La travesía de un enunciado clínico. ¿Se atraviesa el fantasma? Por Ginnette Barrantes Sáenz

Foto de portada: Aun, de Marcia Madrigal Guardia.

Cuidado editorial: Delegación.


Introducción

En su Lacaniana, Jean Allouch desgrana lo suyo de lo de Lacan y de lo que otros le atribuyeron. En el posfacio La alteridad literal (2021), retoma lo que, en Costa Rica, en 1995, se convirtió en el punto álgido de un enunciado clínico: la travesía del analista (o atravesamiento del fantasma), que se convirtió luego en una teoría del final de todo análisis. En el argumento del seminario Analista de la fantasía o fantasía del analista (1996), realizado en París, retoma este tema, haciendo mención del seminario que recién había dado. ¡Donde hubo fuego, cenizas quedan! 

En este largo recorrido textual, trataremos de separar el grano de la paja, para mostrar el modo en que este analista “constructor de sentido” se establece cómodamente allí donde el analizante podría ser “lacanizado”. ¿Cómo dicha “fantasía del analista” podría distinguirse de la escritura del caso psicoanalítico y en el de la ficción literaria?

La fantasía freudiana

¿Se puede atravesar un fantasma (la traducción que se ha propagado en castellano del término freudiano “fantasía”)? ¡Claro que no! Eso contesta Guy Le Gaufey (2021) en su libro El caso en psicoanálisis. Ensayo de espistemología clínica, en el apartado “Valor axiomático del fantasma”, donde destaca que para Freud y Lacan no se tratará de la misma cosa esta teoría que corrió, como agua bajo el puente, como un “atravesamiento del fantasma”, en el final de análisis.

No solamente no se atraviesa, sino que se presenta como “una frase”, dotada de un mínimo de gramática. Para Freud, se organiza poniendo en juego las naderías (Nichtigkeiten), elementos diversos puestos en una misma escena, que se reducen a dicha frase. Dichos elementos, son tanto escenas traumáticas como fragmentos vividos que se recomponen. Por ello, recalca que para el sujeto tiene un valor axiomático, es decir, debe ser tomado “literalmente” (según Lacan, en la sesión del 21 de junio de 1967) y, por lo que se hace necesario, no “atravesarlo”, sino más bien localizar su valor y sus operaciones lógicas dentro de cada estructura. Es decir, buscar las leyes de transformación que le garanticen su sitio como un axioma, en la deducción del discurso inconsciente, para cada análisis. 

¿Cómo fue que adquirió este valor de verdad intrínseco? ¿Por qué se le asignó esa connotación de verdad? Veamos sus consecuencias para el amor, ya que, ligado a la imagen especular, i(a), tiene una potencia de imprinting y con ella la dimensión de trampa, ligada al amor en su doble relación al narcisismo y a la verdad. ¿Se trataría de despojarlo de esta potencia? Para nuestra sorpresa, este enunciado tiene una larga data y recorre un cierto freudolacanismo y el espíritu de varias rupturas y exclusiones.

De manera que retomar, treinta y ocho años después, lo que sigue sobre la mesa en el apartado “Fantasía” del posfacio Alteridad Literal (Allouch, 2021a), dirigida a un público hispanoamericano, en español, ya que en la edición francesa toma verdaderamente su lugar de posfacio, y no de un libro, aclara mejor este recorrido y obliga a retomar muchos textos que no podríamos recorrer en este espacio. Lo que nos aclara, con este modo de retomar, es lo que había venido ya diciendo en la edición castellana de Letra por letra (Allouch, 2009), con un cierto dejo de decepción y hasta de desesperanza, donde el autor interviene su texto desde el Prefacio, aclarándonos que se negó a hacer “conceptos” y optó por operaciones que alojaban su tríptico Transcribir, Traducir y Transliterar (TTT), entre los planos del Real, Simbólico e Imaginario (RSI) lacaniano. ¿Cuántos han sabido regirse por esa tríada, que la nota del traductor emparenta con el antídoto que preparó Galeno? Sin embargo, ¿no será que los lectores prefieren masivamente los conceptos, más que esta operación en acto? 

