Imagen de portada: Valeria González
Cuidado editorial: Mariana Castielli y Valeria González
La tierra gira hoy menos veloz.
En ciertas cosasel diablo siempre es neutral.
I. S.
La despedida al Indio Solari tuvo esa curiosa combinación de canto y lágrimas. No era un contraste sencillo, pero el amor popular se las arregló para que nada de eso tuviera algún borde grotesco. La caminata de la despedida estaba agitada por los cantos para luego salir llorando del último encuentro. Fue una fiesta del dolor porque, como alguien dijo, las despedidas son esos dolores dulces.
En la larguísima y gruesa caravana que hacía las veces de fila, se dijeron palabras tan sonoras que brillaban en un domingo en que no lucía el sol y con la lluvia como amenaza.
Las voces que se oyeron en esa caminata son parte de un tesoro en el que nadie es inocente de lo que afirma. El Indio nos habla al oído, decía alguien que encontró ahí el rescate para una vida al borde de la nada. El Indio nos escribió y nos habló a cada uno de nosotros, chorros, drogadictos, suicidas, apaleados, decía una muchacha, y agregaba que esa voz la retuvo de este lado cuando la muerte me besó la frente en dos ocasiones. Otra dice: Hoy leí que el Indio hizo bailar a los filósofos y leer a los ladrones. Y otro afirma que fue el poeta de los desangelados. ¿De dónde brotan todas esas palabras que exhalan poesía y que en su soledad encuentran que les sopla al oído un ángel de la desolación?
Si alguna vez se decía que las letras del Indio eran incomprensibles, se pudo medir más tarde, una vez más, que el cuerpo se las arregla para oír lo que no puede la sordera de gente sensata. Como cuando nos asalta el recuerdo de un sueño en mitad del día, esas palabras extranjeras se meten intrusas en frases evocadas imprevistamente; se las encuentra cuando no habían sido invitadas. Giros que antes nadie podía explicar, daban ahora la medida de lo que se quería decir cuando las palabras faltaban. Esos giros que permitían hablar no eran instrumentos; no se los usaba, sino que eran ellos los que nos encontraban; hallaban en cada quien el vehículo que empuñara esas figuras y metáforas que habíamos logrado, finalmente, leer al escuchar sus canciones.
Hablados por el Indio, nuestra lengua encuentra modulaciones nuevas que permiten, al menos por un momento, salir de las palabras gastadas, de hablar con siglas porque no hay tiempo que perder, de toda esa moneda falsa con la que financiamos nuestra afasia cotidiana. Al lidiar con nuestras muletillas, cuando tropezamos con nuestros cordones, nuestro modo de hablar muestra la enfermedad que la habita.
Nuestra lengua, acosada por el grito insultante de las redes sociales, maltratada por la jerga y jibarizada por el chat, encuentra en esa poesía destellos de belleza donde antes parecía haber un enigma con cerrojo. Cuántas veces hemos escuchado señalar que las letras de sus canciones eran un texto oscuro para que luego encontremos que nuestras voces están pobladas de luces que vienen de los sótanos.
La lengua popular que pisa la tierra, recibida de tantos sitios y de tantos escritores y letristas como Manzi o Yupanqui –poetas que rodearon sus palabras de la música que suena en estas pampas– supo encontrar en el Indio Solari a alguien –junto a otros, porque no está solo en eso– que se inscribe en esa tradición y construye con sus palabras el oxímoron del rock nacional. El rock es nacional porque se canta en nuestra lengua.
Como la sangre peregrina de José Arcadio Buendía –que recorre todo Macondo hasta los pies de su madre que la recibe con un grito– las canciones del Indio, urdidas en los subsuelos del under, treparon las escaleras, rodaron por los adoquines y tomaron el brillo de la luna para penetrar en cada rincón de la lengua urbana, barrial, argenta, haciendo hablar a todas las tribus de todas las calles.
Pero no era el mensaje funesto que anunciaba una muerte sino palabras que venían al rescate y audibles sólo para quienes pudieran leerlas. No fue el caso de un agente de espionaje de la Policía Bonaerense quien, luego de la pesquisa sobre los Redonditos, dice en su informe: Para una persona que los escucha por primera vez, las letras no dicen nada y diría que carecen de sentido. De esa miel no comen las hormigas.
La búsqueda del sentido, ¿no será siempre una operación policial que persigue a la palabra para obligarla a decir lo que se quiere? La poesía desafía siempre esa línea recta e imprime rizos y desvíos en los que se extravían los agentes del orden.
Era necesario oír otra cosa en esas letras para dejarse iluminar por lo que brotaba de ese pozo de sombras, y que expresaba todas esas torsiones de la palabra ante las que retrocede la cordura.
De a poco, las letras que supuestamente nadie entendía, fueron impregnando nuestro habla, se abrieron paso en nuestros diálogos amigos, garabatearon las paredes que siempre hablan, se subieron a los epígrafes de escritos de academia. Ahora nuestra lengua encontraba ahí esquirlas de belleza subterránea.
Para nosotros, habitantes de un tiempo en que el presente se estrecha y el futuro es todavía más angosto, reos de la propiedad, sumidos en este mismo turbio río de una libertad fanática que es fiebre, mar gruesa y oscuridad, llega en nuestro auxilio la munición sonora de esa poesía. Llega y nos recuerda que también se batalla con la palabra.
La historia suele tomarse algunas revanchas de grandes derrotas. Tanta bala y miseria a los nativos de nuestra tierra para que ahora, como retorno de lo oprimido, emerja una ironía impensada. ¿No es acaso un prodigio que, tras la campaña del desierto que no cesa, finalmente sea un Indio el que nos dona la palabra? Y el modo en que lo hace no puede ser ignorado: deja a un lado la consigna que busca masas porque no les habla a todos, sino a cada uno; busca a cada quien diciéndole que el gesto político de tomar la palabra es una decisión, y que este asunto está ahora y para siempre en tus manos.
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Hermosísimo texto. Felicito a Carlos Gutierrez
*Cecilia *
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