Hagamos una revista. Por Helga Fernández.

LA FRASE

En Argentina se dijo una frase tantas veces que terminó por perder la gracia de la primera vez, sin dejar por eso de decirse: hagamos una revista. Se escucha de trasnoche, con los vasos sucios, o al salir de una clase que dejó con la sensación de que faltaba algo, y también después de una pelea, cuando el grupo entiende que ya no puede seguir escribiendo donde escribía. Beatriz Sarlo la escuchó con otro verbo, publiquemos, y le encontró una traducción que es la mejor que tenemos: «hagamos política cultural».

La frase, incluso en sus mínimas variaciones, ya sabe lo que una de nuestras más brillantes críticas tradujo: se hace una revista como se hace una casa, o un lío, y sin embargo nunca se dice en singular. Por eso esa gramática ya es la primera política del asunto.

Lo primero que hace una revista, antes de existir, es conjugar ese plural. Un libro puede escribirse contra el mundo entero, desde una soledad rencorosa incluso; a una revista, en cambio, alguien más tiene que levantarle la mano, poner la plata, ocuparse de la imprenta, y discutir el nombre durante tres semanas. El nombre importa porque en él se juega una decisión discursiva: nombrar es nombrarse, es tomar posición antes de haber escrito una línea, y la posición se toma siempre por lo que falta. Una revista se funda para abrir un lugar que antes no existía, una lengua que ninguna publicación aloja, un modo de leer que en las instituciones se queda a mitad de camino, textos que en otra parte llegarían mutilados. Antes que un enemigo, lo que se percibe es un hueco, y lo que empuja no es la certeza de tener razón sino la sospecha de que si no se hace ahora, con lo que hay, no se va a hacer nunca.

Sarlo distingue dos relojes, y esa urgencia recién reconocida es la aguja de uno de ellos. El libro no le debe tanto a la fecha: puede tardar cinco años en aparecer, y esos cinco años no lo condenan, aunque tampoco le aseguran nada. La revista, en cambio, trabaja con la puerta abierta al afuera, metida en una discusión que todavía no terminó, y su eficacia depende de que llegue mientras esa discusión sigue abierta.

Con los años, el asunto suele darse vuelta. Esos mismos textos, que en su día llegaron tarde, se vuelven documentos. Una tesis los indexa, los cita sobre un tema que los que escribían ahí no habrían reconocido como propio, treinta años después de un jueves cualquiera en el que hubo que cerrar la entrega.

La revista digital acortó esa distancia hasta hacerla desaparecer. Un artículo se publica y ya está en línea, disponible para el lector de esta semana igual que para el que dentro de una década busque una palabra cualquiera en un buscador y se encuentre con él. Eso alivia, y de paso quita una coartada que el papel sí da. Porque apoyado en esa materialidad un texto puede envejecer sin testigos, agotado, mientras que en la pantalla queda a la vista, expuesto en la misma vidriera desde el primer día.

Nadie escribe pensando en eso, atrapado como está en la urgencia del momento; es el tiempo mismo el que se ocupa de mostrar cuánto de lo que parecía exclusivo del ahora era, en realidad, trillado y repetitivo, como los clásicos.

Las revistas que perduran son las que atendieron los dos relojes sin darse cuenta.

MATERIA

Una revista digital pesa. No en la mano, en el teléfono, en la carga que le mete al mes, en la paciencia. Al papel se le concede el grano y el olor, a la pantalla se la da por inmaterial, y esa concesión tapa lo que hay del otro lado. Alguien abre un texto en el subte y el archivo tarda, porque pesa más de lo que la señal del túnel aguanta, y cuando por fin aparece lo hace en una tipografía que el teléfono eligió por su cuenta, sobre una columna cuyo ancho también decidió el teléfono, y no quien maquetó. Dos años después el enlace que ese texto citaba ya no lleva a ningún lado, cada septiembre vuelve la factura del dominio, y en algún momento del medio la plataforma cambió las reglas sin avisar y desordenó lo que estaba armado.


