En una librería de usados de Ámsterdam, lejos de casa y de mi lengua, me encontré con un libro de tapas amarillas: «Mama’s Baby, Papa’s Maybe», de Hortense Spillers. A mitad de la primera página las similitudes con «La carne humana» se volvieron tan precisas que terminaron por extrañarme.
La brújula de «La carne humana» —publicado en 2022 por editorial Archivida— apunta a la frontera donde la palabra y la carne se rozan, a las marcas que el lenguaje deja al entrar en el hablante. Poner ese ensayo de Spillers al lado del libro trae una luz oblicua. Aparecen pliegues que la página dejó planchados. Las dos articulaciones se tocan y se enlazan: la experiencia del análisis y la geografía del despojo. Un texto suena contra el otro y deja escuchar las diferencias y las similitudes entre el sujeto del inconsciente y las heridas que abre la brutalidad.
Antes de que existiera el vocabulario con que hoy se piensa la etnicidad y el cuerpo, Hortense Spillers le dio una lengua. Crítica literaria, teórica feminista negra, profesora en Vanderbilt, escribió su ensayo en 1987 alrededor de un hecho concreto: el Informe Moynihan, que dos décadas antes atribuía la pobreza de las familias negras a una enfermedad de esas mismas familias. Donde el informe veía una falla, ella encontró una herida. Para nombrar lo que la esclavitud arrancó, su texto forjó la distinción entre el cuerpo y la carne. Es con esa distinción con la que sigo hablando.
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En «La carne humana» se escribe que el hablante surge de una intrincación entre el lenguaje y la carne, frágil como toda costura. La crueldad apunta, con método, a descoser esa juntura. Ahí se define la carne como el grado cero donde toda significación se apoya, o donde se queda sin piso. La prosa de Spillers le da espesor de siglos a ese linde. Su flesh, pegada al despojo del cautiverio, es el “grado cero de la conceptualización social”: las dos articulaciones tocan el mismo límite. Ella describe una materia rasgada, partida, arrancada de sí —its seared, divided, ripped-apartness—, y esa materia es la versión histórica de lo que en «La carne humana» se llama crueldad encarnizada: el procedimiento que impone la dictadura de la carne cuando rompe la metáfora y devuelve al viviente a la literalidad de una materia.
José Assandri, en «Hacerse ver (cuerpo/fotografía/mirada)» trabaja esa misma distinción entre carne y cuerpo y recuerda lo que la etimología ya sabía: carne viene de caro, carnis, atada a la raíz (s)ker– —cortar—, de donde el griego sarx y keiro, «yo corto». La carne es, desde la palabra, lo que se corta. El despojo colonial no inventa el tajo: lo exacerba y lo explota, lo vuelve sistema.
La bodega del barco negrero fue uno de los sitios de ejecución de esa mutación. En la travesía, la cercanía de los cuerpos, dice Spillers, llegaba a un punto donde hasta el género perdía coordenadas: hombres y mujeres amontonados por la forma misma del casco, sin pliegue de intimidad, sin distancia donde alojar nada propio. El cuerpo de la mujer recibía la misma violencia mecánica que trituraba al varón, y además la violación —anotada en el inventario del dominio como un renglón más. La bodega no es solo el lugar donde la carne sufrió: es uno de los dispositivos de su producción. Lo que «La carne humana» llama dictadura de la carne —el procedimiento que desgarra la intrincación entre lenguaje y carne— encontró aquí su laboratorio antes que su nombre.
«La carne humana» hurga en la carne sin forma, esa cuyo revés causa angustia cuando el lenguaje no llega a taparla con la piel de la palabra. La prosa de Spillers muestra la máquina política que rebaja al hablante a su estofa más pelada. Las dos se cruzan en el borde donde lo literal chorrea por la página, y saben lo mismo: la carne sostiene toda metáfora a la vez que se resiste a la misma.
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Los signos de percepción, Wz, son la primera Niederschrift: lo que entra del Otro se acomoda por vecindad, por simultaneidad. Escribir, en su origen, es marcar, hincar, raspar, abrir con un punzón de hierro la piel o el barro cocido, mucho antes de atar el trazo a un sonido. El síntoma-letra, el essaim —ese enjambre de unos sueltos que viven en lalengua— es donde la carne se deja cincelar. Poner esa orilla contra «Mama’s Baby…» cambia el estatuto del látigo y el hierro candente sobre la piel del esclavo. O en todo caso cambia el estatuto de lo que «La carne humana» llama estigmas y Spillers llama jeroglíficos de la carne —hieroglyphics of the flesh—: escritura de trazo grueso, calcada sobre el viviente, que pasa sin la palabra. Esos jeroglíficos, dice, se heredan como una gramática del afecto que sigue latiendo en el presente, sin guardarse en la memoria reprimida sino en una constante actualidad.
