Responsable de la sección: Yanina Marcucci
Cuidado editorial: Marisa Rosso y Yanina Marcucci
Dirección editorial: Helga Fernández
—¿Cómo y cuándo descubrió el psicoanálisis?
—De principio diría que el cuándo es inexacto. No podría establecer una fecha precisa, sino más bien una superposición de acontecimientos. Mi adolescencia transcurrió durante los últimos años de la década del noventa, cuando internet recién asomaba, más como una rareza, que como una presencia habitual en la vida cotidiana. Los contenidos a los que accedíamos eran limitados y, por eso mismo, se inscribían de otra forma.
Recuerdo que con dos amigos de la secundaria éramos fanáticos de una serie de ciencia ficción llamada Los expedientes secretos X, estrenada en 1993. En ella, dos agentes del FBI, Mulder y Scully, se daban a la tarea de resolver casos enigmáticos: anomalías, apariciones de mutantes, abducciones, conspiraciones del gobierno. La serie estaba rodeada de un halo de rareza: al terminar de mirar un capítulo, quedaba la sensación de que uno había entrado en una zona poco estable de la realidad, se había cruzado un umbral.
El trabajo de los detectives se desarrollaba a través de una relación en la que ambos eran una suerte de espejo invertido del otro. El detective Mulder, con una hermana abducida durante su infancia, no cejaba en su intento de sostener que el mundo estaba gobernado por fuerzas inexplicables, frente a las cuales la razón no alcanzaba como recurso. Todo el tiempo había algo que se escapaba o permanecía oculto. La detective Scully, más ligada a la medicina forense, se inclinaba por establecer relaciones causales, con escepticismo, donde cada elemento pudiera ser explicado por otro.
Como toda serie, tenía su lema: The truth is out there, cuya traducción es La verdad está ahí fuera. Supongo que ya desde entonces me interesaban varias cosas de la serie: la labor del detective, aquel que, a partir de pistas e indicios, reconstruye una escena; la función de la verdad y su localización. Esto último tiene especial relevancia para el psicoanálisis. Desde el concepto de pulsión como frontera entre lo psíquico y lo somático hasta la función de la verdad: la verdad del inconsciente; ¿dónde hay que buscarla? ¿dentro o fuera del sujeto?
Por aquellos mismos años, una profesora de Filosofía, Mónica Romero, me prestó el libro El día que Nietzsche lloró, del psiquiatra y escritor Irvin Yalom. La historia transcurre en 1882, luego del tratamiento de Anna O., años en los que Breuer era mentor de Freud y ambos trabajaban en las hipótesis que darían lugar a Estudios sobre la histeria. La hermana de Nietzsche, Elisabeth, toma contacto por carta con Breuer y le hace saber que el futuro de la filosofía alemana está en riesgo, porque su hermano atraviesa una profunda depresión. La propuesta es que Breuer tome en tratamiento a Nietzsche, quien sufría de fuertes migrañas y angustia extrema a raíz de la separación de Lou Salomé.
A lo largo de la trama, las conversaciones con Breuer actúan como una suerte de terapia primitiva, en la que algo se alivia para Nietzsche. En múltiples pasajes, Breuer y Freud conversan sobre un “depósito de pensamientos” ocultos que, en cierta forma, determinaban la voluntad. Esa otra región psíquica ya formaba parte de las intuiciones de Freud.
Por último, durante el cursado de primer año en la Facultad de Psicología de la UNR, me mudé a Rosario. Viví los primeros meses en una pensión, con unos pocos ahorros que tenía. Paseando con un amigo por el centro, me encontré con la edición de La interpretación de los sueños de la colección Obras maestras del pensamiento contemporáneo, traducción de Luis Ballesteros. Era una decisión arriesgada porque el dinero escaseaba. Sin embargo, la compré.
Hay un momento de particular interés que conservo nítidamente en la memoria. Es cuando Freud, en una carta a Fliess, se pregunta si alguna vez se podrá leer, sobre una placa de mármol en su casa, lo siguiente: “Aquí, el 24 de julio de 1895, se le reveló al Dr. Sigmund Freud el secreto de los sueños”.
Esa noche a la que refiere, Freud tuvo el sueño de la inyección de Irma, que luego publicaría en 1900, en La interpretación de los sueños. Por lo tanto, la pregunta que se hace es retrospectiva: construye un origen. Porque no está diciendo solamente “ese día tuve un sueño importante”, sino “ese día se me reveló el secreto de los sueños”. La escritura convierte aquella contingencia en un origen.
Pienso que, quizá, con esta invitación se propone también este ejercicio: releer el pasado del analista con el objetivo de establecer qué contingencias fueron el origen de su ejercicio actual. El mío se ha trenzado entre estas escenas que acabo de relatar.
—¿Qué considera que el psicoanálisis puede aportar a nuestra contemporaneidad?
—El término aporte inmediatamente suscita en mí una serie de sinónimos: algo que suma, que agrega, que mejora determinada situación. En ese sentido, produce cierta fricción con aquello que el psicoanálisis significó en sus orígenes y continúa significando hoy en día, en tanto método de tratamiento del sufrimiento psíquico. Cuando digo fricción, me refiero a que uno de los movimientos fundamentales del psicoanálisis tiene como eje el descentramiento del yo respecto de su función rectora en los procesos anímicos. Ese movimiento de destierro fue vivido como una injuria, o, como suele decirse, una afrenta. Entonces, es un aporte que funciona a partir de una sustracción, en el sentido de que le sustrae al yo su ilusión de capitaneo.
La vigencia de esa resistencia puede rastrearse en una serie de fenómenos que refuerzan, por contraste, la autonomía del individuo. Me refiero a cómo ciertos discursos sobre el cerebro tienden a presentar los procesos psíquicos como explicables causalmente, objetivables y potencialmente transparentes para el saber científico. O las sustituciones de la elaboración discursiva por formas de respuesta inmediata, automatizada o sin demoras.
En este sentido, creo que la asociación libre, como regla fundamental del psicoanálisis, contiene en sí una molestia, algo que no termina de poder ejercerse de manera plena, porque lleva en sí una premisa tácita: no importa solamente lo que usted cree que está diciendo, ni aquello que deliberadamente quiere decir. Simplemente dígalo, sin pensar en ello. Aquí el aporte estaría dado por una sustracción: sustraer el decir al dominio completo de la voluntad consciente.
Por último, retomo aquella hermosa expresión que utilizó Freud en su carta a Fliess: el secreto de los sueños. Prefiero pensar ese secreto bajo la forma del enigma. Sostenerlo es una forma de mantener abierto el trabajo psíquico, en el sentido de no cejar, incluso a través del yerro, en el intento de traducir en palabras aquello que perturba, que causa malestar, que incomoda, que nos determina. El enigma no como un acertijo con una solución lógica, sino como la condición estructural del sujeto ante el deseo y el inconsciente. Porque el psicoanálisis, finalmente, no ofrece la verdad como algo exterior que se suma al sujeto, sino que produce las condiciones para que el sujeto pueda encontrarse con aquello que no sabía de sí mismo.
Federico Fontana nació en Villa Constitución provincia de Santa Fé a comienzos de 1983, aún en dictadura. A los 23 años emigró a Rosario, donde se graduó como psicólogo en la Universidad pública. Allí recibió también, en 2025, el título de Magíster en clínica con infancias. En 2020, fundó junto con amigxs la revista digital Ubik, de la cual fue coeditor hasta hace pocos meses y donde publicó cuentos y ensayos fotográficos. Actualmente vive en Roldán.
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