La materia escribe. Al estencil se le rompe la plancha cerca de la copia doscientas, y el que tipea lo sabe desde antes de sentarse, así que va acortando la frase mientras la piensa, con un ojo en la plancha y el otro en lo que quiere decir, hasta que ese cálculo deja de hacerse aparte y queda como sintaxis. El papel caro trabaja por el lado del aire, que no hay, y esa falta se mete adentro de las oraciones. En la pantalla de mano el párrafo se mide contra el pulgar, y la nota, que en el papel se quedaba abajo esperando a que alguien la fuera a buscar, ya no tiene pie donde quedarse, y entonces interrumpe o se abre en otra ventana, y de cualquiera de las dos maneras le cambia el ritmo a la frase que la llamó. Maquetar como si el lector tuviera la revista abierta sobre una mesa es escribir contra un soporte que no está.


El resto artesanal tampoco desapareció, se corrió de lugar. Ya no está en el doblado ni en la grapa, pero está en la noche en que alguien abre el archivo por sexta vez para mover el interlineado un punto, lo mira, lo deja como estaba, lo vuelve a mover, y termina decidiendo algo que ningún lector va a saber nombrar y que igual le llega al cuerpo cuando lee. Después viene una decisión todavía más chica, la miniatura que acompaña el envío, donde el texto entero se juega en el segundo que otro tarda en pasar de largo. Cansa igual que doblar, y también se hace con las manos.

UNA GENEALOGÍA DE HUECOS

La serie argentina se lee mejor como un plano de vacantes. Nosotros, a comienzos del siglo veinte, se encontró con que lo primero que faltaba era el plural, porque había escritores sueltos y ningún lugar donde alojarlos juntos. Durante décadas sostuvo una literatura nacional que existía como programa mucho antes que como biblioteca. A Martín Fierro, en los veinte, le faltaba otra cosa, un tono, y la herencia estaba ahí, disponible, pero pesaba, y no había cómo escribir contra ella sin caer en la solemnidad hasta que la burla se hizo método. Claridad fue a buscar la falta al precio, con tirada alta y papel barato, porque el lector obrero ya existía y no tenía qué comprar. Ninguna de las tres coincide con lo que su propio editorial declaraba, y lo que cada una terminó por inventar tenía la forma modesta de un problema material resuelto.

Sur aparece en 1931 sobre una falta de otro orden, faltaban libros. Es revista y es también editorial, casa, traductora, máquina de importar, todo junto, y la operación de Victoria Ocampo consistió en eso, en traer y en traducir. Sus enemigos la leyeron como colonialismo cultural, y algo de razón tenían, aunque esa lectura les impedía ver lo otro, que donde había importación empezó a haber una lengua de traducción, y con ella una biblioteca que todavía usamos. Ese movimiento, importar y terminar escribiendo lo propio, se repite cada vez que hay ocasión, porque nadie traduce a otro durante diez años sin que la mano se le empiece a ir hacia lo propio.

Junto a esa figura enorme y bien vestida aparece Contorno en los cincuenta, hecha por gente joven que necesitaba un lugar de enunciación y se lo inventó. Los Viñas, Rozitchner, Sebreli, Masotta. La crítica leyó ese gesto como parricidio, y la interpretación tuvo tanto éxito que tapó lo que ahí pasaba, esos pibes querían una crítica que cruzara literatura y política sin pedirle permiso a ninguna de las dos, y ese cruce no existía en ningún sumario disponible. Se pelearon con lo que había porque escribían desde un lugar que todavía estaban levantando, y la pelea, que forma parte del gesto de fundar, se agota con él. Ninguna revista aguanta veinte años alimentada por ese primer enojo, lo que la sostiene después es la tarea. Sarlo lo estudió en un ensayo sobre los dos ojos de esa revista, el ojo literario y el ojo político, que rara vez miraban al mismo tiempo el mismo objeto, un estrabismo que la revista nunca corrigió.


