La Otra Escena que la familiar: Freud y el episodio de la cocaína. Por Diego Yaiche

Imagen, Ernst Fleischl von Marxow

Cuidado Editorial: Marisa Rosso

Quiero comenzar con una pregunta que se formulaba en la escena del Sueño, resto diurno de una escena pedagógica, una analizante: “¿Cómo enseñar lo inenseñable?”, con toda la multivocidad, disculpen la condensación, del término enseñar.

No hubiera desempolvado el episodio de la cocaína, que detuvo mi atención por primera vez allá por fines de los años ’90, si no fuera por la aparición del libro de Helga, La carne humana(1), del que puedo decir que lo arduo de su lectura tiene recompensa. Encontré en conversaciones que hemos tenido que, desde distintos lugares, veníamos interrogados por cuestiones aparentemente tan disímiles como la forclusión de la carne y la función o el papel de los amigos. Esto me animó a aceptar la invitación y confiar en que quizás hubiera llegado el momento de poner en valor algo que en otra oportunidad hubiera callado por temor a terminar en alguna de esas hogueras que solemos alimentar, incluso los analistas, tan descuidadamente. En este sentido, me voy a detener en una cuestión respecto a los planteamientos (y no es ingenuo el significante botánico que uso), que hace Helga en su libro. Como decía mi abuelita, en una época donde había un refrán para cada situación: “y por casa… ¿cómo andamos?”.

Voy directo al grano: en el nacimiento del psicoanálisis, ¿hay una forclusión de la carne, o al menos en su narrativa? En línea con esto, y siguiendo las consideraciones de Helga sobre el capitalismo de las letosas, me permito radicalizar un poco algunos planteos del querido Fernando Barrios quien ha expresado, junto a otros analistas, pero quizás él con más énfasis, la pregunta de si el psicoanálisis ha venido a darle un discurso a la heterosexualidad. Voy a ir un poco más lejos pero sin desprenderme de la lectura que he hecho de ese otro excelente libro que nos trajo el 2022, el que escribió junto a Sandra Filippini sobre el plus-de-jouir(2): ¿el psicoanálisis vino a darle discurso al capitalismo? Los remito a la entrevista que le hice hace poco para Pulsión de Radio, al artista plástico Daniel Santoro(3).

Bien, ya me puse el traje de amianto, comencemos.  Pero dos observaciones clínicas, por qué no metapsicológicas, aún antes. 

La forclusión de la carne en muchos casos permite una deriva hacia una paranoia de transferencia (de la cual la psicopatología no es el menor de sus efectos), y a la que intentó responder Lacan al buscar distinguir otra dimensión de la transferencia diferente a la Repetición, intento fallido gracias a Dios (valga la paradoja). Si hay tiempo les comentaré algo de lo que me interpela hoy en día respecto a ese nudo de trébol entre Dalí–Gala/Gradiva y Freud/Mack–Brunswick.

Segunda observación: Lacan ubica un nivel más primordial estructuralmente que la represión, allí donde Freud designa con la función de la Censura la operación de borramiento que inaugura el significante y el Inconsciente. Censura esencialmente ligada a la aparición absolutamente necesaria dice, de que el sujeto se borre o desaparezca a nivel del proceso de enunciación. Esta omisión o elisión muestra que censura y superyó no se hallan a nivel del sujeto o del individuo sino del discurso. Lacan no deja de preguntarse cómo y por qué vías empíricas, ¡no se escandalicen por favor!, el sujeto accede a esa posibilidad. Por ejemplo, cómo un niño logra acceder al hecho de que sus padres no sepan todos sus pensamientos. Por mi parte he podido constatar que en muchos casos cuando aparece la censura y la elisión en el discurso del niño, es posible observar un pasaje desde la inmersión en el transitivismo a otro orden de funcionamiento mental, si me permiten usar esa palabra.

Las consideraciones que haré a continuación apuntan a interrogar qué contingencia, y remarco lo de contingencia, censura mediante, efectuó en Freud entre 1882 y 1895 un no-dicho, un no-sabido, une-bévue, y si esta efectuación, e incluso afectación, fue lograda, y a qué precio.

Esta noche les propongo adentrarnos hasta donde nos sea posible y pertinente, en el episodio de la cocaína como lo llamó Ernest Jones. El drama del sabio, parafraseando a Jacques Lacan, que concluye con la omisión/censura del texto de su conferencia Sobre el efecto general de la cocaína(4).

Lamento que esta contingencia del Dr. Coca, como era llamado, ponga en cuestión la confortable versión académica que hace de Sigmund Freud un Herr Professor, y del encuentro con la histérica algo fundante y necesario, forclusión de la carne mediante.

