HISTORIAS CLÍNICAS. EL CRUCE DEL PARANÁ. POR PATRICIA MARTÍNEZ

Patricia Martínez forma parte de un equipo de analistas que antes las emergencias en que nos sumió la pandemia, ofreció solidariamente atender a los trabajadores de la salud que tratan con pacientes de covid y que así lo requirieran. En este texto nos comparte algo de su experiencia en tan singulares circunstancias.

Editorial Helga Fernández y Ricardo Pereyra

Una mujer en un kayak.  No es la primera vez que rema, lo ha hecho ya varias veces, siempre teniendo la orilla a la vista, al alcance de la mano.  Está vez es distinto.

El profesor opinó que ya estaba lista para el cruce. Llegó temprano al lugar con su barbijo y la mochila, con agua y alcohol en gel, compañeros permanentes de un tiempo a esta parte.  Subió al Kayak, miró a lo lejos la distancia a recorrer por el canal antes de llegar al Paraná y cruzarlo a lo ancho, hasta la otra orilla.

Iban en grupo, cuando iba llegando a la mitad del río el profesor se acercó a ella que era la única novata en el cruce y le grito: no te asustes yo estoy acá, pero viene un carguero, apurémonos, si no se va a sacudir lindo.  Respiró hondo, vio el carguero acercarse, miró al profesor y remó con fuerza, ahí en ese momento, tuvo un instante de vacilación, terror tal vez, pero fue sólo un segundo, después “pensé en vos, del otro lado del teléfono, acompañando como el profe para que yo pueda cruzar a la otra orilla, y ¿sabes qué? Lo raro es que me sentí, iba a decir libre, pero no, feliz tampoco porque estaba asustada, no lo voy a negar, no sé, … si sé- decidida es la palabra, estaba decidida a llegar a la otra orilla y el carguero era solo un obstáculo más”

Así me cuenta María, con mucha emoción, el cruce del Paraná.

Antes de continuar la historia con María, un breve comentario. 

Al comenzar la cuarentena y vislumbrar el enorme trabajo y presión que tendrían los agentes de salud que están atendiendo a los pacientes de covid, los analistas de distintos lugares y colectivos institucionales ofrecimos nuestra escucha de manera solidaria, sin cobrar a cambio, como modo de contribuir en tiempos excepcionales.

Hasta dónde sé no nos han llamado masivamente y hasta ahora no he escuchado ni leído de otros colegas sus experiencias, tampoco había hablado de la mía.

El mes de marzo, que parece tan lejano, fue muy sorpresivo. La pandemia llegaba en avión a nuestro suelo y nos preparábamos para resistir al horror de colapso sanitario y las muertes en serie que mirábamos por televisión mientras sucedían en Italia, en España, en China, pero no acá.

El APSO nos obligó a mantenernos en casa y redefinir la modalidad de trabajo.  El cuerpo en apariencia sustraído de la experiencia acusaba recibo a través del cansancio y los dolores raros. Entre colegas hablábamos de lo cansadora que es la atención remota, el cuerpo sustraído retornaba agotado dando cuenta que aún estaba ahí, pero de un modo desacostumbrado. 

El mundo se dividió entre los trabajadores esenciales que debían sostener las condiciones de nuestras vidas y los demás que permanecíamos en casa para no salir a buscar el virus y protegernos, mientras que aceleradamente se armaban dispositivos de atención para los afectados. En primera línea el personal de salud, poniendo el cuerpo luego de haber visto hasta el cansancio por la televisión cómo caían victimas de la fatiga, la enfermedad y la muerte los médicos, enfermeros, camilleros, kinesiólogos en otros lados del planeta.

La respuesta de los colectivos psicoanalíticos fue inmediata, Escuelas, organizaciones y particulares ofrecimos lo que teníamos, ofrecimos escuchar a quienes estaban trabajando en primera línea.

