Foto de portada Chris Friel
Cuidado editorial: Leticia Gambina y Gerónimo Daffonchio
«Ya no somos sujetos, sino ‘dividuos’: masas, muestras, datos o mercados.»
— Gilles Deleuze(1)
«El individuo se ha convertido en una terminal de redes múltiples; la subjetividad es ahora un flujo de información que atraviesa un cuerpo.»
— Franco ‘Bifo’ Berardi(2).
«The uncomputable is that which resists being digitized or processed by the logic of the machine… it is a point of opacity within the transparency of the network.»
— Alexander Galloway(3).
En una época en la que la tecnología y la digitalización se han constituido en el hábitat en el que estamos inmersos, los cuerpos y la sexualidad se encuentran lógicamente afectados, intervenidos por esta inmersión.
Entre los efectos que este tiempo nos da a leer, nos enfrentamos a una paradoja: una aparente hipersexualidad —que resulta, en gran medida, engañosa— y, al mismo tiempo, una asexualidad cada vez más extendida. Nos preguntamos si esta última sería un efecto del discurso de rechazo que impera o si puede leerse, en algunos casos, como una forma de resistencia, un modo de construcción de la sexualidad cuya respuesta sería la asexualidad, ¿como síntoma?, ¿como inhibición?, ¿como desistimiento? En esta línea, se volverá necesario poder distinguir entre la asexualidad y los llamados “sin sexo”(4).
Lo que el mercado hoy nos propone, entre otras cosas, son objetos de suplencia tecnológica de la relación sexual que dejan de lado el amor y el encuentro de los cuerpos y los goces, lo cual condena a un goce idiota y autista. Toda época tiene su modo de eludir ponerse en relación a la falta pero si hay algo que caracteriza estos tiempos es que el discurso que impera no solo facilita y naturaliza esa evitación sino que muchas veces se hace alarde de ello. Flavia Costa, investigadora y autora de Tecnoceno (5) (6) plantea que vivimos en un mundo en el que tenemos una relación continua con la tecnología, lo cual produce una alienación a las pantallas y un uso compulsivo de los dispositivos tecnológicos que se imponen como fuente de satisfacción autoerótica. En consecuencia el registro imaginario se expande y avanza sobre los demás registros, cobrando una preeminencia desmesurada.
Esta lógica se articula con una intensificación del tratamiento del cuerpo como objeto de consumo: manipulaciones, intervenciones y cirugías estéticas se vuelven cada vez más frecuentes y más tempranas.
Tal como se evidencia en la película Amores materialistas (2025), el cuerpo es percibido como una “inversión”. Así aparece homologado a un “activo”: algo sobre lo que se invierte para aumentar su valor.
El personaje de Pedro Pascal le dice al personaje de Dakota Johnson respecto de la cirugía de extensión de piernas que se realizó:
-”Hice una inversión. El cuerpo es como un departamento. Debes invertirle para obtener ganancias”.
A lo que ella le responde:
-”te entiendo, yo también invertí” (y se señala la nariz, los pechos y los genitales). Dakota es una casamentera y arma los encuentros de parejas en términos de objetos de mercado.
-”No menos que 1,82m”, es uno de los requisitos no negociables que algunas clientas requieren.
Pedro dice que suena estúpido romperse las piernas para ganar unos centímetros extras. Pero que vale la pena, “con las mujeres totalmente”.
-”Ahora se acercan a hablarme lo cual no había pasado nunca antes. No he fallado desde entonces. También se nota la diferencia en el trabajo, en los aeropuertos; vales más”.
Estas cirugías no son algo nuevo, desde hace más de 20 años en China se realizan aproximadamente 150 cirugías de aumento de estatura con el afán de “ser un objeto más apetecible” para el mercado, ya sea laboral, relacional, del entretenimiento(7).
En este desplazamiento, el otro deja de ser un enigma a descifrar para devenir un producto con especificaciones técnicas (“1,82 no negociable”). Ha dejado de tener un valor, para alguien, en el sentido de comprometer una apuesta que introduzca alguna contingencia, para pasar a tener un valor en el mercado que garantice la satisfacción de alguna necesidad.
En el Tecnoceno, el cuerpo ya no es el lugar donde habitamos, sino una «interfaz de rendimiento»(8). La posibilidad de intervenirlo —incluso a costa del dolor— queda justificada en términos de rentabilidad. El dolor de romperse las piernas para ganar altura no es un trauma, es una inversión, un costo operativo. El mercado no tolera la singularidad. La belleza se vuelve algorítmica. Al final, no se trata de la posibilidad de que se produzca un encuentro, de volverse deseable para el otro, sino de ser «apetecible» para el mercado laboral, el lazo social o afectivo, eliminando cualquier rasgo que escape a la norma productiva.