Su decepción remite más al imperio de la traducción y al modo en que se ha perdido en el “pasaje de lenguas” la alteridad que toda lengua vehiculiza y también todo texto: “Una lengua está hecha de pliegues y repliegues y no solamente de un léxico y un uso gramaticalmente regulado por el léxico” (Allouch, 2009, p. 12). Pero ¡sorpresa! Agrega allí también la desesperanza de la poesía. Su decepción no se aloja en lo intraducible, sino en la recepción y en el uso de la transliteración que aportaría algo nuevo, y recuerda que la escritura “posee algo muy seco, árido, algo que, por no virar hacia la persecución (se trata ampliamente de ello en esta obra) exige despojarse de un modo demasiado intenso del pensamiento” (Allouch, 2009, p. 13), cosa con la que acordamos plenamente.

¿Y no será que hay algo de esa “persecución” en lo que ocurrió con estos lacanismos que construyen teoría en vez de poesía? Para despojarse de ese modo en que se trafican ciertos enunciados clínicos, de nuevo retoma a Lacan —sin intervenirlo, ni esclarecerlo, agregándole lo que le falta—, con una frase que parece más una sentencia: a Lacan lo suyo y a los lacanianos lo que ellos mismos fabricaron (Allouch, 2021a, p. 63).

El “atravesamiento del fantasma”

Justo en ese “atravesamiento del fantasma (¿la fantasía?)”, alojaron el final de partida de todo análisis, sin la particularidad de cada uno, y así devino una “fantasía del analista”, que más que un antídoto parece un consuelo a quienes se preguntaban por el destino de sus análisis, cuando las expulsiones y las divisiones trataban de delimitar las fronteras de sus territorios, de sus instituciones. En su texto, Allouch es claro en que en Lacan se encuentra una única ocurrencia de esta “travesía de la fantasía” (Allouch, 1998, p. 107) que se extendió, tras su muerte, como un rumor llameante, recurriendo a una respuesta fuera de la experiencia misma del análisis. Entonces, habitado por una intención de curar y de atravesar dicho fantasma, ese analista quijotesco no podía menos que descuidar su función, obturando ese “más allá”, es decir, su travesía o atravesamiento, nada menos que ese final tan pretendido. 

En Córdoba, en 1997, dos años después de su visita a Costa Rica, Allouch afirmó que un grupo de alumnos de Lacan logró descartar la erotología, sustituyéndola por una teoría lacaniana que nunca existió en Lacan (Allouch, 1998, p. 83). Tal sustitución, operó una desviación que es la que retomará nuevamente en el apartado “Fantasía”, del posfacio Alteridad Literal (2021). El autor llamó “una construcción redoblada” a este movimiento de apoyarse en un fragmento de uno de los seminarios de Lacan, para alojar allí una teoría del fin de análisis que tiene consecuencias epistémicas y clínicas en el ejercicio analítico. 

Desde entonces, mucha agua ha corrido bajo y sobre el puente, pero: ¡donde hubo humo, cenizas quedan! La introducción de un “atravesamiento del fantasma” como final de análisis, en el momento de disolución de la École Freudienne de Paris (Escuela Freudiana de París, en 1963), cuando ocurre una expulsión y luego con el inicio de su enseñanza, los alumnos de Lacan van creando distintas posiciones, no sólo respecto al texto de Lacan, sino también en lo que concierne a su exclusión de la International Psychoanalytic Association y, luego, con la disolución de la Escuela Freudiana de París y su muerte, se entroniza el tema del “fin del análisis” con mayor urgencia. Por ende, devolver a “Lacan lo suyo” y a cada alumno “lo que fabricó” con su fantasía es una operación de lectura y un ejercicio que se despoja de este “pensamiento lacaniano” para retomar a Lacan desde una alteridad literal. Veamos cómo se fabricó este embrollo.