Con Los Libros, a fines de los sesenta, lo que falta es vocabulario. Hay todo un corpus, el del estructuralismo, el de Althusser, que la crítica local todavía no sabe nombrar, atada como está al juicio de gusto, esto se lee bien o esto se lee mal. Leer se vuelve otra cosa con ese vocabulario nuevo, un análisis que muestra su propio método en vez de declarar un veredicto. Literal, entre 1973 y 1977, hace un movimiento distinto y más arriesgado, no importar un vocabulario sino fundar uno propio en el cruce, y de eso hay más adelante toda una sección, porque ahí el psicoanálisis deja de comentar la literatura desde afuera y empieza a escribir con ella desde adentro. Crisis prueba que un hueco puede estar del lado del público y no de la teoría, y su formato masivo con contenido político saca a la luz algo incómodo, que el problema del lector no se resuelve con la buena voluntad de los que escriben. Punto de Vista, desde 1978, abre la vacante más difícil de todas, la de un lugar donde seguir una conversación teórica mientras afuera desaparecían personas. Introduce a Raymond Williams y a Bourdieu, rediscute el canon, dura treinta años. Sofía Mercader la describe como un dispositivo de política cultural, y la palabra dispositivo es exacta, no un conjunto de textos sino un mecanismo con efectos.


Lo que esas revistas abren tiene una forma reconocible. Un grupo se junta alrededor de un proyecto y de una publicación, y en esa publicación consigue darle sintaxis a algo que ya circulaba sin nombre, modos de leer, de escribir, de mirar, que existían como incomodidad compartida o como un zumbido no identificado y todavía no encontraban dónde decirse.


Horacio Tarcus, que fundó el CeDInCI y pasó la vida entre colecciones incompletas y cajas húmedas, escribió una frase que alcanza a más gente de la que él tenía en mente, «no hay izquierdas sin revistas». Podría decirse lo mismo del psicoanálisis argentino, no hay escuelas sin ellas, ni transmisión que se sostenga sin una publicación que le dé cuerpo, ni colectivo que sobreviva a su propia fundación si no consigue publicar algo.

EL QUE DIRIGE TAMBIÉN COMPAGINA

Hay una expresión de Fernanda Beigel que alguien que sostenga una revista y un sello reconoce como propia, editorialismo programático. Estudiando a Mariátegui y las redes de Amauta, notó que en América Latina el que dirige una revista suele vender también los libros, armar la tipografía, militar y escribir los ensayos, todo junto. La lista se alargó desde entonces, hasta incluir la tapa, la imagen que acompaña cada texto, las redes, las presentaciones y los grupos de lectura, cualquier cosa con la que una revista se siembra para existir y para seguir sosteniéndose en el tiempo. Ese reparto que en otra parte separa al intelectual, al editor, al diseñador y a quien se ocupa de que el texto circule, acá cae entero sobre una misma persona cansada.

Y esa persona no está sola en el cansancio, porque el comité editorial hace lo mismo y tampoco cobra. Corregimos, traducimos, discutimos qué va en el número, y lo hacemos gratis, en los pocos entretiempos que nos quedan. Leemos un original entre dos analizantes, con quince minutos de intervalo. Editamos en el bondi camino a la salita o al hospital, con el celular y su riesgo de robo en la mano. Trabajar bien un ensayo de veinte páginas con suerte lleva dos tardes, y nadie las factura.

La gratuidad tiene dos caras, y las dos sostienen algo. Una revista sin deudas decide qué escribe sin consultarle a nadie. Pero trabajar gratis exige tener tiempo, y el tiempo está repartido de un modo bien poco democrático, así que la tarea termina armada con los que pueden darse ese lujo, mientras que a esa misma hora, otros están en el cuarto de escucha.

