Presentación de «La función del amigo. Una tensión deseante». Por Julieta Lopérgolo.



“Hay una hora… en la que hay que desconfiar incluso del amigo. Yo desconfío de mi Jean Pierre como de la peste, desconfío de mis amigos. Pero desconfío con tanta alegría que no pueden hacerme ningún daño, porque ya pueden hacerme lo que quieran que lo voy a encontrar gracioso.”
Gilles Deleuze, El abecedario de Gilles Deleuze

«Vi con mis propios ojos a dos nenas ante un charco de lluvia. Una sostenía una rama, la otra contemplaba el agua. Sin palabras, trazaban círculos en la superficie, creando ondas que se encontraban y multiplicaban. No hablaban, pero componían un juego donde el agua dejaba de ser espejo para volverse campo de experimentación.” (p. 95)

De pronto el charco se convirtió en un lago, el lago de la luna; dentro del charco una hoja se transformó en un barco. Se abrió un espacio de juego. Más elementos entraron en escena: una piedra, un muelle. Un mundo desconocido compuesto por dos desconocidas. Después el sol secaría el charco. Adiós al lago de la luna. Lo que podría haber sido triste se transformó en nueva materia para el juego. Sobre el barro las amigas recientes trazaron huellas. Se juega también con la pérdida. Alguna vez me pregunté: ¿se puede ser pesimista ante la pérdida? Entonces, el charco volvió a ser lago entre las amigas.


No importa si la narradora presenció ese encuentro o no. Esas nenas escriben en colaboración con ella. Una letra dentro de otras. Lo que interesa es el gesto de componer una ficción lejos de la pretensión de constituir una verdad definitiva, más bien un nuevo territorio. En todo caso es otra racionalidad la que se presta, una que se pone en suspenso y que tiene que ver más con la poesía que con la razón, con el juego más que con la argumentación filosófica, con la intensidad de un tiempo no cronológico, hasta improductivo, un tiempo fuera del mercado.


Las nenas en el charco juegan a subvertir el orden de las cosas, poetizan la escena en la que una hoja, una piedra, una rama, no son lo que parecen; sin embargo, hacer que sean otra cosa no es imposible. Ponen en juego el pensamiento liminal que invoca un orden ajeno a la legalidad de la vida cotidiana sin estar por fuera de ella. No se trata de una realidad paralela sino de un verdadero espacio intersticial, un borde luminoso entre lo íntimo y lo colectivo, lo individual y lo social, donde se puede compartir y habitar la falta sin garantías, sin contar con un certificado de retorno. Lo que cuenta es eso que se cede en el encuentro. Eso es lo que se gana.


“Mis maestros fueron mis pares”, dice el epígrafe de María Moreno que da comienzo a La función del amigo. Una tensión deseante, de Helga Fernández. Toda una ética de la lectura que hace de este libro un verdadero agenciamiento en el que, además, la gratitud es un estilo.


Si la amistad puede ser un “cantar a voces”, Helga habla con sus maestros no como una discípula sino como alguien que sabe que su decir es deudor de otros y que es a partir de ahí, y con ellos, que tramará su propia composición a base de entrecruzamientos, combinaciones de voces que suenan y resuenan en contrapunto, a la manera de un quodlibet jubiloso y complejo, armonía singular decidida a afianzarse en las tensiones que provoca. Una composición que lleva a otras, sin que haya para esto un modelo: la composición con otros, o co-composición: una palabra clave a la hora de pensar, leer y escribir la función del amigo en el discurso analítico, en la experiencia de un análisis.


La idea de una co-composición no se lleva bien con la tradición del Padre único. No se produce de cualquier forma ni en cualquier lado sino precisamente en una zona prometedora donde la autoría es “indecidible” y esto mismo puede resultar, a veces, en ofensa, herida, delirio, ruptura. “¿Cómo crear juntos sin destruirnos en el intento?” es la pregunta que sitúa en el corazón de la amistad el riesgo. El final de la amistad entre Freud y Fliess testimonia acerca de esto. Pero también de lo que causó cada uno en el otro, del saber que produjeron en el entre-dos que armaron y que los mantuvo juntos durante casi dos décadas.


