I
En la entrada de todos los museos un cartel repite: Prohibido tocar.
Peusner abre este libro con Agamben. El Museo guarda lo que fue retirado del uso, y da lo mismo que la pieza venga de otro siglo o de ayer. Sobre esa base este libro conjetura que la topología lacaniana terminó ahí adentro, y pide volver a usarla. Quiero tomarle la palabra en su literalidad, porque el cartel del Museo permite admirar la pieza, estudiarla, fotografiarla, pero prohíbe tocarla. La museificación se consuma cuando las manos quedan afuera. Y la profanación, si empieza en alguna parte, empieza ahí.
Ahora viene un poco de topología… enseña que un seminario puede tener un título secreto o retaceado en un sentido táctico: Problemas cruciales escondía las posiciones subjetivas del ser. Me pregunto si un ensayo puede tener también un género secreto. El libro se presenta como conferencia, porta marcas de oralidad, convoca a los lectores a una sala imaginaria; su género, sin embargo, es otro. Me animo a decir que es un manual, un manual por lo que la palabra hace oír sin metáfora alguna: un libro escrito para las manos. Sacar la topología del Museo es mudarla de la vitrina al banco de trabajo, al escritorio, al cuarto de escucha. Una pieza se profana cuando una mano la agarra.
Pero manual con una salvedad. En Consejos al médico Freud avisa que sus sugerencias valen como herramientas y no como preceptos, herramientas a fabricar y a usar según la forma de cada mano. Este libro hace algo parecido, comparte y transmite un uso de la topología en la práctica del análisis, sabiendo que nadie puede hacerlo por otro. Porque hablar de topología en psicoanálisis excede el hacer la torsión y excede el aprehender más o menos la botella de Klein. Es componer la topología con la práctica y la práctica con la topología. Armar una banda de Moebius lleva cinco minutos; aprender la estructura del sujeto como banda de Moebius lleva años.
Eduardo Stupía enmaraña líneas hace medio siglo, y además de dibujar edita y escribe. Tradujo y reunió bajo el título Lo manual en el arte lo que él llama una módica arqueología de ese protagonismo en las artes y los oficios. Ahí está Renoir con los dedos quebrados por el reumatismo, enroscados a un pincel que la piel apenas toleraba. Matisse confiesa que la mano prolonga la sensibilidad y la inteligencia, sirvienta que no debe volverse ama. El maestro de caligrafía toma la muñeca del alumno y encuentra en ella una resistencia. Hiroshige dibuja sus mejores obras en la arena húmeda para que la marea las borre. Y entre todos hila una mujer, Barbara Wheeler, entrevistada mientras hila, porque eso solo se puede mostrar hilando. Wheeler describe el triángulo que se arma entre sus dedos y la madeja, ahí dos fuerzas contrarias se encuentran y producen la torsión que hace entrar la fibra en espiral. Dos fuerzas que se encuentran porque su mano está ahí.
Es la misma torsión con la que, según Peusner leyendo la reseña de Problemas cruciales, el ser hendido del sujeto se sutura. Hendido dice la versión de Paidós y también su traducción, para una palabra que Lacan escribió refendu. Y refendre viene de la carpintería, donde nombra el aserrado al hilo, a favor de la veta, el corte que corre a lo largo de la fibra sin atravesarla. Quizá por esto Lacan convoque en este seminario la Entzweiung hegeliana para esa hendidura, en lugar de la Spaltung freudiana, que nombra una grieta ya constituida.
Y hay un hilo más, el que cose este libro. La edición de Lirio es artesanal, ejemplares numerados, la tripa cosida a mano con un hilo que le hace de alma, el refilado a cuchilla. Matías Fanuchi lo edita así, y el volumen empeñado en devolver la topología al uso llega hecho por manos a las manos. La arqueología de Stupía podría estirarse hasta acá, porque encuadernar pertenece a la misma serie que el pincel atado a los dedos de Renoir y la madeja de la hilandera. Un pliego se dobla a ojo y termina de doblarse con el pulgar, y nadie explica dónde se aprieta. El objeto lo lleva anotado, cada ejemplar apenas distinto del anterior, con su filo irregular. Un libro sobre superficies y bordes llega entonces con superficie y borde propios.