Ese cansancio tiene una consecuencia que no toca al cuerpo sino a la escritura, el editorial. El texto editorial, que en una revista europea de posguerra podía ser una formalidad, en nuestra tradición es el lugar donde se dice el programa. Beigel discute con Sarlo sobre cuánto peso darle a esos textos, y la discusión es viva porque toca el punto justo, un editorial promete más de lo que el número entrega y, aun así, es el único lugar donde el colectivo se ve llevado a decir qué quiere. Leídos en serie, quince editoriales de una misma revista cuentan una historia que ninguno de los ensayos publicados cuenta, la de un deseo que se articula y fracasa, y vuelve a articularse, y vuelve a fracasar, número tras número o texto tras texto.

La otra consecuencia es, además de económica,  erótica. La gratuidad tiene un costo que no se paga en plata sino en horas, las que hay que sacarle al descanso, a estar con otros, a nada. Y en esos intersticios que la revista le va comiendo a la vida es donde se chupa también la libido, así que lo que había empezado por calentura puede terminar quemándonos.

Sin embargo seguimos. Hay una respuesta, y es rápida, la del goce. La repetición no se interrumpe porque nadie la pidió. Ninguna publicación salda nada, hay una locura de publicación, por eso apenas algo sale ya está otra vez abierta la pregunta por lo que sigue, por el ahora qué.  Eso explica un poco por qué no paramos pero no explica por qué, además, da gusto.

Al lado trabaja un placer, y tiene una forma precisa, hacer lugar para lo que no hay. Alguien escribió algo que en ningún índice disponible entraba, y ahora entra, y eso lo hizo un plural. Se corrige de a dos, se discute entre cinco qué va en el número, y lo que sale lleva la marca de una conversación que ninguna firma en solitario recoge, solo el nombre de la revista. Alojar lo que otro pensó y verlo tomar una forma que nadie previó, sin que a nadie se le ocurra reclamarla como propia, es un placer que se reparte entre varios, a diferencia de lo que pasa con un libro, donde la satisfacción vuelve casi entera a un solo autor.

Sea por número o por artículo, hay algo que no cambia: lo que se publica junto compone un enunciado, y las ausencias hablan igual que las presencias. Un sumario dice quiénes están y, sin decirlo, quiénes no, y el lector atento cuenta los que faltan. Los que armamos índices sabemos que la política de una revista se lee en el orden y en las omisiones antes que en el editorial.

Ese hacer con otro produce lazo. Editar a alguien deja una marca que ninguna cortesía profesional alcanza, y lo mismo pasa cuando alguno manda una versión a las dos de la mañana y encuentra la contestación esperando a las ocho. De ahí sale una intimidad rara, cómplice y quizá amistosa, sostenida por una tensión que no se resuelve porque lo que la sostiene es la construcción en sí  y no que las personas se caigan bien. La revista multiplica esos lazos entre gente que no se conocía, y ahí está lo que garpa: la posibilidad de tratarse con otros bajo una lógica ajena al interés y a las relaciones públicas, donde lo que se intercambia es trabajo sobre un material común y no favores contabilizados con ningún directorio de turno.

CUADERNOS, LITERAL, CONJETURAL

El psicoanálisis argentino también se cuenta por revistas, y la serie se lee mejor como una sucesión de respuestas a una sola pregunta: dónde se aloja la letra cuando lo instituido no alcanza.

La Revista de Psicoanálisis de la Asociación Psicoanalítica Argentina, nacida a comienzos de los cuarenta, hizo lo que hace una revista de asociación, consolidar y acreditar. El modelo tiene su dignidad, garantiza un lugar donde publicar y configura con el tiempo un archivo que produce autoridad. Produce también lo otro, la lengua que toda consagración termina imponiendo, un tono de informe, prudente hasta en las comas.

