ASI SOMOS LAS PALABRAS. POR MARÍA MALUSARDI

Imagen: Amulet, Michelle Concetta Ig: @drim.artz, lynxinbio.com/zd28j


En esta compilación de la edición, las palabras se conjugan en un lenguaje poético que circunnavega lo inefable, aquello que puede ser forcluido es decir que no existe existió existirá, rechazado, informado, o como leemos en “Así somos las palabras”, acariciado extendido en silencio excentrado texturizado en lo sensorial que por un instante irrumpe el pensamiento. Orfebrería de palabras que nos llega sin aviso

Cuidado editorial: Marisa Rosso y Gabriela Odena


 

Las palabras y los huesos

Lo que busco de la poesía es que me destierre de un golpe, me corra de mí, como una sonata para piano de Mozart, hasta la desintegración. “Sólo es hermoso el pájaro que muere / destruido por la poesía”, entona y alienta Luis María Panero. Porque las palabras, según agrega y justifica Vasko Popa, “yacen sobre la tierra muda / más pesadas que los huesos de la vida.”

    

Hierba en la caricia

En la textura de la hierba descifro la textura del poema. Se lee un poema como se acaricia la hierba. No se trata pues de reflexionar sobre los matices de la hierba sino de conquistar, en los bordes del acto de acariciar, la sustancia oculta del lenguaje mientras nombro la hierba en la caricia. Es una sensibilidad oculta en lo sensorial irrumpido por el pensar.

A propósito de “artista del hambre”

El lenguaje hace posible lo imposible pero siempre se queda corto. Es decir, la poesía pone en evidencia lo inefable, aquello que no se puede contar sin banalizarse. Porque nombrar la miseria y el dolor de quienes injustamente han caído en el olvido, de los que no tienen ni tendrán voz, es el lugar común de quienes miramos y no hacemos nada más que enmudecer y acercar un gesto caritativo. ¿Y qué más podríamos? Es una buena pregunta. Y la ausencia de respuesta nos deja vaciados y ausentes ante el espejo de la buena conducta. Lo que haya para hacer está lejos y es urgente. La caridad es un paliativo medieval. La solidaridad es otra cosa. Pero acaba siendo un mendrugo si no se sistematiza ni se sostiene en el tiempo con tesón y compromiso. Tema extenso y que elude todo exabrupto. Hoy más que nunca, claro está, hay que cambiar el mundo.

artista del hambre –así, con minúscula siempre- es un libro concebido enteramente como un corpus (breves poemas que van conformando una trama inasible) y nace de la impotencia y el desasosiego. Pero también del silencio, como quería Rilke. Porque el lenguaje poético viene del silencio. El poeta calla y espera. El lenguaje lanza la piedra sobre el agua y se adelanta al sentido. Como la magia, entonces, el poema sucede. Llega sin aviso. Con su prepotencia y su audacia, el lenguaje es un tsunami de orfebrería: ambicioso, irreverente, preciso.

“hubo un día y no recuerdo si el temblor de la palabra o el relámpago en la lengua empastaron mi boca con muertos hubo un día ese día el hambre traficó y cayeron huesos como panes hubo ese día y sollozaba entre añicos quería matar afilar el vidrio ese borde eficaz para darle un envión un vuelco a tanto error a tanto desamparo”

En ocasiones me preguntan por qué minúscula, por qué no puntuación, por qué prosa y no verso. Y respondo: porque durante el proceso creativo se producen imposiciones. El lenguaje llega como “chorro de sangre” (Sylvia Plath), luego el o la poeta sintetiza y labra. Trabajo obsesivamente sobre las palabras siempre en diálogo con lo que me proponen. En mi caso, no hay ni comienzo ni final: las minúsculas deparan una continuidad constante, acaso cósmica. La puntuación vibra por omisión. Es prosodia. Está, aunque no se vea. La puntuación es ritmo y respiración. Imposible su renuncia. El corte de versos –la escansión- funciona del mismo modo, como una arritmia que no mata. No surge de mi voluntad sino de mi espera y de mi escucha. El lenguaje señala, indica. Si me convence, acato, si no confronto. No es prosa: son versos ansiosos que no respetan la distancia.

