Algunas flores más para el herbario de la misoginia. Por Helga Fernández.



Hay una genealogía de pensadoras que compuso el inventario de los procedimientos con los cuales la cultura desactiva el pensamiento femenino. La pieza fundante pertenece a Joanna Russ y se llama Cómo acabar con la escritura de las mujeres (1983).

El gesto de Russ es decisivo: no se pregunta si las mujeres escriben. Obviamente escriben, escribieron siempre. ¡Chocolate por la noticia! Se pregunta qué le pasa a esa escritura una vez producida. Y descubre que no le pasa nada azaroso: hay un repertorio de operaciones que cumplen, cada una a su manera, la función de hacerla desaparecer del archivo, del canon, de la transmisión. Del interior del territorio donde los señores bienpensantes disputan y convienen los valores de una obra.

Russ las cataloga. Está la prohibición pura y simple, en sus formas más burdas. Está la negación de la autoría —en realidad lo escribió un hombre, lo escribió con ayuda, escribió pero no debería haberlo hecho—. Está la descalificación del contenido, que admite la obra pero la convierte en documento personal, sentimental, o en literatura feminista. Está el aislamiento, que separa a la autora de otras autoras. Y está la excepcionalidad como elogio envenenado: celebrar a una para no tener que tomar en serio a las muchas.

Y como efecto acumulado de todos los casos: si las anteriores fueron borradas, las siguientes empiezan siempre de cero. Algo así como el sintagma lacaniano: la mujer se cuenta una por una. Pero aquí una por una no es solo posición lógica sobre la sexuación: es también mecanismo de borramiento de la creación intelectual femenina. Si cada mujer aparece sin que la anterior haya hecho serie, entonces el una por una deja de ser solo posición de goce y pasa a ser efecto del dispositivo de captura.

En El estudio y la rueca (1989) y luego en El sexo del saber (1998), Michèle Le Dœuff hizo el trabajo análogo para la filosofía. Lo que en literatura tomaba la forma de borramiento del archivo, en filosofía toma la forma de algo distinto pero hermano, como corresponde a toda fraternidad: la pensadora siempre leída como apéndice de un maestro, como discípula, amante o secretaria del filósofo varón. Le Dœuff la llama la operación Heloísa —por la figura medieval cuyo pensamiento quedó subordinado al de Abelardo—, y muestra que la institución filosófica admite mujeres siempre que su pensamiento quede ligado a, o derivado de, un magisterio masculino. Es un catálogo de una sola entrada, sí, pero esa entrada es estructural: nombra la condición misma bajo la cual una mujer puede pensar filosofía sin ser expulsada del campo.


Alrededor de estas dos piezas fundadoras la genealogía se expande. Genevieve Lloyd, en El hombre de razón (1984), mostró que la razón misma se construyó históricamente como atributo masculino en la filosofía occidental, lo que convierte a la mujer-que-piensa en una contradicción categorial. ¡Una mujer pensante, qué monstruosidad! Geneviève Fraisse, en Musa de la razón (1989), trabajó la exclusión de las mujeres del pensamiento democrático moderno como gesto fundacional, no accidental, de la modernidad política —la democracia, esa cosa que en su origen excluía a la mitad de la humanidad y se llamaba a sí misma universal—. Mary Ellmann, ya en 1968, había hecho un primer inventario, en Thinking About Women, de los modos de descalificación del intelecto femenino. En castellano, Celia Amorós y Amelia Valcárcel hicieron contribuciones afines desde la tradición ilustrada. Más cerca, Sara Ahmed, en Complaint! (2021), describe cómo la queja institucional de mujeres dentro de la academia se devuelve como problema personal de la quejosa: el mecanismo más actual de la operación, vestido del lenguaje contemporáneo de los recursos humanos.

