Cuidado editorial: Marisa Rosso
Imagen: Roger P. Watts
LA ESCENA ES DOBLE. O bien hay dos escenas. O bien es una escena que se repite con variación. Desde el psicoanálisis se sabe que la efectividad del trauma se da en dos tiempos; sostengo que también su elaboración. Desde la filosofía materialista se sostiene el anudamiento entre vida y concepto; aquí lo pongo en práctica y me expongo al hacerlo.
Los términos puestos en relación en la escena son al menos tres. Se cuestionan, se anudan, se solicitan, se co-implican. La escena del tres es el amor; pero no es nada simple. Su potencia es singular, genérica, infinita. Que se les denomine por ejemplo madre, padre, hijo resulta circunstancial. Los enredos históricos y míticos de estos términos son conocidos pero secundarios: patriarcales, edípicos, ensamblados o deconstruidos. Pues allí se anudan los eternos enigmas de la vida, la muerte, el deseo, los lazos generacionales y la transmisión, las relaciones intra e interespecies, las herencias, legados y mandatos recibidos. En definitiva, siempre que hay nacimientos se trata de multiplicidades ancestrales, archifósiles disueltos en el aire o el agua, partículas cósmicas elementales que se recombinan otra vez, y cada vez única, en nuevos cuerpos y mentes singulares.
Los afectos suscitados en la escena son variables. En principio, los tres básicos que deslinda Spinoza: deseo, alegría, tristeza. Y sus combinaciones, que no son completamente spinozianas, van de la vergüenza al contento de sí; de la angustia al disfrute y la beatitud; de la pérdida irreparable que se duela al encuentro fortuito que se festeja. Nadie sabe lo que puede un cuerpo hasta que no encuentra la causa de su deseo; hasta que no se ejercita como conviene a su propia complexión y entiende lo que aumenta o disminuye su potencia; hasta que no halla la idea adecuada al caso. Puede llevar más de una vida encontrarla, cultivarla, desarrollarla y transmitirla.
La primera escena transcurre principalmente durante el año 2014 y parte de 2015. Estoy por ser padre por primera vez, tengo 36 años y he alcanzado cierta estabilidad económica, laboral, afectiva. He publicado mi primer libro de filosofía, producto de la tesis doctoral. Allí abordo el anudamiento del sujeto, descubro la implicación material. En agosto fallecen mi padre y mi abuelo. Presento el libro. El 12 de octubre me disparan en un asalto callejero. Faltaba poco más de un mes para que naciera mi hija. Estoy todo ese mes internado en terapia intensiva con respirador y pronóstico reservado. Cuando logro salir, al poco tiempo nace ella. Apenas podía sostenerla en brazos, pero fui recuperando la fuerza de a poco con ejercicios y ampliando la capacidad de renunciar al sueño para dormirla cada noche. A pesar de todo el amor que nos llevó a concebir a nuestra hija, la convivencia no funciona y con su madre decidimos separarnos.
Antes de pasar a la segunda escena, o a la repetición con diferencia de la misma, sucede un impasse mayor: la pandemia. Allí todo lo vivido anteriormente se resignifica. Encuentro el valor de la filosofía como ejercicio y forma de vida; encuentro el contento de sí y una felicidad sosegada en leer, meditar, escribir. Trato de hacer pasar esta práctica a otros, publico varios libros en pos de ello, apuesto también por la difusión en medios digitales; pero el uso de redes termina siendo un pharmakon que declina mayormente por el lado de la intoxicación y el desencuentro. La salida de la pandemia resulta una vuelta ansiógena a una supuesta normalidad desesperante, donde todos los problemas se han agravado: terreno más que propicio para la filosofía.
La segunda escena transcurre entre agosto de 2025 y agosto de 2026. Nos mudamos con mi actual pareja, cambiamos de barrio, de ciudad, elegimos un lugar más verde y tranquilo, con mucho más espacio entre vecinos y calles de tierra, sonidos multiplicados de aves y aromas intensos de flores silvestres por doquier. Fue un paso decisivo, no sabíamos hasta qué punto necesitábamos ese cambio hasta que no nos instalamos en el nuevo hogar. Brotó una alegría inesperada y vino, sin planearlo para nada, la segunda hija. También lo decidimos por amor, producto del deseo, pero nos dimos cuenta retroactivamente.
Aquí es importante detenerse a considerar ciertos pasajes afectivos que entendí gracias a conceptos clave. El verdadero entendimiento de un concepto, de una vida, sucede en su mutuo anudamiento.
