La relación entre la formación de perversión y el desarrollo del juicio de realidad#. Por Edward Glover.

 


Una de las referencias que Lacan toma, en el seminario El deseo y su interpretación, mas precisamente en la clase 20 del 13 de mayo de 1959, es un trabajo de Edward Glover. Trabajo que En el margen, hoy, reedita.  

Edward Glover fue pionero del psicoanálisis en Gran Bretaña. Se dice que fue un notable clínico de la British Psychoanalytical Society (BPS) y uno de los que dieron lugar al estallido que desencadenó, en 1942, las Grandes Controversias. Lo que desembocó en la división de la sociedad en tres grupos, los annafreudianos, los kleinianos y los independientes.

Antes de introducir el texto en cuestión, Lacan, hace referencia a la tradición filosófica en la que se sustenta la posición de Glover. A partir de lo cual dice: “el credo de cierto análisis” sigue atrapado en los principios de una tradición que no podía distinguir entre “el objeto que satisface el deseo de conocimiento” y el “objeto de todo deseo”. Así, refiriéndose a esta tradición y a este credo afirma, “todo captación del objeto manifiesta algo de una armonía principal”, que Freud viene a cuestionar con su invención del inconsciente. Lo propio de la cosa freudiana, y que la experiencia verifica, es que “el deseo se presenta ante todo como un trastorno”. El deseo introduce algo del orden del desarreglo: degrada al objeto, lo desordena, lo envilece, en todos los casos lo sacude, llegando incluso a disolver a quien lo percibe, es decir, al sujeto. “Al revés de lo que una idea armónica, optimista, del desarrollo humano podría a fin de cuentas llevarnos a suponer, no hay ningún  acuerdo preformado entre el deseo y el campo del mundo. No es así como se organiza, como se compone, el deseo.” En este punto es donde introduce el aporte de Glover, para mostrar las articulaciones que arma este analista  entre el deseo y su objeto sin salir de las paradojas que implica plantear “la correspondencia entre cierta constitución del objeto y cierta maduración de la pulsión”.

Como en este texto Glover afirma la “omnipresencia de la función perversa” y que “las perversiones ayudan a remendar los defectos en el desarrollo del juicio de realidad”, Lacan toma su letra para comenzar o continuar construyendo la función del fantasma y, así, a través de hacer resonar la diferencia, calibra o nos pone en sintonía necesaria para “leer” lo que procura transmitir.

Helga Fernandez, edición.


 

 

Los términos de “realidad”, “juicio de realidad” y “prueba de realidad” son utilizados frecuentemente en la literatura psicoanalítica, pero muy raramente definidos. No existe por regla una objeción seria para esta práctica, pero cuando los términos son en sí mismos la cuestión principal de la investigación, algunas definiciones preliminares son inevitables. Existe, por supuesto, cierto riesgo en dar por supuesta una declaración muy rígida: sin embargo, propongo adoptar en esta ocasión la dirección menos usual que consiste en definir provisionalmente estos términos antes de someterlos a la investigación.

De este modo:

 

1) El juicio de realidad es una facultad cuya existencia intuimos a partir de examinar el proceso de la prueba de la realidad.

2) La prueba de realidad eficiente, para cualquier sujeto que haya pasado la edad de la pubertad, es la capacidad de retener contacto psíquico con los objetos que promueven la gratificación del instinto, incluyendo aquí los impulsos infantiles modificados y residuales.

3) La objetividad es la capacidad de evaluar correctamente la relación del impulso instintual con el objeto instintual, sean cuáles sean, puedan ser o serán, los fines del impulso.

 

La naturaleza del juicio de realidad ha sido muy estudiada desde tres diferentes puntos de vista. El primero puede ser estudiado en el clásico trabajo de Ferenczi sobre el tema (1). Este trabajo de Ferenczi se basa en las inferencias extraídas de  un estudio del comportamiento de niños y  el conocimiento de los mecanismos mentales observados en los análisis de adultos. Las conclusiones a las que arribé son muy proclives a requerir recapitulación, pero cabe señalar que desde el punto de vista sistemático su presentación está incompleta en los siguientes aspectos. Con la excepción de la “etapa de omnipotencia incondicional”, que él relaciona con la fase oral del desarrollo, no se nos da ninguna indicación precisa de la naturaleza o la complejidad de los sistemas de deseo comprendidos. Nuevamente, describe una serie de relaciones (en su mayoría reacciones), con el mundo de los objetos, pero no da la correspondiente descripción de la naturaleza de los objetos instintuales concernidos. Esta omisión fue parcialmente rectificada luego por Abraham, quien describe las series del desarrollo como series evolutivas de los objetos libidinales incluyendo un número de objetos parciales. Desde entonces, ninguna correlación sistemática ha sido intentada.

 

Desde el punto de vista de la presente investigación es interesante señalar el esfuerzo de Ferenczi por correlacionar sus etapas del juicio de realidad con los fenómenos psicopatológícos adultos. Particularmente, asocié ciertas manifestaciones obsesivas con “fases mágicas” del desarrollo del yo. La importancia teórica de esta correlación fue considerable. Implica una marcada disparidad entre la regresión del yo y la regresión libidinal en las neurosis obsesivas. En otras palabras, el ego del neurótico obsesivo reacciona como en las primeras etapas del desarrollo del yo, mientras que, según el común acuerdo, la fijación libidinal del neurótico obsesivo corresponde a una fijación (sádico-anal) mucho más tardía. Si el orden de las etapas de la realidad sugerido por Ferenczi es exacto, estrictamente hablando deberíamos haber encontrado la neurosis obsesiva durante la primera infancia. Recientemente, la mirada de Melanie Klein teniendo en cuenta la aparición de características obsesivas y en algunas oportunidades de neurosis obsesivas típicas durante la primera infancia —aspectos que yo mismo he podido confirmar no sólo en varios casos de adultos sino en la anamnesis diagnóstica de muchos niños— alcanza y sobra para confirmar las conclusiones de Ferenczi en relación con la profunda regresión del ego. En efecto, si hubiéramos prestado más atención a esta temprana correlación habríamos anticipado estos descubrimientos muchos años antes. Aun así, de ninguna manera la dificultad sobreviene en virtud de que la fase de la reacción mágica que Ferenczi describe como correspondiente a la técnica obsesiva deba igualmente existir en las etapas oral y anal primera, cuando hasta donde yo sé las reacciones obsesivas son raramente observadas. Ferenczi mismo estuvo evidentemente atento a la discrepancia porque sugirió que el caso obsesivo hace una regresión parcial a esta temprana fase del ego. No considero que esta mirada sea muy plausible. Nunca me ha sido posible observar un caso de regresión de un ego que haya sido herido y que no haya activado inconcienstemente el sistema libidinal correspondiente a la fase de desarrollo del ego (2).