El llamado “nudo del fantasma”

El “nudo llamado del fantasma” (destacado del autor), llega incluso a ser nominado como “otra escritura del fantasma y del troquel en la fórmula de la fantasía” ($ vel a ), sin que exista en Lacan más que una mención, tal como ya lo dijimos. En la V sesión (del lunes por la mañana) del seminario sobre la erotología de pasaje, Allouch (1998) plantea que tal denominación proviene de lo que Pierre Soury llama “cadena de Whitehead” u “ocho interior”. Esta denominación fue realizada por algunos alumnos sin que ni Lacan ni Pierre Soury hayan intervenido en lo que desembocaría luego como una nueva “teoría del atravesamiento del fantasma” en el final del análisis. Esta pseudo-teoría sostiene la evicción del estatuto erotológico del psicoanálisis, con algunas consecuencias para el sujeto erótico en la clínica. De ahí, la importancia de devolverle a los lacanianos lo que fabricaron.

Veinticinco años después, en el posfacio, Allouch (2021) retoma dicha invención que los lacanismos produjeron. Fantasma, en castellano, no es fantasía; por lo que, más bien, pasa al castellano al modo de una fantasmagoría o de una leyenda, que nada tiene que ver con la fantasía freudiana, hecha de restos, fragmentos y residuos. El 16 de octubre de 1980, (según cita Allouch fue retomada por Erick Porge, en Littoral no.5, en junio de 1982), se realiza una referencia al seminario de Lacan del 17 de febrero de 1976, de las dos cadenas presentadas en dicho artículo, pese a que en Lacan la apoyatura de esta invención se realiza sobre una única cita, durante la sesión del 24 de junio de 1964. El forzamiento consistió en denominarlas como una “terminología de Lacan” (sin que fuera citado) y tomar a Pierre Soury como una figura de autoridad, más que como un basamento literal. 

De ese modo, se transcribe el curso de Soury, del 20 de noviembre de 1980, como si fuera suya la “cadena llamada de la relación sexual y la llamada de la no relación sexual (o del fantasma, o de Whitehead)” (Allouch, 1998, p. 109). Un paquete de nominaciones que vienen justo al lugar de una imposible escritura de la relación sexual, para hacerla posible y obturar la división del sujeto, al deshacerse del objeto pequeño a . Al bloquear este pasaje del “No hay” por “hay relación sexual”, se obtura el estatuto erotológico del sujeto. Además, un punto importante para el autor es que esta consecuencia hace imposible verter la analítica del lazo (lien) en la del lugar (lieu). Esta operación fue realizada desconociendo que Mayette Viltard, en junio de 1982, también había trabajado esa misma cadena de Whitehead, sin llegar nunca a denominarse como “cadena del fantasma”. Será entonces Erik Porge, en esa misma fecha, quien reescribe la fórmula del fantasma, atribuyéndose a Lacan en relación con esa “travesía del fantasma” (según cita Allouch en Delenda no. 4 “Atravesar el fantasma”, en enero de 1981). ¡El tráfico textual estaba hecho! Las razones contextuales son muy complejas.

Otra consecuencia de este forzamiento consiste en la conjetura acerca de si el objeto pequeño a (causa de la división del sujeto) se separa o no, en la travesía de ese objeto y, entonces, la división del sujeto desaparece. Se recurre de nuevo al ocho interior sobre el plano proyectivo, al troquel y al vínculo separación/alienación del seminario Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis de Lacan [1964] (1989). Nótese que el contexto de ese seminario es el de la ruptura de Lacan con la IPA y de su mal llamada “excomunión” (Miller, 1976). El troquel es leído como corte (no como relaciones lógicas) bajo el amparo de indicaciones de Lacan. ¿Por qué en un momento posterior de disolución de la Escuela Freudiana de París funcionaron tan bien estas atribuciones teóricas retrospectivas? ¿Qué tiene que ver con la enseñanza de Lacan y los lacanismos que surgieron en distintos momentos de la ruptura y de su muerte?

¿Cuál es tu Lacan?

Casi a manera de chiste, durante el coloquio, surgió esta pregunta que trae esta caricatura de los lacanismos en un mercado epistémico y clínico.

Con El goce, ¿de verdad? de Darian Leader (2021), se despejan algunas cuestiones, como ¿qué o quiénes son los lacanianos? Para ello, destaca el modo en que ciertas nociones freudianas se presentan como corregidas por Lacan e incluso se crearon nombres sofisticados como: “Clínica de lo real”, “Clínica del amor”, “Clínica del goce”, etc., que se extendían en el bazar de los lacanismos, tras una utilización perezosa y repetitiva que abre fácilmente las puertas a los binarismos. Destacaremos que dichos binarismos poblaron ese “pensamiento lacaniano”, pleno de modelos binarios muy accesibles y cuyos subterfugios se podrían resumir, con el autor, de esta manera: tomar retazos y señalamientos displicentes de los seminarios y escritos como sinécdoques (el todo por la parte) de teorías diferenciadas, dando lugar a ese cierto Lacan como una referencia de autoridad, más que a una lectura literal. 

