Somos la materia de lo que está pasando. Estamos pasando en lo que nos pasa.
Conocí a Fernanda Restivo en un grupo de Convergencia que se llamó «Transferencia en la psicosis». Ese día estábamos Clarisa Canda, Adriana Zanon, Silvana Tagliaferro, Fernanda y yo. Nos reunimos en el delta del Tigre.
Algunas personas en una isla, hablando de lo que le pasa a alguien cuando lo que le pasa no entra en las categorías que tenemos. El agua alrededor se bifurcaba, volvía a juntarse, seguía. Sin saberlo, nosotras hacíamos lo mismo.
Por aquel entonces yo sustentaba un modo de pensamiento que ahora puedo llamar continental: un pensamiento de raíz única. Lo que ese encuentro —o ese choque— empezó a producir fue otra cosa: un pensamiento archipiélico, sin centro ni metrópoli. Un pensamiento que conecta islas diversas sin reducir ninguna a las otras: lo que circula entre ellas no es la identidad sino la corriente. La corriente y los pasajes.
El delta fue la geografía exacta de lo que estaba pasando: fragmentos irreversibles separados por agua que corre, tierra que no es continente, suelo que solo existe en relación con aquello que lo atraviesa.
El delta del Tigre es uno de los pocos deltas vivos del mundo, un delta que sigue produciendo islas con lo que el agua trae y la vegetación retiene. Un delta en gerundio.
Discutimos toda la tarde, sacamos a relucir nuestras diferencias y las miramos al sol. No recuerdo cuáles eran. Solo puedo decir que en ese momento lo monolítico cedía su lugar a lo múltiple. No sin resistencias, pero tampoco sin expansión y agitación.
Por estos días, diez años después, empecé y terminé el libro «Contra el almicidio». Lo hice sentada en una piedra, no a orillas, sino en el medio de un río de Córdoba: Río Grande.
Otra vez la naturaleza en el asunto.¿Casualidad? ¿Contingencia? Diría, buena fortuna. Qué mejor sitio que ese caudal para leer un tratado —en el sentido pleno de tratamiento— de la condición fundante y desfundante del gerundio respecto del sujeto del inconsciente.
Porque si el verbo pasa por el cuerpo, también pasa por la geografía. ¿O habría que decir que cada modo del verbo se acompaña de una geografía? El río no ilustra el gerundio: lo hace. El mismo y siempre otro. Lo que una lee en el medio de esa corriente no se lee igual que en el escritorio o en un sillón. Se lee pasando, se lee con el sonido del caudal, se lee en gerundio.
Fernanda Restivo no escribe sobre el gerundio. Escribe en gerundio.
Al intentar nombrar la posición desde la cual escribe, produce un neologismo: gerundia. Cito: «La colocación para que se produzca esta escritura es lo que está pasando: gerundia.» Sustantiva y feminiza a la vez, como si el gerundio pudiera ser un lugar, una posición; un mojón en el Verbo para lo que no tiene persona.
Miro el agua erosionando la piedra y me detengo un momento en lo que el gerundio es. En sentido gramatical, es una forma verbal no personal: no tiene sujeto marcado, no conjuga, no dice «yo» ni «vos» ni «él» ni «ella». Termina en -ando o en –iendo —soñando, viviendo, muriendo— y funciona como adverbio: dice el cómo, la circunstancia.
Para la autora, el gerundio no puede permanecer como concepto. No nombra una acción terminada ni una acción por hacer: nombra una acción que tiene que estar ocurriendo para sostenerse, como una corriente que si se detiene deja de ser río. «El gerundio da una posición humana», escribe Restivo. Insisto: una posición. No un concepto.
En el capítulo «El objeto sin circuito» la propuesta se extrema. Restivo retoma lo que Freud y Lacan establecieron al pegar la pulsión a la gramática: la pulsión cumple su recorrido pasando por las voces del verbo. La voz activa, la de la primera persona: yo vivo. La voz pasiva, punto mortificante del tour: soy vivido. Y entre ambas, como pasaje, el gerundio: «el insaciable de la lengua. Viviendoviviendoviviendoviviendo». Lo que insiste entre la posición activa y la pasiva sin depositarse en ninguna. El gerundio es el entre de la pulsión. Es puro tránsito.
Levanto la vista del libro. Un nene pesca en la orilla de enfrente. La tanza atraviesa la superficie como un hilo de luz, y se pierde. El nene espera. Está ahí. Pescando. Después de un rato se echa panza arriba y ata la tanza a su dedo gordo. Sigue esperando.
Pienso en eso: en la paciencia del gerundio. En que hay que tirar un hilo al agua y esperar que algo muerda sin saber qué ni cuándo. El nene no está atrapando un pez. Está pescando. La diferencia es el gerundio.
¿Qué hace cada lengua con el gerundio?
El inglés lo nominaliza: la forma en –ing puede ser sujeto u objeto de una oración. Loving is difficult. El proceso se convierte en cosa, y así queda absorbido, borrado.