En este contexto me llama María, enfermera de 36 años, casada, tiene un hijo de 10 años y dice el primer día que es asmática. Supo que la podía escuchar y llamó. Se presentó en los términos que acabo de decir: enfermera, casada, un hijo, asmática. Estaba desolada, pensó que por su condición de asmática la iban a exceptuar del trabajo, el médico laboral le dijo que ni lo sueñe, el personal de salud tiene muchas preexistencias, hay viejos, obesos, fumadores, diabéticos, con presión alta, asmáticos, solo los casos severos tendrían licencia y el suyo no lo era.

Madre, padre, marido, amigos, todos le decían renunciá, mira si te vas a jugar la vida, si vos te contagias la vas a pasar mal; ella agregaba a esto el temor de contagiar a los suyos, ser ella la que por estar expuesta lleve el virus a su casa y se contagien el marido y el hijo.  El hijo suponía que no sería problemático, pero el marido es diabético.  Lo primero que hizo cuando llegó el primer caso a su hospital fue mudarse a una pensión. Es desde ahí que me llama.  Va al trabajo y del trabajo a la pensión evitando cruzarse con nadie, y luego de bañarse ve pasar las horas sin querer volver a su casa para no perjudicar a los suyos.

Normalmente además de trabajar y estar en la casa, estudia.  A los 30 años decidió comenzar una carrera universitaria que va haciendo de a poco, en los tiempos que puede entre el trabajo y la familia.

María tiene miedo de enfermar y morirse, pero no quiere renunciar.  Podrían vivir sin la plata de su sueldo, pero no podría seguir estudiando, renunciar sería también renunciar a todos sus sueños y quedarse morir.  En los primeros llamados es muy difícil desarticular está lógica alienante que no deja alternativa válida, hasta que dice que así no puede seguir viviendo, a lo cual respondo que efectivamente tiene razón, digo que podría renunciar a ser tan dramática, que si deja de trabajar no tendría por qué renunciar a todos sus sueños sino encontrar otra manera de llevarlos a cabo y si sigue trabajando no es obligatorio que se muera, y además se va a encerrar en una pensión deprimente dónde es muy difícil que pueda sentirse bien alejada de todos.  Es la primera vez que María me escucha, se queda en silencio y acuerda que tal vez tengo razón, lo de dramática le evoca a su madre, una mujer que hace una tragedia de cada evento complicado de la vida, y respecto de vivir en la pensión ya se lo habían dicho compañeros de trabajo y su propia familia que podía buscar una forma menos “dramática” de cuidarse.

Para el siguiente llamado con la ayuda del marido acondicionó una pieza que tenía en la casa, diseño un “protocolo” para llegar, bañarse, lavar toda la ropa y guardar distancia, eso mejora su ánimo, aunque aún duda respecto del trabajo.

La invito a hablar, a decir lo que quiera, lo que surja en su mente sin descartarlo y empieza a hablar del trabajo, de la falta de insumos, de que deben comprarse los barbijos porque no llegan los especiales (esto fue así el primer mes de pandemia, cuando aún no había casos, luego llegaron los insumos, pero el primer mes en un hospital de provincia fue de mucha incertidumbre),  se queja porque improvisan separaciones en los servicios que son precarias, que muchos compañeros de trabajo están asustados como ella, que cada cual está en su “cucha”, me causa gracia la expresión y me rio por primera vez con esta mujer, ella se ríe también  y acota- ¿ni qué fuéramos perros no? No sé, le respondo, los perros domesticados van a la cucha, los perros salvajes creo que viven con otros, vos sabes de eso, ¿no? (esté comentario está en relación con su estudio y a algo dicho en otra oportunidad respecto de las jaurías de perros que comparten la tarea de conseguir la comida y los más débiles son protegidos por los más fuertes). María toma el comentario y comienza una serie de llamadas donde va ubicando cuestiones que hacen a su relación con los otros, especialmente en el trabajo, dónde por lo general se ha comportado como un perro que mandan a la cucha o que muestra los dientes muchas veces sin razón,  y sin ocuparse nunca de ver qué puede hacer en cooperación con otros.