¿Qué implican esos nuevos usos que convierten en conceptos (y binarios) lo que no está dicho ni escrito en Lacan? Darian Leader (2021) concluye que es necesario conservar la pluralidad de los conceptos, más que convertirlos en términos polivalentes, que pasan de los claroscuros a las sombras conceptuales, para encubrir las opacidades de sus diferencias en el ejercicio analítico. En resumen, hubo dos efectos de este modo de recuperar a Lacan, sin leerlo a la letra. Uno es la desviación del estatuto erotológico del psicoanálisis y el otro corresponde a la propagación de los lacanismos en dos momentos distintos: el de la mal llamada “excomunión de Lacan” y el otro, el Lacan fetichizado de Caracas 1980, donde se propaga un modo de esa lacanización para latinoamericanos.

Además de esos dos, Allouch (2021) le agrega el momento de disolución de la Escuela Freudiana de París, donde el dilema era si prolongar los rasgos de escuela anterior o fundar algo nuevo. Este momento de “flotación” toma a algunos con la pregunta sobre el cierre de su análisis y acerca del modo en que podría llegar un final a esos análisis en curso. Este punto requiere un largo recorrido del seminario La lógica del fantasma y sobre el valor axiomático del fantasma.

De la frase a la escena y de la lógica al cuadro

Por otra parte, Allouch (2021) va a remarcar no las operaciones de este axioma ni su imposibilidad de atravesarlo (como los molinos de viento), sino la novedad de esta nueva alteridad literal, que sería el pasaje de la fórmula algebraica a la escena, es decir, la novedad de que estas “naderías freudianas” (las boronitas) son una fantasía-escena; en otras palabras, están enmarcadas en un cuadro que es mirado. La fantasía, entonces, tiene un marco, es un cuadro o imagen, y de ahí toma su estatuto erotológico. La escritura de la fórmula ($ vel a), junto con ese “nudo llamado de la fantasía”, contribuyeron a obturar al sujeto dividido, al proponer que se desprende del objeto y restaura su división.

La fantasía como escena de Pegan a un niño (Freud, 1919) y sus tiempos lógicos, en el III tiempo “Me pega mi padre”, al ser dicha a alguien, reconduce a los tres de partida:

Como sea, sigue siendo cierto que, al escribir $ vel a, Lacan selló una situación en dos términos. Al introducir esta terceridad, recupera y lee de otra manera esas relaciones lógicas del vel, entre el sujeto y el a. Y lo hizo provocando el efecto, no problematizado, que es evacuado entonces desde este alguien que es el espectador, en la dimensión escénica de la fantasía: la imagen vista de un niño al que pegan (Allouch, 202, p. 69). 

Salimos del binarismo que la fórmula algebraica enmascara, para ir hacia “imagen vista”, la escena fantasmática que es dada a ver a un espectador y que es tríadica.

El analista-narrador y la escritura como un ejercicio de apprivoisement

Sobre la fábrica del caso, Guy le Gaufey (2020) destaca que la “forma narrativa” que se le atribuyó a Freud con sus casos clínicos o historiales tenía desde antes una amplia tradición en otras prácticas, como el derecho o la práctica médica. En la casuística reciente, destacan las “viñetas clínicas” dentro de un enfoque narrativo que privilegia la singularidad llevada al modo de una ejemplaridad.

Por su parte, en Letra por letra, Allouch (1984) destaca que el viraje de la escritura en persecución requiere de adentrarse en el “abismo” que se deshace del soporte de un pensamiento, la locura de despojarse de toda representación que remita a la certeza de un referente o un objeto particular. Quizás, el vértigo de la página en blanco remita a esta vacuidad del sentido y su necesidad de un soporte ante la caída. 