 

La segunda línea de investigación está asociada al nombre de Federn (3). Por medio de un análisis cuidadoso de la subjetividad tanto como las introspecciones documentadas, en particular varios grados de despersonalización, alienación, etc. Ha intentado establecer los límites del ego narcisista. Desde aquí podemos deducir, hasta cierto grado, el orden de reconocimiento del objeto y su valor. Por ejemplo, considera la variación del sentimiento corporal del ego como un síntoma comprobable de la regresión del ego, e intenta una correlación de los límites del ego en las neurosis de transferencia, psicosis y sueños. Un estudio más detallado de estos límites y regresiones del ego podrían seguramente ayudarnos a llegar a alguna idea de los sistemas de realidad en boga en las diferentes fases del desarrollo. La verdadera dificultad pareciera ser que el concepto de narcisismo generalmente aceptado entre psicoanalistas es un tanto rígido. Este término realmente da por supuesto los límites del ego y los objetos.

 

El tercer y más reciente abordaje fue estimulado por el trabajo de Melanie Klein (4) en el psicoanálisis de niños. Aquí nuevamente tenemos que lidiar, vérnosla con inferencias, pero con inferencias extraídas de análisis actuales de niños que dejan atrás la infancia. Consecuentemente tenemos el primer intento detallado de describir en términos concretos las etapas en las cuales se logra una relación estable con la realidad, las características de los contenidos mentales de estas etapas, y la relación de estas etapas con las formaciones psicóticas y neuróticas. Klein enfatiza la importancia de los mecanismos tempranos de la introyección y proyección,  la importancia de la ansiedad como instigador (desencadenante) de la defensa,  la importancia de los impulsos sádicos en la inducción de la ansiedad, y la expansión gradual del juicio de realidad y de la capacidad para objetivar, como el resultado del conflicto entre un arbitrario y un superego casi igualmente irrealista.

 

Tomando en cuenta lo anterior y otros trabajos recientes (5), se vuelve claro que las etapas en el desarrollo del juicio de realidad no deben ser consideradas aisladamente en términos de impulso u objeto, sino que deben ser referidas a etapas de dominio de la ansiedad, en donde el rol del impulso destructivo y libidinal es alternante. Tarde o temprano, por supuesto, la definición de la prueba de realidad debe ser en los términos más simples posibles del Instinto y sus objetos. He formulado tal definición. Pero la demarcación de las etapas no puede ser llevada a cabo sin un apropiado entendimiento de los sistemas de las fantasías primarias y de los mecanismos para enfrentar las ansiedades que estos sistemas despiertan. Desde el punto de vista del adulto, los sistemas de realidad de los bebés y los niños son claramente fantásticos, como una consecuencia necesaria del tipo de mecanismos mentales que predominan durante las etapas infantiles, es decir, introyección, proyección, etc.

 

Secundariamente, cualquiera sea lo que el análisis de niños pueda establecer en lo concerniente al contenido mental del cual podemos inferir las etapas del desarrollo del juicio de realidad, esto debe tener una relación con el orden de la experiencia perceptual del mundo exterior. Esto involucra no sólo un numero más grande de análisis de niños sino un nuevo estudio comportamentalista completo de la infancia. Particularmente, se necesita una investigación más detallada de la naturaleza, el orden y la dispersión de los desarrollos tempranos de ansiedad. Por este término no me refiero a las comúnmente llamadas “fobias de la primera infancia’ (por ejemplo: miedo a la oscuridad, a los extraños, o a estar solo), a las cuales, hasta ahora, nuestra atención estuvo consagrada casi exclusivamente a causa de nuestra preocupación por los antecedentes de la ansiedad de castración. Sobre todo, las fobias menores requieren sistematización. No están señalizadas por las evidentes reacciones de ansiedad, sino por maniobras intrusivas, como inmovilización transitoria, pérdida de atención, somnolencia repentina, disminución de la actividad de juego, o en la versión opuesta, concentración de la atención combinada con una leve impaciencia, juego incrementado, etc. Como he sugerido, los más tempranos desplazamientos de interés hacia los objetos instintuales inmediatos son estimulados por ansiedades de todo tipo. Además estos desplazamientos son gobernados por el simbolismo, un proceso que es en parte responsable de su, en apariencia, orden ilógico. Sin embargo, existe una verdadera razón para creer que la frecuencia y el orden en la presentación de las percepciones externas desempeñan su parte en el enfoque de las ansiedades infantiles como en la formación de las fobias de los adultos. Cuanto más una fobia adulta se enlaza a objetos o situaciones “inusuales”, tanto más exitosa es: es más ventajoso sufrir de una fobia a los tigres en Londres que en la selva india, Lo que ya sabemos del instinto infantil nos llevará a suponer que, factores simbólicos aparte, el interés del niño debería irradiarse desde su propio cuerpo (en particular las zonas oral, gástrica y respiratoria, en otras palabras, cosas interiores) hacia la comida, los órganos y lo relativo a la comida; desde la piel (particularmente las zonas de saliencias e invaginaciones) hacia sus propias ropas y las ropas de los objetos externos; desde las zonas excretorias, órganos y contenidos (nuevamente casi exclusivamente cosas internas) hacia la parafernalia excretoria y las áreas excretorias de los objetos externos, finalmente hacia los contactos no excretorios, como los olores, colores, ruidos y gustos; desde el cuerpo y las ropas en general hacia la cuna, la cama, la pieza, los muebles, cortinas, los objetos colgantes, sombras; desde la presencia de los objetos instintuales hacia la ausencia intermitente, desaparición o posibilidad de desprenderse de ciertos “objetos’. De este modo, a través de la experiencia de la presencia y ausencia del pezón (pecho, cuerpo, madre), establece un criterio de interés sobre los objetos movibles y en movimiento que llegan al alcance sensorial del niño en su cuna (ropa, juguetes, etc.). Pero no sólo los objetos concretos sino las sombras que se mueven en la pared, rayos de sol, sonidos y olores recurrentes. En este sentido, las experiencias preceptúales son clasificadas como experiencias instintuales, pero el factor de recurrencia no puede ser ignorado. El estímulo esporádico puede ser ignorado a menos que su intensidad sea tal que provoque ansiedad. Las impresiones recurrentes proveen las más tempranas avenidas del desplazamiento. En otras palabras, podemos inferir que las etapas del juicio de realidad combinan un orden instintual, un orden simbólico (en apariencia ilógico) y un orden perceptual natural. El orden en apariencia ilógico del interés infantil y el interés en general, de algún modo, no se debe aisladamente al factor de que la represión ha convertido un interés primario o un desplazamiento de interés en un simbolismo. Tan importante como el simbolismo, no debemos negar la ceguera y la carencia de Einfühlung (6) (sentimiento) y la ansiedad inconciente del observador del comportamiento, como el resultado de la imposición de un orden perceptual de interés adulto sobre el orden natural del niño, donde lo normal es erróneamente considerado para el niño (7).