En nuestro país, el gobierno actual hace la pantomima de prohibir las transformaciones de sexo en edades tempranas (decimos pantomima dado que es algo que ya está prohibido por la ley existente) y guarda silencio sobre otras intervenciones, cirugías, para embellecer sobre todo a las mujeres muy jóvenes, dando cuenta de que esta diferencia en la consideración responde a una ideología.
El cuerpo se ha convertido en un objeto de mercado, un activo financiero.
Este movimiento pone en evidencia una operación más amplia: se promueve la intervención sobre el cuerpo cuando incrementa el valor de cambio (ser más bella, más alto, más joven), pero se rechaza, se objeta, cuando responde a una búsqueda de identidad o posición subjetiva que no se inscribe en la lógica de la «ganancia» en términos de mercado. No toda transformación es leída del mismo modo; la vara es el mercado.
En este sentido, el cuerpo se consolida como objeto, como activo, como superficie de cálculo.
Nos encontramos entonces ante un proceso que puede pensarse en términos de deshumanización programada.
¿Se trata de desubjetivar al otro o más radicalmente de deshumanizar como un modo de eludir aquello que la sexualidad y la muerte introducen, es decir, la falta?
Existe una relación enloquecida con el tiempo. La vertiginosidad epocal, el ritmo acelerado de cambios sociales, tecnológicos y culturales, ese sin tiempo que propone el sistema imperante promueve el arrasamiento subjetivo, no hay tiempo para comprender, no hay tiempo para elaborar, no hay tiempo para decidir, no hay tiempo para construir. Ese “sin tiempo”, se manifiesta como un rechazo a la conclusión, a la finitud, al deterioro y, por ende, a la falta.
Una renegación que atenta contra la posibilidad de articular la castración atenta contra la humanización, contra la sexualidad y la muerte, y su articulación.
Michel Nieva en Ciencia ficción capitalista(9), dice: “Otro tema que ocupa los imaginarios y las inversiones de Silicon Valley es la inmortalidad. En 2007 el gerontólogo Aubrey De Grey, alcanzó la fama por divulgar en su libro Ending aging la teoría de la SENS (acrónimo en español de Estrategias para la Ingeniería del Envejecimiento Insignificante), que consiste en plantear que la vejez no es un fenómeno natural e irreversible sino apenas el deterioro de estructuras celulares que, como el motor de un auto, se pueden reparar y optimizar hacia una esperanza de vida indefinida. La vejez sería entonces solo una falla técnica y el envejecimiento un error de diseño reparable.
En nuestro país recibimos hace pocos días a un gran exponente del movimiento transhumanista(10), el magnate Peter Thiel, quien llega para establecer acuerdos y hacer negocios con el gobierno actual, con consecuencias que aún no podemos dimensionar. El magnate aspira a la inmortalidad a través de la ciencia en combinación con los algoritmos. Su búsqueda no es solo teórica, sino que implica inversiones directas en investigación científica y biotecnología, en una nueva avanzada donde la vida misma se vuelve un activo financiero, un territorio más para el extractivismo depredador.
Se intenta borrar cualquier rasgo, marca, que dé cuenta de que somos humanos, habitando cuerpos perennes, que pueden enfermar, sufrir, cansarse, amar, morir. Como también se trata de eliminar cualquier circunstancia que detenga o ralentice la capacidad de producción. “El ensamblaje farmacéutico y neurocientífico nos vende el cuerpo como un diseño inacabado que debe optimizarse más allá de sus capacidades naturales”(11).
Esta deshumanización se extiende a las infancias, donde nuevas leyes permiten inversiones financieras en menores de 13 años. Da cuenta de esto la nueva ley recientemente sancionada que determina la baja de la edad de imputabilidad y la autorización de inversiones financieras en menores de 13 años (12).
Las infancias ya no son un límite para los abusos del mercado; pasamos de sujetos a gestores de una «mercancía de carne» que debe cotizar en bolsa. Así como los cuerpos son un objeto de mercado, los niños menores de edad también son reducidos a serlo. Recientes investigaciones del científico Prof. Mike Nagel, en las que ha escaneado los cerebros de 60 niños de 3 a 5 años, incluyendo a su hija Rose de 5, arrojaron como resultado que el tiempo frente a pantallas interactivas está causando una pérdida medible de sustancia blanca en sus cerebros en desarrollo. Solo 2 horas al día de conexión son suficientes para generar el deterioro neuronal, con consecuencias evidentes en el desarrollo del lenguaje y la alfabetización.