El problema para dar cuenta narrativamente de lo que sucede en un análisis es la “exclusión del tercero”, tal como hemos destacado antes, apoyarse en esa figura que abre paso y a la vez empuja hacia afuera de las certezas de una lengua binaria y que Espósito (2009) llamó un “extrañamiento” que va fuera de los usos gramaticales y lógicos de la lengua. ¿No sería que empuja hacia ese “afuera del lenguaje” que Allouch (2021), con Foucault, denomina “alteridad literal”? 

Guy Le Gaufey (2020) no se decanta por esta alteridad dentro de la misma lengua, sino por la dificultad que implica la zona narrativa que parte de una experiencia donde el método freudiano no es testimonial, sino la asociación libre. El momento de la fabricación del caso no coincide con la experiencia de esos sujetos que no constituyen un entre-dos y que es opuesta a la generalidad y a la universalidad. ¿Quién debería narrar el caso: el analista o el analizante? No faltan experiencias diversas de esas narraciones, que incluso toman visos literarios y, en otras ocasiones, lamentables vetas comerciales de la identificación con un personaje que, aún tomado como un residuo de una experiencia que todavía no concluye, se reefica al analista-persona (su yo) o  el personaje (identificación), para situarse en el linaje de su dinastía distinguida.  

Otro problema que apunta este mismo autor es el de la investigación histórica que cuenta con archivos, donde el problema del acceso al referente (archivo) tiene un soporte que le está vedado al analista-escritor en su práctica y, por lo tanto, para este analista-narrador el acceso a la palabra del analizante solamente se da mediante esta terceridad, como acceso al tercero, una “zona enunciativa” y sus límites performativos. La relación analista/analizante no es compartida, un entre-dos, y la tercera persona no está invitada. Esta constituye una de las tensiones inherentes a la fábrica del caso y sus “zonas enunciativas” correspondientes. ¿Cuál es el “objetivo común”?

Por un lado, cuando el analista toma ese lugar de relator-narrador, dejando su función detrás del sillón, bien podría ser que invierta su lugar de “analista de la fantasía” por el de “fantasía del analista”, tal como lo planteaba Jean Allouch en un seminario en París, ya en 1996. Por otro lado, podría ser que el abuso en la llamada “formación del analista” de una casuística a manera de ilustración de una materia clara, lo conduzca solamente a transcribir, bajo ciertos ideales, lo que a veces raya en el esfuerzo imposible de decir con objetividad lo que ocurrió en un final de análisis, donde él mismo está tomado en y por una transferencia. O bien, podría este analista, mejor dicho, supuesto “analista de la fantasía”, desplazarse enunciativamente para volverse el narrador de lo que vivió como protagonista, es decir, construyendo su novela o personaje testimonial. ¿Qué tipo de producción narrativa podría constituir allí un “nosotros” (Allouch, 2021a, p. 47)?

La escritura del caso deviene, entonces, como ese caminante inexperto que cree dominar el bosque por el sendero conocido. Ese vacío que debe ser “excavado” pero no dominado es abordado por Leo Bersani (2008), en el prefacio de La mort parfaite de Stéphane Mallarmé, al referirse a la gran cantidad de estudios críticos enfocados en Mallarmé, sobre quien, en general y hasta ahora, la crítica ha tenido una tendencia a “domesticar la literatura”. Para ello, presupone una “opacidad interna del arte”, una laguna, un objeto lacunar sobre la cual penetra con el fin de esclarecerlos. Lo mismo se ha hecho con un sujeto psicológico convertido en el protagonista del caso, como un individuo al que se le desvelan sus profundidades. Con este modo de interpretar, el texto es tratado como si estuviera enfermo o fuera deficiente. Tal exégesis se ha convertido, ella misma, en los gestos de un imperialismo crítico, gestos de violencia que consisten en reemplazar “a la vertical” el texto mallarmeano borrado, esclareciendo sus enigmas, sus vacíos y lagunas, en vez de proceder según un movimiento “horizontal”, es decir, que lo dejaría operando desde sus posibilidades textuales mismas, sus agujeros y sus rarezas, sin obturarlas. Un cuerpo freudiano agujerado con sus propias posibilidades de creación desde sus lagunas textuales.

