OTRAS POSIBILIDADES DEL CUERPO. Notas para un comentario de «Hacerse ver», de José Assandri. Por Claudia Huergo.



El trabajo de José Assandri en este libro aborda la obra de Gabriela Liffschitz en tres registros: su producción literaria poética, la muestra fotográfica sobre su cuerpo a raíz de su mastectomía —junto a dos libros publicados después de ese acontecimiento— y una película. Por último, pone en relación las performances fotográficas/textuales de la artista con su experiencia analizante relatada en Un final feliz (relato sobre un análisis).


Prolongo una cita de la interlocución de Gabriela con María Moreno. Me interesó que Moreno proponga no considerar los registros o su obra como “reparatorios” o “estetizantes” sino como “otras posibilidades del cuerpo”.
Estas indicaciones de Moreno me llevaron a armar un diálogo posible, imaginario, entre Paul Preciado y Gabriela Liffchitz, fabulado a partir de sus aventuras y pasajes por los sistemas de verificación. En el caso de Paul, en aras de su transición; en el de Gabriela, a partir del tratamiento por su cáncer de mama, que derivó en una mastectomía.


Me los imaginé en una sala de espera, compartiendo inquietudes. La de GL: ¿qué voy a hacer con una teta menos? La de Paul: ¿qué voy a hacer con este medio litro de sangre de más?


PP
Mi cuerpo está cambiando. Mirando mi última analítica sanguínea, la doctora me explica que, como era de esperar, mi hematocrito ha aumentado tras varios meses inyectándome testosterona. En definitiva, dice, tienes medio litro más de sangre que antes. Pienso desde entonces en ese medio litro que corre ahora por mis venas, lo siento bombeándome el pecho con una intensidad musical amenazante.


GL
La faltante (como llamo al pecho que me falta) es algo así como un ente en actividad; no se trata para mí de una ausencia sino de algo que está resignificándose a cada momento (…) en acción permanente (cosquilleos, fantasmas, pensamientos, imágenes, fotos, es decir, movimientos todos con clara intención de ser lo que sale, lo que se extiende y se expande hacia afuera como alguna vez el pecho ahora inexistente). También esa parte del cuerpo presenta constantes variaciones: se hunde, se inflama levemente, la cicatriz cambia de posición, y el hecho de que se vea latir el corazón por entre las costillas propone al observador atento un terreno en permanente mutación.


PP
Estoy acostumbrándome a mi nueva voz. La administración de testosterona hace que las cuerdas vocales crezcan y se engrosen, produciendo un timbre más grave. Una voz que hasta ahora no era mía busca refugio en mi cuerpo y se lo voy a dar. Nunca me despierto dos veces en la misma cama, ni en el mismo cuerpo. (…) Esta voz surge como una máscara de aire que viene de adentro. Siento una vibración que se propaga en mi garganta como si fuera una grabación que sale a través de mi boca y la transforma en un megáfono de lo extraño.


GL
Observé atenta las variaciones de la cicatriz, las texturas, la piel, mi propia sorpresa: primero siempre desconcierto, después casi siempre fascinación. Me encanta la explanada que se extiende ahora —desde hace más de tres años— en el costado izquierdo de mi pecho. Me fascina ver latir el corazón. Ver que estoy viva. Creo que la existencia de la falta agrega al concepto de mí. Creo que la falta es en sí algo en actividad, algo que produce, algo sobre lo que se piensa, algo desde lo que se construye. Por eso llamé a este ondulado barranco en el costado de mi pecho, la faltante.


PP
Los otros tampoco reconocen esta voz que la testosterona induce. El teléfono ha dejado de ser un fiel emisario para convertirse en un traidor. Llamo a mi madre y ella contesta: ¿quién está ahí?, ¿quién es? La ruptura del reconocimiento hace ahora explícita una distancia que siempre existió. Yo hablaba y ellos no me reconocían. La necesidad de verificación pone a prueba la filiación.


GL
Cada noche, en la cama —otra planicie—, en el umbral del sueño, tengo un vuelco, lo hago, un poso de aire (como si volara), un movimiento involuntario del corazón que se extiende ahora por la superficie de mí.
Miro esta parte de mí, primero como un resto (demasiado asombro), como quien mira un terreno diezmado, la cumbre que ha sido presa de la voracidad de la tierra. Sin embargo, me digo, de un bosque talado todo puede esperarse, podría. Quién sabe lo que pueda pasar; está claro que algo ocupará su lugar, algo insospechado seguramente se apoderará de ese hueco, esa nueva y sutil cavidad. Miro con detenimiento, miro ahora que puedo ver, las transformaciones casi imperceptibles de la carne, la cicatriz ya sonrosada, como una adolescente, se ha vuelto un signo infantil, o diletante, o perezoso de un pájaro que vuela en la lejanía. Tal vez lo logre, me digo, tal vez algún día sus mutaciones la lleven de la simple herida a la perpetuación de alocados arabescos, o tal vez incluso —otra vez— hasta la turgencia del pecho.