Se nos hace claro y evidente que este estado de cosas nos convierte en objetos de una timba financiera.
En este contexto, la aparente libertad sexual encubre un fenómeno inverso: una disminución del interés por el encuentro con otros cuerpos y un aumento de prácticas solitarias mediadas por dispositivos.
Las aplicaciones de citas, mediante filtros y algoritmos, buscan domesticar lo contingente. El deseo queda encauzado en circuitos previsibles: altura, edad, ubicación. El filtro como muro: «No menos de 1,82m», «No más de 35 años», «Cerca de mi zona», “Nada de fotos en el baño”, casi una compra por catálogo. El algoritmo nos encierra ofreciendo satisfacción a lo que se supone que se desea, como si eso fuera posible.
“Las relaciones sexuales vienen decayendo, nunca hubo una generación joven que tuviera tan pocas relaciones sexuales. Cada vez se coge menos”, afirma S. Bilinkis en una entrevista con María Laura Santillán.
Al mismo tiempo, emergen nuevas formas de vínculo mediadas por la inteligencia artificial, como los llamados “novios virtuales”. Se trata de configuraciones que eliminan la alteridad: no hay demanda, no hay falla, no hay sorpresa. El circuito se cierra sobre una satisfacción sin resto.
Podemos leer en un artículo de Página 12: “¿Estás cansada de las aplicaciones de citas? ¿Te agobia salir con desconocidos para contar por vez número 10 mil tu biografía resumida, mientras toman un gin tonic barato, para después volver a casa y mirar memes hasta las 8 AM? La IA, para sorpresa de nadie, ya tiene una solución fácil, rápida y cuasi gratuita: ¡sí chicas! Llegaron los novios virtuales a un clic de distancia y están en Candy.IA”(13).
Las aplicaciones de citas y los «novios IA» ofrecen un circuito cerrado: estímulo-descarga-estímulo. Al eliminar al cuerpo real —que huele, falla, demanda o cansa—, el sujeto se ahorra el «trabajo» que implica el lazo con un otro, ya sea en el orden del amor, del compañerismo, del deseo, de la amistad, quedando encerrado en una satisfacción solipsista y autista.
Estos fenómenos, la vertiginosa caída de las relaciones sexuales y los novios digitados por IA, son un ejemplo de lo que leemos como asexualidad de la época.
Existe un documental japonés llamado “El imperio de los sin sexo”, del año 2011, en el que se pone sobre la mesa la realidad de muchas personas para quienes la sexualidad sufrió una modificación que va en la misma línea. Hombres casados que eligen una práctica sexual solitaria y en casas de cabinas pornográficas y otras prácticas que no implican a un otro. Aislarse en una burbuja. “Si estoy en casa me piden que haga cosas, en el trabajo también”.
El locutor afirma “la sexualidad conyugal está en peligro, la industria del sexo viento en popa. Se anuncia, se exhibe, se paga, el negocio del sexo se ha elevado a la categoría de industria nacional”.
Al mismo tiempo nos encontramos, por otro lado, con una cantidad de gente que se define dentro de la “categoría” de asexuales y, muchos de ellos, hacen un activismo de la asexualidad armándose una identidad que coagula e impide la posibilidad de hacerse alguna pregunta.
Hay algo de la época que conduce a evitar el encuentro entre los cuerpos para eludir hacer lugar a la falta.
Se unifica el goce al ofrecer la ciencia objetos «iguales» para todos y, como promesa, la sociedad de consumo tiene la expectativa de que todos puedan gozar de lo mismo y en forma ilimitada. El problema es que el consumo frustra el deseo, se exige un goce sin límite y en esa misma medida se va produciendo empobrecimiento de deseo.
“Un novio IA es un confidente personal y amigo, alguien que no juzga y siempre está disponible. ¿Te sientes sola? Él está ahí. ¿Quieres desahogarte sin recibir respuestas negativas? Es el candidato perfecto”, podemos leer en la nota publicada en Página 12. Siguiendo el planteo que nos venimos haciendo nos preguntamos respecto de esta oferta de “beneficios”: ¿beneficios para qué?, ¿para quién?, ¿para el síntoma?, ¿para la defensa?, ¿para evitar el encuentro con el cuerpo del otro?, ¿para evitar el encuentro con un goce sin límite, ese goce irrepresentable que produce angustia?, ¿para evitar la contingencia?
