto […]” 29.

El episodio efectúa un corte en la modalidad de interrogatorio según el cual transcurrían los primeros tratamientos y, por ello, crea las bases de la regla fundamental del análisis. Así, como se sabe, el “dígalo todo” freudiano tuvo su notable antecedente en el “déjeme hablar” de la histérica.

Las numerosas aventuras de Berganza con sus distintos amos, el jifero sevillano, los pastores, el comerciante, el alguacil, el atambor de una compañía de soldados, pero también su encuentro con la bruja Cañizares y, luego, los episodios con el morisco, el poeta de comedias y los tres locos del Hospital de la Resurrección, todos ellos dejan un saldo inequívoco, efecto del propósito de “decirlo todo”30 con el que había decidido aprovecharse del don del habla que por prestado tenía:

¿Ves mis muchos y diversos sucesos? ¿Consideras mis caminos y mis amos tantos? Pues todo lo que has oído es nada, comparado con lo que te pudiera contar de lo que noté, averigüé y vi desta gente; su proceder, su vida, sus costumbres, sus ejercicios, su trabajo, su ociosidad, su ignorancia y agudeza, con otras infinitas cosas, unas para decirlas al oído y todas para hacer memoria dellas y para desengaño de muchos que idolatran en figuras fingidas y en bellezas de artificio y transformación31 .

Si de desengaño se trata es porque todos los sucesos de los que es testigo Berganza y todos aquellos en que se ve involucrado a efecto de batirle la cola a sus distintos amos, no hacen más que mostrar el crudo y ridículo rostro del engaño y la pírrica ganancia del trozo de carne que así se procuraban. Ya el título de la novela que sirve de marco a “El coloquio” –“El casamiento engañoso”– da su tono a la serie de trampas, robos y mentiras de los amos de Berganza. A ellos se acercaba con sus mañas de perro redomado, mostrándose solícito, con cabeza gacha y obstinada voluntad para que lo aceptasen como pastor, vigilante o saltimbanqui. Sin embargo, la tan mentada fidelidad del perro de la que hablan al comienzo los cánidos ejemplares, no lleva a Berganza a permanecer en una lealtad inconmovible con ninguno de ellos. Tan pronto lo molían a palos o lo dejaban sin comida o el perro se hastiaba de ser partícipe del engaño, tomaba, como se dice, las de Villadiego. No pasará inadvertido que toda esa referencia a los amos, su destitución y, sin embargo, su insoslayable presencia para el perro, concierne de modo íntimo a una práctica fundada por otro Cipión, algunos siglos después.

Hay otro aspecto que conviene mencionar sobre la narración que hace Berganza. En ocasión de una nueva digresión, Cipión lo conmina a que avance, con las siguientes palabras: “quiero decir que sigas de golpe, sin que hagas que parezca pulpo, según vas añadiendo colas”32. A partir de este episodio Riley ha planteado que “El coloquio demuestra lo difícil y caótico que resulta, en el fondo, contar”33. En seguida anota que ese mismo problema se le planteó a Freud con la Historia de una neurosis infantil en los siguientes términos: “Este trabajo no difícil en lo demás, encuentra un límite natural donde se trata de confinar en el plano de la descripción una figura multidimensional”34. A esta interesante anotación de Riley habría que agregar que tal inquietud ya había hecho presencia en Freud, desde la época de su trabajo con Breuer, esto es, desde la época de Los estudios sobre la histeria, donde Freud escribe cuatro de los cinco historiales presentados. Entonces le escribía a Breuer: “Me atormenta el problema de averiguar cómo es posible pensar de manera plana, bidimensional, algo tan corporal como nuestra teoría de la histeria”. En efecto, en el relato de un caso surge el escollo de hacer el obligado paso por la línea recta del renglón; entonces la compleja estructura y su entrecruce de caminos queda forzada a hacerse hilo en el decir. La figura multidimensional, como el pulpo de Berganza, queda así achatada. Es preciso anotar que este problema no tuvo una única salida en la escritura de los historiales freudianos, pues cada caso es ocasión de un distinto intento por dar solución al impasse del relato: la crónica, la reconstrucción, el “análisis fragmentario”… Ese tormento de Freud quizá ya contiene el esbozo de una inquietud topológica que sólo encontrará despliegue en la obra de Lacan, quien escribirá de otra manera con el auxilio de figuras inaccesibles a la intuición.