“Un lazo sin seguro”, la amistad puede terminarse en cualquier momento: “no se sostiene en ninguna institución, en ningún contrato, en ninguna biología. Esta precariedad radical es lo que la distingue de otros lazos, pero también lo que la vuelve angustiante: el amigo es aquel que, por estructura, puede ya no estar.” (p. 365) Una función que desde su precariedad, su “extrañeza común”, diría Blanchot, no engaña.


Deseo y amistad están hechos de la misma carne. Por lo tanto, el conflicto, la ambivalencia, la agresividad son constitutivas en el lazo amistoso. La función del amigo introduce “una alteridad que molesta, que raspa, que impide la envoltura narcisista” pero también propicia la invención en el desacuerdo. No responde a la lógica de la alianza. Ser sensible a los signos que otro emite implica disponerse también a la tensión y hasta, a veces, al agravio. Pero también es condición del pensamiento. Por eso es más que necesario darse al esfuerzo de reconocer la figura del adversario. “Se necesita de los adversarios –escribe Helga‒ más que de los ya convencidos; la confirmación recíproca no produce pensamiento.” (p. 283) La figura del adversario advierte acerca de la fragilidad del lazo sin lazo sin por eso menoscabar su potencia.


La amistad será entonces un territorio de creaciones y advenimientos que no se produce solo. No vamos a encontrar en La función del amigo definiciones prescriptivas acerca de la amistad ni una teoría. Tampoco una genealogía de la amistad como concepto que no es, ni una historia. Sí una poética del umbral, del pliegue que se abre en ese espacio transicional donde es posible la invención de otro lazo (otra modalidad de lazo) gracias al encuentro con otros en el que circula un objeto “imposible de asir”, como las ondas que desaparecen en un charco cuando el sol lo seca.


El amigo no ha alcanzado un estatuto propio dentro del psicoanálisis. Mucho menos se lo ha nombrado como función. Y es por eso que este ensayo es valiente en su incitación a dejar de buscar en el pasado ilustre del psicoanálisis lo que toca inventar. Este acto no pertenece a la historia sino al porvenir. Introducir la palabra amigo en el discurso psicoanalítico “es un acto con consecuencias.”


Una pregunta central asoma desde las primeras páginas: “¿Por qué no pensar que la piedra angular del psicoanálisis fue la práctica de la amistad?” ¿Acaso se trata de algo demasiado prosaico? ¿Qué prestigio se socava al iluminar la función del amigo? ¿Qué potencia se pierde si se intenta escribirla en el campo de un psicoanálisis sin garantías domiciliadas en Un-Padre? Acaso si se inscribe la amistad en el origen del psicoanálisis se pondrán en marcha nuevas formas de practicarlo, de transmitirlo, de leerlo, ciertas nociones mostrarán sus inestabilidades y éstas sus posibilidades de ser pensadas de otras formas.


Es un acierto que este libro se presente de entrada como un ensayo. A lo largo de sus páginas nos encontramos con propuestas, intentos, hipótesis, preguntas, ficciones, recorridos. La insistencia en su carácter no definitivo enfatiza la noción del juego, su desparpajo vital, su dicha.


Helga pertenece a la comunidad de aquellos que al escribir hablan –y además, invita a otros a hacerlo, no deja de producir contagios. Ella sí que tiene el virus del lenguaje y es una propagadora activa‒. Me gusta pensar, después de leer este ensayo, que en él la autora juega a fundar, como afirma Deleuze, un pueblo que falta, una lectura crítica que no se basa en el señalamiento sentencioso sino en la delicadeza de un ejercicio que sostiene a su manera una argumentación sin miedo a la polémica, a la contradicción, al debate. Una muestra de lectura amorosa, dedicada, son los hallazgos que sobrevienen en la lectura que Helga ofrece, asociaciones impensadas, descubrimientos de intuiciones que no alcanzaron a desarrollarse y cobran un valor precioso: por ejemplo, pescar que Lacan llamando “amigo” de Hamlet a Laertes deja ver una función que su propio aparato teórico, “demasiado apegado al paradigma familiar”, no podía pensar.” “Parece una ley: todo lo que se pudre / forma una familia”, escribe Fabián Casas.


