Palabras a propósito del salto. Un nuevo libro. Por Darío Gigena

Cuidado editorial Laura Gobbato y Gerónimo Daffonchio


El 10 de abril de 2026 se presentó A propósito de la pubertad, el salto, libro que decidí publicar. A continuación, las intervenciones de Gabriela Insúa, Leopoldo Kligmann y Juan Mitre, comunicadas a quienes fuimos parte y testigos de aquella velada.

Gabriela Insúa:

Buenas noches, gracias Darío. Ustedes se encontrarán con que el prólogo de este libro lo realizó Françoise Davoine. Françoise Davoine es, lo puedo decir porque ella me habilita a ello, mi maestra más cercana. Encontrar ese prólogo fue una gran alegría, y sobretodo marcó para mí, la clara idea de que Darío no iba a ir con este libro por las Sagradas Escrituras, sino que iba a tener una lectura hereje dentro del psicoanálisis. Françoise es una psicoanalista que después de salir de la escuela de Lacan tras su disolución, quedó en un lugar de los márgenes, lugar por cierto muy interesante.

Darío le da voz a sus analizantes, a sus pacientes, a los que encuentra en el hospital. Le da voz al sujeto, pero esa voz no es dada sólo desde el relato del caso, sino que nos cuenta en cada caso lo que le pasó a él como analista. Yo lo llamo una escritura encarnada, una transmisión a otros y otras desde una posición encarnada. No algo dicho pour la galerie o desde el relato formal del caso. El analista está allí. Para mí eso constituye una transmisión y por eso dije ¡qué infrecuente! Una transmisión muy davoineana, muy winnicottiana.

Un analista puede asomarse a la adolescencia como quien mira desde afuera, resguardado en los marcos de la teoría o puede pedir permiso y meterse. En ese sentido viene al caso una frase de Françoise: “Esperando, el analista se esconde detrás de sus teorías. El paciente detrás de sus síntomas, un buen día salen de sus escondites para encontrarse.” Por lo que nos cuenta, Darío se ha encontrado con sus analizantes.

Vastísimos son los territorios por los que el autor nos propone ir, como así también los autores y autoras de que se nutre. La escritura tiene algo de la lógica del salto al que nos asomamos. Solo que en este caso no se trata de un salto puberal, sino de estilo, de elección de un modo de contar. Hay un hilo conductor de cada capítulo sin lugar a dudas. El más fuerte, a mi entender, es el que deja claro que lee un cambio en el modo de gozar a partir de la pubertad, de ese salto de la pubertad. Pero los capítulos también son saltos. En ese ir y venir por conceptos, historias, apuntes, decidí elegir tres capítulos.

Tomo el capítulo “Que sea mi maldición sobre el mundo” ¡Que título! Darío utiliza una expresión importantísima: “Sostener una lectura paciente sobre la letra chica del deseo del Otro”. En el encuentro con el deseo del Otro, ese contrato, porque letra chica alude a un contrato de alguna manera, ese contrato es lo que podemos llamar fantasma. En ese contrato, la letra chica es el lugar por donde el analista tiene que demorarse. Tomarse su tiempo, nos dice Darío. Estoy tan de acuerdo ¿Qué escribió el Otro con mayúscula? ¿Qué se supone que escribió el Otro?

Este punto da cuenta tanto de la relación al gran Otro del sujeto como de nosotros y nosotras analistas con nuestros Otros, en particular frente a los textos freudianos y lacanianos. Porque como dice el autor: “Establecer un texto ¿es estabilizar un texto quitándole un poco al antojo del estabilizador las inestabilidades propias que le caben por ser precisamente eso, un texto y no otra materia o sustancia?” Aquí el autor está tomando posición en relación a ciertas estabilizaciones y establecimientos de textos, traducciones y demás. Y ahí me encontré con otra maravilla que hasta me emocionó. Darío toma en varias oportunidades la traducción de Ricardo Rodríguez Ponte, maestro al que quiero recordar. 