Quisiera agregar a esta lista —que, lejos de acotarse, cada día progresa en hipocresía y complejidad— otro ejemplo de captación.
Hay cuatro palabras que toda mujer que ejerce prácticas donde los hombres son los más prestigiados —o donde los hombres son el género prestigiado, directamente— llega a conocer de memoria. Llegan como florcitas que una tendría que agradecer: qué amable, qué copada, qué generosa, qué trabajadora. Aparecen después de un mail, de una mesa, de un texto editado, de una clase, de la publicación de un libro. A veces incluso en ramo, todas juntas, atadas con una cintita de elogio. Aparecen, sobre todo, en el lugar donde podrían haber aparecido otras —qué bien pensado, qué hallazgo, qué giro, qué bien trabajado— que en el mismo campo, qué curioso, circulan hacia otros destinatarios. No es que no te reconozcan. Te reconocen muchísimo. De hecho son tan amables que han estado dispuestos a dejar de hablar entre ellos cinco segundos enteros para acercarte tu regalo.


Me voy a detener a observar este herbario decimonónico.


Espécimen primero. Qué amable. La decana del catálogo, la que estaba ahí desde el principio del jardín. No dice nada sobre lo que pensaste, lo que escribiste, lo que editaste; dice más bien que todo eso que hiciste lo hiciste por atenta, por educada. No trabajaste porque pensaste algo, porque tenias una posición, porque te interesaba el problema. Trabajaste porque sos buena chica.


Espécimen segundo. Qué copada. La sobrina millennial de la anterior, más moderna, más entre iguales, más de barra que de salón. Por un momento puede sonar incluso a elogio. Pero invisibiliza, por ejemplo, que el modo del lazo que practicás lleva años de una composición que también se hace leyendo, estudiando, articulando, ensayando. Copada convierte ese trabajo en personalidad. Lo que es elaboración aparece como forma de ser. Saltea el hecho de que el modo en que una mujer ejerce su posición es ya la teoría que sostiene.


Espécimen tercero. Qué generosa. La elegante del herbario, la que viene en cursiva. Lo astuto de esta flor en particular es lo que hace con tu trabajo. Editaste un texto cinco horas, devolviste tres páginas de notas conceptuales, marcaste un problema de argumentación; del otro lado del mail, todo eso se procesa como una expresión espontánea de tu buen corazón. Generosa convierte el trabajo intelectual en don. Y los dones no se citan en bibliografía: se agradecen en notas al pie. Por eso, donde podría decir Sultanita (2026), suele decir, con mucho cariño eso sí, gracias a Sultanita por su generosa lectura. La gratitud —que, hay que decirlo, a veces ni siquiera aparece— te ahorra la cita.


Espécimen cuarto, el más interesante para la botánica y el botánico atentos. Qué trabajadora. Parece la más respetuosa de las cuatro, porque a primera vista reconoce algo que las otras esquivan: que ahí hubo trabajo. Pero el detalle es que reconoce el trabajo en la peor de sus dimensiones posibles. Te elogia las horas, la dedicación, el esfuerzo, la constancia.                 —cualquier cosa menos las articulaciones—. Es el adjetivo con el que históricamente se ensalzó al esclavizado, al explotado, a la alumna del fondo que aprueba por insistencia. Al varón pensador se le dice agudo, original, audaz. A vos se te dice trabajadora, como si pensar fuera fichar. Trabajadora convierte el pensamiento en aplicación y buena conducta.


Pero lo más triste es que el ramito de beatitudes te deja regocijada y amarga, agradecida y angustiada. Sin manera elegante de quejarte. Porque acá viene lo brillante del artilugio misógino: todo es cierto. Una es amable. Es copada. Es generosa. Es trabajadora. No te están mintiendo. La operación no funciona por mentira sino por una iluminación muy bien calibrada. O mejor: por degradación de la capacidad construida durante años a la personalidad propia de la santidad femenina. Lo otro —el trabajo conceptual, la apuesta teórica, la invención, el sostén de los sitios, los modos del lazo distinto— queda en sombra discreta. No lo niegan, faltaba más. Solo no lo ven. O lo ven y se distraen. Es selección, no calumnia.