Les confieso que me encuentro en un brete, ¿cómo abordar la exigencia contradictoria que implica querer levantar una censura cuando ella es la que permite enunciar algo? 

El historiador de la Psicología, Mauro Vallejo, en La seducción freudiana(5), cuya lectura también recomiendo,  aborda allí lo que se conoce habitualmente como el episodio de la seducción. Lo que plantea es, fundamentalmente, que la elaboración freudiana es producto de lo que él llama una genética textual: las razones de determinadas elaboraciones freudianas hay que buscarlas en los movimientos textuales que se van produciendo entre sus escritos,  y también los de sus comentadores. De ahí que conciba que las Obras Completas de Freud debieran incluir los textos de estos, al menos los contemporáneos. Y una hipótesis colateral, pero no secundaria, que sostiene, es que de esta genética textual se desprende lo que podemos llamar “el niño de Freud”, niño que es una invención textual. Este niño no es concebido desde la experiencia clínica sino que se construye a partir de los textos. El rasgo más saliente de este niño de Freud es que es un niño familiar. 

Algunos con los que debate Vallejo son otros historiadores que terminarán aportando de una u otra manera al Libro Negro del Psicoanálisis el cual, en definitiva, no tiene otro objetivo que afirmar que el psicoanálisis es una estafa, que Freud era un inescrupuloso que inventaba los casos en pos de una ambición desmedida, etc.. Uno de ellos, un investigador holandés, Han Israëls hace una investigación muy fina y documentada(6), tanto del episodio de la cocaína como del de la seducción. Maneja una cantidad de datos muy contundente respecto a los avatares de varios de los historiales de pacientes a los que hace referencia Freud. Lo que se desprende de la tesis de Mauro Vallejo es que los casos de Freud no deben contrastarse con los testimonios respecto a la veracidad o no de sus vicisitudes  (si por ejemplo dice que se curó pero en realidad terminó en una clínica psiquiátrica, o reportear a Elizabeth de R quien afirma que Freud la quería forzar a creer que estaba enamorada de su cuñado y ella nunca le creyó, o que instilaba las escenas de abuso en sus pacientes, etc., etc.) puesto que para Vallejo esta casuística sería producto de una genética textual a expensas de la clínica. No hay mendacidad, la forma de elaboración freudiana es otra.

Vallejo, además, quiere convencernos de que los inicios del psicoanálisis están en el episodio de la seducción, como por otra parte el mismo Freud ha señalado también en su propia reescritura autobiográfica. Y que la primera elaboración freudiana para la cual la histeria será efecto del abuso sexual de un adulto hacia un niño (en primera instancia aquel encargado de su cuidado, nodrizas, parientes lejanos, etc., etc.), está atravesada por el debate en torno a la etiología de las enfermedades que involucra a  la medicina de la época.  A posteriori, en un movimiento del que la genética textual podrá dar cuenta, esta figura del abuso quedará encarnada en el padre.

Es un trabajo impecable el que hace pero la objeción que tuve la oportunidad de plantearle, a poco de que se editara el libro, en un espacio al que fue invitado por Jorge Baños Orellana y en donde pudimos debatirlo, es que la tesis que planteaba se sostenía en una omisión, omitía que antes del episodio de la seducción hay otro: el episodio de la cocaína(8). Y que solamente, a mi entender, podía sostenerse el planteamiento de una genética textual desconociendo sintomáticamente ese episodio, cosa que, por otra parte, hace el mismo Freud. A pesar de que Vallejo critica el relato de Freud de la elaboración del psicoanálisis, parte del mismo punto que él sitúa como comienzo, omitiendo el episodio de la cocaína o planteándolo como un allotrion, un desvío innecesario, una distracción. Omitir este episodio lo lleva a pensar la causalidad, para mi gusto,  en términos del esquema causa-efecto propia de la racionalidad científica, y no distinguirla de la causa freudiana.

Quiero ser claro en esto, mi planteo ensayará separarse de ambas vías, tanto la empírico-policial del develamiento de los hechos a través de distintos testimonios y pruebas documentales, vía reñida con el psicoanálisis, como la de la génesis de las nociones sólo a partir de una genética textual. Me inclino más por aquello que Sigfried Bernfeld(7), el primer psicoanalista en interesarse en 1953 en lo que Jones llamó el episodio de la cocaína, había destacado de Freud: su gran respeto por el hecho extraño, incluso particular; señalando que en él este tipo de hechos siempre motivó tantos avances y nuevas líneas de pensamiento como los datos aparentemente científicos basados en las estadísticas y sus abrumadoras cifras. Respeto por el hecho particular, incomprensible para un empiro-criticista como Han Israëls para quien el proceder de Freud sólo muestra una necia tenacidad para aferrarse a cualquier idea inicial.