En 1971 aparece el primer número de los Cuadernos Sigmund Freud, en torno a Masotta, con un título que ya era todo un programa, «Temas de Jacques Lacan». La Escuela Freudiana de Buenos Aires se funda en 1974, y la revista que va a llevar su sello tiene para entonces tres años en la calle. El grupo publica, y recién en ese trámite se institucionaliza, la publicación es lo que lo arma. Masotta usaba la palabra congreso para nombrar sus reuniones, la misma palabra grande de los primeros analistas, cuando todavía no había institutos, y con eso se ponía del lado de ese psicoanálisis sin edificio propio. En un país donde el lacanismo entraba sin universidad que lo respaldara y sin analistas didactas que lo autorizaran, el papel impreso funcionó como autorización, algo que a primera vista suena a provocación pero es una crónica.

Literal, entre 1973 y 1977, hace algo más audaz, y le alcanzan tres entregas, el número uno en 1973, el dos y tres juntos en 1974, el cuatro y cinco en 1977. La dirigía Germán García, con Osvaldo Lamborghini y Luis Gusmán, y en ella la literatura y el psicoanálisis dejaron de mirarse desde afuera y produjeron un objeto híbrido al que llamaron ficción teórica. Los textos aparecen sin firma, al modo de Scilicet, y esa decisión formal dice más que cualquier tratado sobre el tema. Si el sujeto del inconsciente no coincide con el individuo, poner el nombre propio arriba del artículo ya es una impostura, y sacarlo no fue modestia, fue una manera de leer.

Lo interesante viene después, con lo que el borramiento deja a la vista. Sacado el nombre, el texto sigue firmado. Firma la sintaxis, firma el corte de la frase, firma esa manera de abrir una digresión y dejarla colgando. Cualquiera que haya leído tres páginas de Lamborghini y de Zelarrayán los reconoce sin que nadie le sople el dato. El estilo queda, y no hay tipografía que lo borre.

Lo que importa acá no es la comedia del secreto bien o mal guardado. Un cierto modo del nombre propio es lo que se acumula durante una carrera, lo que termina en un currículum, y al retirarlo aparece justamente lo que ninguna carrera puede darle a nadie. El estilo cae, no se posee. Si el estilo es el hombre a quien uno se dirige, entonces lo que firma un texto es su relación con un vacío, y no la identidad de quien lo escribió. Literal armó su decisión editorial alrededor de esa idea, sustrayendo el nombre para que apareciera el objeto.

El modelo era Scilicet, y la comparación muestra la diferencia. En la revista de Lacan, desde 1968, se abría el índice y había títulos sin nombre al lado, la única firma del volumen era la que faltaba en todos los demás, la de Lacan, y el subtítulo declaraba que ahí se podía saber qué piensa la Escuela. La elegancia del gesto, desplazar el prestigio del autor a la Escuela, tenía su problema justo en la excepción, todos anónimos menos uno, y ese uno señalando dónde había quedado el amo. Literal tomó la misma forma y le cambió el destino. Sin excepción y sin Escuela a la que atribuirle lo dicho, el anonimato no concentraba la autoridad en nadie, la dejaba caer sobre el estilo, que fue a parar a un lugar completamente distinto del que había ocupado en el modelo francés.

En 1983, con la democracia recién abierta, aparece Conjetural, fundada y dirigida por Jorge Jinkis, con un consejo donde estuvieron Luis Gusmán, Sara Glasman, Mario Levin y Juan Bautista Ritvo. Su duración ya es un hecho notable, llegó al número cuarenta con veinte años cumplidos, en 2003, pasó el setenta en 2023, y sigue, en un campo donde las revistas duran lo que dura un entusiasmo. En aquel aniversario, el consejo escribió que la revista había cumplido con lo suyo, «intervenir polémicamente», y dejó dicho al pasar algo más vital que esa consigna, que lo singular de la revista no estaba en sus temas sino en sus secciones fijas, que funcionaban como un lector crítico dentro de la propia publicación, y que una de ellas, In fieri, obra en marcha, existía para que un trabajo pudiera discutir a otro. Y en el primer número, en un texto llamado «Artificio del deseo para conjeturar un estilo», Jinkis escribió sobre la transmisión algo que hoy funciona como advertencia para cualquiera que publique, que ella no gobierna sus efectos y que la apropiación puede darse en cualquier parte. Publicar es soltar eso, el control sobre lo publicado, y ese riesgo es también su razón de ser. Lo que no admite una mala lectura no fue publicado, fue guardado bajo llave o administrado como dictado.