El alemán va más lejos: no tiene gerundio. Sustantiva el infinitivo con el artículo neutro —das Lieben, das Sterben, das Denken— y el proceso se evapora en sustancia pensable. Toda la metafísica alemana descansa sobre esos infinitivos sustantivados.
El francés construye el gérondif con la preposición en —en aimant, en marchant—, y esa preposición marca la interioridad del proceso: se está en el caminar, en el amar. Pero el francés permite también que su participe présent funcione como adjetivo: une femme aimante, un enfant mourant. En francés, el proceso califica.
Y el español. El español es la lengua que más guarda el modo de estar. El gerundio no puede ser sujeto, no puede ser objeto, no puede ser adjetivo. No se deja nominalizar, no se deja cosificar, no se deja pegar a un sustantivo como atributo. Solo acepta estar al lado del verbo, acompañándolo, diciendo cómo ocurre la acción sin ocupar nunca el lugar del agente ni del paciente. Solo modo de estar en lo que está pasando.
Es esa resistencia, que también es un cuidado de nuestra lengua, lo que hace del gerundio español la forma gramatical más afín a lo que este libro propone.
Lo que estas páginas transmiten acerca del gerundio no podría haberse dicho de Europa para el mundo: del estar estando, del verbo pasando sin sujeto ni predicado, de ese pasar adviniendo un sujeto. Nada de eso sale de un pensamiento continental.
Lo que pasa en estas páginas solo podía estar pasando en español, y no en cualquier español. Solo podía estar diciéndolo una argentina escuchando lo que escucha. Solo podía estar diciéndolo Fernanda Restivo.
Pero un río también puede ser detenido. No por la piedra, que lo desvía sin interrumpirlo, sino por la represa: lo que acumula el cauce, lo administra, le pone un muro y lo convierte en embalse. El agua sigue estando, pero ya no pasa. Si el almicidio —el asesinato del alma— es el título contra el cual este libro se levanta, la pregunta que organiza todo es cuál es la relación entre el almicidio y el gerundio.
El almicidio recae sobre el gerundio como posibilidad: la posibilidad de que el verbo esté pasando y de que de ese pasar advenga, no sin contingencia, un sujeto. Si el gerundio es el verbo en su movimiento propio, antes de que haya alguien que lo conjugue, y si de ese movimiento un sujeto puede precipitarse, entonces el almicidio es la interrupción de ese movimiento. Es lo que ocurre cuando alguien queda fijado en el participio pasado sin haber transitado el gerundio: vivido, cortada, amada, sin que haya habido viviendo, cortando, amando. Verbo coagulado, como uno de los títulos de capítulo de este libro.
Pero el libro da a escuchar que hay otra forma del almicidio: cuando el gerundio sigue y sigue sin que nadie advenga de ese pasar. El verbo gira, no para, y no hay circuito que permita que la voz se vuelva sobre el sí mismo. No hay torsión, no hay vuelta. El gerundio se vuelve hemorragia: el verbo sangra sin que nadie lo conjugue.
El río acá abajo también puede sangrar. Cuando sube el caudal con la lluvia de las sierras, el agua se desborda y arrastra todo lo que encuentra. Un río desbordado es una hemorragia del paisaje: necesita sus orillas. La hemorragia del verbo que describe Restivo es eso: el verbo pasando sin orilla, sin borde.
Todas las formas del almicidio tienen la misma estructura: algo estaba pasando y alguien —o algo: una institución, un discurso, un diagnóstico, un silencio— lo detuvo, lo coaguló, le sacó el gerundio y le puso un participio. O dejó el gerundio girando, sin circuito, sin nadie que lo acompañe, hasta que se desangró solo.
El almicidio no es un fenómeno reservado: es una amenaza que nos concierne cada vez que algo está pasando en alguien y no hay quién lo acompañe. Y no hace falta canallada para cometerlo. Cada vez que clasificamos en lugar de acompañar, cada vez que diagnosticamos en lugar de escuchar, cada vez que le ahorramos a alguien el trabajo de devenir porque le decimos quién ya es, estamos en el terreno del almicidio. Se puede llegar ahí por indolencia, por pereza, por comodidad, por tener a mano una categoría que nos ahorra el esfuerzo de acompañar lo singular.
Un pez rompe la superficie del río. Un destello. Después nada. Ni siquiera la marca en el agua. Estuvo, y ya no está. Pero el río sigue. El río ya estaba antes de que el pez se asomara y va a seguir después. Lo que apareció un instante fue el pez. Lo que no dejó de pasar es la corriente.
Lo que este libro permite pensar es que el gerundio no es forma deficitaria sino verbo en su movimiento propio, antes de que haya un «yo» que lo conjugue. No es que primero hay un sujeto y después ese sujeto conjuga el verbo: primero hay el verbo pasando —amando, muriendo, hablando, viviendo— y de ese pasar, en un tiempo segundo que es retroactivo, adviene un sujeto, un sujeto que podrá entonces conjugar lo que no podría haber conjugado si el verbo no hubiera estado ya pasando.