Entonces, a partir de este encuentro contingente con las tesis de Vallejo y la interpelación que siguió, me vuelve un trabajo que había hecho entre los años 1998 y 1999. En esa época mi interés por el llamado episodio de la cocaína surge después de ver en televisión la mini serie de seis capítulos Freud, un retrato del gran psicoanalista(9) de la australiana Moira Armstrong del ciclo de la BBC Grandes Vidas:


Lo que más me llamó la atención fue el recurso narrativo donde la enfermedad que llevara a Freud a la muerte aparece recortada sobre el trasfondo de aquel episodio. Ahí me entero de la existencia de este hombre que aparece en esta foto que les voy a mostrar, Ernst Fleischl von.

Ernst Fleischl von Marxow, tiene un rol central en el episodio de la cocaína. Y voy a agregar, un papel destacado en la Interpretación de los Sueños.

A partir de esto es que me pongo a investigar en dos direcciones. Por un lado empiezo a indagar quien era Fleischl y a recabar datos sobre cómo se había cruzado Freud con la cocaína. Y por otro empiezo a investigar acerca de los avatares de la enfermedad de Freud. Después de mucho tiempo logré dar con un libro de los años ochenta de un oncólogo argentino, José Schavelzon, que se llama Freud, un paciente con cáncer(10). Schavelzon, tenía una relación amistosa con Marie Langer, e incluso consiguió  allegarse a Anna Freud. Inicia su minuciosa investigación interrogando qué fue la afección que padeció Freud, para lo cual consigue localizar a través del Instituto Curie de París las biopsias que le realizaron. Ahí comprueba que las lesiones que padecía eran producto de una palatitis nicotínica crónica  y que la papilomatosis florida oral que presentaba se transforma en un carcinoma típico sólo hacia el final de su vida, por la acción de las cruentas intervenciones quirúrgicas, el trauma protésico y las radiaciones aplicadas en exceso. Divina atracción a los rayos, aplicados en proporciones muy por encima de lo recomendable incluso en esa época.

Una de las fuentes principales del episodio de la cocaína son las cartas a Martha Bernays, su futura esposa, que durante años estuvieron guardadas bajo diez candados por Ernest Jones quien hace referencia a ellas en su biografía de Freud(11). En 1960 unas cien de ellas, un diez por ciento del total, fueron publicadas por su hijo Ernst en un libro titulado Epistolario 1873-1939(12). En 1991 Hans Israëls halló algunas transcripciones más en una oficina de la Sigmund Freud Copyrights en una pequeña ciudad del este de Inglaterra.

La primera edición de los Escritos sobre la cocaína en Argentina es del año 1977, en plena dictadura militar. Es una edición medio casera con una pequeña tirada que hacen alumnos de Oscar Masotta entre los que estaban Mario Pujó y Ricardo Scavino. Escriben un prólogo y no se animan a ponerlo, apareciendo finalmente como epílogo de esos escritos. Incluso llegado el momento dudan de la oportunidad de su publicación, visto las suspicacias que podía despertar entre sus colegas que publiquen material que asocie a Freud al uso de la cocaína en plena persecución de la que era objeto la teoría psicoanalítica, al menos en el ámbito universitario. Veinte años más tarde, en la Revista Psicoanálisis y el Hospital, volverá a aparecer ese epílogo junto con otros artículos en un dossier sobre El Fármaco(12).

La configuración siguiente, en el sentido que le da Jacques Le Brun(13), de figuras sucesivas y parciales cuya reunión y organización vuelven legible un surgimiento extraño, en este caso el del psicoanálisis, no aspira necesariamente a demostrar algo o a darle forma a un sentido acabado. Por otra parte no apelaré más, como lo he hecho en otras oportunidades, a la noción de experiencia para referirme a esta travesía freudiana, fallida o no, pues estas figuraciones solo intentan vérselas con la enseñanza de lo inenseñable de esta Otra escena que la familiar.

Figúrense la atmósfera que respiraba Freud a sus 26 años, y para ello pueden remitirse, si lo recuerdan, al miramiento con que narra el sueño “Non vixit” en la Traumdeutung.

En 1882, en el laboratorio de Brücke, la promoción era lenta. Ninguno de los dos asistentes principales, modelos a seguir para este joven, se movían de su sitio. Me refiero a Fleischl y al otro Sigmund, Exner, este de nacimiento. Su amigo Paneth había ingresado como aspirante con aspiración de reemplazarlo en ese cargo menor que ocupaba, de trabajo ad-honorem, cosa que terminará haciendo. Sólo había tres cargos rentados en el laboratorio, el del maestro Brücke, y el de sus fellow, los adjuntos Exner y Fleischl, este último superior de Freud y candidato a suceder a Brücke tras su jubilación, ya anunciada. El joven Freud era apenas lo que se conoce como un famulus.