Sitio, Descartes, Redes de la letra, los Cuadernos posteriores, las publicaciones de Córdoba y de Rosario, arman una constelación que todavía espera su historiador. Ahí está de nuevo el mismo movimiento que Sur, las Ediciones Literales de Córdoba tradujeron litoral durante años y terminaron escribiendo con voz propia. El psicoanálisis también entró al castellano por esa puerta, la de alguien que en algún momento decidió que un discurso que se hace desde el cuarto de escucha  no iba a sonar a otra lengua en la boca de quien habla y sueña en castellano argentino.

MÁQUINA DE INVESTIGACIÓN


Una revista investiga sin que nadie se lo proponga. Los textos que salen empiezan a hablarse. Alguien lee lo que se publicó el mes anterior y no puede evitar que eso quede en lo que escribe, y el que llega tercero ya encuentra dos posiciones puestas sobre la mesa, entre las que tiene que abrirse camino. Nadie organizó esa conversación, la armó el simple hecho de estar publicados en el mismo lugar, bajo el mismo nombre, a la vista unos de otros. Eso es lo que Conjetural nombró hace décadas con su sección en marcha, donde un texto salía para discutir al anterior.

El roce deja marca de dos maneras. Por la cita, cuando alguien se apoya en otro y le da consistencia a algo que ese otro había dejado planteado sin poder sostenerlo solo, y de golpe una intuición suelta tiene dos manos. Pero también deja marca al revés, cuando alguien escribe justo para diferenciarse del texto vecino, y esa diferencia lo obliga a definir términos que hasta entonces usaba sin filo. Un concepto se agudiza en el roce con el de al lado más rápido que en la soledad de un libro, porque el vecino está cerca y contesta.

Si los textos se contestan entre ellos, publicar sin terminar deja de ser un defecto. Alcanza con que el texto esté en un punto donde se pueda mostrar, un tramo de una investigación larga, un capítulo que todavía no sabe si es capítulo, una lectura fechada tal como quedó, a mitad de camino. La entrega admite lo provisorio porque su forma misma es provisoria, y esa licencia cambia lo que alguien se anima a escribir, el diálogo, el fragmento, la carta, un texto que no entra en ninguna categoría y encuentra ahí su lugar. Son hipótesis que salen a circular sin la solemnidad de una tesis y con la ventaja de que alguien las puede contestar, conjeturas expuestas al desmentido que a veces vuelven corregidas por la lectura de otro y a veces se sostienen y crecen hasta volverse un libro.

La sección investiga y compone con más precisión que el número, porque la sección también escribe. Nombrar una sección es afirmar que ahí hay un problema, y sostener ese nombre a lo largo del tiempo es sostener la afirmación aunque todavía falten los textos que la prueben. La sección es una hipótesis con lugar propio.

Esto no contradice la distinción de Sarlo entre el tiempo del libro y el tiempo de la coyuntura, la completa con un tercero. La revista responde a la coyuntura, y una revista de psicoanálisis también, porque hay debates públicos que la alcanzan y a los que llega o no llega a tiempo. Pero trabaja además con otra fecha, que no figura en ningún calendario compartido, la de lo que alguien acaba de entender. Un texto que sale porque una lectura hecha en marzo cambió de lugar en agosto no interviene solo en ninguna discusión abierta, interviene en un trabajo en curso, y su momento justo es ese aunque afuera no pase nada, un tercer reloj que no le da la hora a nadie más. Las dos fechas conviven en la misma revista, y también el tercer reloj, aunque no siempre con el mismo peso, cada número los tiene a los tres trabajando a la vez, y lo que varía es cuál de ellos termina imponiéndose esta vez.