 

A la espera de investigaciones analíticas y comportamentalistas más precisas sobre los niños, podemos con ventajas revisar las posibilidades que nos dan los estudios sobre los análisis. Debernos admitir que nuestro interés en la psicopatología del adulto ha sido muy especializada y circunscripta. Nos hemos dedicado tan exclusivamente a la etiología de la neurosis o psicosis individual, que las relaciones de éstas con el orden social o las anormalidades sexuales han sido en comparación negadas. No hay dificultad en imaginar que los datos psicopatológicos pueden estar tan acomodados como para darnos un reflejo distorsionado del desarrollo normal. Solamente esto implica una clasificación más sistemática y detallada de lo que hasta ahora se ha intentado. Un tiempo atrás he intentado esbozar tal clasificación (8). Incluyendo un número de anormalidades caracterológicas, fue posible ordenar series de desarrollo paralelo en acuerdo con la predominancia respectiva de la introyección y los mecanismos de proyección primitivos. También fue posible disminuir la brecha entre neurosis y psicosis a partir de la interpolación no sólo de la psicosis borderline sino de estados transitorios como la adicción a las drogas. De este modo, situaré el término medio de la adicción a las drogas como transitorio, entre las paranoias y las formaciones de carácter obsesivo. La razón de esto es que en las drogadicciones los mecanismos proyectivos están más localizados y desfigurados que en las paranoias, más acentuados todavía que en los desórdenes obsesivos. En las drogadicciones los mecanismos proyectivos se encuentran enfocados (localizados) en las drogas nocivas: en los estados obsesivos la necesidad de proyección es disminuida por la existencia de una forma de reacción restitutiva.

 

Pero aunque estas correlaciones son necesarias y poco delineadas, emerge una cuestión a partir de un estudio de las formaciones transitorias como la drogadicción (9). Se ha vuelto claro que localizando los sistemas paranoicos en la droga nociva, el drogadicto es capaz de preservar su juicio de realidad, las perturbaciones mayores de la psicosis. A causa de que no tenemos todavía una terminología adecuada para describir las etapas de realidad, es difícil expresar esto más precisamente. Tomando prestado, de algún modo, la terminología parcial y sobresimplificada de las primacías libidinales podemos alcanzar la siguiente posición: puesto que el paranoico regresa a un sistema de realidad oral-anal, el drogadicto regresa al punto donde el infante se encuentra dejando atrás este sistema de realidad oral-anal. En otras palabras, hasta este punto el mundo externo ha representado una combinación de una carnicería, un lavatorio público bajo fuego y una sala de velorios. El drogadicto trasforma esto en una más tranquilizadora y fascinante farmacia, en la cual, de algún modo, la vitrina de los venenos está sin llave. Habiendo de esta forma reducido los peligros paranoicos del mundo inmediato, el niño (o el adicto) gana un poco de espacio para mirar por la ventana (evalúa la realidad objetiva).

 

Esta observación es la primera que dirigió mi atención a la posibilidad de reconstruir el desarrollo del juicio de realidad únicamente a partir de los datos psicopatológicos del adulto.

 

En primer lugar, era obvio que entre las adicciones a las drogas había un orden aparente de complejidad, que sumado a las diferencias pronósticas, sugería un orden definitivo de regresión. Entonces, si existía un orden definitivo de regresión dentro del grupo de las adicciones, presumiblemente las etapas en el desarrollo del juicio de realidad correspondiente a las adicciones igualmente complicado. No puede haber duda sobre las diferencias estructurales en los hábitos del uso de drogas. No solamente existen adicciones de tipo melancólico sino también del tipo paranoico, pero resulta claro a partir del examen del material de las fantasías que los diferentes componentes instintivos son los responsables de algunas de las variaciones clínicas. Aquí habíamos encontrado un obstáculo difícil de vencer: estábamos acostumbrados a considerar los componentes instintuales infantiles como tendencias innatas que no tienen un orden particular de prioridad y que llevan una existencia autónoma dentro de los límites del narcisismo primitivo. Parecía no haber otra alternativa más que considerar la posibilidad de un orden natural entre los componentes del estímulo similar al orden de primacía de las zonas erógenas.

 

El estudio de las adicciones a las drogas sacó a la luz otro problema en la clasificación que también tenía cierta relación con el desarrollo del juicio de realidad, es decir: la significación de las formaciones perversas y los fenómenos fetichistas que tan comúnmente acompañan los hábitos del uso de drogas. Sin duda, influidos por los pronunciamientos de Freud sobre el tema, en particular su visión de que las neurosis son el negativo de la perversión, he tenido dificultades en darle un lugar a las perversiones en una clasificación sistemática de los estados psicopatológicos. En un principio me pareció indicado acomodar las psicosis y las neurosis en una única serie de desarrollo, y luego interpolar las perversiones en puntos diferentes de la secuencia principal. De este modo, empezando con las psicosis, tomé a las adicciones como un tipo transitorio, para introducir, tiempo después, las perversiones polimorfas más primitivas, continuar con las neurosis obsesivas, introducir aquí las perversiones fetichistas y homosexuales, y por último, las histerias, inhibiciones sexuales y ansiedades sociales. Pero aparecieron muchas razones por las cuales este orden no pudo ser mantenido. En particular, la experiencia de los análisis de las perversiones homosexuales, neurosis obsesivas y estados psicóticos evidencian directa e indirectamente un orden de regresión o de desarrollo mucho más complicado. Puede ser frecuentemente observado que durante las crisis psicóticas ocurridas en algunos pacientes en análisis, se desarrollan formaciones perversas transitorias de tipo estándar. Durante el análisis de un estado esquizoide hasta las capas superficiales de lo que es considerado una perversión homosexual activa, uno de mis pacientes estuvo sujeto a un severo trauma de amor heterosexual. El resultado inmediato no sólo fue un fortalecimiento de los rasgos esquizofrénicos, sino una regresión de la formación homosexual activa en primer lugar, a una  pasiva y luego a un ceremonial excretorio polimorfo con ambos componentes activos y pasivos pero sin ninguna experiencia táctil. El rasgo obvio en esta regresión, fue el debilitamiento de relaciones de objeto verdaderas en favor de relaciones de objeto parcial. En el ceremonial excretorio el “objeto completo” nunca era visto, mucho menos tocado. Menos obvio en principio, fue el hecho de que esos ceremoniales actuados como una protección contra las ansiedades indujeran los sistemas esquizofrénicos. En otras palabras, ayudan a mantener el juicio de realidad del paciente en algún grado. Los ceremoniales perversos no eran constantes: se alternaban con fases de depresión esquizofrénica. Entre los ceremoniales se volvió marcadamente esquizofrénico: su Juicio de realidad había sufrido una disminución extrema.