Quien recorra después la banda con el dedo, sin levantarlo, vuelve al punto de partida, y las dos caras que son una le quedan en la yema. La mano verifica lo que el ojo rechaza. Por eso me interesa que este libro carezca de dibujos, la falta empuja a hacerlos, a agarrar el lápiz. Dos condiciones, entonces. La primera pide que el trabajo sea de la propia mano. La segunda incomoda, porque quien después quiera contar lo que pasó va a mentir. Wheeler lo confiesa, cuando empezó a enseñar a hilar descubrió que mentía, que hacía algo distinto de lo que decía estar haciendo. Esa mentira funda la transmisión en vez de arruinarla. Un oficio se transmite con sus faltas y sus fallas; una capacitación exhibe llegadas. En el hiato entre lo que la mano hace y lo que la boca dice se aloja la función del no saber, ese saber que se ignora a sí mismo y se transmite igual, como el pulgar del encuadernador. La formación de un analista pasa por ahí o pasa por otro lado, y entonces forma otra cosa. Ahí importa la topología, en el lugar donde el significante, el concepto, la palabra, el sentido, llegan al borde de su alcance. Por eso este libro baja del atrio y comparte un saber hacer, como la hilandera, mintiendo y a la vez diciendo úsenla, tóquenla, sáquenla de la vitrina, háganla a la medida de cada mano.
Falta la tijera. Peusner desentierra una de las fuentes que Lacan usó sin citar, el Poincaré de Últimos pensamientos, y de ahí extrae una tesis, el corte revela la estructura. Lacan distinguía cortes verdaderos y falsos, verdadero el que la revela, falso el que corta por cualquier lado. Las tijeras enseñan esa diferencia más rápido que las definiciones, y se la enseñan a quien opera con cortes. También la interpretación se aprende por la muñeca. Si la interpretación es un corte, es oficio de manos.
II
Peusner toma la topología como problema crucial y hace además otra cosa. Trabaja buena parte de lo que Lacan trabaja en Problemas cruciales para el psicoanálisis, sin declararlo, con un pie en el seminario sobre la identificación. Al primero lo ronda por la historia de los títulos, que reconstruye desde el anuncio en Los cuatro conceptos fundamentales hasta la confesión tardía, la reseña y el retome en el seminario del acto. Las piezas mayores de su argumento, en cambio, salen de adentro. De adentro sale la botella de Klein como soporte del ser del sujeto, y el ser cortado al hilo que vuelve a suturarse por torsión, y la piba de Ben Hur releída en la sesión del 13 de enero del 65.
El libro se abre declarando una tensión entre dos significantes, topología y problemas cruciales. Lo que pone a trabajar desborda ese par y arrastra el ser del sujeto, el saber, el sexo, la botella, la torsión, la mirada. Es una batería significante con sistema. Hace más de lo que dice, que es el mejor defecto que un libro puede tener. Lo digo yo entonces, como quien devuelve un título a su dueño. Este libro es una lectura de Problemas cruciales, posible, transversal, oblicua.
III
El trabajo con la superficie que propone Peusner resulta útil, y más que útil, necesario. Propicia otra lógica contra dos modos de entender que rara vez se presentan de frente, porque más que sostenerlos los padecemos, ellos nos sostienen a nosotros. Hablo en plural porque me incluyo. Alguna que otra vez todos vamos a pensar así, lo sepamos o no, ya que es una resistencia además de un error, resistencia alojada en la lengua misma y en los vocablos con que ella nos provee una idea de las cosas.
Más profundo, menos profundo. Ahí el inconsciente aparece como algo oculto, solapado, que debe emerger desde vaya a saber qué capas geológicas. Es un modo que promete siempre lo mismo, abajo espera lo importante, y el trabajo consiste en bajar a buscarlo. En desenterrarlo.
Interior y exterior, adentro y afuera, lo mío y lo tuyo. Ahí el inconsciente se vuelve individual, particular, aislado, propiedad de alguien, y una vez que tiene dueño se lo absorbe en el yo mientras nadie nota el pasaje. La cosa vuelve al mismo lugar del que Freud, y Lacan todavía más, la habían sacado.
