EL HOSPITAL REVISITADO. POR MIRTA GUZIK Y VIVIANA GARAVENTA.

Editorial, Helga Fernández y Amanda Nicosia

A ocho  meses de haber sido declarada la pandemia por Covid 19, continuamos atravesando un año bisagra, en el que la incertidumbre y la amenaza de muerte siguen presentes, aunque parecería que “normalizadas”. La extensión temporal de este estado nos sumerge en un tiempo que por momentos se vuelve difícil de subjetivar: o muy acelerado o sin transcurrir, cercano a la carrolliana circularidad de la liebre de marzo.

Sin embargo, o quizás por eso, vuelven a emerger algunas consultas en la guardia de un hospital pediátrico, que traen con intensidad los eternos dolores de la infancia, cuya historia, nos advierte Lloyd deMause[1], es una pesadilla de abandono, abuso y maltrato, de la que hemos empezado a despertar hace poco.

Tanto es así que recién a comienzos del siglo XXI, la ONU da a conocer el Primer informe mundial sobre la violencia contra niñas y niños, en el que se reconoce que la magnitud e impacto de la violencia contra los niños muestra con claridad que es un problema global, sustantivo y grave, que aún persiste irresuelto.

A pesar que desde 1962 el maltrato contra las niñas y niños hizo su entrada en la literatura médica mundial desde el seno de un equipo interdisciplinario coordinado por el pediatra Henry Kempe[2], y que en las décadas posteriores se extendió al abuso sexual, psicológico y a la sustitución de identidad, aún hoy, en ocasiones, es preciso recordar a algunos agentes de salud que estas afecciones los incumben tanto como otras de la niñez. Cuando alguna consulta se va del marco de la infección o de la patología oncológica, pareciera que sólo “superespecialistas” en “esos temas” pueden y deben abordarlos, perdiéndose de vista la atención del sufrimiento de un niño.

En el 2018 un estudio mundial de la OMS y otros organismos internacionales, constató que la mitad de los niños del mundo se ven sujetos cada año a violencia física, sexual o psicológica, por lo que sufren traumatismos, discapacidad y muerte.

En este momento en el que a causa de la pandemia por el Covid 19 pervive cierto tinte pesadillesco global y manifiesto en las acciones cotidianas, invitamos a dejarnos interpelar por  esa otra pandemia que hasta ahora pareciera tener la cualidad de lo eterno.  

Mirta Guzik y Viviana Garaventa

Infancia usurpada: la pandemia que aún  no cesa.

Por Viviana Garaventa

En los últimos años, cada vez con mayor frecuencia, en la guardia de un hospital pediátrico recibimos consultas por  niñas y niños que han sido objeto de malos tratos o usados como objeto sexual  por  adultos cercanos, a cargo  de su cuidado y crianza.

El maltrato y el abuso sexual contra los niños, la pornografía que los utiliza, usurpan su derecho a la infancia. Infancia entendida como un estamento protector instituido y sostenido por el Otro frente al estructural desvalimiento infantil.

En junio de este año Unicef y otros organismos nacionales e internacionales -en el Informe sobre la situación mundial de la prevención de la violencia contra los niños- exhortan a los gobiernos a tomar más medidas para prevenir las variadas  formas de violencia contra los niños, que” siempre” han estado presentes, y advierten con énfasis acerca de los “efectos devastadores”  de la pandemia por covid-19, que a causa del confinamiento han dejado a los niños a merced de quienes los maltratan. La falta de contacto y de vinculación con sus pares y otros adultos de referencia (familiares, docentes y profesionales de la salud entre otros) dificulta los pedidos de ayuda que los propios niñas y niños puedan hacer, o la intervención de personas cercanas.

En estas situaciones, el aislamiento preventivo se torna encierro cuando no encerrona trágica, tal como Fernando Ulloa[3] nombraba -al referirse  a quiénes sufrieron tortura por el terrorismo de estado- la exclusión  neta de una instancia de apelación, en tanto que el agente de la tortura se localiza en el estamento mismo que debería proteger .