En esto, este jovencito, judío, sin un peso, que se movía en un ambiente de médicos que sí provenían de otra clase social, se agarra un metejón con Martha. ¿Y qué recibe de su admirado jefe? El consejo paternal de que abandone la carrera de investigador porque no es para él, que se va a morir de hambre, y que mejor se dedique a la medicina general. En ese contexto es que abandona el laboratorio del Instituto de Fisiología e inicia su carrera de médico como Aspirant en el Hospital General de Viena. A pesar de la recomendación de Theodor Meynert, quien será su maestro en psiquiatría, sale con las manos vacías de una visita al Profesor Hermann Nothnagel, director de la Segunda Clínica Médica de Viena. Este muchacho acostumbrado a trabajar bajo el estándar del método científico, del trabajo constante y minucioso para obtener logros, de golpe tiene que obtener dinero de donde sea. Le dice por ejemplo a Martha: “sólo necesitamos una racha de suerte”. De la pureza de la investigación neurofisiológica donde la fortuna tiene poco que hacer, pasa a la picardía del tahúr y del buscador de oportunidades. Mientras, vive tanto del dinero de su mentor Breuer como del de Paneth. En otra carta dice: “ahora comienza la preocupación por encontrar algo con que deslumbrar al mundo sacando de la manga un triunfo que no sólo obtenga la aprobación de unos pocos sino que atraiga la atención general, única forma que pueda traducirse en dinero”. En este estado de cosas es que se encuentra con la cocaína. Tiene si se quiere, y aquí encontramos también otra de las versiones no académicas del niño freudiano, la posición del niño que se encuentra a las puertas del Complejo de Edipo: el joven investigador se convierte en un tramposo que busca seducir al gran público que aquí aparece como una figura del Otro materno.

En ese estado de frustración Freud, aquel joven investigador que trabajaba  hasta doce horas diarias en el laboratorio de Brücke, al estilo Breaking Bad, se autodiagnostica como neurasténico; término introducido en 1869 por el médico norteamericano George Beard, para dar cuenta de los padecimientos producidos por la civilización moderna, en particular la nerviosidad americana (no me voy a detener en esta cuestión de la autodiagnosis respecto al usufructo de las drogas, sólo la señalo). Estaba deprimido, no tenía fuerzas para trabajar, sentía que no le salía nada bien, padecía cansancio, desgano, apatía, trastornos digestivos, del sueño y la voluntad. Lo que también se concebía como fatiga o debilidad nerviosa. Lo que hoy en día se conoce también como burn-out. En este contexto se encuentra con la coca que venía a ser la panacea universal, el pharmakon, con que tratar la Neurastenia. Esto mucho antes de separar está entidad nosológica de la Neurosis de Angustia cuando incluya el factor sexual a las puertas de comenzar sus tribulaciones con la etiología de la Histeria. Si la versión académica plantea un recorrido freudiano que va de ésta a la escisión del yo en el proceso de defensa, aquí nos topamos con un encuentro previo de Freud con la patología nerviosa: la Neurastenia. 

Llega a sus manos en 1884 un informe escrito el año anterior del Dr. Theodor Aschenbrandt sobre la aplicación de cocaína a soldados que lo impresiona mucho. Y casualmente no lejos de Viena, Merck comienza a procesar el alcaloide, a un precio que, para Freud, era sideral pero que no estaba absolutamente fuera de su alcance.

Ernst Fleischl von Marxow, nueve años mayor que él, provenía de una familia adinerada, con una cultura general muy vasta, y como dijimos, era el investigador estrella de Brücke. Un dandi que no cargaba como Freud con dificultades de peso, en todos los sentidos de la palabra, a la hora de vestirse. Les cuento como lo describe Freud ante su novia: “guapo, sutil, dotado de todos los talentos, rico, formado en toda clase de ejercicios físicos, el sello del ingenio sobre unos brazos enérgicos…”, “…lo admiro y lo amo con una pasión intelectual, si me permites la expresión…”, “…apuesto, refinado, dotado de talento multiforme y capaz de formar juicios originales acerca de la mayoría de las cosas, ha sido siempre mi ideal y no me sentí satisfecho hasta que nos hicimos amigos dándome la posibilidad de disfrutar de sus muchos valores y habilidades”. Y de su dinero también porque junto con Paneth y Breuer era otro de los que con sus préstamos contribuían a su mantenimiento.