 

Algunos detalles adicionales pueden ilustrar este punto más claramente. Las propuestas heterosexuales del paciente incluían algunos gestos lúdicos de estrangulamiento: su forma estandarizada de interés homosexual, se concentraba principalmente en la zona de las nalgas e incluía un muy alto grado de idealización, particularmente del ano (10). La precipitada regresión implicaba la visita a un baño (especialmente luego de una comida a solas) llevada a cabo con sentimientos mezclados de culpa y ansiedad, con fascinación y una gran certeza temporaria de tener una serie de exposiciones anales activas y pasivas a través de un agujero en un tabique. El contacto se limitaba estrictamente a pasar sugestivas notas de invitación a través del agujero por el que espiaba: la persona en cuestión nunca era reconocida. Además la más leve sospecha de agresión rompía el hechizo. Por ejemplo, pasar trozos de papel higiénico sucios o mojados a través del agujero o sobre el tabique, implicaba una inmediata y aterradora reacción de huida. Esta ceremonia de cubículo (compartimento) era seguida de una fase breve en la cual eran practicadas exposiciones urinarias. El rito urinario era abandonado por el grado de contacto con los objetos reconocibles y por la presencia de un número de otros espectadores neutrales (potencialmente sospechosos) en los baños públicos.

 

Estas no son en sí mismas formas excepcionales de ritos: su especial interés está en el hecho de que el ceremonial funcionaba como una regresión a una técnica previamente desconocida. En otros casos la forma más primitiva de ritual, es aparente o practicada en una forma modificada como parte de una relación homosexual más desarrollada con objetos completos, pero se vuelve acentuada por regresión. Un paciente dividía sus relaciones homosexuales en un grupo amistoso con o sin conexión genito-anal y en un grupo extremadamente erótico caracterizado por violentos sentimientos hostiles y una violenta acción erótica hacia el objeto quien era pensado simplemente como uno o más órganos agrupados por una masa indiferenciada de tejido conectivo. Cuando ocurre la regresión, las relaciones homosexuales más desarrolladas desaparecieron por un tiempo, dando lugar al  ceremonial completo del lavatorio. En este caso, el agujero por el cual el paciente espiaba también reducía el cuerpo del objeto a las dimensiones de una parte del objeto. Cuando un sombrero u otra parte de las ropas eran vistas, el hechizo inmediatamente se rompía. Esto estaba obviamente determinado por el simbolismo de las ropas, pero la racionalización del paciente era interesante, es decir: eso era muy parecido a una persona real. Estos sistemas de cubículo (compartimento) tienen cierto parecido con ciertos tipos de masturbación, por ejemplo, cuando el sujeto visita un museo arqueológico y tiene un orgasmo sin erección contemplando fragmentos de estatuas, el torso, la cabeza o las manos. En otros casos melancólicos y esquizoides frecuentemente he observado que la salida de la depresión con el correspondiente incremento del juicio de realidad era precedido por un torrente de fantasías sadomasoquistas primitivas. Frecuentemente estos pacientes intentan apartar sus fantasías hacia relaciones genito sexuales adultas. Pero en todos los casos los intentos fallan o son insatisfactorios, en cuyo caso encuentran un notable impulso hacia la formación de perversión. Esto puede tomar una forma aloerótica o una forma autoerótica. Como un ejemplo de esto último, quisiera citar un caso de una depresiva quien pasó a través de una fase transitoria en la que concurría a un baño público donde se desnudaba, defecaba y orinaba en el lavatorio y jugaba con las sustancias con un sentimiento mezcla de ansiedad y adoración. Durante esta fase la depresión actual desaparecía. Para abreviar, aunque he sostenido mucho tiempo que las relaciones homosexuales ordinariamente sistematizadas constituyen un sistema defensivo y restitutivo que protege tanto contra las ansiedades primero, como luego contra las ansiedades puramente genito-sexuales, creo que en la mayoría de los casos el enlace no es directo, sino que existe un sistema de perversión más profundo (reprimido y entonces no se discierne directamente como una perversión), que se corresponde más apropiadamente con el sistema de ansiedad original. Creo que esto debe ser descubierto antes de que un contacto adecuado pueda establecerse con el sistema de ansiedad reprimido. Desde el punto de vista terapéutico, creo que de algún modo esta tendencia a la regresión en la formación de perversión no debe exceder una formación transitoria, y posiblemente puede ser reducida por la interpretación de las fantasías perversas reprimidas.

 

Más curiosa aún es la estabilización de las relaciones de realidad que pueden ser efectuadas por los intereses fetichistas transitorios. Previamente he presentado un caso (11) en el cual un neurótico obsesivo pasa a través de una fase de adicción a las drogas, cuya finalización fue señalizada por una regresión paranoica transitoria. Durante la recuperación de la fase paranoica, fue observada una formación fetichista temporaria. Esto evidentemente funcionaba como un sustituto de la reacción paranoica a la realidad. Habiendo localizado la ansiedad en un grupo aún simbólico de órganos del cuerpo (piernas) y habiéndolo contrarrestado por un proceso de libidinización (formación del fetiche) el paciente fue capaz de restablecer las relaciones de realidad.