EL TIEMPO DE LA ENTREGA

Nadie lee un número uno, ni un primer texto, como una entrega sola. Lee, sin saberlo, la promesa del dos. Una revista es también eso, una promesa de serie, y en eso se distingue de todo lo demás que se publica. Esa promesa instala su propio tiempo, uno hecho de plazos que se corren y autores que desaparecen a mitad de camino, hasta que la fecha de salida termina siendo casi mítica.

El plazo también escribe. Escribir un texto para una fecha obliga a terminar, y el corte produce letras donde había proyecto. Muchos ensayos existen porque un editor pidió cinco mil caracteres para la semana que coene . La revista es una máquina de forzar finales, y en un campo donde la escritura tiende a la infinitud melancólica del borrador perfecto, eso es un tesoro.

Publicar por artículos, como hacen muchas revistas digitales, no cancela la promesa sino que le cambia el reloj. La serie, en ese régimen, se arma hacia atrás. Alguien entra por un texto que le pasaron, lee otro del mismo lugar, y a la tercera descubre que hay treinta y que entre ellos hay una posición. Ese descubrimiento retroactivo reemplaza lo que ofrecía el conjunto de una vez. La edición pasa a ser construcción de recorridos. Agrupar, marcar una serie, armar un dossier con lo que salió suelto, dar nombre a un conjunto que nació disperso. El corte, que en el papel venía dado por la tapa y la contratapa, hay que producirlo por otras vías.

En el margen trabaja de esa manera, texto por texto, cada uno alojado en su sección, y cada sección abierta como una Penélope que espera. Publicar de a un texto tiene una ventaja que el número entero no da. La investigación se vuelve visible en el momento en que ocurre. Y tiene un costo, que es el de la dispersión, y que se compensa con el nombre de la sección, que actúa como hilo.

No siempre funciona. El casillero convoca lo que va a llenarlo y no lo garantiza. Hay secciones que se abren con un nombre y se quedan esperando, pedidos que se hacen y no vuelven, y una sección vacía durante un año dice más de la revista que cualquier balance del comité.

Y hay un punto donde el proyecto y el soporte terminan a las trompadas, la extensión. Los textos que publicamos son largos, más largos de lo que una lectura en pantalla acepta sin resistencia, y esa desproporción no es un descuido. Un ensayo que se lee entero mientras se espera el bondi no tuvo mucho que investigar. La extensión es la marca de que ahí hubo meses, y sostenerla en una superficie que premia lo contrario trae consecuencias medibles, lectores que abandonan a la mitad, otros que se lo guardan y vuelven al día siguiente, en el viaje de vuelta, para terminarlo. Publicar largo obliga a producir las condiciones para que se lea largo, y a cumplir la promesa de que lo que se anuncia como ensayo se comporta como ensayo y no como una nota estirada. Y a veces ese texto va más lejos todavía.

En el margen funambulea el borde entre revista y libro. Los textos nacen en la pantalla, provisorios, en el tiempo del trabajo, salen cuando están en un punto donde se pueden mostrar, se rozan con los vecinos, reciben la contestación de otro, se corrigen, y algunos, no todos, después de ese tiempo, se acercan al público hechos de otra materia, ensayo portátil, plaqueta, libro, tres formas de papel para tres tamaños de lo que decantó. Un texto que apareció en la revista y sobrevivió a su propia conversación se imprime, y al imprimirse entra en el tiempo del libro, que existe porque hubo antes un lugar donde ese texto pudo equivocarse en público. La dificultad práctica es constante, porque la urgencia de la entrega tiende a comerse la lentitud del libro y la lentitud del libro tiende a apagar el pulso de la entrega, y sostener los dos relojes en la misma casa es lo que hace que un sello con revista no sea una editorial con un blog.