Retomando las líneas de El coloquio hay que anotar que además del efecto sobre los semblantes, sobre “las bellezas del artificio y transformación”, hay otra consecuencia del discurrir de Berganza: el perro se topa con un punto de fracaso del “divino don”, un punto de horror donde la lengua ya no le presta el auxilio de las palabras. Tal encuentro está anticipado al comienzo de “El coloquio” cuando a Berganza le llega el recuerdo de su historia con la bruja Cañizares, y entonces le dice a Cipión: “[…] mas ahora que me ha venido a la memoria lo que te había de haber dicho al principio de nuestra plática, no sólo me maravillo de lo que hablo, pero espántome de lo que dejo de hablar”35 . Finalmente, cuando el decurso de su narración lo lleva a la historia con la bruja, ella misma le cuenta sobre las unturas mágicas con las que se cubría para procurarse deleites que dejaba de contar porque “la memoria se escandaliza en acordarse dellos y así, la lengua huye de contarlos”36. Pero más allá de los goces extáticos de la hechicera, lo que importa es la revelación que ella hace sobre el origen de Cipión y Berganza. Según su versión, ellos habrían sido hijos de Montiela, una aprendiz de bruja, bastante aventajada, a quien su maestra le habría cobrado inquina, y por celos y envidia habría convertido a sus hijos en perritos. Cipión, enterado de esta versión de su procedencia, reniega de ella: por un lado la considera una sarta de embelecos y mentiras, y por otro dice que la Cañizares fue una embustera y la Montiela una “tonta y bellaca, con perdón sea dicho, si acaso es nuestra madre de entrambos, tuya, que yo no la quiero tener por madre”37. Llegados a ese punto Berganza concede razón a Cipión e incluso llega a pensar que todo lo que les ha pasado y lo que le está pasando es un sueño38 . Pero, ¿el sueño de quién? Quien se puso a dormir mientras el licenciado Peralta leía la transcripción de “El coloquio” fue su autor, el alférez Campuzano. ¿Acaso “El coloquio” era la escritura de una noche febril de Campuzano? De este modo, Cervantes deja abierta una gama de posibilidades que leídas en su conjunto tienen la maravillosa virtud de desestabilizar el sentido: así que los perros hablaban de milagro, o lo hacían por hechicería, o “El coloquio” mismo era el sueño de los perros o, acaso, el delirio del convaleciente alférez. Como con la historia del caldero agujereado, evocada por Freud en La interpretación de los sueños39, la máscara humorística parece ser en realidad la que abre la puerta a la más radical “otra escena”.

Este fue “El coloquio” en que se inspiraron los creadores de la noble Academia Española, y este el presta nombre que dio soporte a una identificación duradera para el “futuro creador del psicoanálisis”. En sus cartas Freud utilizó una voz latina para nombrar el deseo, así que retomándola sólo resta un voto para que el desiderio acometa al lector y así entonces pueda escuchar allí este original coloquio.


Notas:

1 Sigmund Freud, Cartas de juventud, Gedisa, Barcelona 1992. Edición de la versión española a cargo de Ángela Ackerman.

2 Ibid., p. 102.

3 Ibid., p. 68.

4 Ibid., p. 91.

5 Sigmund Freud, Cartas a la novia, carta del 7 de febrero de 1884, Tusquets, Barcelona 1973.

6 Miguel de Cervantes, “Novela y coloquio que pasó entre Cipión y Berganza”, en Novelas ejemplares, Crítica, Barcelona 2006.