El otro capítulo que tomé es: ”Las leyes.” Luego de ubicar que es frecuente que el salto de la pubertad venga antecedido por acciones transgresoras, Darío señala la relación de esas acciones con hechos traumáticos, y dice: “Niñas abusadas sexualmente devenidas madres, niños abandonados en hogares convivenciales, niños y niñas primigeniamente castigados, niños y niñas rescatadas de redes de trata.” Etc. Y allí Darío realiza otro salto que me parece excelente y necesario. Ocupa páginas de su libro en transcribir las leyes de cada provincia, las leyes para niñeces y adolescencias. Y creo que con eso Darío nos recuerda que hay leyes perfectibles o no, pero hay leyes. Sí nos creemos o estamos en un Estado de derecho, el psicoanálisis y nosotros y nosotras psicoanalistas y nuestros y nuestras analizantes estamos dentro de ese Estado. Por lo tanto, no todo es fantasma. Si alguien fue víctima de un delito ha sido víctima de un delito. Y allí no hay interpretación alguna sobre eso. El autor lee los casos desde la realidad psíquica y desde lo traumático sin excluirlos.

En otro capítulo Darío reafirma una frase también que me parece descomunal. Abro comillas. “Puesto que del horror ocasionalmente se sale por la locura, de la locura se sale con el Otro que es el Estado, guardián del lazo.” Tanta coincidencia con esta frase, Darío. Y agregaría que ese Otro con mayúscula también es un analista que no lea psicopatología en manifestaciones locas que en realidad son denuncia del horror que se ha atravesado.

El último capítulo que tomo, “El síntoma es curable, no se va solito, no es sin esfuerzo, no todo se afloja” nos encuentra de vuelta en la coincidencia. La coincidencia en la posición teórico-clínica, desde ya, pero en el significante salto, porque uno de mis libros se llama Saltar de la cuna, tomando el fort – da freudiano, que tiene que ver con lo adolescente. Saltar de la cuna, la subjetividad adolescente, el derecho al síntoma. Darío dice con contundencia esta frase de forma simple, como diría Libertad, de Mafalda, que decía, “¿Por qué dicen las cosas de una manera complicada?” Con simpleza y contundencia dice: “Al síntoma se lo lee como lo que permite la vida y no como aquello que lo obstaculiza.” Frase de redacción tan simple, pero de una contundencia y precisión que implica toda una posición ética y política con respecto al síntoma, y con respecto a la dirección de la cura. Tan lejos de diagnósticos masivos, de epidemias de diagnóstico de neurodivergencias que nos rodean, de cosificación de púberes y adolescentes estaríamos si esto que señala Darío fuera el modo de abordaje de los síntomas y manifestaciones clínicas, en lugar de reducirse a un nomenclador en un DSM. 

Estos tres momentos que elegí y el libro todo se engarza con la posición ética y política del autor, que toma de la frase de Lacan, el inconsciente es la política y dice, si el inconsciente es la política, por lo tanto, el sujeto es político, ¿no? Y luego agrega: “Sombras de un pasado que no cesa de no escribirse vienen aumentando su oscura hegemonía.” Creo que esto no requiere explicación. A los que transitamos el campo de la salud mental, el asunto nos concierne. El autor llama a que nos concierna lo político y sus sombras. La clínica con niñas, niños y adolescentes involucra el juego, lo sabemos. Éste libro propicia, al mejor modo que nos transmitió Donald Winnicott, un ponerse a jugar. El juego comienza.

Gracias.

Leopoldo Kligmann:

En principio, me puso muy contento esta invitación y también compartir la mesa con quienes están acá. Con Gabriela y con Juan nos conocemos hace tiempo; con Darío, además, hay algo que este libro me devolvió de inmediato: una zona de nuestros inicios, esos comienzos hospitalarios donde la clínica se armaba muchas veces en medio de la urgencia, de la precariedad, de la pregunta insistente por cómo intervenir. 

Porque hay algo que este libro transmite desde las primeras páginas: respira clínica hospitalaria. Y cuando digo clínica hospitalaria no me refiero solamente al hospital como institución, sino a una forma de trabajo donde la pregunta clínica no está nunca separada de una preocupación por las condiciones en que alguien puede ser alojado, escuchado, leído. 