Este punto le resulta revelador, comienza a hablar sobre su relación con los otros en el trabajo. El dilema de renunciar o continuar trabajando queda atrás y ahora la ocupa la manera de estar en el trabajo, qué hacer ahí para sobrellevar la situación de la mejor manera posible. Por momentos dice sentirse muy bien, que esta situación la fortalece, que descubre cosas que no pensó que ella podía hacer en el trabajo como tomar decisiones, apoyarse en las compañeras de servicio, tomar la mano a una paciente que sufre, “estaba como anestesiada”.

En otros momentos los llamados resultan muy difíciles a partir de la muerte de dos compañeros de trabajo, un médico y un enfermero de la terapia intensiva. El cortejo fúnebre por decisión de los directores pasaría por la puerta del hospital. Los bomberos hacen sonar la sirena y todos saben que deben salir a la vereda a despedir al compañero caído, médicos, enfermeros, camilleros con sus barbijos aplauden al féretro que pasa, ella lo llama “lo insoportable”. Entre lo insoportable y lo posible transcurren nuestras charlas telefónicas. Todas las semanas en un día y horario establecido María me llama.

Un lunes a la hora señalada no suena el teléfono, me inquieto y no sé que hacer.  Nunca faltó a una cita, siempre llama, me doy cuenta de mi necesidad de mandarle un mensaje, cuando han pasado más de 40 minutos del horario del inicio de su sesión, le escribo: ¿María? Y a los dos minutos me llama:

Perdón, mil perdones, me olvidé por completo, no me di cuenta de la hora, estaba tan lindo el día, me puse a hacer una quinta y arreglar las plantas y me olvidé por completo, estaba totalmente en otra cosa.  Digo que está bueno también olvidarse y estar en otra cosa y que hablamos la semana próxima. Esa podría considerarla una sesión que produjo cambios, aunque breve de no más de 5 minutos inaugura una nueva modalidad de los llamados.

María empieza a dejar de tener omnipresente la pandemia, continúa trabajando, comienza a preparar algunas materias del profesorado que había dejado de lado y aprovecha las tardes y los días más lindos para jugar en el patio con su hijo, hacer la quinta y quiere retomar remo.  Le encanta el agua y antes de la pandemia había comenzado a ir a un club de kayak, está decidida a usar las tardes que no tiene que ir a estudiar para salir a remar. Sus relatos a veces se centran exclusivamente en cuestiones familiares, la separación de sus padres, el dramatismo de su madre, un padre con el cual retoma el dialogo y el trabajo pasa a ser un tema entre otros.

Llegamos al día que va a una de sus clases de remo y el profesor le insiste para que se anime a salir del canal donde práctica y se atreva a cruzar el Paraná. Acepta el reto no sin temores y sale al cruce, es ahí cruzando el Paraná y ante el apuro por llegar a la otra orilla por la proximidad de un carguero que dice “pensé en vos, del otro lado del teléfono, acompañando como el profe para que yo pueda cruzar a la otra orilla, y ¿sabes qué? Lo raro es que me sentí, iba a decir libre, pero no, feliz tampoco, porque estaba asustada, no lo voy a negar, no sé, … si sé- decidida es la palabra, estaba decidida a llegar a la otra orilla y el carguero era solo un obstáculo más”

Luego de decir estás palabras se queda en silencio; yo también.  Luego dice, no me había dado cuenta pero creo que es verdad, estoy decidida, antes pensaba que hablábamos cómo una manera de soportar todo lo que está pasando, y eso estuvo bueno, pero hace un tiempo, desde el día que me olvidé de llamarte que se trata de otra cosa, no digo que por momentos no me angustie el trabajo o la sobrecarga de tareas, pero ya me di cuenta que es así, que es cómo un carguero que viene por el río y yo tengo que remar lo mejor que pueda para ponerme a salvo, no se si se puede eso, pero lo intento, y la verdad no me va tan mal,  ahora quiero ir a otras orillas, creo que eso se llama empezar un análisis, me gustaría empezar un análisis con vos y creo que es justo que te pague, me sentiría más cómoda, ¿estás de acuerdo?

Epicrisis:

Cuándo un analista se ofrece a escuchar a personas en calidad de afectadas por la pandemia, ¿qué es lo proponemos?