7 Sigmund Freud, Cartas de juventud, op. cit., p. 84.

8 Ibid., p. 150.

9 Ibid., p. 151.

10 León Grimberg y Juan Francisco Rodríguez, “La influencia de Cervantes en el futuro creador del psicoanálisis”, en Anales cervantinos, 25-26, 1987-1988, ps. 157-174.

11 Edward Riley, “Cervantes, Freud y la teoría narrativa psicoanalítica”, en La rara invención, Editorial Crítica, Barcelona 2001. También en la misma obra véanse los capítulos “Cervantes y los cínicos” y “Los antecedentes del Coloquio de los perros.

12 Miguel de Cervantes, “El casamiento engañoso”, en Novelas ejemplares, op. cit.

13 Es inevitable evocar aquí, en otro registro de la literatura, la función de testigo que Horacio cumple en Hamlet y lo que ésta vale en los recodos más decisivos de una vida humana.

14 Jacques Lacan, Los problemas cruciales para el psicoanálisis, Seminario 1964-1965, Lección XXI. Disponible en http://club. telepolis.com/seminario _ 12. Traducción de Pio Eduardo Sanmiguel.

15 Ibid.

16 Ibid.

17 Miguel de Cervantes, “Novela y coloquio que pasó entre Cipión y Berganza”, op. cit., p. 661.

18 Ibid., p. 662.

19 Ibid., p. 680.

20 Ibid., p. 697.

21 Edward Riley, op. cit., p. 265.

22 Miguel de Cervantes, “Novela y coloquio que pasó entre Cipión y Berganza”, op. cit., p. 680.

23 Ibid., p. 697.

24 “Así es la verdad Berganza, y viene a ser mayor este milagro en que no solamente hablamos, sino que hablamos con discurso […]. Ibid., p. 650 [La cursiva es mía].

25 Ibid., p. 659.

26 De nuevo, llama la atención que cuando Riley se refiere al aspecto ético de “El Coloquio”, desestime esa dimensión en lo que concierne al psicoanálisis.

27 Miguel de Cervantes, “Novela y coloquio que pasó entre Cipión y Berganza”, op. cit., p. 670.

28 Ibid., p. 663.

29 Sigmund Freud, Estudios sobre la histeria (1895), en Obras completas, vol. 2, Amorrortu Editores, Buenos Aires 1982, p. 84.

30 Miguel de Cervantes, “Novela y coloquio que pasó entre Cipión y Berganza”, op. cit., p. 652.

31 Ibid., p. 729.

32 Ibid., p. 677.

33 Edward Riley, op. cit., p. 264.

34 Ibid.

35 Miguel de Cervantes, “Novela y coloquio que pasó entre Cipión y Berganza”, op. cit., p. 663.

36 Ibid., p. 711.

37 Ibid., p. 717.

38 Ibid., p. 718.

39 “Toda mi defensa –que no otra cosa constituye este sueño– recuerda vivamente la de aquel individuo al que un vecino acusaba de haberle devuelto inservible un caldero que le había prestado, y que rechazaba tal acusación con las siguientes razones: “En primer lugar, le he devuelto el caldero completamente intacto; además el caldero ya estaba agujereado cuando me lo prestó. Por último, jamás le he pedido prestado ningún caldero”. Sigmund Freud, La interpretación de los sueños, en Obras Completas, t. 1, Biblioteca Nueva, Madrid 1981, p. 420.


* Psicoanalista, psicóloga de la Universidad Nacional de Colombia, especialista en clínica de la Universidad de los Andes, magíster en Literatura Hispanoamericana del Instituto Caro y Cuervo. Inscribe su actividad investigativa en la línea “Estética creación y sublimación” del grupo de investigación “Psicoanálisis y cultura”. En ese marco se ha ocupado de varios temas: las relaciones entre el psicoanálisis y la literatura, la creación estética, los goces de la escritura, las relaciones entre la escritura, la memoria y el olvido, la sublimación.

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