En un texto precursor acerca del acoso y maltrato de niños por adultos cercanos, Sandor Ferenczi[4]  advertía que al tratarse de personas de autoridad los acosadores son “invisibles”, lo cual constituye lo nodal de este sufrimiento que nominó “terrorismo del sufrimiento”.

En este terreno se produce lo que Ferenczi designa “confusión de lenguas” y define con firmeza una posición ética: el niño solo quiere jugar. El juego define al niño. Queda del lado del adulto la responsabilidad de la renuncia a dejarse llevar por la descarga cruel de la impulsión despertada por  la seducción o la hostilidad hacia el niño.

Desde lo medular de nuestra praxis, decimos “porque hay juego hay niño”. Sostenemos que en la niñez a través de actos de juego se va constituyendo la infancia como escena que protege al niño de aquello que aún no dispone: el goce del acto sexual y la posibilidad de engendrar un descendiente. Esto lo ubica  en una posición diferente respecto a la sexualidad y la muerte. Nos consultan cuando su juego no está reconocido como tal por el adulto que encarna la instancia parental.

En las situaciones de abuso y maltrato contra niños  que venimos considerando,  la escena lúdica que constituye la escena de la infancia, no sólo no está reconocida sino que está usurpada por una “encerrona trágica”, no sólo porque quien debería protegerlo  es su  acosador, sino que también  porque en el “seno familiar” muchas veces se niega que se  niega; efecto renegatorio que produce un efecto siniestro: la vida se transforma en  pesadilla de la realidad, vida de la cual se intenta despertar, como reclama el Ulises de Joyce.

Ese intento de despertar palpita como oportunidad en cada una de las consultas que nos llegan a la guardia. ¿Cómo intervenir entonces? ¿Cómo re-instituir la infancia?

Dos semanas después de iniciada la cuarentena, cuando el silencio se hacía oír  en  las calles inmóviles, llegó la primera consulta para la guardia  de Salud mental, solicitada por pediatras que habían recibido a Mateo, de poco más  de un año traído por su mamá, Ana, que muy angustiada refería temor de que su hijo hubiese sido objeto alguna conducta abusiva de tinte sexual de parte de un familiar, ya que lo había notado “nervioso” y “llorón” durante la noche, lo cual no era habitual.

Luego de realizar la anamnesis y  el examen físico que  no arrojaba signos clínicos fuera de lo esperable,  nos consultaron.

Ana había venido sola, de lejos, se las había arreglado para conseguir un permiso para llegar al hospital.

Si bien dice estar un poco más tranquila, porque “los médicos no le encontraron nada”, está abismada  por la culpa de haber dejado a su hijo solo. Tomamos esa punta del ovillo para que siga armando un relato que efectúe el pasaje del hecho al dicho, apostando a un decir. Cuenta que vive con el papá de Mateo en una casita en el mismo  terreno de su suegra, en el que también vive, en otra casa, un hermano de ésta. Respecto a él dice que no le gusta cómo trata a otros chicos de la familia, le parece confianzudo, por lo cual ella no deja que Mateo interactúe con él. Parecería que los demás no observan esta situación, sobre todo su suegra.

Sin embargo y no sabe porqué, y ahí su angustia, la tarde anterior había dejado a Mateo al cuidado de su suegra “para irme a dormir la siesta”, dice y repite esta frase con intensidad hostil, agrega “no me perdonaría que le pasara algo Mateo por esto. No sé porque lo hice”. “Hacer que?” pregunto.  “Haberlo dejado”.

Repito sus palabras con suavidad, privadas de su tono hostil. Resuenan …memora, recién ahí, dice que, más o menos, a la edad de Mateo, su papá la había dejado por su culpa, porque él no había querido tenerla, según le había dicho su madre.