Pero este herbario, por más completo, solo nombra lo que se aprecia desde afuera. Describe la especificidad de los pétalos, no responde la pregunta más incómoda: por qué funciona. Porque es necesario aceptarlo: la operación funciona, y funciona desde hace siglos, en campos enteros, sobre mujeres que no son ingenuas, que ven el dispositivo, pero que sin embargo lo aceptan. Algo, del lado de una, hace que una se sonroje y reciba el ramito condescendiendo al requerimiento de humildad. Sin embargo, este movimiento del lado de una no solo flaqueza individual sino inscripción del mismo dispositivo en el lugar donde una se cree propietaria de su deseo. Y ese lugar íntimo, donde el ramito encuentra un florero como centro de mesa, es lo que esas dádivas del patriarcado necesitan para seguir triunfando.


Esa pregunta —qué hace, del lado de una, que el ramito encuentre dónde quedarse— tiene una página célebre en la literatura del siglo XX, y es de Virginia Woolf. En 1931, en una conferencia para la Sociedad Nacional para el Servicio de las Mujeres, Woolf cuenta lo que tuvo que hacer para poder escribir: matar al Ángel del Hogar. La figura viene del poema victoriano de Coventry Patmore —el ideal de mujer doméstica, entregada, comprensiva, sin opiniones propias, siempre al servicio del confort de los otros—. Woolf describe al Ángel entrando a su habitación cada vez que ella se sentaba a escribir y susurrándole al oído: sé encantadora, sé tierna, halagá, mentí, usá todas las artes y astucias de tu sexo, nunca dejes que nadie sospeche que tenés una mente propia, sobre todo, sé pura. Y Woolf cuenta, con la calma desconcertante de quien narra un crimen necesario, que tuvo que matarlo. Lo dice así, sin metáfora: en defensa propia. Si no lo mataba ella, el Ángel la mataba a ella.


Pero en esta misma  página, sobrevienen unas líneas todavía más extraordinarias. Woolf cuenta el asesinato del Ángel y hace algo que casi nadie hace: confiesa que esa fue la parte fácil. Que matar al Ángel del Hogar le costó lo que le costó, sí, pero fue la primera lucha —y la primera lucha, dice, las mujeres podemos ganarla. Hay una segunda, mucho más difícil, que ella misma —subraya— no resolvió. Y la nombra así: decir la verdad sobre las pasiones del propio cuerpo.


Hay una tradición de leer esa segunda lucha como referida a la sexualidad, y no es lectura forzada. Woolf escribe en 1931, en una sociedad que no autorizaba a una mujer a decir su deseo erótico en primera persona. Pero el texto, leído al pie de la letra, dice pasiones en plural, sin especificar. Y entre las pasiones que a una mujer no le es dado decir en primera persona, sin pagar costo, está también esta otra: la pasión de escribir; la pasión de pensar. El querer hacerlo con todas las fuerzas, con todas las ganas, como un deseo fuerte. Muy fuerte. Irrenunciable. Pensar, cuando es una verdad del cuerpo, es una materia viva e ingobernable que se resiste a la docilidad. Y es ese goce —un goce que prescinde del Otro para justificarse— lo que resulta intolerable. Las flores de este herbario son el intento de atemperar esa tensión deseante: necesitan que la pasión sea ‘útil’, que el hallazgo sea ‘servicio’ y que la potencia quede reducida a simple buena conducta. Eso —decirlo así, en primera persona, sin disfraz de servicio ni de vocación delegada ni de don generoso— es la verdad del cuerpo que la operación de la limosna simbólica desactiva. Porque las cuatro flores, leídas desde acá, hacen justo eso: convierten el deseo de pensar en disposición a servir, la pasión de escribir en buena conducta, el querer-hacer-obra en personalidad agradable. No te niegan la pasión: te la traducen a otra cosa. Te visten de modocita pero te despojan de tu hacer, te atavían de gracias pero encubren lo indómito de tu necesidad.


Pero por favor, no seamos demodé. El club que sostiene esta traducción no es solo el club tradicional, el old boys club, el de la mesa de bar trasnochada con whisky y otras sustancias o el de la muchachada de la esquina arrabalera. Hay también una versión actualizada, más difícil de identificar porque usa el vocabulario correcto: hombres respetables que se dan prestigio entre ellos por su sensibilidad, por sus lecturas vanguardistas, por su buen lugar respecto del problema         —usando a las mujeres como tema sin cederles posición de autoridad—. La operación de la limosna simbólica también se ejerce, y a veces se ejerce mejor, en lenguaje inclusivo. De hecho, si hubiera que asignarle al club actualizado una de las cuatro flores, sería la tercera: generosa es la única que el aliado puede ofrecer sin riesgo de sentirse misógino, y opera con la misma eficacia que las otras tres.