¿Qué le pasa a este tipo que era un ganador, como se dice, al que Freud quiere acercarse para hacerse amigo de él? Haciendo una disección de un cadáver se corta el pulgar, con tan mala suerte que se le produce una infección, con la complicación de que en la zona afectada aparecen neuromas, especie de tumores de las terminales nerviosas, que comportaban dolores terribles y que al menos para la medicina de la época eran incurables y sólo atinaba a amputar secciones del pulgar para aminorar los dolores. Esta contingencia por la cual se infecta de un cadáver, algo ni vivo ni muerto, algo que viene de lo muerto, y que empieza a vivir en su enfermedad Es impactante para todo su entorno, especialmente para Freud, como veremos. Lo único que tenía Fleischl para atemperar el dolor era la morfina y se convierte en un adicto a esa sustancia. Esto comienza antes de la partida de Freud del Instituto de Fisiología y de su encuentro con la cocaína. En otra carta a su novia confiesa que “su destrucción -en referencia a quien ya había aceptado ser su amigo- me conmoverá como habría conmovido a un hombre de la Grecia Antigua la destrucción de un templo sagrado, lo quiero, más que como a un ser humano, como a una de las más valiosas cosas de la creación, y tú no tienes ningún motivo para estar celosa”. Echando una ojeada al “templo de su habitación”, como la llamaba, se le ocurre que este hombre superior a él “…cuánto podía hacer por una muchacha como Martha, qué magnífico engarce podría proporcionar para esta joya…”, “… de cómo disfrutaría compartiendo de éste, su presunto enamorado, y como los nueve años que me lleva este hombre podrían representar otros tantos años de felicidad sin paralelo en su vida, comparados con los nueve miserables años de andar a escondidas que le esperan conmigo”. En este juego del señuelo vemos abrirse aquella trampa de la intersubjetividad, que no sin esfuerzos, localizará Lacan medio siglo más tarde.

Y para hacerles ver hasta qué punto la problemática transitivista está presente en estas cartas, quiero traer a colación el señalamiento de los primeros editores argentinos de los Escritos sobre la cocaína para quienes esta admiración evocaba las fórmula: “no soy yo quien lo ama, es ella”Fórmula que Freud despejaría años más tarde a propósito de quien será paciente de Paul Emil Flechsig, neuroanatomista que a los ojos del joven era el principal rival que tenía en la carrera por descubrir los secretos de la anatomía cerebral.

Ahora bien, podríamos simplemente pensar que todo esto no es el drama sino la comedia del sabio, tragicomedia que, parafraseando a Lacan en la Ciencia y la Verdad, no podría “incluirse a sí misma en el Edipo, so pena de ponerlo en entredicho”.

Ocurre que nada indica que el destino de las víctimas del drama subjetivo se inscriba sin más en el mito de Edipo. Y en este caso las víctimas son al menos dos, Ernst Fleischl Von Marxow y el propio Sigismund Freud. En otras palabras, ¿podemos leer el Complejo de Edipo purificado del Transitivismo y de la infección de la Carne?, ¿a qué precio? Creo que no es caprichoso que Lacan se tome veinte años para poner de relieve la problemática de lo prójimo y la relación intersubjetiva, desde muy tempranamente, con su texto sobre la Familia y antes de ese giro por el cuál enuncia que la eficacia del padre como central en la función simbólica no hay que buscarla en la escena familiar sino en la Otra Escena. Recorrido cuyos ecos llegan hasta el Seminario de la Ética del Psicoanálisis donde aborda el complejo del Nebenmensh (semejante/prójimo) que en 1895 Sigmund Freud postulará en su manuscrito Proyecto de Psicología para Neurólogos, un año después que Sigmund Exner se le adelante y publicara la primera parte de su Proyecto de un esclarecimiento fisiológico de los mecanismos psíquicos. Jones que obviamente estaba en conocimiento de ambos sólo dirá que el Entwurf de Exner es más difuso, desconociendo que hay un montón de nociones, tales como las de facilitación y de inhibición que ya están en el texto de éste y que son parte de una tradición que viene de Emil Du Bois-Reymond, Hermann Von Helmholtz y Ernst Brücke, entre otros. Ambos proyectos no son fruto de una inspiración individual sino que dan cuenta de un contexto de producción y de apropiación del saber de la época, apropiación, agrego, que se da en un marco de relación transitivista, de apropiación imaginaria del lugar del otro, que interroga respecto a las condiciones de la asunción simbólica, que en tiempos de la promoción del registro de lo simbólico por Lacan parecía que para sus discípulo será una cuestión saldada, al menos para la teoría. 