Es un libro que invita a leer: nunca se vuelve tedioso, cambia de ritmo, de tono, de forma; abre preguntas, propone desplazamientos, introduce ideas sin rigidizarlas. Tiene algo polimorfo, pero no disperso: cada variación va produciendo pensamiento. Me llamó especialmente la atención una lectura que el propio Darío hace del título: a propósito de… como un sintagma que no nombra directamente un objeto, sino que habilita hablar de otra cosa. Y eso inmediatamente me hizo pensar que ahí hay una afinidad muy precisa con el modo en que opera la interpretación analítica: la interpretación procede muchas veces con un a propósito de. No habla de manera directa de algo, ni mucho menos desde ese algo, sino que toma ese punto para abrir otra escena, otro nivel de lectura. 

Entonces me preguntaba: ¿qué es esa otra cosa que el libro dice a propósito de la pubertad? Uno podría ir al lugar clásico y pensar rápidamente en la metamorfosis puberal. Pero justamente el libro sale rápido de ese lugar. Y quizá una de sus apuestas sea proponer no tanto una teoría de la metamorfosis como una lectura de las transformaciones: transformaciones subjetivas, clínicas, institucionales, políticas. 

En ese sentido, hay una frase muy temprana del libro que para mí organiza buena parte de su orientación: “El trabajo que sigue reviste cierta urgencia…”. Y ahí aparece inmediatamente una pregunta: hay un trabajo analítico que reviste urgencia. ¿Para quienes? La respuesta está en el propio libro: para los analistas preocupados por la locura, el hospital y el psicoanálisis. Y también por la pubertad.

Esa formulación me impactó porque reúne cuatro términos que no suelen aparecer tan naturalmente enlazados en una misma frase: locura, hospital, psicoanálisis, pubertad. Sin embargo, en el libro funcionan juntos. Y me dio la impresión de que esos cuatro términos aparecen como verdaderos dispositivos de transformación. 

Porque la urgencia no está leída solamente del lado de los acting, de los pasajes al acto o de aquello que efectivamente irrumpe en la clínica adolescente —que por supuesto está—, sino también del lado de los analistas: la urgencia de pensar cómo intervenir, cómo leer, cómo no responder con automatismos clínicos allí donde justamente se trata de no clausurar demasiado rápido lo que emerge.

Hay una pregunta política muy fuerte: ¿qué les espera a estos pibes? Y el libro responde sin simplificar: les espera un porvenir político. Ahí aparece uno de los recorridos que más me interesaron: el modo en que Darío introduce la referencia a Pier Paolo Pasolini y a Saló o los 120 días de Sodoma. Porque lo que el libro deja entrever es que en Pasolini no se trata solamente de una representación extrema de la violencia, sino de algo más preciso: de un programa. No fue Saló lo que llevó a matar a Pasolini; en todo caso, su muerte deja al descubierto que él había tocado algo del programa fascista, de su lógica profunda: una forma de administración del cuerpo, del goce, de la humillación y de la destrucción del lazo. 

Y me parece que ese programa queda muy bien articulado en el libro con otra pregunta: qué lugar ocupa hoy la sexualidad, qué lugar ocupa con relación a la novedad de época, y cómo leer clínicamente sin responder produciendo psicopatología. Eso para mí es uno de los puntos más valiosos del libro: no encontrarse con una clasificación rápida, con categorías que ordenen demasiado pronto, sino más bien con una especie de contra-psicopatología. Un modo de sostener la singularidad sin renunciar a pensar.

Y eso aparece de manera muy fuerte en los casos clínicos. Madelaine, es verdaderamente un comienzo impactante. Porque ahí aparece ese fragmento de historia que no pertenece a la historia oficial, ese resto escrito en los márgenes, que durante mucho tiempo permanecía suspendido hasta que un día, hablando con la madre, emerge un dato ligado a los desaparecidos del año 77. Ese fragmento no es simplemente una información nueva: produce un movimiento subjetivo. Como dice Darío en una frase muy lograda: “Irse un rato de paseo por las afueras del fantasma materno hizo caer un velo para el analista y para la analizante.” Y efectivamente, algo de esa suspensión en la que Madelaine giraba encuentra allí una fisura: aparece un trozo de historia que la saca, aunque sea momentáneamente, de quedar enteramente capturada en el interior del fantasma materno. 

