PRESENTACIÓN DE LA FUNCIÓN DEL AMIGO, DE HELGA FERNÁNDEZ. POR CAROLINA POLAK SOKOL.

Cuidado editorial: Laura Gobbato

Foto de portada: Valeria González:


El 9 de mayo se presentó el libro La función del amigo. Una tensión deseante, de Helga Fernández (En el margen, 2026), en la librería del barrio porteño de San Telmo, Lalibre. Auspiciaron el pasaje del libro al estado público: Gerónimo Daffonchio, Leticia Martin, Carolina Polak Solok, Horacio Medina y José Assandri.

Compartimos aquí las palabras de Carolina.

Nota de edición


La función del amigo: una tensión deseante, de Helga Fernández es un libro que rompe la barrera del sonido.

Para eso no solo es necesario tener coraje y, aún con el karma de vivir al sur, retomar lo que nuestros maestros Freud y Lacan dejaron caer y no nombraron.

Para perforar esa barrera, además hay que estar hecho de determinado material, del que está hecho este libro.

El atravesamiento de esa barrera implica el perforado de una resistencia y la decisión de soportar un estampido.

La función del amigo, una tensión deseante es, entonces, un avión supersónico.

Y puede fundar con su escritura una zona a ser atravesada por cada lector, que en términos de Helga Fernández se llama “umbral”. El umbral es una geografía y un tiempo de pasaje.  Pero además en el sonido de “umbral” resuena también lo  umbrío: suele tratarse de un territorio claroscuro, que sin embargo el estilo de la autora no cultiva desde el barroco.

 La voz desde la que Helga Fernandez compone este libro, como adelanta su tapa, es nítida: teórica y fixional, lógica y poética, clínica y política y el rigor conceptual de sus 395 rigurosas páginas sin embargo no la rigidiza, sino que contagia la alegría de ese barco de papel que investiga y pregunta y nos invita desde allí a subirnos, para que viajemos con ella.

¿De qué está hecho este barco ultrasónico? 

De una lectura no religiosa de Freud y de Lacan. Una lectura hecha a contrapelo, que hace crujir la letanía usual en que se los lee. Esta lectura pone en acto la función del amigo, de lo que el libro se trata —no de la amistad, no de la romantización, no de un programa, no de la utopía de la sociedad reconciliada— sino de una función matemática, a la manera de la fálica y que además,  “raspa”: eso que la autora nombra tensión deseante, dando un paso fundamental. Efectivamente, sostiene la hipótesis de que se trata de una función constitutiva, más allá de los lazos de sangre.

Este barco está construido también con Arendt y Mc Carthy, con Bataille y Allouch, con Winnicott y Turner, con Hamlet y su polífonía de amigos —Laertes, Horacio— y anti amigos —Rosencratz y Guilderstern—, con los chicos del cine de Somai, y con la zona liminal que se abre entre Macedonio y Borges, quienes atraviesan las turbulencias que Fliess y Freud no pudieron atravesar.  

Devenir amigo es un efecto, nos muestra la autora en cada caso, no una condición.

No siempre es así, también subraya. Y lo constatamos en la escucha clínica, en el repaso de nuestras propias historias, en la del psicoanálisis que comienza cuando una amistad no soporta el tiempo que le sigue a la co-composición y termina en los tribunales con una querella de prioridad. 

Hijo de esa amistad que cae en picada, el psicoanálisis no nombra la función del amigo. Este libro intenta escribirla, ubicando una afinidad estructural con la transferencia y el deseo del analista, sin que la práctica del psicoanálisis se superponga ni se confunda con la de la amistad.

Al romper la barrera del sonido, el libro también va a cosechar resistencias. Ya las cosecha, de hecho: «¿Quién es Helga Fernández?¿En qué institución está?¿Qué edad tiene? ¿Con quién se analiza? ¿Con quién se forma?¿Cómo es esa revista, donde está?¿Vos sos amiga?».

Pero le auguro al libro todavía más estruendo, en la medida en que se lea.

Porque dice, entre otras cosas, que un amigo nos permite salir del hemato-homocentrismo, del pacto parricida y fratricida, que un amigo no es un cómplice ni un camarada, que por todos lados proliferan anti amigos y que el analista comparte con la función que estudia —entendida matemática, topológica y gramaticalmente—  la apertura de una zona liminal, el acto de des-caritar y la inter-cesión del objeto hecho de falta, absteniéndose de la reciprocidad que en la amistad se transita.

Revisita a Margaret Little y revisa las nueve traducciones que hace Lacan de la escena de San Agustín y su hermano de leche, lecho de la envidia y los celos, punto cero del deseo como deseo del otro/Otro.

Revisa y lee con osadía, corta, descascara, des-carita también en el acto de leer. No es una lectora complaciente, ni se gloria de encontrar las pepitas de oro en el pasado. Ni siquiera en los griegos a quienes trabaja con precisión. La función del amigo, puedo leer, es un por venir siempre renovado, no la nostalgia de un tiempo perdido.