 

Tomando estos hechos en consideración, el problema de relacionar las perversiones con las psicosis, neurosis y otras anormalidades sociales y sexuales se simplifica hasta cierto punto. Pareciera ser que no sólo las perversiones muestran series ordenadas de diferenciaciones que toman en consideración el fin y la completud del objeto, sino que este orden de desarrollo corre en forma paralela con el orden de desarrollo de la psicosis, estados transitorios, neurosis e inhibiciones sociales. Esto evita la necesidad de interpolar a las perversiones en una serie clasificatoria de la psicosis y la neurosis. Es simplemente necesario reconocer o descubrir los elementos de las series paralelas. Siguiendo más ampliamente estas ideas puede parecer plausible que las olas de la libidinización y la verdadera formación de síntoma sean ambas exageraciones de los modos normales de superar la ansiedad, obteniendo además una interconexión o alternancia compensatoria o proecóva. El problema principal puede ser formulado de este modo: ¿Las perversiones forman series de desarrollo reflejando las etapas de la superación de la ansiedad generada por el propio cuerpo o por los objetos externos a través de una libidinización excesiva? Y como corolario de esto, ¿las perversiones ayudan no sólo a preservar el juicio de realidad en otras divisiones de la psyque, sino que indican el orden en el cual el juicio de realidad se desarrolla?

 

Los argumentos en favor del intento de reasegurarse a través de una libidinización excesiva, no han sido seriamente discutidos (véase, por ejemplo, las observaciones de Freud (12) sobre la relación etiológica del odio en la homosexualidad). Los argumentos en contra de las series de desarrollo son principalmente: (a) la concepción polimórfica de la sexualidad infantil, (b) la generalización de que la neurosis es el negativo de la perversión. Como el primer punto refiere, ya he indicado que el término polimorfo aunque es suficientemente apropiado en un sentido general descriptivo en comparación con el impulso genital, es muy vago para los propósitos actuales. Ya estamos más completamente informados en cuanto al desarrollo ordenado del impulso infantil durante los primeros cinco años, y mientras el estudio de los niños se vuelve más preciso, el término “polimorfo” se vuelve superfluo. En cuanto al segundo punto: esta generalización, es decir, que la neurosis es el negativo de la perversión, es todavía profundamente verdadera pero en un sentido estrictamente limitado. Es completamente apropiado para aquellas perversiones y fetiches que corren en paralelo a sus propias neurosis, por ejemplo, un fetiche guante y una manía de lavarse las manos con antiséptico. Pero debemos agregar ahora que ciertas perversiones son el negativo de ciertas formaciones psicóticas y ciertas otras el negativo de ciertas psicosis transitorias. En efecto, siguiendo a Ferenczi (13) y considerando los cuadros clínicos mezclados de psicosis, perversión y neurosis que uno tan frecuentemente observa, es valioso preguntarse si la perversión no es en muchos casos el reverso de una formación sintomática o la secuela o el antecedente de un síntoma que según el caso puede ser un artefacto profiláctico o curativo.

 

Una dificultad más amplia se encuentra en el temprano pronunciamiento de Freud (14) de que las perversiones no se forman directamente desde los componentes impulsivos, sino que los componentes en cuestión deben haber sido rechazados de la fase edípica. Desde el momento en que este pronunciamiento se refirió a una fase edípica estereotipada que ocurre entre los tres y los cinco años de edad, prácticamente paralizó la diferenciación etiológica, como atestigua el libro de texto de Fenichel (15), en el cual la etiología de las perversiones es de alguna manera monótonamente descrita en los términos de la ansiedad de castración. Pero desde que Freud (16) ha sancionado un uso amplio del término Edipo, estamos más libres para considerar un elemento cronológico en la formación de perversión. Aún así, la idea de apoyarnos en la formación de perversión siempre estuvo indicada. Sachs (17) avanzó en esta forma de ver basándose en que la represión era un proceso serial. Rank (18) también consideró que el grupo de las perversiones tenía diferentes capas de evolución en relación a los sistemas o localidades psíquicas correspondientes, pero limitó su generalización estableciendo que el perverso queda fijado a la etapa anterior al deseo de un niño, sugiriendo que la inhibición del perverso está directamente especificada en contra de la libido reproductiva. Ambos escritores consideran que el factor determinante es el libidinal y la ansiedad que lo acompaña como ansiedad de castración. La única objeción seria a la clasificación de las perversiones fue realizada por Fenichel. El no cree que sea viable producir una clasificación similar a la de las neurosis, en acuerdo con la profunda regresión y la naturaleza de las relaciones de objeto. Esto, él dice, se debe a que en las perversiones está ausente el elemento de distorsión que caracteriza a las neurosis y las vuelve dóciles a la clasificación. Otra razón para esta objeción ha sido indicada anteriormente. Si Lino estudia las secciones de su libro dedicadas a la etiología, descubrirá que no importa cual sea la naturaleza de la perversión, la fórmula etiológica sugerida por el autor nunca varía. Invariablemente él refiere la formación de perversión a la ansiedad de castración asociada con la situación edípica clásica. Clínicamente hablando, este es un estado insatisfactorio de la cuestión. Sugiero que las dificultades en la clasificación se deben más bien a la naturaleza incompleta de nuestras investigaciones. En todo caso las diferencias clínicas en las perversiones son tan notables como las diferencias en la distorsión neurótica.

 

Ahora me parece que Rank estuvo más cerca de la solución del problema cuando dijo que el sadismo, teniendo en cuenta que llega tan lejos como para excluir la culpa, era el verdadero modelo de la perversión. Sugiero que en la historia del sadismo o más bien de los impulsos agresivos y destructivos tenemos una guía de la etiología y el orden de la formación de perversión. La historia libidinal, es cierto, da el contenido positivo y manifiesto de la formación. Pero aparte de esto, la función principal de contribución libidinal es protectiva. Sachs mismo indicó la relación de las perversiones y la formación de las fobias: pero no aplicó esta mirada lógicamente a toda la historia infantil. Se restringió a las fobias de castración, negando con esto las fobias infantiles más primitivas. La importancia del estudio de las perversiones en relación con el juicio de realidad es que las perversiones representan intentos periódicos de protección contra la introyección común y las ansiedades proyectivas a través de un proceso de libidinización excesiva. En algunos casos la libidinización se dirige hacia aquellas partes del cuerpo (tanto del sujeto como del objeto) que se hallan amenazadas en el sistema de fantasía inconsciente: en otras, el mecanismo de desplazamiento introduce un elemento adicional de defensa y disfraz. En otras, nuevamente, es un modo de gratificación que es más libidinizado que los objetos que se cree que están en peligro en la fantasía. En todos los casos, de algún modo, existe cierto grado de interferencia con la función genito-sexual adulta. En otras palabras, las perversiones ayudan a preservar el monto de juicio de realidad ya alcanzado, aunque a largo plazo representan un sacrificio de libertad en la función libidinal adulta, teniendo en cuenta que la neurosis a menudo admite un grado de libertad de la función libidinal adulta a costo de alguna inhibición en las relaciones de realidad y las psicosis frecuentemente muestran una aparente libertad de la función libidinal adulta acompañada de importantes perturbaciones del juicio de realidad.