¿Qué causa entonces el decir que sostendrá a Freud hasta que la pluma caiga de sus manos al escribir sobre la escisión del Yo? ¿Qué posibilita que el transitivismo especular de sitio a esa nueva alteridad que constituirá Wilhelm Fliess, partenaire de su supuesto auto-análisis? Transferencia nunca del todo liquidada, y en esto el testimonio de Max Schur es invalorable, y cuyos ecos no se harán presentes solamente en la relación de Freud con sus enfermedades sino en su concepción de la transferencia que a mi gusto nunca se presenta más claramente como cuando se ubica en posición supervisante de Ruth Mack Brunswick.

¿Era posible ir más allá del mencionado transitivismo sin la Coca, ese objeto bizarro, motivo de censura, que termina incluso sustituyendo su patronímico, y que hará de Fleischl otra cosa que un amigo/enemigo? ¿Son esos extraños neuromas lo que hace de éste, otra cosa que un alter-ego?

Antes de seguir con otro cuadro de esta exposición quiero leerles un extracto del discurso de Sigmund Freud con motivo de recibir el Premio Goethe 1930. El mismo fue leído por Anna Freud: “…es inevitable que al familiarizarnos con la vida de un gran hombre nos enteremos también de circunstancias en las cuales realmente no se portó mejor que nosotros, en las que, en efecto, se nos aproxima humanamente…”

1884. Freud abriga la esperanza de escribir un ensayo sobre la droga y que ésta termine por ocupar un lugar en la terapéutica y así poder pensar en poner junto con Martha Bernays, su novia, su propia casa. La solución a base de cocaína pondría fin a todos sus problemas. Mientras tanto el encantador Fleischl ya se había transformado en un héroe y mártir de la fisiología, su vida se iba convirtiendo en una tortura interminable destinada a una dolorosa muerte lenta. Su enfermedad era un secreto a voces, que había trascendido el ámbito íntimo de esa pandilla de amigos, como la llamaba Jones, en vistas de la degradación física y moral en la que había caído. 

Para ese entonces ya había perdido las amables maneras de la vieja sociedad vienesa. El brillante conversador y estimulante profesor había tenido que recurrir a la morfina y se convirtió en adicto a ella. En una de esas noches insomnes donde Flieschl secretamente estudiaba física, matemática y más tarde sanscrito, Freud, que lo acompañaba, concibió la idea de aplicar inyecciones de cocaína para tratar su hábito a la morfina siguiendo la recomendación de médicos norteamericanos en la Therapeutic Gazete de Detroit. En ese entonces trataba de aplicarla al tratamiento de las enfermedades cardíacas y la fatiga nerviosa. Interés que se convertirá en una obsesión por la salud de su corazón durante toda su vida. A pesar de que todas las notas del más profundo dolor fueron pulsadas, como le confesará años más tarde a Jones, no obtuvo resultado favorable alguno. A partir de ahí sólo sabemos que vivirá seis años más, literalmente se lo traga el mundo. Permítaseme, una vez más, llamar a la ficción en mi ayuda e introducir una escena sobre la escena.

¿Cómo imagina Moira Armstrong este final abrupto? Un Freud anciano habla con su médico y le pide que no traicione su confianza y que cumpla con el pacto acordado años antes. En el trasfondo otra escena: el joven Freud se despide de Fleischl a punto de escapar raudamente hacia París luego de ser blanco de las críticas de la comunidad médica de Viena y especialmente de su protector Breuer quien en un comienzo había tratado a Fleischl, pero que cuestionaba la orientación que quería darle Freud al tratamiento. Fleischl, que interrumpe la confesión de palabra de Freud y le dice que él no va a morir ni por la morfina que le había administrado Breuer ni por la cocaína que le había suministrado él, sino porque se había contagiado, de un cadáver y le regala a Sigmund una de esas estatuillas que llevara consigo a Londres. Un pedido de eutanasia enciende el aire y nos deja en vilo.

Parafraseando a ese diablo enamorado de Jacques Cazotte, puedo llegar a pensar que ustedes encontrarán el desenlace demasiado brusco, hubiéramos querido que nuestro héroe cayese en una trampa cubierta de flores para que estas pudiesen salvarlo del sinsabor de la caída. ¿Seguimos?