PP
Esa transición que por convención social y regulación médica denominan “hacia la masculinidad” se acerca más a un proceso de devenir animal, devenir caballo, a veces. Esta nueva voz aparentemente masculina recodifica mi cuerpo y lo libera de la verificación anatómica. La violencia epistémica del binarismo sexual y de género reduce la radical heterogeneidad de esa nueva voz a la masculinidad.


GL
Que esta mutación (su observación) haya sustituido a la mutilación, es decir, que en esa explanada yo haya podido ver el movimiento y no la ausencia (de feminidad, de sensualidad), fue el factor que me permitió tener una posición también activa —y creativa— con relación a este nuevo momento de mi vida, a mi sensualidad y a mi sexualidad.


PP
Si hubiéramos dedicado tanta investigación a comunicar con los árboles como hemos dedicado a la extracción y el uso del petróleo, quizá podríamos iluminar una ciudad a través de la fotosíntesis, o podríamos sentir cómo la savia vegetal corre por nuestras venas, pero nuestra civilización occidental se ha especializado en el capital y la dominación, en la taxonomía y la identificación, no en la cooperación y la mutación. En otra episteme, mi voz sería la voz de una ballena o el sonido de un trueno; aquí es simplemente una voz masculina.


Estas “otras posibilidades del cuerpo”, siguiendo con la anotación de María Moreno, no son la banalización neoliberal de pensarnos frente a un mercado que ofrece infinitas posibilidades identificatorias o de goces. “Otras posibilidades del cuerpo” abre un campo de batalla, de disputa.


La construcción de este diálogo me hizo sopesar un campo de fuerzas. Al menos el que implica sacar la voz, meter la voz/escritura dentro de un sistema que sigue siendo tutelado, jerárquico, donde la pregunta de Spivak —¿puede el subalterno hablar?— sigue vigente. Y pienso en toda la fuerza de un sistema, un logos, por intentar recodificar, recaptar, reorientar unos movimientos, una actividad, una producción.


¿Cuánto exceso de sentido, cuánto exceso de interpretación es necesario para traer de las pestañas a alguien que, vía sus tecnologías de sí, logró hacer un pasaje de la mutilación a la mutación?… ¡¿Para volver a “ubicarlo/la” dentro de las preguntas del binarismo?! Porque ¿qué vamos a leer allí donde obra una mujer, si dejamos fuera el desenlace de su feminidad? Va a ser madre: ¿y qué pasa con su feminidad? Trabaja y no tiene hijos: ¿y qué pasa con su feminidad? Atraviesa una cirugía, se está muriendo, pero ¿qué pasa con su feminidad?


¿Será posible que todo lleve a una declaración de sexo, o de género? Esto tiene un nombre: violencia epistémica. Preciado lo formuló como epistemología de la diferencia sexual. En medio de estas conversaciones me pregunto, parafraseando a Borges cuando escribe me duele una mujer en todo el cuerpo: ¿dónde le duele la mujer al psicoanálisis?


María Moreno anota transformación y revuelta, armas que Gabriela Liffchitz eligió para convertir su experiencia del cáncer desde el punto de vista médico —la mastectomía, la metástasis, el calculado fin— en la producción de un pensamiento radical sobre el cuerpo, el erotismo y el arte en acción. ¿Un efecto? Que desde esa explanada a su costado haya podido ver el movimiento, la invención de la asimetría, y no “la ausencia de”. Liffschitz responderá con fotos y textos que guerrean con la morfología dominante, plantean la reconquista de lo dado como falto a través de la potencialidad creadora.


Un pacto para vivir. Rajar del binarismo, de los marcos de visualidad hegemónicos, ser acogidxs en un suelo cuir.


Estas operaciones de transformación y revuelta que anota María Moreno introducen también un temblor en la repartición tan cara al psicoanálisis entre naturaleza y cultura. ¿Será que alguna vez vamos a considerar dentro de nuestro amado Simbólico a este suelo cuir?


Es decir, ¿vamos a consentir considerar que nuestros puntos de agarre, de acogida, son formaciones heteróclitas, donde conviven lo animal, lo vegetal, lo mineral, lo humano? ¿O vamos a seguir negando el asentimiento, obstruyendo que otras imágenes puedan espejarse? ¿Todos los relatos de interacciones y perturbaciones entre especies alcanzarán para pensar, como dice Anna Tsing, “ecologías basadas en la perturbación donde especies viven juntas sin que exista armonía ni conquista”?