Las redes sociales, las aplicaciones, afectan la relación erótica que uno tiene con los demás, pero también la que uno puede tener con uno mismo. El sujeto no busca a otro, busca la confirmación de su propia imagen. Así como también se ve afectada la disponibilidad libidinal para enlazarse con los otros en términos generales.
En el consultorio se escucha como en ocasiones la masturbación asociada a la pornografia, es decir al empantallamiento, impide u obstaculiza la fantasía, produciendo inhibición del acto. Semejante a la dificultad que presentan muchos niños o niñas con el jugar, debido al cada vez más excesivo consumo de pantallas.
Retomemos en este punto la diferenciación que consideramos necesario hacer entre los “sin sexo” y la asexualidad. ¿Podemos decir que esta última responde a que no hay deseo o es que el deseo ha sido capturado por el dispositivo?
El “sin sexo” puede pensarse, como venimos diciendo, como una práctica o incluso como un rechazo o desistimiento al encuentro con el otro, en algunos casos ligado al cansancio, a la saturación o a la evitación del encuentro con la falta. Pero también ¿podría leerse, en ciertos casos, como una forma de desincronización respecto del mandato de goce: una interrupción de la lógica de consumo?. El hecho de rehusarse a tener una sexualidad activa con un otro ¿podría remitir a un intento de resistir quedar capturados por el sistema? El algoritmo intenta sincronizar todos nuestros deseos, el sistema necesita que los mismos sigan el ritmo del consumo. Entonces ese “sin sexo” ¿podría leerse como una resistencia que propondría una desincronización: una terminal que decide no transmitir la señal que el sistema espera? Siguiendo a Michel Nieva, si el cuerpo es efectivamente el último territorio de conquista del capital(14), el “sin sexo” puede leerse como una estrategia de resistencia técnica: un encriptado de la carne que le niega al mercado su “puerta de entrada” que es el deseo. Al no transmitir la señal esperada (la libido como combustible de consumo), el sujeto se vuelve una interferencia en la red del Tecnoceno. El “sin sexo” no sería entonces una «ausencia», sino una «opacidad radical». La pregunta que se abre es si esas interrupciones, esas desconexiones, podrán devenir en nuevas formas de lazo o si serán reabsorbidas por la misma lógica que se intenta objetar. Sin embargo, este desistimiento como modo de sustraerse a la demanda de consumo no deja de ser, en muchos casos, una separación imaginaria. El sujeto cree ser opaco a la mirada del Otro, haber encontrado un punto ciego para el ojo del capital, pero el algoritmo es capaz de procesar incluso el vacío, la ausencia. La verdadera pregunta es si esa «interferencia técnica» es capaz de producir una separación realmente efectiva. Mientras la desconexión se viva como una creencia de invulnerabilidad —»el sistema no me alcanza porque no deseo»—, el sujeto permanece capturado en la red del Otro, la alimenta con la métrica de su propia abstención. El sistema ya no necesita que consumas; le basta con saber exactamente qué es lo que has decidido no hacer, convirtiendo tu abstinencia en combustible para el próximo ajuste del algoritmo.
La asexualidad, en cambio, plantea otra cuestión. No se trataría simplemente de la ausencia de acto, sino de una transformación en la economía del deseo. Cuando el objeto deja de funcionar como aquello que falta —lo que causa el deseo— ya no funciona como «sostén de la diferencia», sino que el mismo se presenta como una oferta de satisfacción inmediata, la tergiversación del lugar del objeto hace a la asfixia del deseo: el objeto deja de ser el motor vacío (“a-sexuado”) que sostiene la diferencia sexual para convertirse en un producto que colma al sujeto. Sin ese ‘a-sexuado’ que haga de causa, la sexualidad no desaparece, pero se aplana, dando paso a una asexualidad marcada no por la falta de acto (lo sin sexo), sino por la pérdida del vacío que posibilita constituirse en sujetos sexuados. Así, la asexualidad no remitiría únicamente a un “no hacer”, sino, en ciertos casos, a la pérdida de la función de la falta como motor. No es simplemente ausencia de acto sexual; es una modificación en la estructura misma del deseo y por la misma lógica en la dimensión del amor. Esta última es posible por la existencia del a-sexuado como sostén de la diferencia. La pérdida de la función del objeto «a-sexuado» anula así la posibilidad de articular la castración y, por lo tanto, la emergencia del deseo y el encuentro erótico.