Después está Amelie, donde aparece algo que me interesó mucho: el uso clínico del hablar a la cantonade. Llega al hospital con su madre, atravesada por escenas de bullying, por intervenciones escolares, por un conjunto de miradas saturadas sobre ella. Y ahí Darío recupera, vía Lacan y Eric Porge, esa idea de hablarle a alguien que aparentemente está al costado, invocando en realidad una presencia. Entonces le habla a la madre, pero en verdad la intervención encuentra otro destino: “Su hija viene necesitando ayuda desde hace muchos años.” Y ante la pregunta por cuál ayuda, responde: “Que alguien se interponga entre ella y los perversos de turno.” Amelie escucha desde lejos.

Eso me pareció muy valioso porque no aparece como una técnica, ni como un recurso formal, sino como una intervención que encuentra su eficacia justamente por no dirigirse de manera lineal. 

Finalmente, Doménico, donde el libro trabaja muy bien algo de la teatralización clínica. Ahí el punto son las interrupciones: el paciente que se va antes de que pueda haber puntuación, antes de que pueda haber lectura, antes incluso de que pueda producirse un corte. Y en ese punto Darío introduce una observación muy precisa: que el corte no es temporal sino topológico, y que nada —salvo el análisis del analista— puede justificarlo.

Esto le da una densidad muy particular a la escena en la que Doménico recuerda que a los seis años su madre le anuncia que se va a ir y no volverá, y que antes de desaparecer lo invita a elegir un último postre. Ese detalle, aparentemente mínimo, organiza toda una escena. Y cuando, tiempo después, él dice que ya la perdonó, lo interesante no es solamente esa afirmación, sino el trabajo clínico que permite empezar a construir qué historia puede leerse ahí. Porque en muchos de los casos del libro ocurre eso: allí donde parecía haber pura repetición o pura fijación, empieza una historia.

Y quizás eso sea también lo que este libro produce: no solamente leer historias clínicas, sino abrir la posibilidad de nuevas historias. Por eso, pienso que este libro también marca un comienzo.

Gracias.

Juan Mitre:

Muchas gracias Darío por la invitación. Es un gusto compartir la mesa con Gabriela y con Leopoldo y también encontrarme a tantos colegas, amigos, conocidos. Es nuestro mundo, y es una alegría realmente estar acá. El libro me gustó mucho. Ya se lo dije a Darío. 

A propósito de la pubertad, el salto. A mí el título me parece interesante, incluso uno ve en la tapa A propósito de la pubertad, en grande, y el salto, en tipografía más pequeña. Pero lo que toma relieve en el libro es el salto, el significante salto. Y me gustaría marcar eso. Me parece que se desprende del libro, yo voy a tratar de ir hacia ahí -es la línea que me interesa resaltar- que también podemos decir: a propósito del psicoanalista, el salto. Creo que podríamos también decir eso. Es un libro que es un testimonio de la práctica analítica de Darío, de su relación al psicoanálisis también. Me parece que eso ustedes lo van a encontrar en uno de los capítulos que lleva el título de “Soldado Carrasco”. Que aparte me tocó de cerca porque yo era justo de esa generación que no hizo la colimba por Carrasco, estaba por hacerla… lo recuerdo muy bien. O sea que también hay ahí un relato de su encuentro con el psicoanálisis, el encuentro de Darío con el psicoanálisis… Eso también me parece muy interesante como está ahí en el medio del libro, en el corazón del libro, podríamos decir. 

A su vez, recién lo mencionaba Leopoldo, la práctica en el hospital… que es algo que compartimos. Nosotros somos de la misma generación de residencia, si bien de distintos hospitales, nos conocimos en las Jornadas de residentes. Y se pueden leer esas marcas. Y son esos pacientes del hospital… y uno ve ahí también todo lo que puede hacer el psicoanálisis… Eso es maravilloso, a mí me sigue emocionando. Los efectos que tiene el psicoanálisis en el hospital, en la práctica hospitalaria. Y que incluso creo que es algo que hay que retomar alguna vez con seriedad, aquello que tiene la práctica en el hospital para aportar al psicoanálisis. La práctica hospitalaria en instituciones… con casos de una complejidad enorme por múltiples factores y variables. 

