El disfrute, índice de sí mismo y de lo falso. Por Roque Farrán

Imagen de portada Robert Mapplethorpe

Cuidado editorial Gerónimo Daffonchio

¿Dónde empieza y termina un cuerpo? Esa pregunta me viene insistiendo hace tiempo. Nos da gracia y a la vez molesta cuando el gato empieza lamiéndose las patas y pasa raudamente, por mera contigüidad extensional, a lamer el almohadón del sillón donde se encuentra reposando, porque es como si no reconociese la diferencia material o siguiera por automatismo haciendo lo mismo, transformando así un acto de aseo para él en un baboseo poco higiénico para nosotros. Pero hay otra escena mucho más hermosa que relata Michel Serres, en Variaciones sobre el cuerpo, donde su cuerpo pareciera prolongarse extensivamente hacia la naturaleza, luego de haber descendido un cerro escarpado, tramándose entre los árboles, el viento y la geografía, recogiéndose a sí mismo mientras se expande cada vez más:

“Nuestros cuerpos disponen en consecuencia de un avance suficiente, de un margen de paz antes de que los eruditos nos molesten gravemente por nuestras escaladas y nuestras siestas sensoriales y perturben nuestras felicidades culturales de sapiencia y de sagacidad, acogidos aun libremente, sin lógica ni cálculo, en un viento frío y en un gran sol, en esa primera tarde de agosto cuando, habiendo bajado de la cumbre del Cervino, acostado en mi jardín, en el suelo, mezclo exquisitamente mis extremidades íntimas, ínfimas, con los temblores externos múltiples de las cimas de los árboles, a treinta metros de altura. Si los espacios, por lo tanto, si los lugares habitables se multiplican, afuera y adentro, y se anudan como los tiempos, el mío, el de la Tierra, el de la historia y de la evolución, ¿cuántos días y noches todavía mi carne de verbo, de tintes y de música permanecerá en el ápex o las aristas de la montaña fascinante, bailando en un equilibrio inestable sobre el filo de su hoja, inmensa lengüeta temblorosa en los labios del viento?”

O sea que a la pregunta extensional ¿dónde empieza y termina un cuerpo?, podemos añadirle otra temporal, ¿cuánto dura un disfrute que se ha desplegado así, en el paisaje entrañable, anudando la historia y la evolución, afuera y adentro? Quizás más que en la duración ese modo de goce se inscriba en la eternidad y, por ende, el modo singular que lo ha alcanzado encuentre allí su conexión (o justa modulación) con el conjunto infinito que lo excede por todas partes.

Pero no nos adelantemos tanto, porque insiste aún la pregunta por cómo sostener la singularidad de un cuerpo a la vez que la composición potencialmente infinita con otros cuerpos. O dicho de un modo más concreto: ¿Cuándo lamer se transforma en un acto repetitivo, insensato o repugnante, y cuándo en una “inmensa lengüeta temblorosa en los labios del viento”? ¿Es un puro efecto retórico del lenguaje o hay algo real ahí que no responde a género o especie? Porque el gato también tiene sus momentos de relajación absoluta, cuando se tira despatarrado al sol, o de contemplación majestuosa del entorno con una calma envidiable que lo sitúan en cumbres escarpadas más allá de nuestras banales repeticiones y disposiciones humanas. Valga decir lo obvio: no todos alcanzamos todo el tiempo el punto de disfrute justo donde las partes del cuerpo componen adecuadamente sosteniendo la relación característica entre movimiento y reposo.

Pero, entonces, ¿depende de la mirada de cada quién, de las valoraciones sociales o de la época que nos toca? ¿Quién determina dónde termina el disfrute y comienza la estupidez? ¿Acaso todo es relativo y la naturaleza juega a los dados por el placer de la mera repetición? Yo creo que no, que el disfrute justo también es -como la idea verdadera- índice de sí mismo y de lo falso, en este caso el goce repetitivo e insensato, que no compone con nada y está fuera del cuerpo. El problema quizás sea poder transmitirlo, ahora sí con los medios significantes y significativos que estén a nuestro alcance. ¿Hay actos de transmisión que compongan adecuadamente las partes involucradas?

No soy para nada sofisticado ni creo ser muy exigente con los modos de expresión, pero no soporto la estupidez. Valoro sobre todo la honestidad intelectual que es afectiva. Muy pocas veces he encontrado ese modo de disfrute que no tiene nada de espectacular, sino que responde a la conexión simple y maravillosa con el entorno; me ha sucedido recientemente subiendo una escalera, por ejemplo, o comiendo un asado en el patio. Momentos donde los elementos se reunían sin ningún esfuerzo. Allí donde la existencia misma sostenida en un cuerpo que siente y piensa al mismo tiempo se anuda livianamente con otros, el lugar, la historia y la naturaleza, y se resignifica in toto. Al punto que uno puede decir: podría morir en este instante y todo -incluidos los dolores, pérdidas y sufrimientos- habrá valido la pena.

Pareciera que escribirlo ya sucede en otro momento, a posteriori, cuando la lechuza levanta vuelo, etc., y no se puede recuperar o recrear el disfrute alcanzado anteriormente; pero también hay una potencia singular desplegada al escribir, que reúne los tiempos y los condensa en un momento mágico. Por ejemplo, cuando el gato nos mira desde la ventana urgido por entrar y se transforma en lechuza; nos reímos y lo escribo. Es el caso.

Mendiolaza, 6 de julio de 2026.


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