Como plantea Hito Steyerl en Los condenados de la pantalla “La libertad hoy no es la de conectarse, sino precisamente de poder desconectarse; la capacidad de no ser rastreado, de no ser traducido, de permanecer en la sombra de la red”(15). La verdadera revolución no sucede en la red, sino en la sustracción de la mirada del algoritmo. Encontramos que se vuelve necesario sustraerle tiempo al consumo digital, liberarse de la hipnosis de las pantallas. Ahora bien, para que la libertad sea una separación efectiva, no basta con desinstalar una red social o apagar el dispositivo, estrategias que muchos implementan para “forzarse desconectar”. No alcanza con el silencio digital si no hay una apuesta por la presencia. El verdadero hackeo al sistema es recuperar el tiempo del encuentro donde el otro no es un objeto de consumo, sino un cuerpo que interroga. Es la decisión de restituirle al vacío su potencia creadora. En un mundo de pantallas que saturan, volver a conectarnos con lo analógico es el único modo de rescatar al sujeto del aplanamiento y devolverle al deseo su motor: la falta; allí donde el cuerpo del otro escapa a la traducción y al rastreo de datos. Solo en la fragilidad del cara a cara, del cuerpo a cuerpo, fuera del brillo de la pantalla y de la oferta inagotable e inmediata, es posible que el deseo recupere su función y el amor vuelva a ser un acontecimiento, y no un producto o una inversión. Volver al cuerpo a cuerpo es, en definitiva, la posibilidad de que la vida recupere su dimensión erótica.
Notas:
1. Deleuze, G. Post-scriptum sobre las sociedades de control (1990)
2. Berardi, F. Fenomenología del fin. Sensibilidad y mutación conectiva. Buenos Aires: Caja Negra Editora. (2017)
3. Galloway, A. R. The Interface Effect. Cambridge: Polity Press. (2012). «Lo incomputable es aquello que se resiste a ser digitalizado o procesado por la lógica de la máquina… es un punto de opacidad dentro de la transparencia de la red.»
4. Los “sin sexo” es un termino que extraemos de documental de Pierre Caule llamado “El imperio de los sin sexo”, del año 2011.
5. Costa, F. Tecnoceno: Algoritmos, biohackers y nuevas formas de vida. Buenos Aires: Ed.Taurus (2021).
6. El Tecnoceno es una especificación del Antropoceno, que enfatiza que no es solo el ser humano, sino sus sistemas técnicos (capitalismo, energía nuclear, petroquímica) los principales agentes de cambio planetario. Es un concepto que define la era geológica y cultural actual (iniciada aproximadamente en 1950) caracterizada por el impacto profundo e irreversible de la tecnología de alta complejidad y riesgo en el planeta. Se distingue por la creación de una capa geológica de materiales tecnofósiles y la transformación del entorno por algoritmos, biotecnología y redes digitales.
7. “Reality Show Cambio Extremo: El cuerpo como mercancía en la sociedad globalizada” Horacio Perez-Henao. M. A., Universidad de Medellín, Colombia (2011).
8. Una interfaz es un punto de conexión, frontera o conjunto de elementos -físicos o lógicos- que permite la interacción y el intercambio de información entre dos sistemas, componentes o entre un usuario y una máquina.
9. Nieva Michel. Ciencia ficción capitalista: Cómo los multimillonarios nos salvarán del fin del mundo. Ed. Anagrama. 2024.
10. Transhumanismo (a menudo abreviado como H +) es un movimiento cultural, intelectual y científico que sostiene que la especie humana, en su forma actual, no representa el final de nuestra evolución, sino más bien una fase temprana y limitada. Su objetivo principal es utilizar la tecnología y la biotecnología para renegar de las limitaciones biológicas fundamentales: el envejecimiento, las enfermedades, las capacidades cognitivas limitadas e, incluso, la muerte.
11. https://www.revistaanfibia.com/tecnoceno-propuestas-para-no-perder-el-control/. Christian Ferrer.
12. Los dueños de las empresas financieras celebraron la noticia. “Desde los 13 años se va a poder abrir una cuenta en Cocos Capital para comprar bonos argentinos sin pagar comisiones. Vamos a tener que redoblar esfuerzos en lo que estamos haciendo de educación financiera para menores. ¡Gran noticia para Argentina!”, escribió el fundador de Cocos, Ariel Sbdar, en la red social X. https://www.pagina12.com.ar/774261-el-peligro-de-la-timba-financiera-y-la-maquina-de-generar-nu/.
13.https://www.pagina12.com.ar/757102-el-fenomeno-de-noviar-con-una-inteligencia-artificia
14. Nieva, M. Op. Cit. 15. Hito Steyerl. Los condenados de la pantalla. Buenos Aires: Ed. Caja Negra. 2014.
15. Hito Steyerl. Los condenados de la pantalla. Buenos Aires: Ed. Caja Negra. 2014.
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