Julio de 1887, en su artículo Anhelo y temor de la cocaína(14), Freud ofrecerá una réplica más bien tardía a todas las críticas, sobre todo las de Albrecht Erlenmeyer, quien lo acusó de introducir el tercer azote de la humanidad. Así, en su favor, Freud señalaba que por vía bucal la cocaína era inocua mientras que aplicada por vía subcutánea podía resultar peligrosa. Hace alusiones a sus trabajos anteriores donde señala la inyección subcutánea como causa del peligro que implica el uso de la cocaína haciendo caso omiso del trabajo que leyó en marzo de 1885 ante los miembros de la Sociedad Psiquiátrica, titulado Sobre el efecto general de la cocaína,  donde basándose en sus experiencias no duda “en recomendar su administración en inyecciones subcutáneas de 0,03 a 0,05 gramos por dosis, sin temor alguno de aumentarla, para las curas de supresión”. Y una vez más invocaba el caso Fleischl (sin citarlo) como el primer caso de morfinomanía curado por la cocaína. En 1897 excluye este artículo al confeccionar la lista de sus trabajos para el título de profesor. Tampoco se encontraba copia alguna del mismo en la colección que conservaba de sus escritos impresos. Parecía haber sido completamente omitido, censurado. El 28 de abril de 1885 un mes después de la conferencia, destruye todas las notas, resúmenes científicos, manuscritos y correspondencia de los últimos catorce años de trabajo, tarea que, le dice a Martha(15), lamentarán cierto número de desdichadas personas que aún no han nacido: sus biógrafos. En este circuito que llega hasta nuestros días, algo se constituye como secreto, mal le pese a Han Israëls quien tiene que aceptar que no termina de comprender totalmente lo que pasa aquí con Freud.

No puedo ni me parece pertinente detenerme en interpretaciones sólo recordar que en la noche del 23 al 24 de julio de 1895, diez años después de que a su amigo se lo tragó el mundo, el Dr. Sigmund Freud nos dice que halló el misterio del sueño. Cito:

“Nuestro amigo Otto ha puesto recientemente a Irma, una vez que se sintió mal, una inyección”. […] “Las inyecciones me recuerdan de nuevo a aquel infeliz amigo mío que se envenenó con cocaína. Yo le había aconsejado el uso interno de esta sustancia únicamente durante una cura de desmorfinización, pero el desdichado comenzó a ponerse inyecciones de cocaína”.

Ahora bien ¿qué nos dice el mismo Freud acerca de cómo debe interpretarse un juicio de desestimación (verwerfungurteil) semejante? Dirá que el mismo “…no tiene ningún valor de conocimiento sino el de una mera exteriorización de afectos…”(16) Entonces ¿qué es lo que surge en correlación con el hecho de que algo es omitido en la consideración del conocimiento? Sigo con Lacan ahora: la Causa. Siempre surge la Causa. “…Cada vez que se la invoca […] la causa es en cierto modo la sombra, la pareja, de lo que es punto ciego en la función del conocimiento mismo…”(17). Así frente a la obstinación de los filósofos en llevar siempre más lejos un discurso en el cual el sujeto no es sino el correlato del objeto en la relación de conocimiento, sostenemos, con Lacan, que ningún a priori logrará reducir esa función sin embargo esencial al mecanismo de nuestra vivencia mental. Y la narración que antecede intenta dar cuenta de la manera en que se le ha hecho carne al otrora Sigismund Freud la cuestión de la Causa, antes incluso de contribuir al debate de la causalidad etiológica de las enfermedades, propio de las Luces, al proponer separar la neurosis de angustia de la neurastenia. Entre 1882 y 1895, recorrió ese difícil camino por el cual se efectuó un No-dicho en su ser y devino esa suerte de parlêtre que tiene la dimensión del Inconsciente, ligada a la estructura más profunda del significante, estructura que no tiene nada de estructuralista ni saussureana y que despunta en el no saber nada de la anorexia mental. Pero como les dije, esto tiene más de una víctima.En otra oportunidad para seguir interrogando nuestra ligazón con él, les hablaré del drama subjetivo de Freud, de su enfermedad y muerte.

Sólo un anticipo. El último libro que tuvo Freud en sus manos antes de morir fue la piel de zapa de Balzac. Comentó que era lo apropiado para él porque se trataba del encogimiento y la inanición. 

Vuelvo a la Interpretación de los Sueños. Leo. Así estarás bajo los pechos de la sabiduría, más complacido cada día [Goethe, Fausto, parte I, escena 4] todo al revés que ahora, cuando los apetitos me acosan como plagas mientras sueño. Y por último surge el recuerdo de otro querido maestro cuyo nombre asocio […] también con algo comestible: Fleischl, {Fleish, carne}, y de una dolorosa escena en que las escamas de epidermis desempeñaron un papel […] [Sueño de las tres parcas](18).

Por últimos dos cuestiones, una de época. Nos encontramos en un tiempo de pasaje donde ya no se trata sólo de que el significante infecte la carne, si es que alguna vez se trató sólo de eso, sino, además,  de que la carne queda viralizada por la información. Queda pendiente cómo nos las arreglaremos con esto.