El jeroglífico colonial es, en este léxico, un Wz al que se le cortó el paso hacia el inconsciente: la operación colonial no solo grabó la carne, interrumpió la traducción que haría simbólica la marca. Por eso no retorna como síntoma —formación del inconsciente— sino como reminiscencia: vivencia que vuelve a pasar, no experiencia que se subjetiva. Así ilumina, de vuelta, lo que en «La carne humana» son marcas que lastiman la piel porque la huella nunca terminó de borrarse.
El salto de esa primera escritura a la inscripción inconsciente, Ub, pide una traducción solidaria de la metáfora paterna. Cuando esa reescritura no tiene lugar, llega la catástrofe del llamado sujeto de la psicosis: la forclusión del Nombre-del-Padre. La abolición arranca los significantes primordiales del cuerpo simbólico de entre el cuero y la carne, y el Verbo, en lugar de encarnar, vuelve desde afuera y vocifera sin metáfora. Spillers ilumina ese agujero desde la historia. Bajo el código colonial, el padre es una sospecha que no se sostiene: Papa’s maybe. Sus palabras rozan el campo del psicoanálisis cuando llama al Nombre, a la Ley y a la Función Simbólica de la paternidad las agencias ausentes más imponentes —impressive absent agencies.
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El derecho esclavista zanjó la cuestión de la descendencia con una fórmula: partus sequitur ventrem, el hijo sigue la suerte del vientre. Madre esclava, hijo esclavo. La regla afina el mecanismo de la propiedad —cada parto multiplica el capital del amo— y vacía la maternidad de dimensión simbólica y de amparo. No se trata de una matria: el vientre se vuelve sucursal del mercado. Nacer suma una unidad al inventario, y el lazo entre la madre y el hijo cuelga del hilo que la venta puede cortar en cualquier momento.
La misma ley corta de raíz el linaje del padre. El varón negro queda sin derecho sobre sus hijos: el apellido, los bienes, el amparo —todo confiscado—. Se vuelve una sombra legal, una ausencia con sello oficial. El Nuevo Mundo escribe esto con frialdad de planilla. El esclavo es, por definición, alguien sin parientes: kinless. Esa orfandad —legal, histórica, fabricada— habilita al captor a tratar la carne como una pizarra donde inscribir su cuenta y su deseo.
El orden es este: primero el arrebato del cuerpo simbólico —el nombre, la filiación, el género arrancados por la mano que firma el libro de cuentas—; de ese arrebato, como su efecto, la forclusión. Una forclusión producida, fabricada por una ideología a fuerza de látigo.
Justo en ese quiebre, el de Moynihan comete su peor error. Llama a la comunidad negra “estructura matriarcal patológica” y planta un molde patriarcal sobre una historia que el poder armó, a propósito, para volver imposible incluso ese orden entre los oprimidos. Nombrar matriarcado a la estrategia con que la mujer negra sostuvo la vida mientras impotentizaban legalmente al varón es dar vuelta los términos hasta la canallada. La mujer negra tomó los pedazos que el orden blanco dejó cuando destruyó la función del Padre negro. Spillers deja claro que el mismo orden, que deja sin padre a todos los niños, después culpa a la madre.
La “gramática americana” de la raza se levanta sobre esa torsión de las palabras. Inventa un vocabulario de mito donde la misma mujer es, a la vez, fuerza que castra —Sapphire— y manantial de cuidado sin fondo —Mammy—. Los dos mitos hacen de escudo: convierten las secuelas de un crimen en rasgos del alma o de la cultura de las víctimas. Ahí está su artilugio: marca a una misma mujer de más y de menos para que el cargo caiga sobre ella siempre, y nunca sobre la mano que arrancó al padre.
Esa trampa tiene su versión propia en el discurso del psicoanálisis. Decirla es el momento en que este texto deja de pedirle prestado el archivo a Spillers y descubre que su gramática también contribuye a leer este mismo discurso. Un cierto psicoanálisis, sobre todo uno transmitido de manera oral, le reparte a la madre las mismas dos bocas que el derecho esclavista a la madre negra: la madre fálica que colma sin dejar resquicio y cierra la entrada al padre —el exceso—; o la madre que falla en hacerlo entrar —la falta—. Sapphire y Mammy con otro nombre. Que la transmisión oral reparta esas dos bocas sin interrogar su origen abre una sospecha más que una tesis. Quizás repita, sin saberlo, una operación que solo el contraste con Spillers vuelve legible —y quizás no. Es lo que la pregunta que sigue deja sin saldar.
