Este escrito está sostenido en un interés compartido, que surge de una ocurrencia y un desafío: intentar poner en acto aquello que es el corazón de la proposición de Helga en este libro.
Escribir juntas fue la ocurrencia que me propuso Laura y que rápidamente acepté sin vacilar, no sin tener en cuenta nuestra amistad, en el sentido tradicional del término y no sin tener en nuestro haber la experiencia de lo que, años atrás, hiciéramos juntas: aquellas jornadas sobre la declinación paterna que tan buenas repercusiones tuvieran. Fuimos arriesgadas en aquella ocasión, por qué no volver a lanzar la empresa, ya no de organizar y convocar, sino la de componer juntas un escrito con aquello que el libro de Helga nos hizo.
Agradecemos en primer término a nuestra querida amiga y colega Marta Crespo, quien nos incitó a presentar este libro y que, ni cortas ni perezosas aceptamos gustosamente. En segundo término a nuestros compañeros de mesa con los que compartimos este espacio tan agradable, a Ariadna Mierez gestora cultural de la editorial de EEM, a En el margen, a los que se sintieron convocados a participar de esta bienvenida y fundamentalmente a Helga Fernández, autora de este libro tan original, auténtico e ineludible.
Nuestra apuesta, nuestra pretensión, fue lograr que se produjera el acontecimiento “función del amigo”. Aun sabiendo de la imposibilidad estructural de preveerlo de antemano, aun percatándonos de la ingenuidad que conllevaba intentar partir de algo que sólo puede ser leído como efecto y retroactivamente, que a veces ocurre y otras no, aun asi, decidimos intentar disponernos a ponerla en juego. Al mejor estilo Fortimbrás, que a diferencia de Hamlet actúa sin garantías absolutas, sin ningún aseguramiento ni certezas del logro, pero sí contando con ese deseo como causa.
En este sentido, decidimos lanzarnos a la posibilidad de que adviniera algo diferente a lo que se hubiera producido trabajando solas, poniendo a circular algo desde la transferencia de trabajo y haciendo a su vez resonar la producción de La función del amigo. Una tensión deseante. Desde la communitas del deseo se trata entonces de construir en el limen, esa zona indefinida que tanto cuesta soportar, pensar, teorizar y que comporta un tiempo, un espacio y una gramática donde la función del amigo si acontece, se produce, se hace y nos hace a la vez.
Entonces, teniendo en cuenta los comienzos del libro, comienzos que presentan a la correspondencia entre Freud y Flies como el lugar testimonial de la incidencia de la práctica de la amistad en los orígenes del psicoanálisis, es que tomamos esa vía: la escritura en común, con el aporte y los beneficios que la materialidad del drive nos ofrece.
¿Puede el acto escritural funcionar como zona liminal, como territorio inédito que se realiza a medida que se escribe y se deja transformar por la escritura misma? Nos preguntábamos, ¿podremos decir al final, en el tiempo en que la autora sitúa esta función, el del futuro anterior, si esta escritura habrá sido lograda desde una zona liminal? No lo sabíamos pero la apuesta fue hecha.
Una cita de Blanchot nos sirve de epígrafe para comenzar.
“La amistad, esa relación sin dependencia, sin episodio y donde, no obstante, cabe toda la sencillez de la vida, pasa por el reconocimiento de la extrañeza común que no nos permite hablar de nuestros amigos, sino sólo hablarles, no hacer un tema de conversación, sino el movimiento de convenio, de que, habládonos, reservan incluso en la mayor familiaridad, la distancia infinita, esa separación fundamental a partir de la cual lo que se separa se convierte en relación”
Los comienzos del libro presentan esa correspondencia Freud-Fliess / Viena-Berlin como un lugar central en el desarrollo del asunto, pero no será el única. Será uno de los lugares donde Helga ensaya la puesta a prueba de la función del amigo con toda su originalidad, con toda la novedad que la invención del sintagma constituye para el psicoanálisis.