Segunda, un punto de discusión con Helga que parte de lo que creo es un campo común de preocupaciones. En La Carne Humana afirma que en el corpus del psicoanálisis contamos con el punto de inicio de la inmixión de lo simbólico en lo real en el sueño de la inyección de Irma. Creo que esa inmixión no es posible sin ese litoral entre lo imaginario y lo real que presenta el episodio de la cocaína. Sin carne no hay corpus, que por eso mismo queda cuestionado en su consistencia, y nos hace percatarde que algo huele a podrido en Dinamarca.

Esto que voy a compartir puede resultar ser una sorpresa para muchos de ustedes: la famosa trimetilamina, esa aséptica fórmula que Freud ve aparecer en gruesos caracteres, no lo hace por primera vez, también es esa cosa cuyo olor asocia a la Coca en julio de 1884 en “Über Coca”(19). Cito: “Además de la cocaína, las hojas de Coca contienen ácido cocatánico, una cera especial, y una base volátil de olor parecido a la trimetilamina, y que Lossen aisló en forma de un aceite viscoso de color amarillo claro”. A lo que agregará que como efecto ocasional la orina y las heces adquieren el olor de la Coca cuando es ingerida por un cuerpo humano sano.

Espero haber estado esta noche a la altura de esa dimensión de la verdad que el psicoanálisis pone en ejercicio, ahí donde la ciencia, cuando está constituida, pretende olvidar las peripecias de las que ha nacido. Retomando el programa esbozado por Lacan en la Ciencia y la Verdad que no teme incluir el drama de lo que sucede en el psicoanálisis aún a sabiendas de que pondría en entredicho al Edipo. Muchas gracias por su atención.


  1. Helga Fernandez. La carne humana. Una investigación clínica. Ediciones Archivida, Buenos Aires, 2022.
  2. Fernando Barrios & Sandra Filippini. De cuando Marx importunó a Lacan. Una genealogía posible del   plus-de jouir. Escolios ediciones numeradas, Montevideo, 2021.
  3. https://www.youtube.com/watch?v=nKWFmCIJCTM
  4. Sigmund Freud,  Sobre el efecto general de la cocaína en Escritos sobre la cocaína. Anagrama, Barcelona, 1980 
  5. Mauro Vallejo, La seducción freudiana (1896-1897) Un ensayo de genética textual. Letra Viva, Buenos Aires, 2012.
  6. Han Israëls, El caso Freud. Histeria y cocaína. Turner-Fondo de Cultura Económica, España, 2002.
  7. Siegfried Bernfeld, Freud’s studies on cocaine, (1884-1887), en: The Yearbook of Psychoanalysis. International Universities Press, New York, Vol. 10 (1954).
  8. Siegfried Bernfeld, Freud mira atrás: biografía y autobiografía. En: Escritos sobre la cocaína. Anagrama, Barcelona, 1980.
  9. Freud,  Dirección Moira Armstrong- Guión Carey Harrison. BBC, Reino Unido, 1984.
  10. José Schavelzon, Freud un paciente con cáncer. Editorial Paidós, Buenos Aires, 1983.
  11. Dr. Ernest Jones, Vida y obra de Sigmund Freud. Biblioteca de la Asociación Psicoanalítica Argentina. Editorial Nova, Buenos Aires, 1959.
  12. Oscar Cesarotto, Enrique Kasimiersky, Liliana Palumbo, Mario Pujó & Ricardo Scavino, Un affaire freudiano en Revista Psicoanálisis y el Hospital Año 8 N°16 «El Fármaco». Noviembre de 1999.
  13. Jacques Le Brun, El amor puro de Platón a Lacan. El cuenco de plata-Ediciones Literales, Argentina, 2010.
  14. Sigmund Freud,  Anhelo y temor de la cocaína  en Escritos sobre la cocaína. Anagrama . Barcelona. 1980.
  15.  Sigmund Freud, Cartas a la novia. Tusquets editor, Barcelona , 1973.
  16. Jacques Lacan, El Seminario Libro 10: Clase 17, del 8 de Mayo de 1963. Ed. Paidós, Buenos Aires, 2006.
  17. Sigmund Freud, La interpretacion de los sueños (1900) en Obras Completas tomo IV. Ed Amorrortu, Buenos Aires, 1996.
  18. Sigmund Freud, La interpretación de los sueños, Op. Cit.

Diego Yaiche psicoanalisis. Supervisor externo del Equipo de Niños del Centro de Salud Mental Mario Tisminetzky de La Matanza desde hace 15 años. Participó durante varios años del Seminario de Investigación Lecturas Cronológicas de Lacan coordinado por Jorge Baños Orellana. Coautor del Libro Interrogar el Autismo (hacer espacio del lenguaje) de Ediciones del Cifrado. Maestrando de la Maestría en Psicoanálisis USAL/APA. Y Productor y Conductor del programa Pulsión de Radio.



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