¿Y si toda forclusión del Nombre-del-Padre supusiera, visible o soterrada, una violencia que primero despoja del cuerpo simbólico? La pregunta a su vez conlleva dos cuestiones. La primera: ¿toda forclusión del Nombre-del-Padre nace de un crimen transmitido como marca? La segunda: si esta forclusión tiene una historia de despojo antes de ser una estructura, ¿qué cambia en la escucha?
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Hay una simetría que el contraste deja ver. El despojo colonial es una forclusión producida: arranca lo simbólico y deja al hablante hecho carne. La forclusión de la carne que hoy maneja la tecnociencia en alianza con el Mercado ejecuta su trabajo al revés: arranca lo vivo y deja al hablante hecho dato. Dos forclusiones: una pare carne sacando el simbólico, la otra pare dato sacando la vida.
Aquella contabilidad de los barcos —donde el ser humano perdía su nombre y su historia para volverse “pieza”, tonelada, carga, pérdida por amortizar, bajo la misma medida de peso y de bodega— resuena en la ley de hierro de la cibernética. El esclavo fue una letosa temprana: una vida expropiada de su sustrato, reducida a una cifra en el libro de la trata, obligada a dejar su materia para ser puro valor de cambio. Ese archivo prefigura el simulacro telemático que forcluye la dignidad del cadáver y el límite de la carne.
Spillers prueba que la carne no espera bajo el cuerpo a que alguien la descubra; que el cautivo no traía una carne lista para la marca; que el código soberano lo dejó sin ninguna inteligibilidad civil y, en ese vaciado, produce la carne al descubierto. La brutalidad produce la carne al rasgarla.
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En «La carne humana» se trabaja el estigma, la palabra que se transustancia y se hace cosa. Puesto al lado de las mutilaciones que cuenta Spillers, el estigma y el jeroglífico colonial muestran la misma cara del desajuste entre el cuerpo y la carne: una lastimadura en la superficie donde el goce del Otro se realiza en presente. Pero el contraste deja ver también el revés de la herida.
Spillers encuentra en la carne despojada un terreno de insurgencia —insurgent ground— para subvertir las palabras del Amo: reclamar la carne es hacer hablar las heridas, volver el texto de la mutilación narrativa de resistencia. Al redactar su gramática crítica presta una prosa densa y de laberinto para rescatar los nombres que el archivo del Amo tachó. Le acerca al psicoanálisis los siglos, las fechas, la prueba a cielo abierto de que el arrebato de lo simbólico también se produce. «La carne humana le acerca el reverso íntimo: la escucha donde esa misma herida se trama de uno en uno, y la sutura —que no va en una sola dirección. Devolverle la carne a la palabra y la palabra a la carne, las dos a la vez, porque solo una palabra encarnada ampara del horror. Si toda forclusión nace de un crimen queda sin saldar; la pregunta sigue abierta donde se abrió. La sutura no espera esa respuesta para empezar: se hace en el linde, con los dos textos mordiéndose y necesitándose, cada uno prestándose la escala que solo no alcanzaba.
Referencias en contraste. Fernández, Helga, «La carne humana. Una investigación clínica» (Buenos Aires: Archivida, 2022). Freud, Sigmund, Carta 52 (1896) y «El block maravilloso» (1925). Lacan, Jacques, Seminario 3: Las psicosis (1955–1956) y Seminario 10: La angustia (1962–1963); la fórmula del mensaje propio recibido del Otro en forma invertida. Spillers, Hortense J., “Mama’s Baby, Papa’s Maybe: An American Grammar Book”, Diacritics 17, n.º 2 (1987): 65–81. Traducción al castellano: https://enelmargen.com/2026/06/02/el-bebe-de-mama-del-papa-tal-vez-un-libro-de-gramatica-americana-por-hortense-j-spillers/?fbclid=IwdGRjcASOY6ZjbGNrBI5jkmV4dG4DYWVtAjExAHNydGMGYXBwX2lkDDM1MDY4NTUzMTcyOAABHvGKNNJVxQPYWa1SPjgADtdWHeKx8WqHtp9lXQ2sk3RheISBjLP7Q0-_7oMJ_aem_70_cuVB3hPcOoy1UxEnAYA. Assandri, José, «Hacerse ver (cuerpo/fotografía/mirada)» (Buenos Aires-Montevideo, En el margen/Escolios, 2025).