Ahora, podremos explorar dicha normalización, que consiste en invertir la relación entre crítica y lectura textual, con una lectura desde la alteridad literal que no hace desaparecer la radicalización del texto literario, no lo hace transparente buscando su comprensión o divulgación y no hace que se pierda su propia ilegibilidad, sino que la toma como un punto en su lectura. Cuando la lectura toma en cuenta la radicalidad de neutro, el resultado no es un borramiento de la textualidad, perdido en la escisión entre “escritura” y “crítica”. Se podría proponer que los lacanismos son esa “domesticación” del texto de Lacan y, por ello, es necesario “volver a Lacan”, es decir, retomarlo no desde los gestos de ese imperialismo civilizado.

En el régimen dialógico de la interlocución, la tercera persona es la única que conserva el plural y el singular al mismo tiempo. Tal como lo señala Espósito (2009), no es ella en sí misma una persona, como el yo o el tú, sino que tiene un régimen distinto de sentido y, por ello, Blanchot (2008) la identifica con la “figura enigmática del neutro” y su largo recorrido que procura sustraerse de una personificación: “Neutro no es algún otro que se agrega a los dos primeros, sino aquello que no es el uno ni el otro, aquello que rehúye todas la dicotomías fundadas o presupuestadas en el lenguaje de la persona” (Esposito, 2009, p. 30, itálicas destacadas por el autor). Al romper el modelo dialógico, se sitúa mejor el lugar del “afuera” y Blanchot (2008) opondrá a ella la “escritura”; en ella no se habla del neutro, sino que dirige al neutro, para hacer hablar al neutro (destacado por el autor). 

Allí, tanto el autor, como el personaje podrían inscribirse en el régimen impersonal del “Se”. Sin embargo, esta depuesta del “yo” en beneficio de un “tú”, requiere de una acción sin sujeto y de un acontecimiento que no esté de antemano predicado. El neutro no es lo mismo que lo neutro; pero esta acción sin sujeto, que tampoco es objeto, es difícil de localizar, pues es externa, no solo a la gramática y la lógica, sino también al lenguaje: no es uno u otro, sino ni uno ni el otro, es “neutro” (ne-uter), continúa el autor, refiriéndose a su larga tradición literaria (R. Barthes, M. Blanchot y G. Bataille) y que no vamos a desarrollar aquí, donde lo que interesa destacar es el horizonte nuevo de sentido que se despliega respecto a ese “Yo” convertido en sujeto y al “Único-singular” opuesto a un Universal y sus ilusiones. 

Sobre la escritura, Roland Barthes (1972) propone, en El grado cero de la escritura, que donde se produce esta ilegibilidad, es allí donde la escritura podría concebirse como un ejercicio de apprivoisement. Con sorpresa, notamos que dicho término fue traducido al español como una “domesticación”, es decir, en el pasaje de lenguas alojaron esa “vertical” que normaliza la escritura y la litura-sana,  curarse por la escritura, es decir,  domesticar el ejercicio de escribir, por lo tanto, obtura el neutral del que el mismo Barthes se ocupa.  

Veamos en Roland Barthes (1972) este término: 

Desde hace cien años, toda escritura es un ejercicio de domesticación o de repulsión, frente a esa Forma-Objeto que el escritor encuentra fatalmente en su camino que necesita mirar, afrontar, asumir, y que nunca puede destruir sin destruirse a sí mismo como escritor. (pp. 13-14, subrayado propio) 

Precisamente, esta destrucción del escritor que deviene autor y este ejercicio “d´apprivoisement” que es la escritura, se aloja en ese lugar donde no adviene un yo-tú o un sujeto de la enunciación, lugar del autor, sino de otra cosa que implica una transformación y que no se trata de una “domesticación”, sino más bien de la fatalidad de esa “Forma-Objeto” que debe destruir, en tanto que escritor.