“Haberlo dejado” habrá traído tyquicamente a la que “fue dejada”? Algo de lo que se mostraba de modo opaco fue encontrando algunas letras que balbucean un sufrimiento arcaico, que la alivian.

Acaso la inermidad expuesta por la pandemia repercutió en la zona  de inermidad a la que estuvo expuesta de niña privandola -en esa zona- de infancia?

La infancia no es un paraíso perdido allá y entonces, nos propone pensar  Georgio Agamben en Infancia e  historia[5], porque en tanto la cría humana nace privada de lenguaje ha sido y es infans. Por lo cual cada vez que se efectúa la expropiación, vía el lenguaje, de esa experiencia muda que es lo infans, se instituye la infancia.

La infancia por lo tanto es a instituir.

En la niñez se instituye perdiéndose en el pasaje de lo mudo a lo indecible, a través del jugar, lo cual sólo es posible si el Otro apuesta pascalianamente poniendo en juego su falta y reconociendo al niño en su juego. Esta apuesta no es sólo en relación a los niños, tal como ratificamos en la clínica de cada día, y en la advertencia que Lacan formula en el Acto analítico[6], cuando dice que “la anamnesis se hace no tanto con las cosas que se recuerdan, como con la constitución de la amnesia o retorno de los reprimido que es exactamente lo mismo, es decir la formas como las fichas se distribuyen a cada momento sobre los casilleros del juego sobre los que hay que apostar.”

Apostar a instituir la infancia está entonces en la apuesta del analista, también en aquellos en los que la niñez  se muestra lejana.


[1]Lloyd deMause. Historia de la infancia. Ed. Alianza.

[2]Henry Kempe y colaboradores, comunicación escrita presentada en la Sociedad Americana de Pediatría en 1962, donde utiliza por primera vez el término Síndrome del Niño Golpeado.

[3]Fernando Ulloa. Novela Clínica Psicoanalítica. Historial de una práctica. Cap. III. La tragedia y las Instituciones. Ed. Paidos.

[4] Sandor Ferenczi. Confusión de lenguas entre adultos y el niño. (1932). Ed. Seix Barral.

[5] Giorgio Agamben. Infancia e Historia. Ed. Adriana Hidalgo.

[6] Jaques Lacan. Seminario El acto analítico. Inédito. Clase 29-11-67.

Mirta Ajzensztat de Guzik. Licenciada en Psicología, UBA. Psicoanalista. Miembro de la Escuela Freudiana de la Argentina. Desarrolla su práctica clínica en su consultorio privado. Integra el equipo coordinador docente del Seminario de Clínica con niños y adolescentes organizado por el Servicio de Salud mental del Hospital Ramos Mejía. Fue Coordinadora del equipo de atención de niños y adolescentes en el Servicio de Salud Mental del Hospital Ramos Mejía hasta junio de 2019. Es supervisora en equipos de Salud Mental de varios hospitales y Centros de salud.

Viviana Garaventa. Psicoanalista. Egresada de la Facultad de Medicina, UBA. Concluyó la Residencia en Salud mental infanto-juvenil en el Hospital de Niños Ricardo Gutierrez, donde fue Jefa de Residentes. Integrante del equipo de Salud mental del Servicio de Urgencias de dicho Hospital desde 1992. Fue instructora de residentes en la Residencia de Psicología infanto-juvenil en el Hospital Gandulfo. Actualmente es Supervisora clínica del Equipo Infanto Juvenil y del Equipo de interconsulta del Hospital Ramos Mejía. Colaboradora docente de la Práctica profesional Clínica de la urgencia  y de la Práctica profesional Hospital de Niños Ricardo Gutierrez de la Facultad de Psicología UBA. Participó ininterrumpidamente con presentación de trabajos en  las Reuniones Lacanoamericanas desde 1999 hasta 2015. Publicó numerosos trabajos en la revista Psicoanálisis y el hospital.

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