Y allí, mientras el libro atraviesa la barrera del sonido como se ha de perforar el semblante para que las letras caigan como una lluvia que fertilice y haga del suelo, limo, la autora hace una creación de una belleza poética que celebro para la transmisión del psicoanálisis, hoy: su apólogo de las nenas del charco. 

Respuesta lateral a los hermanos de leche, estas son dos nenas que abren un espacio liminal.

Cuando empecé a leer el libro, yo no sabía qué es un espacio liminal y me privé de ir a Google. Quise que lo no sabido me hiciera de timón.

En “liminal” en principio me resonaba el limo, ese sedimento que vuelve a la tierra fértil. Me parece que escuché bien, porque no tengo dudas de que este libro va a germinar, va a florecer en sus lectores y lectoras.

Del apólogo de las nenas del charco, primero digo: gracias porque sean “nenas”. No son “niños” ni “niñas”. “Nenas” recupera nuestro castellano rioplatense contemporáneo, lugar donde este libro ha sido escrito y editado de una manera cuidada y creativa por En el Margen. Y además abre un campo semántico en el que es posible preguntarnos por un limo en el que la función del amigo apunta en la dirección del lado derecho de las fórmulas de la sexuación de Lacan: aquella forma de habitar el lenguaje que no cierra el conjunto, que no hace totalidad, por supuesto, no sin la escritura de la falta.

Helga Fernández lo fixionaliza desde una poética conceptual que le permite salir del empaste de envidia y celos de los hermanos agustinianos.

“Veo con mis propios ojos a dos nenas frente a un charco de lluvia. Una sostenía una rama, la otra contemplaba el agua. Sin palabras, trazaban círculos en la superficie, creando ondas que se encontraban y multiplicaban. No hablaban, pero componían un juego donde el agua dejaba de ser espejo para volverse campo de experimentación”.

Primer tiempo de la mirada de Helga Fernández en la composición de este apólogo fértil. Ella nombra aquello que recién a partir de ahora se nos hace visible. Avanza. 

En el segundo tiempo las nenas inventan mundos en el charco: “es el lago de la luna” dice una, y mientras toma una hoja seca, la otra dice “un barco”. Fernández nombra que en esa apertura ninguna busca conquistar, ni encontrar el reflejo de su imagen, sino el trazo compartido que las excede.

En la tercera variación vibra el encuentro. 

En la cuarta, las nenas agitan el agua con palos y disuelven la posibilidad especular creando un espacio poroso. Esas nenas, que tal vez jamás se vuelvan a ver, crean un reino, un espacio que no existía de antemano. 

En la quinta variación, el sol comienza a secar el charco. Ellas incorporan el duelo y no se ensombrecen: con sus dedos trazan en el barro húmedo los caminos que las ondas habían dejado. 

En la sexta variación el juego se detiene. Una hace naufragar el barco de la otra – ¿quién de nosotras no ha estado allí?-. El espacio vuelve a ser espejo pero tras un instante una recoge una hoja a la que llama “balsa” y entonces el espacio vuelve a ser un lago donde otro juego, que incluye la fisura, recomienza.

Conocí a Helga Fernández, leyéndola, durante la pandemia.

En Instagram, soporte de lectoescritura que despuntaba para mí en aquel inolvidable 2020, aparecían posteos con letras blancas sobre fondo negro. Algo estaba invertido: era una presentación reversa, como la lógica del discurso analítico. 

Se trataba de una escritura y un diseño que me invitaban, como lo hizo Helga, cierta vez que comenté uno de sus artículos. 

También me propuso escribir allí lo que quisiera. 

La busqué para seguirla en Instagram o Facebook y no la encontré. El algoritmo no estaba tan aceitado en aquel momento —con la velocidad que hoy nos despeina a todos, parece prehistórico.

Ese desencuentro, por supuesto, se me hizo causa. 

Hablamos por teléfono algunas pocas veces, sin pasar jamás al registro de lo íntimo ni de lo doméstico ni de lo logístico. Conversaciones al punto, bien a su estilo. 

Fui a algunas de las presentaciones de las dos editoriales de las que forma parte. La leo, más lentamente del ritmo en que ella escribe. Sus letras son como la mirada de una bailarina de flamenco, en su tono reverberan las sílabas potentes de su nombre, su H que cifra a veces la pérdida, otras la falta, que hace amigable un vacío.

El libro que presentamos hoy, su escritura y su estética, le dan un nuevo aire al psicoanálisis que practicamos aquí y a la forma de enlazarnos, un lazo amigo, que cultiva lo fecundo del desencuentro, que le da vuelo a la letra y que invita a la composición del por venir.

Gracias Helga Fernández por invitarme al charco. 

Sabemos que si no nos ensuciamos los zapatos, no hay juego, no hay escritura, no hay psicoanálisis.

Tu libro ya se hace amigo de quienes practicamos hoy y aquí el psicoanálisis y se irá haciendo su lugar en nuestras  bibliotecas.


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