¿Por qué algo que funcionó desde los orígenes nunca pudo ser tenido en cuenta? No sólo por Freud ni Lacan, tampoco por aquellos que propiciaron distintas versiones de los orígenes a lo largo de la historia, en las cuales se trató, a veces de domesticar, otras de edulcorar o de idealizar un comienzo que, lejos de ser una panacea, surgió de un proceso colaborativo, desordenado y humano. Por encima de esta pregunta sobrevuela la figuración de otra ficción de los orígenes para el psicoanálisis.
La autora propone que la función del amigo operó en el psicoanálisis aún sin ser nombrada. Dar nombre para dar lugar, lo cual es fundamental para ser sostenido como práctica. Encontramos en este descubrimiento y luego en todo su trabajo de nombrar, bordear, describir, aquello que constituyó la condición de posibilidad del psicoanálisis mismo. Recordemos que Freud pudo hacer lugar, escuchar y formalizar aquello que en los discursos contemporáneos fue expulsado, desechado y excluído como obstáculo. Como diría Emilio Rodrigué, él pudo hacer con lo que era del orden del obstáculo un hallazgo. Nosotras podemos afirmar que hay en esa potencia de hacer con el obstáculo, en este caso con lo no dicho, no nombrado, una invención. Creemos que allí está el gran hallazgo de Helga Fernández con la función del amigo.
Varias escenas la componen, además de la mencionada correspondencia; la de San Agustín y los hermanos de leche; aquella escena memorable de Hamlet y Laertes luchando en la fosa, lanzados al agujero del que cuando saldrán ya no serán los mismos. Están también las inventadas, imaginadas o tal vez vividas por la autora, hay otras rescatadas de una novela o una película, todas ellas, tenemos que decir, deliciosamente narradas, desarrolladas y nombradas: las nenas del charco, el monstruo de las nubes, el jardín del cosmos.
La lectura de esta parte medular del libro nos llevó a evocar aquel ensayo escrito por Borges, el breve texto titulado: «El idioma analítico de John Wilkins» en el que menciona esa supuesta enciclopedia china, que magistralmente comenta Foucault en Las palabras y las cosas. ¿Por qué? Porque a pesar de la disimilitud, la heterogeneidad de esos elementos, así como esa enciclopedia borgeana, esas escenas extraídas de lugares tan distintos consolidan una serie, «hacen serie», “dejan de ser ejemplos sueltos y se articulan como variaciones de una misma operación. El nombre no las enlaza; las hace legibles en su afinidad estructural. Una gramática afín que no borra las diferencias”, dirá la autora.
Nos percatamos de que si Helga logra iluminar las múltiples derivas en que se puede reconocer dicha función, no es sin antes realizar una operación clave que sirve para entender, ubicar y advertir en qué campo semántico quedan subsumidos además de los comentadores, también Freud, Lacan y también Allouch: confundir como “lo familiar y conocido” aquello que se trataba de poder soportar como “extrañeza del acontecimiento”.
“Un amigo no es un hermano” es un capítulo que tiene un lugar central en tanto produce una diferencia que no es una cuestión terminológica. Pensar la amistad por fuera de las coordenadas del parentesco, pone en juego la apertura en el lenguaje de un espacio donde la lealtad no exija, tal como ella lo dice, el sacrifico del otro sino que celebre su irreductible otredad. Diferencias abismales que se escabulleron tanto en Freud como en Lacan. Tal vez porque la autora no se deja domesticar por lo establecido, es que lee este vicio familiarista y avanza en decir algo nuevo, más allá de la lógica fraterna y edípica.
De esta diferencia parte lo que ella empieza a componer y que no estaba formalizado en el psicoanálisis, lo cual, parafraseando a Charcot: “eso no impide que las cosas existan”: no es una invención porque no existiera sino porque nunca había sido formalizado. Podemos subrayar que esa invención, lejos de ser un capricho, supone leer la insistencia y atreverse a ir más allá desde esas intuiciones para desplegarlas y darles consistencia.