 

Para resumir: si aplicamos los hallazgos de Melanie Klein considerando la historia temprana del sadismo infantil y tenemos presente lo que el psicoanálisis en general nos ha enseñado en lo concerniente al dominio del sadismo por introyección, proyección y otros mecanismos inconscientes, estamos en condiciones de postular unas series de situaciones de ansiedad que se encuentran en continuo cambio (en lo relativo al desarrollo). Situaciones que pueden sobrecargarse, dando lugar a una fase de formación de síntoma o formación de perversión. Esta generalización puede ser aprovechada en el estudio del juicio de realidad y su desarrollo. Como Klein señaló, las relaciones de realidad estables no pueden ser establecidas hasta que las ansiedades primitivas hayan sido dominadas. Esta es la más verdadera de las facultades de la objetividad. En otras palabras, el juicio de realidad depende de la emancipación de los sistemas de percepción del cuerpo y el medio ambiente respecto de la interferencia excesiva, a través de mecanismos proyectivos e introyectivos. Esta emancipación ocurre en un orden definido, que provisionalmente sugiero, son las zonas u órganos corporales, la comida, el vestido y las materias expelidas pertenecientes al self a los objetos instintuales.

 

El curso de los hechos puede ser descrito de algún modo de la siguiente manera: como un resultado de los procesos alternados de introyección y proyección, llevados a cabo a partir de la frustración del instinto, la relación del niño con lo que el observador adulto podría llamar realidad objetiva, se vuelve distorsionada e irreal. Sin embargo, el niño durante esta fase tiene una realidad objetiva primitiva por su cuenta. En primer lugar tiene contacto psíquico no sólo con los objetos provistos por los toscos instintos de defensa del self sino con los objetos que realmente amenazan la preservación del self (peligros externos reales, daños y agresión). En segundo lugar, el niño tiene contacto con esa parte de la realidad que gratifica algunas necesidades de amor. Este pequeño enclave de realidad infantil objetiva está abrumado por productos deformados del miedo. Una de las curas primitivas para esta deformación es el proceso de libidinización. La libidinización cancela o deja en suspenso algunos de los sistemas de miedo irreal y lo logra neutralizando el sadismo. Este proceso es reforzado prontamente por algunas formas de represión. El resultado es que el núcleo original de realidad infantil puede ser desenredado de la masa de reacciones irreales. Este sistema de libidinización nunca es realmente abandonado, aunque sus más dramáticos efectos son observados justo antes de que la represión se vuelva masiva. La realidad objetiva adulta es un residuo de este proceso. Una vez rescatada, la realidad objetiva infantil se expande a través de los recursos auxiliares del desplazamiento y la sublimación hasta los límites de las necesidades e intereses adultos. Únicamente cuando el sadismo es adecuadamente neutralizado, la sublimación puede proceder y siguiendo la vía del simbolismo, agregarse a nuestros contactos de realidad. La realidad objetiva adulta, aparte de la conservación del self es algo que reconocernos en la herencia de la infancia, algo de lo cual mantenernos posesión y que se expande luego de que haya pasado a través de pantallas del miedo, libidinización y sublimación. En algunos aspectos es verdaderamente un residuo, una mirada que se mantiene en el hecho de que los adultos son de muchas maneras menos objetivos que los niños. Esta herencia expandida o funciones de residuo son en sumo grado una garantía de la ausencia del miedo. Está manifiestamente limitado en acuerdo con el alcance del interés individual más el alcance del interés de los individuos que amamos u odiarnos.

 

Cuando por alguna causa, alguna forma de ansiedad infantil es reanimada o exacerbada en la vida adulta, una de las muchas maneras de enfrentarse a esta crisis es el reforzamiento de los sistemas primitivos de libidinización. Esto da lugar a lo que llamamos perversión. Estoy de acuerdo con la señora Searl (19) en que la sublimación sólo puede ser exitosa si la realidad provista no está muy altamente libidinizada, que de hecho significa que el problema del sadismo ha sido resuelto. De ninguna manera esto contradice la opinión de que una localizada libidinización excesiva (por ejemplo: una perversión) puede preservar una relación con la realidad en un área más extensa, a partir de sacrificar algunas relaciones con la realidad, algunas sublimaciones y algunas funciones genitales adultas. Las perversiones ayudan a remendar los defectos en el desarrollo del juicio de realidad. Por esta razón las perversiones más primitivas son en algunos aspectos más compulsivas que las perversiones homosexuales avanzadas. Son curas más apropiadas para las viejas ansiedades. El inconveniente de las perversiones primitivas es que están más cerca del nacimiento de la ansiedad. La homosexualidad ordinaria reasegura principalmente contra los objetos completos, no respecto a los primitivos objetos parciales. El aparente incremento gradual en la capacidad de la libido para reasegurar es, a mi entender, más aparente que real. O quizás sea más apropiado decir una relación con objetos de amor reales, aunque indudablemente un gran origen del reaseguro es una cura menos apropiada para las ansiedades primitivas que el amor primitivo de los objetos parciales. Aquí tenemos una justificación teórica para la opinión de Melanie Klein (20) de que bajo circunstancias favorables, las experiencias sexuales infantiles promueven el desarrollo de la realidad. Pero debemos aceptar también la conclusión de que tales experiencias, de naturaleza activa o pasiva, accidentales o buscadas de antemano, promueven el desarrollo de la realidad sólo en la medida en que funcionan corno perversiones infantiles.

 

He indicado las líneas a lo largo de las cuales el material psicopatológico adulto puede ser investigado para descubrir las etapas del desarrollo del juicio de realidad. Aparte de este particular interés, creo que el intento es valioso únicamente para reducir las confusas consideraciones existentes en la clasificación de los desórdenes mentales. Queda por indicar cuáles son las líneas de investigación más productivas y cuáles son los obstáculos más serios para progresar. Como anteriormente fue considerado, estoy de alguna manera influido por la circunstancia accidental de que mi propio material proviene del grupo de los estados transitorios, perversiones y neurosis obsesivas Y aunque estoy obligado a prestar mi acuerdo a que el estudio analítico de, por ejemplo, los estereotipos de esquizofrenia, ni qué hablar de las llamadas fobias histéricas, demostrará que esta conexión es inestimable, estoy inclinado a creer que obtendremos un mejor sentido de perspectiva si empezarnos por el punto donde las psicosis transitorias, las perversiones y las neurosis obsesivas se encuentran. En efecto, tengo la impresión de que las aproximaciones más productivas para el estudio del juicio de realidad se encuentran en el estudio del fetichismo, incluyendo aquí los fetiches narcisistas en los cuales partes del cuerpo o de ropa del paciente proveen gratificación. En el fetichismo existe un grado de localización del interés y de estereotipia del desplazamiento que promete dar información más exacta sobre los sistemas de ansiedades tempranas, que la información que nos proveen las ramificaciones promedio de la perversión. Freud (21) mismo ha señalado que la denegación de la ansiedad efectuada por el fetichismo es similar a la denegación psicótica de la realidad. Y Lorand (22) ha comentado el raudo desarrollo intelectual exhibido en uno de estos casos.