Pero algo en el gerundio no se retira cuando el sujeto adviene. El gerundio sigue, como fondo, como condición de posibilidad. Lo que cesa es el sujeto —aparece y desaparece en el intervalo entre un significante y otro—; lo que no cesa es el verbo pasando, como el siseo de este río sobre el cual a veces alguien se asoma un instante a mirarse y se reconoce. Y después se va. Y el río sigue. Sigue con su resuello.
Muriendo y viviendo no son verbos opuestos: son el mismo gerundio. Mientras se está muriendo se está viviendo; mientras se está viviendo se está muriendo. No es una paradoja retórica: es la estructura temporal del gerundio. El gerundio no distingue entre vida y muerte porque no trabaja con estados terminados —vivo o muerto, participios, cosas cerradas— sino con procesos en curso, y un proceso en curso es siempre los dos a la vez. Son los verbos donde el sujeto no es agente —nadie vive por pura voluntad, nadie muere a propósito de su propia muerte— pero tampoco es puro paciente, porque es su cuerpo el que está haciendo algo que lo excede. Verbos que en el mejor de los casos pasan en uno —no hay manera de vivirlos desde afuera—, pero también más allá de uno —no hay manera de ser su dueño—, y con uno —porque necesitan un cuerpo para pasar. Voz media. La voz que la autora busca en todo el libro.
Una mujer cruza el río. El agua le llega a la cintura. No va en línea recta: el torrente la obliga a negociar cada paso, a poner el cuerpo en diagonal para que el caudal no la voltee. Se trastabilla. No lucha contra lo que el río preforma: hace con él lo que el río le pide para llegar a la otra orilla. Y eso —hacer con la corriente sin someterse a ella ni pretender dominarla— es lo que Fernanda nos dice que hace un analista cuando acompaña un gerundio.
La posición del analista no es puro gerundio. Si así fuera, sería indistinguible de la hemorragia: el verbo pasando y pasando. Eso no es análisis: es la corriente del río sin orillas. Y un río sin orillas es una inundación.
El analista está en el gerundio —eso sí, eso es lo que Restivo llama gerundia— pero su posición incluye otra cosa: sostener el circuito, auspiciar el litoral, para que el viviendoviviendoviviendo encuentre, en algún momento, un punto donde alguien pueda decir vivo, viví.
La diferencia es la transferencia. El gerundio solo, sin destinatario, se desangra. El gerundio con la colocación de un analista tiene la chance de hacer circuito; no porque el analista conjugue lo que alguien no puede, sino porque ofrece el punto de torsión, ese lugar donde la voz puede darse vuelta y volver. La voz media que Restivo invoca: ni activa ni pasiva, sino esa zona donde algo vibra, donde pasa «la abundancia de lo que no hay».
Estar en lo que está pasando y al mismo tiempo sostener la posibilidad de que eso que pasa se vuelva sobre quien lo dice. No como eco, sino como ese pliegue por el cual alguien que estaba hablando se escucha.
Un mirlo camina en el barro de la orilla —todavía estoy en el río—. Hunde el pico una y otra vez en la tierra. No ve lo que busca: busca por el temblor de lo que se mueve abajo. Encuentra sin mirar. Y eso —buscar hundiendo el cuerpo en lo que no se ve, encontrar por el estremecimiento de lo que está vivo— es lo que Restivo llama rastreo. La aventura del rastreo. El analista como alguien que hunde la escucha en el barro de la lengua y encuentra, no por lo que ve, sino por lo que tiembla.
Si el psicoanálisis tiene que ser reinventado, esa reinvención no es sin la práctica analítica. Y la práctica supone que alguien —uno por uno— ponga y disponga su cuerpo, su inconsciente, su estilo, su manera de llevar el objeto al lugar del semblante. Pero la reinvención no se produce siempre. Un río corre, pero solo de vez en cuando, muy de vez en cuando, donde la corriente se demora o el lecho hace una curva que nadie previó, algo se deposita y queda. Es un acontecimiento, y de ese acontecimiento, a veces, decanta una transmisión.
Eso es este libro: el sedimento del gerundio en el cuerpo de una analista, lo que el río fue depositando al pasar, y que ahora tiene la forma de estas páginas.
Si lo que se transmite es lo que sedimentó en un cuerpo, entonces no hay transmisión continental: hay transmisión insular. No una idea bonita sobre la multiplicidad, sino algo más preciso: un pensamiento surgiendo del cruce de un verbo con un cuerpo, pero también encontrándose con otros cuerpos; cada isla siendo irreemplazable y componiendo entre otras una geografía que nadie compone solo. Insular y archipiélico.
Cierro el libro. Me paro en la piedra. El agua me llega a los tobillos. Está fría. El nene sigue pescando. El mirlo no está. Del pez, ni la marca en el agua. La mujer ya llegó al otro lado. Y el río sigue. Pasando. Como si nada de lo que pasó importara. Y sin embargo, su corriente hizo que algo se leyera. En gerundio.
Pero a veces, también gerundia.