La patria es la infancia: una filosofía del nacimiento. Por Roque Farrán

Cuidado editorial: Marisa Rosso

Imagen: @Gretafotografia


El domingo 16 de agosto se cumplió una semana desde que nació Vera. Festejamos el día de las infancias con ella, Cami y Jas. Hice un asado modesto y por suerte nos tocó un día peronista, con sol y sin viento. Un adelanto de primavera. Cada nacimiento no solo nos confronta a la paternidad o maternidad sino a nuestra propia infancia; así, nos reconocemos en cada gesto, rasgo y color de ese pequeño ser recién traído al mundo. 

Estuve recordando a raíz de lo último escrito (“¿Realidad o sueño?”) aquella frase del viejo indio que leía siendo niño en una carta: “Aquí termina la vida y comienza el sobrevivir”. He probado invertirla con la alegría del nacimiento, la conexión fraterna, el nuevo nudo de amor que nos sostiene. Pero claramente no puede ser una garantía absoluta, apenas se trata de una apuesta y una decisión de vida que sostenemos como podemos. Por supuesto, hay instancias y lugares que ayudan (la escritura, este espacio).

Antes había escrito y compartido lo que suscitó su primera imagen en la ecografía 4D, ese relato se encuentra al final de un artículo y de un libro de filosofía. Tomé aquel gesto de ternura de un artículo de Julián Ferreyra, colega deleuziano, quien comenzaba relatando el nacimiento de su hijo y el juego ontológico de los parecidos para pensar en una biopolítica afirmativa, entre Hegel y Deleuze. Yo tomo otros autores para componer en la misma vía, entre el concepto y la existencia. A pesar de que haya muchos descreídos respecto a una filosofía que emerja en esta tierra, en esta lengua, en esta precariedad institucional, apuesto a que no solo es posible sino necesaria. 

Quiero plantear que, luego de haber pasado de refilón la propia muerte, la filosofía se devela como una preparación para el nacimiento, puede ser tanto de un hijo como de una idea, que ayudan a transformarlo todo, a resignificarlo todo: barajar y dar de nuevo. No hay escalas pequeñas o grandes para una filosofía que se asume como forma de vida: el concepto se trama junto a la existencia y nos orienta en relación al conjunto, los otros y nosotros mismos. Lo que parece íntimo se muestra extimo en su materialidad, asunto de borde o agujero que habilita el pasaje a otras dimensiones de la experiencia.

He vuelto entonces, como decía, a la antigua carta y me he preguntado qué hacía yo siendo niño leyendo una sentencia tan grave, mientras mis hermanos menores jugaban. Lo contaba también al comienzo de mi último libro, La filosofía como intervención: formación, afectos militancia. Para formar hay que tener cierto cuidado, saber jugar con las proposiciones y saberes, las cartas que nos tocan, los juguetes y los gestos; militar no puede ser un mandato o una obligación; poder responder por otros,junto a otros, tiene que surgir del deseo compartido. 

Al leer sobre la visibilización del padecimiento de las infancias en la última dictadura volví sobre aquellos temores infundados que tenía siendo niño: ser apresado y torturado, plantearme como mis padres si iba a traicionar a mis compañeros, la capacidad de resistencia, etc. ¿Por qué tanta seriedad, tanta gravedad o solemnidad a tan temprana edad? Algo del decir de los otros, las razones afectivas transmitidas en innumerables reuniones de militancia, fue haciendo cuerpo en mí, para bien y para mal. Hoy puedo distinguir aquello con lo que compongo y aquello con lo que no, vía el disfrute, a través de lo que llamo un cogito afectivo.

En el día de la muerte del libertador de nuestra patria, el General Don José de San Martín, mencioné que toda la solemnidad de los actos escolares, donde se transmite la historia de nuestro querido país, no puede tener efectos de formación real si no se acompaña con el cuidado, el juegoy el amor necesarios. O, como dice mi amigo Diego Singer, con ejercicios de admiración que nos permitan conectar significativamente con otros. Para eso es necesario entender que las conexiones pasan por ciertos agujeros que no se interpenetran; una topología nodal del lazo social; una apuesta por un enlace que no somete. Es lo que hoy necesitamos más que nunca: recuperar la confianza en el Otro. 

En cada gesto de Vera, en cada arrullo, canto y cuidado, cuando Jas le da la teta, en la sonrisa de Cami al sostenerla en brazos, vuelvo sobre mi infancia para resignificar todas las proposiciones de mi formación, entre ellas una que habrá dicho así: el amor es dar lo que no se tuvo a quienes todavía no lo son, porque van siendo junto a uno, que también cuenta y se escribe en esta historia.

Mendiolaza, 22 de agosto de 2026

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