La lógica de superficie que trae Peusner quita el recipiente y despsicologiza. Y esto rinde más en la sesión que en la teoría.
El tiempo primero. Junto con la hondura viaja siempre una cronología, el pasado quedó atrás, o abajo, enterrado, y el presente encima. De ahí la escena arqueológica del análisis, cavar, datar, exhumar. En una superficie falta el subsuelo. El pasado se pliega sobre el presente, en la misma tela. La escena infantil es pliegue antes que fósil, se lee hoy, en el discurso de hoy, y nadie viaja a ninguna parte a buscarla. Lo que parecía distancia temporal es un doblez, la misma torsión con que el ser hendido del sujeto vuelve a suturarse.
Con el cuerpo, la frontera con la medicina se dibuja sola. Un organismo es lo que piensa el discurso médico, saco de piel lleno de órganos, hormonas, disfunciones, y el síntoma como algo que falla ahí adentro. El cuerpo que nos importa es otro, la misma botella de Klein, soporte del ser del sujeto. Es superficie recortada por bordes, y el síntoma es asunto de escritura, del modo en que el goce bordea los agujeros, y jamás una avería en el interior de una máquina. Acá se juega todo, así que lo digo con precisión. Lo que se le quita al cuerpo es la sustancia, el relleno, el volumen que desplaza agua. Le queda el espacio, que es donde una mano toca a otra.
La fantasía de completud tiene un culpable mal señalado. El ideal de la totalidad se le cuelga al volumen, como si tener tres dimensiones fuera de por sí soñar con estar entero. La responsable es la esfera, y la esfera es una superficie. Género cero, ni un agujero, nada que rodear. Ahí está cifrado el ideal, integrarse, tener un yo fuerte, adaptarse, curarse volviéndose completo. La banda de Moebius y el cross-cap demuestran en cambio que el cierre se escapa siempre, queda un borde abierto, una extimidad que se resiste a ser absorbida. Es un teorema y no una promesa terapéutica de menor ambición, y por eso vacuna contra el mandato de arreglar a alguien para devolverle una completud que jamás tuvo.
Toca al analista. La división entre transferencia y contratransferencia es el síntoma más visible de haber pensado la clínica con recipientes. Puestos dos sacos cerrados en un cuarto de escucha, la transferencia sale del adentro de uno y golpea la pared del otro, y la contratransferencia sería lo que se agita adentro del segundo por el golpe. Una sesión como choque de bolas de billar, y de ahí la tarea imposible y culposa de limpiarse los afectos para hacer de pantalla en blanco. Sin recipiente la división se desarma. Hay una sola tela y los dos están inscriptos en ella, que es lo que Peusner recoge del Seminario 2. La transferencia pone en acto ese circuito, y el circuito envuelve a los dos. Con lo cual la contratransferencia pierde el estatuto de concepto. Lo que se nombraba así, al menos desde cierto campo de significancia, es la resistencia del analista, su imaginario tropezando, su yo haciéndose de bulto en el camino del significante.
La banda que recorrimos con el dedo hace un rato enseña el mismo engaño, parecen dos caras y son una, parecen dos fenómenos, lo tuyo y lo mío, y estamos metidos adentro del recorrido. Deja de importar entonces si el paciente cae bien o angustia, y pasa a importar qué lugar se ocupa en la tela y cómo se maniobra en sus bordes. Sacarle al analista el saco de piel le deja el espacio intacto.
Queda el que sostiene a todos los demás. El obstáculo es creer que cada uno guarda su inconsciente en el cráneo, propiedad privada bajo el hueso. Está a cielo abierto. Es el discurso del Otro, una red tendida, un circuito del que cada uno es un eslabón. Freud dio el mejor ejemplo y lo dejó pasar. En un pensionado una chica recibe la carta del amante que la deja y le viene un ataque; al día siguiente lo tienen varias compañeras. El diagnóstico fácil es el de siempre, contagio psíquico, infección, epidemia, un cuerpo y otros cuerpos y algo que salta de uno al otro. Freud lo rechaza y busca en otra parte. Una sabía de la otra más de lo que el médico sabía de todas. Cada una quería tener también su amor secreto, y por esa vía toma el síntoma de la que lo tuvo. La comunidad está en lo inconsciente. Quien mira recipientes ve cuerpos separados, y entonces el parecido le exige un viaje que lo explique.