María llama a alguien que no conoce, y yo recibo su llamado sin haber mediado nunca un encuentro presencial entre ambas.

Cuando decidí ofrecer mi escucha a profesionales de la salud sin que medie el pago, oferta que por otro lado realice junto a otros como una respuesta solidaria a lo que estábamos atravesando todos, no tenía en claro el alcance de la propuesta.

Luego de ocho meses de llevar adelante llamadas con dos personas que aceptaron ese ofrecimiento y se pusieron en contacto, puedo empezar a esbozar y poner en orden algunos interrogantes que esa labor me ha despertado.

Durante las primeras entrevistas con María, las intervenciones del analista sirvieron de apoyatura para que siga hablando. Al hablar algo sucede en el campo de la comprensión mutua, uno entiende o cree entender que le dicen los otros, hay un sentido establecido que no es chistoso ni poético, donde un botón es un botón y jamás llegará a otras abrochaduras.  No es esa escucha la que ofrecemos,  al escuchar de manera flotante renunciamos a tomar por esa vía,  se abre el dialogo a esa tercera dimensión que es propia del situación analítica, donde lo que es dicho puede tener otra resonancia y las palabras llevarlos a caminos impensados.

Al sentarme a escribir sobre este caso recordé un texto indispensable de W. Benjamin: Sobre algunos temas de Baudelaire.  Ahí el autor recordando la famosa magdalena de Proust nos dice que “Para Proust depende del azar la circunstancia de que el individuo conquiste una imagen de sí mismo o se adueñe de su propia experiencia” Adueñarse de la propia experiencia es algo que según este autor está en disminución.  Como ocurre con la lectura de los diarios, el lector se vuelve impermeable a los acontecimientos, no puede apropiarse de lo que sucede, ni establecer relaciones que le permitan ubicarse él respecto de qué le pasa con lo que pasa. Las cosas se vuelven actuales, pasajeras, inaprehensibles.

Entonces dirá Benjamin o es mi lectura, que la experiencia no es solamente lo vivido, sino también la posibilidad de comunicar y narrar lo vivido, que esta es la forma de apropiarse de la experiencia y que está apropiación no quede librada al azar.

Esté año que está llegando a su fin, me confrontó junto a otros, a salir de la comodidad del encuadre conocido y proponer otros modos de estar como analista.  Y por supuesto surgieron las dudas respecto de que hacíamos con lo que estábamos haciendo.  Tal vez aún es pronto para concluir sobre el valor de lo hecho.  Quiero compartir entonces parte de una experiencia y algunas coordenadas que puedo extraer.

La primera coordenada la pienso en relación con lo que acabo de extraer del texto de Walter Benjamin.  Ofrecernos a escuchar es ofrecerle a alguien que pueda comunicar y narrar lo vivido, que pueda hacer experiencia de lo que está viviendo y apropiarse de la misma, es ofrecer que alguien pueda salir de su posición de espectador y ubicarse respecto de lo que le toca vivir al hablar, al encontrar un espacio donde importa lo que dice. 

Pero María lo dice muy bien, ella llamó para soportar lo que estaba viviendo y eso estuvo bueno, pero a partir de ahí, quiere cruzar a otras orillas, escucharse la compromete con lo que dice y eso no tiene que ver con la pandemia, esa es la operación de implicación que solemos llamar subjetivización del síntoma y da cuenta del comienzo de un análisis.

Hay analista, hay análisis, ahí donde alguien se dispone a escuchar en transferencia al discurso del análisis, invitando al otro a decir lo que tenga para decir sin pretender acallar la angustia prontamente, sin abonar el sentido común, sin comprender rápidamente por dónde va la cosa, absteniéndose del sentido tranquilizador y de la comodidad de viajar con mapa, brújula y guía turística.  Ofertar la escucha crea condiciones de posibilidad para que ese espacio de resonancia de las palabras se ponga en función.

Y entonces es posible, aunque no necesario que alguien quiera cruzar el río. //

Patricia Martínez, Psicoanalista

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