La práctica de la amistad se aboca a componer lo que aún no es. Transformar lo que otro no pudo pensar en la oportunidad de otra deriva para el lazo amistoso es reconocer la función del amigo como don. Nunca obligatoria, a la amistad no la rige la necesidad. O como escribe Simone Weil: “Cuando el afecto de un ser humano hacia otro está construido únicamente sobre la necesidad es atroz (…) La amistad se ensucia si entre medias se encuentra, aunque fuera un instante, con la necesidad.” Freud y Fliess no conversaban para entenderse; escribían para mantener abierto un espacio performativo, de germinación de ideas y afectos. No es casual, nos dice la autora, que sea esa “liminalidad de la amistad” lo que se ha obviado para la historia del movimiento psicoanalítico en pos de resguardar un origen aséptico. La función del amigo, si algo advierte, es que no hay origen puro ni autoría que no pueda ponerse en cuestión.


La función del amigo como elemento exogámico esencial para la constitución subjetiva –un amigo no es un hermano que se elige‒ también produce efectos a la hora de teorizarla. Leo en este libro una alegre invitación a desertar con entusiasmo del entramado familiarista que cierto psicoanálisis entronizó como versión oficial sofocando otros lazos sin garantías de perdurabilidad.


Se insiste en que es necesario otra gramática del lazo, una que permita pensar la función del amigo más allá de las relaciones de parentesco, incluso en otra temporalidad, en el devenir de una lengua que permita “soñar en sentido opuesto”, en contra de una lengua mayor y su colección de sentidos universalizantes, amos, a favor de encontrar su propio desierto, traspasar umbrales más allá de los cuales existen otros mundos, otras posibilidades de vida. Un devenir menor en el campo de un psicoanálisis que rechace ‒o al menos cuestione la ortodoxia jergosa de la teoría, sus “claridades domesticadoras”, la tentación de hacer escuelas temerosas de otros lazos que no sean los de la obediencia al padre fundador y la lealtad fraterna hacia sus miembros‒ supone apuntar al potencial de una escucha no instituida aún sin desatender las condiciones de producción de esa potencia, situada histórica, política, económica, cultural y socialmente. El porvenir de una escucha desafiliada del Uno como lengua hegemónica para la transmisión de la experiencia y del saber que allí se juega.


La creación de otras posibilidades de Vida, de nuevas formas de subjetividad que conmuevan de las maneras más dispares las relaciones sociales de poder que participan del discurso y la experiencia del análisis deja en claro que escribir la función del amigo es asumir un devenir siempre inconcluso. Este ensayo sostiene hasta el final una pregunta que no pretende responder: “¿hay algo en la amistad misma que resiste a la articulación teórica?” Este es quizá el desafío mayor de La función del amigo, el esfuerzo que dedica a la articulación de una función escurridiza, que promueve otro lazo con el saber y con la verdad a quienes trata como materia viva. Una función que no puede ser nunca burocrática, puesto que la arbitrariedad la envenena.


Queda claro que no se trata de volver a la amistad una institución, pues en el momento en que se formalice la función del amigo como operación se corre el riesgo de normativizarla. Dicha función prueba que la intemperie es un lugar común también para componer encuentros, corporizar ideas, inventar juegos, tejer y desarrollar conflictos, exponer la angustia y el dolor de existir.


La función del amigo y la función del analista comparten la orfandad respecto del Otro. Cada una habita de una forma particular ese vacío en el que se es siempre extranjero. Pensar la función del analista en vecindad con la función del amigo abre otro panorama, inaugura otra dimensión de la transferencia, otro modo de hacer con la in-existencia del Otro, una forma de hacer lugar a la práctica de des-caritar, que la función del amigo encarna.


Suerte para nosotros, este ensayo dice explícitamente que no puede terminar, como el poema que componen, sin saberlo, las nenas que juegan en el charco de lluvia. Entresacados sus versos, dice más o menos así:

«Es el lago de la luna / Un barco / El muelle secreto / El barco / Es un naufragio / Esta es la balsa / Ahora somos piratas buscando el tesoro hundido.”  

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