¿Vamos a admitir que quizá lo que nos sostiene frente al espejo, lo que nos produce júbilo, pueda ser una geografía, un paisaje, un asentamiento heteróclito donde lo que nos cuida y sostiene puede ser el hueco de un árbol? ¿Que seguir la veta de una herida-cicatriz, la experimentación con esa textura y esa variación, puedan desencadenar otras alianzas de contacto?


La filósofa y coreógrafa Marie Bardet escribe a raíz de una pregunta de Preciado, ¿quién defiende al niñx cuir?:


Hubo en mi infancia un hueco-herida-refugio que supo albergar nuestras infancias “queer” en un pueblo despoblado de cualquier nombre, imagen, relato, ejemplo, en el que hubiéramos podido ver reflejada alguna dirección desviada de nuestro deseo, de nuestra vida futura, de nuestras alianzas deformes. Ninguna identificación humana y social, solo el correr rápido sin ser vistxs a escondernos en la panza vegetal generosa, compartida con hormigas que hacían su trabajo penoso e insistente, que trazaban surcos obstinados de su vida pen(s)ante no reflexiva, así como la nuestra no era reflejada en ninguna imagen, en ningún relato como “posible”. En mi pueblito de Francia de los 80 y 90, nos cuidó un árbol. (…) No recordé ese árbol hasta hace muy poco. Me avasalló repentinamente el tacto suave de los bordes abultados de la herida que dio lugar al hueco (…). La huella de la membrana lisa del tilo herido marcó en el hueco de mi mano una experiencia de la caricia desde/dentro/a partir de la cicatriz.


Una teoría, unos desarrollos de la visualidad dentro de ciertos marcos disciplinares, también disciplinan e invisibilizan otro tipo de alianzas, de desvíos, separando, por ejemplo, a la mirada del tacto. ¿Cuánto de la evolución de esa cicatriz, hasta ser llamada llanura, planicie, barranca, no tiene que ver también con el tacto? ¿Con lo háptico como conjugación poco clara y heterogénea entre tacto y mirada?


¿Será esta otra oportunidad a dejar pasar para pensar cuánto de nuestras teorizaciones siguen enganchadas a la noción de déficit?


¿Otro fin de mundo / fin de análisis es posible? Sobre umbrales, pasajes, desvíos.


¿Nos haremos cargo alguna vez de la parte que nos toca en los efectos de empobrecimiento, de desencantamiento del mundo, en lo que implica recortar los gestos que desencajan del binarismo genérico/sexual? ¿Y lo que desencaja del binarismo naturaleza/cultura?


Si es así, propongo afiliar las prácticas de sí que Gabriela Liffchitz operó a una erótica de lo vivo, contra la morfología imperante de lo que se supone que debe y puede un cuerpo en contextos de enfermedad. Y a su escritura, dentro de los efectos de la literatura menor, en el sentido de Kafka.


Si podemos asumir que un análisis, en la medida en que pone a funcionar la potencia de la desagregación, termina siendo una máquina de hacer pasajes —tomo aquí la formulación de Allouch: salud mental es pasar a otra cosa—, ¿podremos nosotros pasar a otra cosa que no sea volver a recaer en el binarismo?


Este libro, Hacerse ver, funciona como una máquina exploratoria que, al seguir los movimientos y vacilaciones de Gabriela Liffchitz, echa luz sobre las asperezas y reduccionismos de un tipo de dispositivo de acogida del malestar. Nos permite ver, por caso, a Gabriela tropezando con formulaciones que traen algo de un deber ser: las de un analista respecto de un animal mitológico llamado la Verdadera Mujer, que arrastra enganchados otros animales mitológicos, como el Verdadero Psicoanálisis, el Verdadero Analista o la Verdadera Cura.


Asistimos también a las vacilaciones con que responde al pedido de su analista de testimoniar sobre su análisis, en un campo minado por la jerga del dispositivo de pase de escuela.


Siguiendo con las metáforas campestres, no sé si esto sirve para separar la paja del trigo. O qué pueda resultar de desenganchar nuestros animales: si una bella estampida o, por el contrario, el pavor a abandonar el corral. O que, frente a la duda, como siempre, terminemos pidiendo más seguridad y control.


Cuando estamos en una línea de transformación no podemos anticipar en qué sentido vamos a resultar modificados, o quién va a salir modificado de allí. Un chiste que cuenta una querida y vitalista amiga analista, Alicia Lerner, trae quizá una indicación ética. Alguien sube a un taxi y, al final del viaje, cuando va a pagar, le entrega al taxista la mitad del monto. Cuando el taxista le reclama lo que falta, el pasajero responde: pero ¿cómo?, ¿acaso usted no viajó?

Un comentario en “OTRAS POSIBILIDADES DEL CUERPO. Notas para un comentario de «Hacerse ver», de José Assandri. Por Claudia Huergo.”

Deja un comentario