Responsable de la sección: Yanina Marcucci
Cuidado editorial: Amanda Nicosia y Yanina Marcucci
Dirección editorial: Helga Fernández
—¿Cómo y cuándo descubrió el psicoanálisis?
—Hace unos cuantos años Jean Allouch visitó Buenos Aires para dar una conferencia en la Facultad de Psicología de la UBA. En esa ocasión le preguntaron ¿cómo se produce un psicoanalista? Después de unos segundos, dijo: “por casualidad”. Lo que más me gustó fue la risa pícara de Allouch luego de responder. Y es que considero que hay algo impensado en ese encuentro con el psicoanálisis, y eso me da alegría. Me gusta pensar que algo de la casualidad intervino en mi relación con él.
Crecí en Rosario, extrañando a Maque, una tía, hermana de mi madre, a la que conocí y frecuenté hasta mis tres años. En 1976 ella se exilió junto a sus dos hijos chicos y quien era su marido. Se fueron en barco a Barcelona huyendo de la dictadura cívico-militar-empresarial y eclesiástica en Argentina. Esta tía era, es, psicoanalista. De vez en cuando llegaban cartas a mi casa, escritas en papel de avión, en el sobre característico de la correspondencia que sobrevolaba el océano: blanco con un recuadro a rayas celeste y blanco. Recuerdo que eran cartas muy largas que mi abuela o mi madre leían para toda la familia, con las novedades de la tía y los suyos. Cuando entré en la adolescencia comencé a escribirle cartas a Maque con cierta periodicidad. Un día de mayo de 1989, semana de los saqueos en Rosario, Maque volvió. No traía mucho equipaje y estaba visiblemente afectada por su regreso. Traía algo de ropa, algunos cassettes y libros. Por aquella época yo, que tenía dieciséis años, empecé un análisis que no duró mucho, pero lo suficiente como para experimentar que hablar de mí en presencia de otro podía transformarme. Como quien no quiere la cosa Maque me dijo “leé esto”. Eran Las Lecciones de introducción al psicoanálisis, de Oscar Masotta. Tapa naranja, editado por Gedisa, con dibujo de Carlos Rolando. Me abdujo la lectura de esas lecciones. En ella había una manera de decir al escribir con la que no me había topado hasta entonces. Faltaba un año para terminar la secundaria. No sabía qué iba a estudiar, aunque sabía que iba a estudiar. A la lectura de Masotta le siguió la Psicopatología de la vida cotidiana, y luego La interpretación de los sueños.
Llegando al final de la escuela secundaria me tocó decidir qué iba a hacer. ¿Letras? ¿Psicología? Por un momento creí que estudiar Filosofía zanjaría el dilema. Duró poco. Opté por anotarme en Letras. Las lecturas de textos de psicoanálisis acompañaban las de lingüísticas, latines, griegos, literatura europea, argentina, iberoamericana, crítica, cosa que para algunos docentes era censurable. Terminé la carrera de Letras mientras me analicé sostenidamente, leía literatura, psicoanálisis, y escribía algo que se iba pareciendo a la poesía, pero solo para mí misma. Un día me fui de Rosario a vivir a Buenos Aires. Ahí nació mi primer hijo, y a los pocos años me fui a vivir a Caracas. Nació mi segundo hijo. Volví a vivir a Buenos Aires. Y decidí estudiar Psicología de una vez. Una cosa llevó a la otra, se dice. Siguieron más mudanzas. Mientras tanto empezó la clínica a anudar el deseo de escuchar, de escribir, de leer, de una manera diferente, de apalabrar sufrimientos, inhibiciones, síntomas y angustias, siempre, afortunadamente, en relación con otrxs. Hubo más mudanzas, una vida muy dichosa, rodeada de amigxs, en Montevideo. Hubo más regresos. Hay psicoanálisis para rato.
—¿Qué considera que el psicoanálisis puede aportar a la contemporaneidad?
—En un mundo que se derechiza cada vez más y en el que la desigualdad y el individualismo atentan contra todo tipo de lazo y la idea misma comunidad, el psicoanálisis que me interesa —no podría decir que existe Un psicoanálisis— y que intento practicar con otrxs —históricamente el psicoanálisis nunca se pensó solo— es aquel que se propone pensar, interrogar, escuchar, las subjetividades de la época con la época, las eróticas que conviven en los distintos paisajes que hacen a lo contemporáneo atravesado por condiciones históricas, políticas, materiales, sociales, culturales, donde la clase, el género y la raza no sean elementos obviables. Me interesa un psicoanálisis situado —como diría Donna Haraway—, decididamente crítico respecto de lo que el sentido común pregona, lo que va de la mano de una ética solidaria de las tensiones del malestar en la cultura. Un psicoanálisis no adaptativo, que rehúya de la normalidad como categoría psicopatológica, para que cada quien pueda identificar lo suyo, aliviar el sufrimiento, hacer con la angustia y la experiencia del vivir un lugar posible y no solo un lugar soportable.
El psicoanálisis, por su carácter subversivo, apartado de los dogmas y las certezas, es capaz de propiciar otros modos de estar en el mundo, apostar a que cada quien involucre su potencia de actuar no solo para sí sino también en la trama colectiva. En este sentido, el psicoanálisis socava las posturas moralistas a la hora de interrogar y tratar el sufrimiento humano. Aporta la posibilidad de arreglos menos dolientes, nuevas maneras de hacer con lo que falla, no sin eso, aunque no solo con eso.
Julieta Lopérgolo nació en Rosario. Es Licenciada en Letras y en Psicología. Practica el psicoanálisis. Escribió los libros de poesía Para que exista esa isla, Más lento que la noche, Pero en el aire (editados por Postales japonesas), Estado anterior (Yaugurú), El turno de la luz (La ballesta magnífica), Contra las cosas quietas (Salta el pez) y la plaqueta Agua de pozo (Ediciones arroyos). Actualmente vive en Buenos Aires. Forma parte del colectivo editorial En el margen.
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