Porque Helga cosecha en el limen es que puede inventar, porque lee a la letra es que encuentra perlas e intuiciones no desplegadas, porque la anima un deseo decidido de avanzar más allá de lo dicho es que puede desplegarlas. Se deja atravesar por otras lógicas, cruza fronteras, sacude al discurso y hace discurso a la vez sin perder rigurosidad.
Se toma el tiempo y el trabajo de leer las cartas de Freud y Fliess, a Lacan, a Hanna Arendt, a Derrida, a Winnicott, a Turner, a Allouch. Con la minuciosidad que la caracteriza explora, desmenuza, analiza, descifra, investiga, se arriesga. Así también hace de las escenas puestas en serie: Hamlet, el jardín del cosmos y el monstruo de las nubes, una composición coral y un concierto polifónico que dejan escuchar algo que consideramos no sólo “novedoso” sino fundamental como instrumento conceptual para la clínica: “los estados del objeto”. Si bien podemos leer en Lacan el objeto abyecto, el resto, y el objeto causa, y leer cómo por momentos se localiza una clara diferencia, también se deja leer que por momentos se equiparan. Para Lacan, ¿el objeto resto que cae de la operación de división entre el Sujeto y el Otro, no es también el que una vez caído funciona como causa? Pensamos que es la autora, y no Lacan, la que los diferencia radicalmente dándole a cada uno la condición de estado y pudiendo pensar así la transmutación del objeto. Esto constituye otro gran hallazgo y un aporte imprescindible para la conducción de un análisis y para la función del analista.
Helga Fernández va a proponer una vecindad estructural entre la función del amigo y la función del analista que en definitiva es la vecindad que hay entre el duelo y el deseo. Vecindad estructural es eso, vecindad, cercanía, no son lo mismo. El a no está puesto en juego de la misma manera en la función del amigo, así como no está instrumentado el a de la persona del analista si hay función deseo del analista. Pero ambas prácticas, en su diferencia, al ceder la falta y habitar el vacío sin esperar equivalencia, comparten la inexistencia del Otro y acompañan la extracción, movimiento y transformación del objeto como causa.
Llegadas a este punto de los comentarios y apreciaciones del libro, encontramos que lejos de idealizar la función del amigo, la autora lee desde ella las operaciones sobre las que circula o se estanca el lazo, el analítico también. Se sirve de ella en tanto operador al proponer que es aquello que en todo lazo resiste a la fijación.
Creemos que así, en acto, este libro y su propuesta, que abrevan en la comunidad del agujero, en la lógica del don y del potlach, en el de otra economía que la mercantilista, contra efectúan el modo autómata que los tiempos neoliberales y digitales están imprimiendo a la palabra, como le hemos leído en otras publicaciones, augurando una palabra encarnada, un saber implicado y en interlocución permanente, no solipsista, inacabado e incompleto.
La función del amigo propone y ofrece todo lo que la tecnociencia hoy obtura: lo que transforma, lo que circula, lo que cede, lo que hace pasar, lo que contiene sin retener y a la vez libera. En este operador, el amigo es un otro que no es un espejo, no es un individuo, no es un consumidor ni posee el objeto, e introduce una terceridad que interpela sin capturar.
Si el capitalismo fetichiza la posesión, la función del amigo subraya y se sostiene en la cesión y en la inter-cesión, en la communitas de cedentes que potencian el vacío.
He aquí una función política que se suma a la clínica y a la poética.
Por último queremos plantear en esta presentación un interrogante: si para el psicoanálisis la función del amigo fue lo que no se pudo tener en cuenta, lo desestimado, lo desechado, tal como lo fue la sexualidad antes de Freud, entonces, ¿no es Helga Fernandez la intercesora, quien pone en juego, bordea, cede y cierne la función del amigo para el psicoanálisis?