La otra cuestión que a mí me interesó mucho del libro es el modo singular de escritura de Darío. Su estilo. Ahí hay un salto también. Hay un salto en su escritura, hay un salto de escritura y hay un salto en torno al modo en que se escribe en psicoanálisis habitualmente. O sea que eso también me parece algo a resaltar. Ahí encontramos la lengua singular de Darío. En sus lecturas, sus cruces, el modo en que forma las frases. Uno se sorprende. Un modo de decir enrevesado pero donde luego emerge una claridad. Eso también es muy interesante. O sea que hay un salto en torno al modo en que Darío escribe su práctica analítica. Hay muchos ejemplos de casos. Están sus reflexiones, su lectura, fragmentos teóricos muy precisos. Pero también el salto, y esto creo que Gabriela también lo decía, el salto también lo encontramos en el paso de un capítulo a otro. Son 56 capítulos, es decir, hay 56 saltos. Es un libro importante, ¿no? Cuando lo recibí, me sentí un poco intimidado porque es un libro extenso… y para presentarlo hay que efectivamente leerlo, ¿no? Y leerlo bastante. Hay 56 capítulos, 56 saltos, algunos capítulos son muy breves. Hay un salto que encontramos del paso de un capítulo a otro y el lector tiene la sensación del salto. Eso me parece que está totalmente presente. También el salto lo encontramos en el final de cada capítulo, donde tiene para mí algo epifánico la forma en que finaliza cada uno. Entonces, eso me hizo pensar sobre el vínculo entre la epifanía y el salto. Lo que no implica suponer que primero viene la epifanía y luego el salto, sino que el salto retroactivamente puede ser epifánico. Y si efectivamente hay una relación entre la epifanía y el psicoanálisis es porque el lenguaje puede hacer surgir lo epifánico… el lenguaje hace aparecer lo epifánico. 

El salto implica un avance, pero también una detención, en el sentido de que es necesario leer el salto. Y ahí recordaba algo que comentábamos con Claudio Glasman recién, que dice Lacan en el seminario 15, que el acto es la lectura del acto. O sea, hay algo muy interesante en el significante salto, esto que el autor señala de distintas formas: que no hay metamorfosis sin salto, que no hay transformación sin salto. De modo que el autor nos corre de una perspectiva evolutiva, madurativa. Algo que enseña con los casos -y en los casos siempre él está como analista- están sus intervenciones, su lectura, su presencia. También nos enseña sobre el salto en transferencia. Y nos plantea a la clínica de la pubertad y la adolescencia como una clínica del salto. Diría incluso, para subjetivar el salto ya dado, o para ayudar a producirlo.

Lo dice de un modo muy lindo, dice que el psicoanálisis es una mariposa. No voy a explicar por qué dice eso, para que lo puedan ir a buscar y lo lean. Y creo que es cierto porque está en juego una transformación. En la mariposa, en el salto. Y también está la fragilidad en la mariposa. Y el psicoanálisis efectivamente es frágil. Depende de los psicoanalistas, depende de la transmisión, depende de las nuevas generaciones su continuidad, su existencia, su reinvención. Sus vuelos, ¿no? Sus nuevos vuelos. El psicoanálisis fue la invención de un solitario, esto dice Lacan, lo dice en torno a Freud, por supuesto, y en el mismo movimiento que Freud inventa el psicoanálisis, inventa al analista y al analizante. Y yo creo que Darío con su libro reinventa el psicoanálisis a su manera. La reinvención es fundamental para que el psicoanálisis esté vivo, para darle vuelo cada vez. Y a su vez en los distintos contextos, por ejemplo, en el contexto hospitalario.

Con lo que quisiera terminar es con el vínculo entre pubertad en tanto tiempo de transformación y la formación del analista. Por eso decía que podemos decir a propósito de la pubertad, el salto, y a propósito del analista, el salto. En la pubertad está en juego un salto como lo está en el pasaje de analizante a analista. Me refiero a los saltos de formación. 

En fin, este libro es un salto que ha aterrizado en las librerías y que los está esperando.

Muchas gracias.


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