Cuando me dispararon sentí vergüenza más que miedo, vergüenza de ser objeto de algo tan manoseado y vil como la inseguridad. Luego, el tratamiento mediático del caso no hizo más que reforzar la idea de ese sentimiento penoso: ser de clase media en Argentina, como supieron Arlt y Masotta, resulta una posición insostenible, entre la aspiración ideal y la precariedad institucional; ser víctima de un simple asalto callejero mediatizado entra así en una serie de meandros contradictorios entre ideologías progresistas y punitivistas que nada quieren saber de la singularidad del caso. Por el contrario, el contento de sí es la alegría que emerge de considerarse a sí mismo y considerar la propia potencia de obrar, no depende de ninguna medida ni comparación con otros. Cuando pude recuperar cada función corporal: respirar, comer, beber, caminar, ejercitarme, encontré a cada paso esa alegría elemental junto a la irreductible perseverancia en el ser. Pude hacerme una idea adecuada de lo que puede un cuerpo, en este caso, el mío.
Antes de mudarnos, en cambio, había una angustia latente que se agudizó tras la pandemia: seguir viviendo donde estábamos empezó a volverse asfixiante. Cuando finalmente pudimos mudarnos, algo que parecía imposible, el alivio fue enorme: la alegría del cambio nos transformó. Pude sentir el disfrute como lo describe Spinoza: una alegría integral en la cual el cuerpo entero se ve afectado sin perder su relación singular de movimiento y reposo. Aun así, los fantasmas del anterior nacimiento rondaban la escena, cierta inseguridad indefinida que solo se iba disipar con el nacimiento efectivo.
El entendimiento de estos conceptos y los pasajes afectivos han sido posibles en la captación retroactiva, gracias también a la noción de ejercicio que cultivo. Es necesario ejercitarse en múltiples dimensiones para captar lo que puede un cuerpo y su potencia singular. El aumento de la potencia de obrar no es cuantitativo ni numérico, es nodal e integral. La potencia de pensar aumenta en la implicación material, en el modo de conectar las dimensiones en juego. Retroactivamente entendí todo mi trayecto vital, mi proceso de composición corporal y conceptual al mismo tiempo.
Pero continúo con la segunda escena. No obstante la alegría, el disfrute, mi cuerpo dolido por las hernias de disco y la ausencia prolongada de entrenamiento me hacían dudar de mi capacidad para sostener en brazos nuevamente, dormir a la bebé renunciando al propio sueño y demás exigencias de la crianza. A las pocas semanas de que naciera, empecé a sentirme mejor, con fuerzas renovadas y sin tantos dolores. Empecé a entrenar en un nuevo gimnasio y esta vez me evaluaron integralmente para saber cómo sería mi rutina; para sorpresa de todos estaba mucho mejor de lo que creía. Incluso siento que he recuperado fuerza y estabilidad, un mayor sentido de integralidad en los movimientos. Otra vez el ejercicio y lo que puede un cuerpo me sorprenden, pero ya he alcanzado una idea adecuada al respecto que es lo que trato de transmitir.
Lo anticipé en lo que escribí cuando vimos la ecografía 4D de Vera. Hay un registro corporal imaginario, otro simbólico y otro real. Su anudamiento nos da la idea adecuada de lo que un cuerpo puede. Lo pensé para ella, y me doy cuenta de que también me implica: poder levantarla y sostenerla con amor requiere entender esa misma idea del cuerpo que vengo desplegando en diversas escrituras. Como la escritura de su madre que me alcanza y sostiene en sus gestos propios y en el reconocimiento de los efectos. Algo de la insistencia escrituraria ha hecho cuerpo y ha pasado, late y vive. Ahora lo sé y lo siento.
No voy a repetir lo ya escrito, solo que ahora entiendo la esencia actual de mi cuerpo, el conatus, y cuento con una idea adecuada para expresarlo: la implicación material. Hay que pasar varios vaivenes afectivos, alegrías y tristezas en momentos críticos, para cifrar la constante del deseo. Hay que mudarse, cambiar de lugar, de piel, de pareja, hasta de lugar de entrenamiento, para reencontrar eso que se es. Cuando decimos que aumentamos la potencia de obrar o existir no es que podamos más en sentido cuantitativo o numérico; podemos más en sentido integral, conectivo, nodal, implicatorio. Si últimamente escribo de manera cada vez más condensada y precipitada es porque anudo lo que ya he escrito en múltiples tiempos y lugares, porque confío en que las y los lectores sabrán ir a buscar, si el deseo les llama. No sé si eso es madurar o volverse viejo, yo me siento mejor, más tranquilo y deseante, más abierto al disfrute sin temer tanto el infortunio, más real y concreto.
Esto último no quiere decir que no puedan volver afectos tristes, producirse malos encuentros, o arrastrarnos las pasiones desatadas; pero lo cierto es que poder dar cuenta de los trayectos realizados con conocimiento de causa prepara mejor para afrontar lo peor. Así entiendo y practico la filosofía como forma de vida.
Mendiolaza, 24 de septiembre de 2026.
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