Los antecedentes de este ejercicio ya los encontramos en La conversación infinita, de Blanchot [1969] (2008): 

el hombre, cada vez que es a partir de la posibilidad, es el ser sin ser. El combate contra la posibilidad es el combate contra el ser. (…) Lo cual viene a presentir que el ser todavía vela en la posibilidad, y que, si se niega en ella, sólo lo hace para presentarse de esta otra experiencia que siempre lo precede y siempre es más inicial que la afirmación que nombra el ser, experiencia que en la antigüedad sin duda reverenciaban bajo el título de Destino, aquellos que desvía de toda destinación, de toda meta, y que nosotros intentamos nombrar más directamente hablando del neutro (subrayado mío). (pp. 58-59)

Este “Ser sin ser”, donde el ser vela solo en la posibilidad, si se la niega, es para presentarse de esta otra experiencia que lo precede en su afirmación. Transformar el destino y la meta en este desvío de toda destinación al dirigirse al neutro. ¿Podríamos ubicar allí este ejercicio de “apprivoisement” que es la escritura para Barthes? Con Blanchot [1969] (2008), podemos concluir acogiendo esa “extrañeza”  (¿una alteridad?) que abre un nuevo horizonte de sentido, sin destino, que es un nuevo punto de llegada. No es solamente una relación distinta del sí mismo, con la lengua que ya no será dialógica, sino como en el tango, esa tercera pareja que surge en el entre del abrazo, entre dos: no  es lo que está en el medio, sino ese intangible que los reúne y los hace tres, en una burbuja que no aísla, sino que los conecta en un lazo que no los oprime en el dos. Los reúne para dispersarse en el transitar por los acordes donde el dos-abolido-por-un-tres, no hace uno, sino un abrazar donde las letras del tango Todo es amor resuenan en cada quien: 

¿Quién le dio a mi voz el acento de tu voz?

¿Quién llenó de luz largas horas de ansiedad?

Y como  el “Todo es amor” no basta, le responde  el otro tango Vida mía:

Ya parece que la huella 

Va perdiendo su color

Y saliendo las estrellas

dan al cielo todo su esplendor

Y de poco a poco

luces que titilan

dan severo tono

mientras huye el sol

Y en ese ocaso, donde las huellas pierden su color, el tango vuelve a recordar quién construyó y quién la lee como destinación: De esas luces que yo veo / ella  una la encendió.

Bibliografía

-Allouch, J. (1998) El psicoanálisis, una erotología de pasaje”. Córdoba, Argentina: école lacanienne de psychanalyse.

-Allouch, J. (2009) Letra por letra. Traducir, transcribir, transliterar. Ciudad, México: ècole lacanienne de psychanalyse.

-Allouch, J. (2021a) Alteridad Literal. Posfacio 2021. Letra por letra. Ciudad, México: EPEELE, école lacanienne de psychnalyse.

-Allouch, J. (2021b) Posface 2021. L´altérité Littèrale. París, Francia: EPEL.

-Barrantes, G. (2021) El zorro analista y el alumno erizo. Me cayó el veinte. (43/44), pp. 141-152.

-Barthes, R (1972) El grado cero de la escritura. México: Fondo de Cultura Económica.

-Barthes, R (1973) Le degré cero de l`écriture. Paris, Francia: Seuil.

-Bersani, L. (2008) La mort parfaite de Stéphane Mallarmé. París, Francia: EPEL.

-Blanchot, M. [1969] (2008) La conversación infinita. Madrid: Arena Libros. 

-Centre National de Ressoucers Textuelles et Lexicales (CENRTL) (2012) Apprivoiser. Recuperado de https://www.cnrtl.fr/definition/apprivoiser

-Esposito, R. (2009) Tercera persona. Política de la vida y filosofía de los impersonal. Buenos Aires, Argentina: Amorrortu editores.

-Lacan, J. [1964] (1989) El seminario. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Argentina: Paidós.

-Leader, D. (2021) El goce, ¿de verdad? México: Grapas == me cayó el veinte, école lacanienne de psychanalyse,

-Le Gaufey, G. (2020) El caso en psicoanálisis. Ensayo de una epistemología clínica. Córdoba, Argentina: école lacanienne de psychanalyse.

-Miller, J-A. (1976) Escisión, Excomunión, disolución. Tres momentos en la vida de Lacan. Buenos Aires: Manantial.

-Murillo, C. (2021) Eloísa Vertical. Cali, Colombia: Los Tres Editores.

-Soury, P. (1984) Jacques Lacan. Cadenas, nudos y superficies en la obra de Lacan. Argentina: Xavier Bóveda ediciones.

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