Así somos las palabras

la sintaxis familiar descansa en la fragmentación del cuerpo la poesía infierno de mis partes: así somos las palabras

(“la carta de vermeer”, Ed. Alción, 2002)

Un poema no se explica. Se lo vive. Se lo recibe. Se lo deja entrar hasta donde pida. Hasta donde pueda llegar. Hasta donde no podamos con él. ¿Dentro del cuerpo? Pareciera haber, en este caso puntual, tres componentes para el enredo definitivo: la familia (su peso específico que roe, talla, destruye), el propio cuerpo atribulado dentro de una familia de la que nunca se podrá salir (ni aun cuando sus integrantes ya no estén) y las palabras. Con estos tres elementos me incito poema en estado de luz y desdicha.

Cuando el cuerpo se atiene a la palabra. Cuando la palabra olfatea al cuerpo. Cuando el cuerpo se desnuda ante la palabra. Cuando la palabra vampiriza al cuerpo. Cuando el cuerpo se ata a la palabra como Ulises al mástil. Cuando la palabra traiciona y se agazapa entre las escamas de las sirenas. Cuando el cuerpo sale disparado de una familia y se estrola sobre el asfalto de la palabra. Cuando el asfalto de la palabra recibe al cuerpo humillado y adora y lame la dispersión de su fragancia. Cuando el cuerpo se abraza al asfalto de la palabra y la ensucia con huesos. Cuando la palabra manchada hace de la destrucción del cuerpo un ritual. Cuando el cuerpo sale a escena y no encuentra el camino hacia la palabra que espera. Cuando la palabra esquiva al cuerpo. Cuando el desencuentro entre el cuerpo y la palabra. Cuando se funde el desencuentro. Cuando el desencuentro desarticula posibilidades y disipa. Cuando ya no sé qué soy: si cuerpo si palabra. Cuando da lo mismo el cuerpo que la palabra. Cuando decido renunciar al cuerpo para convalecer en la palabra. Cuando estoy palabra. Por encima del cuerpo.

Entonces la agonía. Y enmudecer. O cantar.


María Malusardi (Buenos Aires, 1966)

Escritora, periodista y docente. Publicó Una madre es un piano triste (Editorial Las Furias, 2021), artista del hambre (Ediciones en Danza, 2019), el descenso de jacqueline du pré y otros poemas (Ediciones en Danza, 2018), el desvío y el daño (Buenos Aires Poetry, 2017), el sastre (Ediciones en Danza, 2015), artista del trapecio (Alción, 2014), la música (El suri porfiado, 2013), el orfanato (Alción, 2010), trilogía de la tristeza (Alción, 2009), museo de postales (El Suri Porfiado, 2008), diálogo con pescadores (Alción, 2007), variaciones en la niebla (Alción, 2005), la carta de vermeer (Alción, 2002) y El accidente (Mascaró, 2001).

Obtuvo por artista del hambre el Segundo Premio Municipal 2018-2019; por el sastre la Mención especial del Premio de Literatura Casa de las Américas 2015, de Cuba y trilogía de la tristeza resultó finalista del Concurso Olga Orozco 2009, con un jurado integrado por Antonio Gamoneda, Gonzalo Rojas, Juan Gelman y Jorge Boccanera; además fue traducido al francés y editado en 2013 como trilogie de la tristesse (Zinnia Editions), tanto en papel como en formato e-book..

Estuvo a cargo de la edición y estudio preliminar de la poesía de Raúl Gustavo Aguirre en el volumen Obra poética (Ediciones Del dock, 2015) y del ensayo Las poéticas del siglo XX (Audisea, 2016)).

Actualmente escribe en Caras y Caretas sobre poesía. Dicta, en la escuela de periodismo TEA, la materia Taller de Entrevista. En TEA Online tiene a cargo la materia Periodismo Cultural. E imparte talleres y clínicas de lectura y escritura.

Tiene en preparación Nadie sabe qué hacer con los poetas, que reúne sus textos periodísticos publicados, y otros inéditos, dedicados exclusivamente a la poesía. Y que serán publicados en 2023.

Recibió en 2018 la beca del Fondo Nacional de las Artes para escribir Asamblea permanente. Diálogos para una hermenéutica, un ensayo sobre la obra y vida del poeta argentino Alberto Szpunberg, aún en proceso de escritura.


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