TRABAJO, EN EL SENTIDO EN QUE USAMOS ESA PALABRA

Queda por decir cuál es el trabajo de una revista, y para nosotros esa palabra tampoco es inocente. Trabajo del sueño, trabajo del duelo, trabajo del análisis, en nuestra lengua trabajo no nombra el esfuerzo de alguien sino una operación que se cumple sobre un material y lo transforma, con o sin la intención de quien la atraviesa. El sueño trabaja con los restos del día y devuelve otra cosa. Una revista trabaja con los textos que le llegan, y lo que devuelve tampoco es lo que entró.

Una revista es una superficie común, y en ella los textos que no se conocían quedan expuestos unos a otros por primera vez. El que escribe se saca de encima el mensaje personal, porque ahora hay un tercero en el medio. Y el conjunto, sin haberlo elegido, se encuentra conviviendo con lo que le tocó al lado. Alguien pone un texto en esa mesa, y lo que se pone ahí no son temas, son problemas, con lo que eso trae. La crisis de un concepto que dejó de servir. La dificultad de una práctica que todavía no encuentra cómo decirse. El hito que alguien quiere fijar y que otro sale a discutir. La controversia que estaba en los pasillos y ahora tiene fecha y firma. Una revista de temas se lee como un catálogo. Una de problemas y zumbidos que todavía buscan su tono incita a tomar partido, y por eso vuelve a tener los mismos lectores, número tras número.

De ahí que la revista no sea un contenedor de textos ni un medio de difusión. Entre el que escribe y el que lee se interpone esa mesa, que no pertenece a ninguno de los dos y que autoriza y corresponde el intercambio. Sin ella, el texto va del autor al lector como un mensaje personal, con toda la carga de demanda que eso implica. Con ella, el texto adquiere una impersonalidad mínima que lo hace transitable. El lector puede rechazarlo sin rechazar a nadie. El autor puede sostenerlo sin estar rogando.

La revista, en el campo analítico, ofrece un tercero. Esa es la función que cumple, y también el peligro que corre. Cuando la revista se vuelve el órgano de una sola voz, deja de ser tercero y pasa a ser altavoz. El sumario se vuelve corte de admiradores, y el lector y la lectora lo huelen en dos renglones.

LOS LECTORES

Hablando de los lectores, hay un error frecuente, pensar que la revista se dirige a uno que ya existe, del que habría que conquistar una porción. Lo que pasa en las revistas que dejan algo es distinto, ese público no existía antes y se arma con el tiempo, escribiendo para alguien que todavía no está ahí. Si eso se sostiene unos años, ese lector aparece, con nombre y apellido, manda un mail, propone un texto, y a los tres números ya es parte del consejo. Ahí está la diferencia entre una revista chica y una grande, una conoce a los suyos uno por uno, y la otra ya no puede.

La escena se repite con variaciones. Un texto sale en un número cualquiera, sin ruido, entre otros que parecían más importantes, y ocho meses después llega un mail desde una ciudad donde la revista no conoce a nadie, escrito por alguno que lo leyó en el celular mientras esperaba un turno, que lo imprimió para subrayarlo con birome, que se lo pasó a otros tres que se juntan los martes alrededor de una mesa de cocina, y que ahora manda un escrito propio con una nota tímida, pidiendo que lean lo que escribió acerca de lo que le hizo pensar lo que leyó.

La revista puso una mesa y alguien se apoyó.

#

Sarlo tenía razón en traducir hagamos una revista por hagamos política cultural. La fórmula saca a la revista del terreno de lo personal, y con eso le quita a la frase cualquier aire de confesión. Nadie hace una revista para expresarse, para eso hay medios más rápidos, más baratos y con mejor alcance.

Hacemos una revista porque alguien tiene que hacer lo que queremos.

Deja un comentario