 

He usado el término fetiche narcisista con renuencia. Por un lado, creo que lo que llamamos “narcisismo erótico” es un compuesto de verdaderas actividades autoeróticas y relaciones aloeróticas ocultas con objetos parciales. Nuevamente el término masturbación es notoriamente insatisfactorio. Lo mismo puede aplicarse a términos descriptivos tales como travestismo. Muchos de los fenómenos que he observado pueden ser considerados descriptivamente como a medio camino entre travestismo y masturbación. Aún sostengo que son fetichistas en principio, de la misma manera que muchas otras de las llamadas actividades sexuales espontáneas de la infancia son también —en principio— perversiones.

 

Compárese, por ejemplo, a continuación, los dos sistemas observados en un caso. El individuo en cuestión tenía un fetiche simple de piano, que equivale a decir que el contacto con un piano de cierto tipo (con una funda nueva y brillante) le inducía excitación sexual y orgasmo, con o sin manipulación manual. Después de esto, el mismo piano gradualmente perdía su efecto estimulador. Un piano rayado o descolorido o una funda “apolillada” era un tabú. Por otro lado, siempre que el paciente se vestía con ropa nueva, en especial cuando adquiría un traje nuevo, desarrollaba una erección que duraba al menos doce horas, que a veces terminaba en un orgasmo. Durante este período estaba en un estado de felicidad extrema. Otro caso combinaba un fetiche de automóvil, que perdía efecto en cuanto el automóvil era salpicado con barro o los tapizados eran manchados con grasa, con la excitación masturbatoria sobre sus propios zapatos cuando eran nuevos, y mientras que su brillo original se preservara intacto. En ambos casos la aparente manifestación autoerótica correspondía estrictamente al sistema objetal.

 

Los ejemplos que he dado pueden servir para ilustrar uno de los tantos obstáculos para la investigación en este tema: el hecho de que términos como “narcisismo”, “autoerotismo”, “impulso componente”, “perverso polimorfo”, etc., al estar en cierto grado gastados por el uso han perdido su utilidad. Deben ser sustituidos a tiempo por términos extraídos del estudio de los fenómenos de introyección. Deberíamos ser capaces de decir exactamente qué etapa de introyección de los objetos parciales se oculta en cualquier forma de autoerotismo.

 

Una segunda dificultad sale a la luz a través del estudio del fetichismo, es decir, el hecho de que las neurosis obsesivas están inadecuadamente subdivididas o clasificadas. Ya he descrito un caso de neurosis obsesiva en el cual un interés fetichista transitorio ayuda a abandonar la convalecencia de una fase paranoide. Y frecuentemente he observado que los casos de adicción a las drogas desarrollan (durante la abstinencia) síntomas obsesivos transitorios poco localizados en acción. He descrito algunas de estas reacciones obsesivas como “fenómenos fetichistas negativos”. Muchas fobias de contaminación localizadas, con o sin manías de lavado, son de este tipo y pueden alternar con un interés erótico en las mismas partes del cuerpo.

 

Refiriéndome a la etiología del fetichismo, escribí en un trabajo anterior: “Quizás dos formulaciones groseras están permitidas: a) que en la transición entre los sistemas paranoides y una reacción normal a la realidad, la drogadicción (y posteriormente el fetichismo) representa no sólo continuaciones del sistema de ansiedad dentro de un alcance limitado, sino los comienzos de un sistema de reaseguro expansivo. El reaseguro es ocasionado por las contribuciones de las etapas libidinales tardías de la infancia que contienen un monto reducido de sadismo; b) que el vestido en general es, luego de la comida, la línea siguiente de defensa para vencer las reacciones paranoides a la realidad. Parece razonable suponer que los primeros sistemas paranoides del niño se ligan a la comida, que esas ansiedades son modificadas no sólo por la aparición de impulsos menos sádicos sino también por un esfuerzo determinado de desplazar la ansiedad. En este desplazamiento. La ropa juega su parte. Cuando secundariamente el desplazamiento induce reacciones hacia las ropas de los objetos externos, la fundación del clásico fetiche está instalada. Por eso, cuando la ansiedad es excesiva el resultado es un fetiche sexual típico o una forma negativa, es decir, una fobia de contaminación” (23).

 

Finalmente, un estudio de la etiología del fetichismo da lugar a lo que es quizás uno de los más importantes obstáculos inmediatos para el entendimiento del desarrollo de la realidad, es decir, la carencia de información sistematizada sobre la naturaleza exacta de la fase oral del desarrollo. Las primeras formulaciones etiológicas relativas al fetichismo han señalado factores fálicos, escoptofílicos y sádicos: posteriormente la importancia del falo imaginado de la madre fue enfatizado en forma creciente. Aún más recientemente la significación de otros elementos ha sido forzada. Freud mismo ha remarcado que el fetiche elegido puede no ser necesariamente un símbolo común del pene, y sabemos a partir del trabajo de Ella Sharpe (24) y otros, que esto se debe a la contribución de elementos pregenitales, por ejemplo el sadismo oral. Esta nueva orientación sigue de cerca y está en relación a la expansión que realiza Melanie Klein de la segunda etapa oral para incluir el interés genuinamente fálico edípico. Pero cuanto más universal encontramos a tales factores, menos útiles son en la diferenciación etiológica. Sin realizar una única observación analítica, uno puede asumir con seguridad de los datos comportamentalistas que la primera fase del desarrollo infantil debe ser predominantemente oral. Hasta la existencia del interés fálico durante la fase oral bien puede haber sido inferido sin análisis. En cuanto los análisis más confirman la importancia de estos tempranos intereses fálicos, tanto más gente resulta subdividir las etapas orales y considerar qué parte juegan durante lo que llamamos ahora la primera etapa oral, las otras importantes zonas erógenas y los componentes impulsivos, en particular el erotismo respiratorio, gástrico, muscular, anal y urinario. No es suficiente para establecer los contornos del desarrollo en términos de fases. Es necesaria una diferenciación más detallada antes de que podamos proveer a esta fórmula enológica con la existencia de las variaciones clínicas que los desórdenes mentales demandan.