La misma lógica, como muestra Ahora viene un poco de topología..., opera en Ben Hur, y por eso Lacan objeta la palabra contagio cuando Freud la usa para el olvido de los nombres. Hay una escena entera capturada por un mismo deseo, y ningún cerebro mandándole un mensaje a otro cerebro. La piba reprime bin Hure y los tres que conocían el libro se quedan sin poder nombrarlo. El olvido llega en dos tandas, y las dos tandas son dos tiempos de un solo circuito antes que una fuente y sus efectos. Peusner enseña a leer la tensión como propiedad de la escena desde el arranque, en lugar de imaginarla saliendo de una persona y propagándose hacia el resto. Ya estaban todos alrededor de la misma superficie, y la superficie se dejó palpar cuando la palabra falló. Todos anudados por la misma estructura, lo que uno calla resonando en el otro.
Ahí se ve por qué el prefijo de telepatía miente. Sentir a distancia, dice la palabra, y la distancia que supone es la métrica, la de los centímetros que separan dos cuerpos, la única que la topología descarta. Lo que cuenta es qué está conectado con qué. Dos que comparten circuito quedan cerca en el único sentido que importa, y el tropiezo con lo mismo se explica sin ninguna onda viajando por el aire. El médium tampoco escanea a nadie por dentro. Se deja anudar por el circuito del otro, y Lacan pone con toda seriedad una condición para que eso ocurra, que su atención ande un poco en otra parte mientras hace cálculos, revisa libros de astrología y simula el rito. Freud lo había dicho con las herramientas que tenía, el soñante equiparado a la suma de dos personas ligadas por una fuerte comunidad. Esa comunidad queda por fuera del adentro y del afuera de cualquiera, y la palabra que Lacan encontró para nombrarla fue extimidad.
IV
Gauss demostró en 1827 algo que lo asombró a él mismo. La curvatura de una superficie, esa propiedad que parece exigir mirarla desde afuera, se deja medir sin salir de ella. Un escarabajo que camina sobre una banda de Moebius puede averiguar que vive en un mundo curvo midiendo distancias y ángulos sobre la marcha, y se ahorra bajarse a mirarla desde ningún lado. Los matemáticos lo llaman el habitante de la superficie, y la palabra pide cuidado, porque el escarabajo está en ella, sobre ella, al ras. Una superficie carece de adentro que ofrecer. Yo preferiría llamarlo huésped antes que habitante, porque habitar todavía suena a tener casa, y acá hay tela y estadía. Hasta la lengua resiste, decimos medir desde adentro porque el recipiente se nos impone en la imaginación, y esa resistencia de la lengua es la medida exacta de lo que cuesta pensar al ras.
Demorémonos un momento en la zoología, porque las posiciones de escucha tienen animal. El cóndor sobrevuela. Ve el territorio entero, el dibujo, el mapa, y sus patas jamás tocan el suelo; su saber es panorámico y su distancia, insalvable. Es el animal del metalenguaje, del experto que diagnostica desde arriba. Si falta la hondura también falta la altura, y sin altura el metalenguaje se queda sin sitio, nadie está por fuera del texto traduciendo a una lengua superior lo que el analizante quiso decir. Cae con eso una idea entera de intervención, la que explica. Lo que queda es del orden del corte y la confección. Puntuar, aislar un equívoco, cerrar la sesión donde la frase se abre. Se opera con tijera sobre la misma estofa del discurso, y esa estofa es la única disponible.
