Ficción teórica. Por Helga Fernández

Hace años un amigo me enseñó que cada lector es dueño de una técnica a la hora de leer, lo sepa o no. Para el caso, él lee todo como si fuera literatura. ¿En la Biblia no encontrás poesía, saga y narración?, me preguntó. 

Con su clave releí Memorias de un enfermo nervioso, de Daniel Paul Schreber. Antes de empezar hice un esfuerzo para dejar lo más afuera posible al Schreber de Freud y al Schreber de Lacan. Decidí, entonces, leer otros textos donde no está en duda el carácter literario y en los que sus protagonistas, coincidan o no con quien escribió, relatan su experiencia con la locura y el desarreglo de los sentidos. Empecé por Una temporada en el infierno, de Rimbaud, seguí con El matrimonio del cielo y el infierno, de William Blake, y terminé con Exégesis, de Philip Dick. Quería encontrar el clima, el tono, el color que me dejara entrar en Memorias…  sin el prejuicio de que fue escrito por un paciente psiquiátrico que pretende mostrarle al mundo que no está loco y obtener el levantamiento de la tutela por parte del Tribunal.

En La Otra escena, Octave Manonni, se pregunta por qué la obra de Schreber no forma parte de la literatura. Responde que no se incluye en la misma por su estilo o, más precisamente, a causa del género que hace de este libro algo semejante a un informe psiquiátrico o a un documento técnico, alejándolo –según él— de todo cariz literario. Pero asegurar que ese libro se reduce a un documento o informe es carecer de la sensibilidad para leer su poética y obviar que el autor da cuenta de una tradición del almicidio con Fausto, de Goethe, Manfredo, de Lord Byron y con El cazador furtivo, de Weber. Por otra parte, el estilo o el género no bastan para excluir de la literatura ninguna obra. Las normas de validación de lo literario son contingentes y arbitrarias, tanto como su definición. Quien afirma la literatura, no afirma nada. Quien la busca, sólo busca lo que escapa. 

La escritura de Schreber no es aséptica ni de una abstracción sin cuerpo. Un profesional intachable, de sólida ética prusiana, un día se encontró imaginando «qué bello sería ser una mujer en el momento de coger» y se arrojó a la escritura. Primero lo hizo en notas sueltas, dispersas, disgregadas, hasta que el doctor Weber le concedió el uso de un gran cuaderno de tela negra. Su trabajo podría ser considerado como una pregunta sobre el sentido donde el narrador trata de leer los signos que pueblan su vida, porque: ¿qué otra cosa hace que tratar de decir lo que le resulta indecible, mostrando y dejando ver el pasaje desde el agujero negro hacia el borde de lo articulable? También podría ser tomado como un libro de la verdadera ciencia: la ciencia ficción. Sólo que en lugar de ocultar, tras la trama que cuenta, la trama que habita, como Dick, la explicita. Su argumento se cifra en una frase, «El alma humana está contenida en los nervios del cuerpo», que se expande en elaboraciones sucesivas, apoyadas en referencias eruditas, sostenidas con la convicción de un teólogo, de un acopiador de mitos o un novelista antiguo, de los que creían en la verosimilitud de las representaciones. A partir de sus experiencias, plantea hipótesis, las corrige o descarta, incorpora nuevas reflexiones y se rinde ante evidencias, por lo que modifica suposiciones que parecían inamovibles.

La sistematicidad de su construcción y la coincidencia con la teoría de la libido llevó a que Freud escribiera: Queda para el futuro decidir si mi teoría contiene más delirio del que yo quisiera, o el delirio, más verdad de lo que otros hallan hoy creíble. Honestamente creo que lo que todavía hoy queda para el futuro, no es advertir que el grano de verdad del delirio hace psicoanálisis de alto vuelo, ni que existe un psicoanálisis delirante en el peor de los sentidos, sino reconocer que el psicoanálisis es una ficción teórica frágil y desmesurada. Un cruce quiasmático entre discursos, donde no siempre se sabe cuál predomina. Un pastiche de géneros que, en contadas ocasiones, transgenera hacia su singularidad, en la que se hace palpable que tanto en las matemáticas, como en la física nuclear, el poema, la metapsicología y el cuento, es necesario inventar.

A veces me pregunto por qué solemos apelmazar la literatura y el psicoanálisis y la escritura y el psicoanálisis, pero otras pienso que lo que nos atrae o repele mutuamente es que, en definitiva, cada uno de quienes estamos aquí o allá o allá y aquí intentamos enhebrar una subjetividad que a su vez es tomada como material para la creación de las condiciones de su surgimiento. Una subjetividad que nos hace vivir. 

Al final, Schreber, en el proceso de escritura compone un Él, que no es ni un tú ni un yo, ni un ellos ni un nosotros. Es una tercera persona que le otorga la posibilidad de que esas voces, que le hablan y no sabe qué le dicen, sean escuchadas por “él mismo” y por otros. Y como cualquier escritor que escribe por necesidad, desprendido del mundo como de la palabra que se le fuga, decide hacerle frente al silencio y al caos, y tartamudea y trata de inventar un orden simbólico en el que poder existir y él mismo es quien se inventa y da el salto mortal y renace. Y es otro.


#Este trabajo continúa en «Escrituras clínicas», de Victoria Larrosa, Horacio Medina, Fernando Montañez y Helga Fernández. Archivida, 2021.

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