 

NOTAS:

(1) Sandor Ferenczi: “Stages in the development of the sense of reality’, in Contributions to Psyocho-ana1ysis, 1916.

(2) He omitido un trabajo tardío de Ferenczi [Sandor Ferenczi: “The problem of acceptance of unpleaseant ideas”,  in Furher Contributions to the theory and technique of Psycho-Analysis, 1926] en el cual enfatiza la importancia de la ambivalencia y la defusión del instinto, llevando a cabo la aceptación de ideas concretas. Sugiere también la necesidad de una refusión del instinto para efectuar la objetividad. Aparte de la referencia a la etapa oral, no da ninguna secuencia de hechos de orden clínico.

(3) Paul Federn: “Some variations in Ego-feeling”, in This Journal, 1926, VII, pág. 434.

(4) Melanie Klein: “The psycho-analysis of children”, in Hogart Press and Institute of Psycho-analysis 1932.

(5) Melitta Schmideberg; “The role of Psycbotic Mecanisms in Cultural Development”, in This Journal, 1930, vol. XI, p. 387; “The psychology of Persecutory Ideas and delusions”, in Zur Psychoanalyse asozialer Kinder und Jegendlicher, in International Zeitscrift of Psychoanalyse, 1932; Nina Searl: “Danger situations of inmature Ego”, “The Fligth to reality”, “A note on despersonalisation” y “The roles of Ego and libido in development”, in This Journal, 1929.

(6) En alemán en el original.

(7) Este interés en un nuevo estudio comportamentalista no esta solamente basado en la necesidad de datos clínicos adicionales. Preparará el campo para una discusión fresca de la vieja controversia que considera los factores endopsíquicos y externos en el desarrollo o en la enfermedad. Las tendencias modernas en psicoanálisis han girado alrededor de teorías de experiencias traumáticas del medio ambiente y pareciera ser que las contribuciones recientes del análisis de niños refuerzan estas conclusiones muy fuertemente. En un sentido verdadero: las ideas de las experiencias genito-sexuales traumáticas en la infancia deben ser repensadas porque ahora son consideradas como una ocasión que ejercita una influencia favorable en el desarrollo (Melanie Klein “The Psychoanalysis of children”, in Hogarth press and Institute of Psy-choanalysis, 1932). Pero su lugar ha sido tomado por otras. La significación de las experiencias de enema como representando un ataque violento de la madre real en el cuerpo actual del niño, ha sido ahora evaluada más adecuadamente. Pero la investigación no puede terminar aquí. Para el niño con un erotismo respiratorio  y sadismo, la violenta expulsión del aire es un ataque sádico (Scarl: “The psychology of Screaming”, in This Journal, 1933, vol. XIV, p. 193). En consecuencia, se sigue de esto que cuando los padres o enfermeras tosen o estornudan lo están ,atacando o seduciendo. Cuando el niño envuelve a sus enemigos con la oscuridad destructiva del simple hecho de cerrar sus ojos, es natural que cuando la madre cierra las cortinas de la pieza sea considerado esto como un ataque. No hay dificultades para observar que los niños reaccionan con miedo a estos acontecimientos tan comunes. Y el mismo argumento puede aplicarse a las hipótesis de la escena primaria. Si puede haber pensado como los padres copulan con su respiración, la conversación de los padres puede bajo ciertas circunstancias puede ser la escena primaria. Resumiendo, no hemos resuelto aún el problema del estímulo interno y externo. Estamos meramente bajo la obligación de investigarlo en un nivel más temprano y en términos más primitivos.

(8) Edward Glover: “A Psycho-analytic approach to the classification of Mental Disorders”, in Jonrnal of Mental Science, October 1932.

(9) Edward Glover: “On the etiology of Drog addiction”, in This Journal, 1932, vol. XIII.

(10) Me ha impresionado fuertemente la combinación del reaseguro y la función escénica de la idealización en este y en muchos otros casos. Me parece que es mucho menos de lo que habíamos pensado, una simple derivación del impulso de meta inhibida exagerada para los propósitos de la defensa, Las formas mas urgentes de idealización (en su mayoría en forma simbólica) ocurren en los tipos psicóticos: esquizoides y ciclotímicos.

(11) Ibíd.

(12) Sigmund Preud: “Sobre algunos mecanismos neuróticos en los celos, la paranoia y la homosexualidad”, en Obras completas, Amorrortu editores, Buenos Aires, vol. XVIII, 1990.

(13) Sandor Ferenczi: “The nosology of male homosexality”, in Contributions to Psycho-analysis, 1916.

(14) Sigmund Freud: “Pegan a un niño”, en Obras completas, Amorrortu editores, Buenos Aires, vol. XVII, 1990.

(15) Otto Fenichel “Perversionen, Psychosen, charaktertorungen” in Internationaler Psychoanalytischer Verlag, 1931

(16) Sigmund Freud: “Sexualidad femenina”, en Obras Completas, Amorrortu editores, Buenos Aires, vol. XXI, 1990.

(17) Hanns Sachs: “Zur genese der perversionen”, in Internationale Zeitschrift fur Psychoanalyse, Band IX, 1923.

(18) Otto Rank: “Perversion und neurose”, in internationale Zeitschrift fur Psychoanalyse, Band VIII, 1922.

(19) Nina Searl: “The psycology of screaming”, This Journal 1933.

(20) Ibíd. Pág 3.

(21) Sigmund Freud: “Fetichisrno”, en Obras completas, Amorrortu editores, Buenos Aires, vol. XXI, 1990.

(22) Sandor Lorand: “Fetitichism in statu nascendi”, in This Journal, vol. Xl, 1930, p. 419.

(23) Edward Glover: Op. Cit.

(24) Ella Sharpe: Lecture on Fetichism and art’”, in British Psycho-analityis Society, November 18, 1931.


(#) Extensión de un trabajo presentado en el XII Congreso Psicoanalítico Internacional, Wiesbaden, 7 de septiembre de 1932. Publicado en idioma origianl en “The Internatiotional Journal of  Psychoanalysis”. Vol. XIV (Octubre de 1933). Publicado como Apéndice en “Las Adicciones: Sus fundamentos clínicos” de Héctor López (Buenos Aires: Editorial Lazos; 2007. – págs 161-185) – Traducción: Maximiliano Antonietti.

 

 

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