El delfín se sumerge. Busca en el fondo el tesoro hundido, convencido de que la verdad espera abajo. Es el animal de la psicología de las profundidades, así se llamó al psicoanálisis en su partida de nacimiento, Tiefenpsychologie, y de toda hermenéutica que promete lo importante debajo. En la hermenéutica de la hondura cada palabra esconde otra más honda y la tarea consiste en comprender, con la comprensión siempre aplazada, y ese trabajo infinito es el alimento preferido de la neurosis. Aplastada contra la superficie, la palabra se vuelve letra. Y con la letra el sentido se agota, queda el trazo, la repetición, el significante en su materialidad más opaca, ahí donde alguien goza de su marca y el entender se retira. Renunciar a verlo todo desde arriba y a entenderlo todo desde adentro cuenta como decisión de método antes que como resignación.
El escarabajo va al ras. Le faltan la altura y la hondura, y con ellas el arriba y el abajo, que son coordenadas del alojamiento y jamás de la superficie. Hace tiempo que lo pienso como pariente del analista. Un pariente sin alas. Se arrastra en lugar de sobrevolar, toca con las patas cada punto del camino. El que sobrevuela ve el dibujo; el que se arrastra siente la trama, el grano, el pelo de la tela. La vista es discontinua, salta. El arrastre es contacto continuo, punto por punto. Así la escucha, sin sobrevuelo, sin mapa previo, palpando el discurso tramo a tramo, incluso ahí donde parece que pasa poco y nada.
Lacan pidió ser dupe del nudo, usarlo bêtement, como una bestia. La zoología funciona como argumento y no como ornamento, es la bêtise asumida. Entre el cóndor que todo lo ve y el delfín que todo lo hunde, el oficio elige a los bichos que tocan.
V
Este libro se detiene en las superficies, el toro del Informe de Roma, la botella de Klein como soporte del ser del sujeto, el cross-cap y su corte de doble vuelta. Los nudos quedan fechados, la cena del 72 con una joven matemática, el borromeo en Caracas, aquel seminario 4, 5, 6 que Joyce desvió. Fechar es dejar algo a mano.
Un nudo se resiste al aplastamiento. En el plano las hebras se quedan sin margen para esquivarse, en cuatro dimensiones cualquier nudo se desata solo, y en tres, y en tres nomás, el anudamiento aguanta. Hay entonces un real que pide tres dimensiones y se planta ahí, y llega a la página como letra. Una superficie todavía se deja reconocer por el ojo, con sombreado y perspectiva; un nudo tiene apenas cruces, y ninguna paráfrasis los reemplaza. Dos diagramas distintos pueden decir el mismo nudo, y de antemano nadie lo sabe; se lo lee trabajando, como a un lapsus. El dedo que sigue la hebra manipula y lee a la vez, sin poder decir lo que hace.
Lacan lo supo por las manos, anudaba frente al auditorio, se equivocaba, volvía a empezar, y llamó al error lapsus de nudo. Firma del uso, y ninguna torpeza a disculpar. Quien jamás se equivocó anudando todavía tiene que aprender a anudar. Y donde el anudamiento fallaba agregaba un cuarto redondel, suplemento que vuelve escritura al lapsus en lugar de corregirlo.
Son célebres, cuenta Peusner, los libros que Lacan pidió prestados y jamás devolvió. Agamben recuerda que religio viene de relegere antes que de religare, el escrúpulo ante las formas, el cuidado de que nada se toque fuera de rito, y su contrario es la negligencia, el descuido que devuelve la cosa al uso común. El lapsus de nudo, la banda de Moebius mal hecha una y otra vez y los libros sin devolver son negligencia en ese sentido mayor, y hay una justicia secreta ahí, la herramienta prestada trabaja, la pieza devuelta descansa. Y un ejemplar numerado, cosido con su hilo de alma, corre el peligro extra de ir a la vitrina por lindo, que es otra manera de entrar al Museo. Este libro pide eso, que le falte el descanso. Que se lea con lápiz, que se le doblen las esquinas, que circule. Pide también que su título cambie de función. Ahora viene un poco de topología… anunciaba el momento en que el auditorio se resignaba a dejar de entender, pero después de este libro puede anunciar el momento de arremangarse.
En la entrada del Museo, Prohibido tocar. En la puerta del taller donde se compone el saber hacer del analista: Imposible no tocar.
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