Sin embargo, hay una pasión en tanto verdad del cuerpo que no necesita siquiera de ese club —ni del clásico ni de su versión actualizada— para existir. Pasa sin pedirles permiso. No los enfrenta: prescinde. Y prescindir es lo único que el club no puede tolerar, porque el club tolera muchas cosas. Tolera la queja —la convierte en problema personal—. Tolera la denuncia —la convierte en identidad—. Tolera incluso la confrontación —la convierte en escándalo del que ellos comentan—. Lo único que no tolera es que una pase sin necesitarlos. Porque el club se sostiene en que todos los que producen pensamiento tengan que pasar por él para legitimarse, y prescindir es lo único que le quita el lugar de árbitro. Lo que Woolf dejó como pendiente —decir la verdad del cuerpo, decir lo que hierve sin autorización— casi un siglo después tiene esta forma posible: una pasión que se enuncia en primera persona y se desentiende del circuito de validaciones, viejas como el hombre —el único espécimen que tiene una antena colgante que, pese a lo que a veces puede parecer, solo apunta a sí mismo—.

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Postfacio (o la operación en vivo)


Mientras escribía este texto  pasó por mi feed un caso en vivo y en directo. Alguien, un hombre, había compartido un libro de Adriana Cavarero, Horrorismo. Y debajo, un señor.        —quien debe escribir nada más que la lista del supermercado— escribe en relación al trabajo de la filósofa: Retórica vacía y plumbea para definir algo tan consustancial al orden natural como es la violencia.


Tres líneas. Toda la operación.


Primero: retórica vacía y plumbea. La doble vara en estado puro. No discute la tesis, descalifica el estilo. Cuando un varón escribe denso se llama riguroso; cuando una mujer escribe denso se llama plumbea.


Segundo: consustancial al orden natural. La naturalización, que es una entrada clásica del catálogo. La violencia es naturaleza, no historia. Lo que Cavarero —que escribió Horrorismo (2007) e Inclinaciones (2014) precisamente para desarmar la naturalización de la violencia y proponer una ontología relacional encarnada— viene a problematizar, el señor lo restituye en una sola palabra. Y le agrega al orden natural, que es la fórmula con la que se justificó todo desde Aristóteles hasta Donoso Cortés. Que esa frase circule en una red social en pleno siglo XXI muestra que el dispositivo no envejece: se recicla.


Y tercero, lo decisivo: el señor no habla del libro. La frase es genérica, no toca ningún argumento concreto de Cavarero, no menciona ningún concepto. Retórica vacía y plumbea sirve para cualquier libro de cualquier filósofa, sin necesidad de tener que construir desde la dignidad de la critica.


Y entonces, debajo, aparece la respuesta de otra mujer —que sí leyó—: Muy buen libro de Adriana Cavarero. Cinco palabras. No discute con él, no le explica, no se enoja, no le pregunta si leyó. Esa respuesta es, en pequeña escala, lo que este recorrido llamó prescindir: no enfrentar, no conceder el lugar de árbitro, no entrar en el juego del señor que nunca debe haber escrito siquiera una composición tema “La vaca”.


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Coda

En el margen, publicará obras de mujeres que no solo leyeron estas operaciones de denigración y captura sino que proponen, además, otras lógicas, otra política, otros modos del lazo, de lo erótico, de la gramática de los géneros. Empezamos esta serie con «La verdad en tanto cuerpo» / «Professions for Women», de Virginia Woolf —el texto que comentamos en estas páginas, ya en preventa—, en traducción al español rioplatense, edición y notas de quien firma este artículo. Porque escribir el dispositivo es una salida, pero hay otra que la complementa y la supera: hacer sitio para lo que el dispositivo intentó borrar.

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