Imagen de portada: Marian Torres.
El 17 de octubre de 2026 tuvo lugar la presentación pública de La función del amigo. una tensión deseante. En el margen (2026), en la librería Casa Tomada de Ciudad de México. La convocatoria fueorganizada por E-dicciones Justine y En el margen . Presentaron sus trabajos Helena Maldonado, María Alejandra De La Garza, Jesús Martinez Malo y Eumir Farcug. En esta oportunidad publicamos el texto de Jesús Martinez Malo.
Un libro así no aparece con la frecuencia que quisiéramos o que yo quisiera. Lo digo porque La función del amigo. Una tensión deseante, de Helga Fernández, introduce algo completamente nuevo para lo que nos habita y nos ocupa a muchos de los que estamos hoy aquí: el psicoanálisis.
La función del amigo es un concepto, perdón me interrumpo a mí mismo porque me pregunto ¿acaso es un concepto o es más bien un tema? Me parece que hay mucho más de un concepto o de un tema en juego en los planteamientos de Helga. ¿Será entonces una mera suma de esos temas, elementos, puntos, reflexiones? o ¿es acaso el planteamiento de un desarrollo teórico nuevo? ¿El libro es el testimonio de una práctica o de ese algo tan visiblemente diverso, nada uniforme, medio amorfo que es lo que sucede en el “espacio de escucha”, como ella prefiere llamar al ambiguo término de consultorio? Sí, a mi me gusta más eso de “espacio de escucha”, definitivamente, pues dicho espacio para dicha función específica —la escucha analítica— no debe confundirse ni siquiera semánticamente con un espacio nombrado como consultorio, pues los hay de consultoría financiera, legal, jurídica, psicológica y, por supuesto, médica, entre otros. El análisis, tal como ella lo percibe y lo formula nada tiene que ver con lo que se puede consultar en un consultorio, en cambio es mucho lo que se puede escuchar en un espacio destinado precisamente a eso, a escuchar, pero a condición de que sea de cierta manera. Y me parece que esa escucha, en ese espacio de escucha, le ha permitido a Helga reflexionar, poner en orden sus ideas, hilarlas, acomodarlas, escribirlas, plantearlas y debatirlas con un público que esté dispuesto a escuchar lo novedoso de su planteamiento, ya que éste es algo no novedoso sino totalmente novedoso. Volviendo al tema del consultorio y la consulta, el psicoanálisis es otra cosa diferente a una o varias consultas y algo de lo que trata este libro que hoy comentamos es “algo” que, hasta donde sé y hasta donde he leído y conversado con otros, ha estado completamente fuera de todas las elaboraciones teóricas existentes, así como del ejercicio práctico.
Este libro, por sus novedosos planteamientos y por el estilo propio de escritura de Helga, resulta una formulación muy refrescante en medio de un árido desierto pletórico de comillas y de citas, de sintagmas que se repiten hasta el hartazgo sin que muchas veces los autores sepan qué quiere decir tal autor citado y recontracitado con esos sintagmas convertidos en formulitas que nada dicen cuando se usan al por mayor para mostrar “cuánto se sabe” de un determinado autor. Abundan los compilado/repetido/citadores en nuestro medio, particularmente de Lacan; están por todas las latitudes los que escriben, además, en “lacaniano”, que de tan “avanzado” resulta críptico e inentendible. Es por esto que, entre otras cosas, La función del amigo es un libro con un planteamiento de ides que resulta fresco y oportuno, ideas sostenidas en un ejercicio que la autora nos ofrece; ideas que bordean al psicoanálisis pero no para quedarse fuera del límite que circunscriben sus bordes; ideas de la autora que no tocan de “refilón” o de pasadita al psicoanálisis, sino que lo penetran, lo atraviesan, lo cruzan, se detienen, lo miran, lo olfatean, lo palpan, lo retan con su mirada y sus palabras, lo interrogan, le preguntan, lo critican, lo observan desde adentro y desde afuera. Helga le da la vuelta al psicoanálisis, lo zarandea y lo cuestiona, le plantea sus dudas, pero también, como decimos en México, le mueve el tapete con sus observaciones, cuestionamientos, certezas y conclusiones. La autora, insisto, lo pone en cuestión; desde su historia misma, con los personajes que la construyeron, así como con los autores que se han ocupado de ella. Es inclemente con esa historia, con sus personajes y con sus comentadores.
Todo esto hace Helga Fernández en este ya importante libro. Sus planteamientos tocan por afuera y por adentro a los sólidos edificios teórico/clínico/práctico/espistemológicos freudianos, lacanianos y demás apellidos que ustedes quieran agregar. Va, como decíamos, de un borde al otro de eso que es el, perdón, iba a decir el psicoanálisis, pero mejor diré, los psicoanálisis, porque si bien el psicoanálisis, en su ejercicio, es aquello que va de lo particular a lo particular, tampoco se pueden negar que existen, dese sus inicios, intentos, algunos con éxito y otros no, de hacer de las palabras de algunos las tablas de la ley, recurriendo a una ortodoxia obscena por sus estrechos “encuadres”. ¡Cómo me disgusta esta palabra, ¡“el encuadre”! Me remite a cuadro, a algo que está enmarcado, fijo, delimitado por un marco del que no se puede salir porque está mal visto, aunque por otro lado quien se sale muchas veces llega a lo contrario, que sería, como suele ocurrir con mucha frecuencia, poner todos los ingredientes en un gran recipiente y mezclarlos produciendo una indigesta ensalada. Prefiero, con mucho, usar el término dispositivo.
El ejercicio del psicoanálisis implica tener en cuenta los diferentes modos en los que lo practicamos, o lo leemos y lo estudiamos por las muy disímiles formas en las que fuimos tomados, atrapados, aprehendidos por esas prácticas y lecturas, pero también, y cosa no menos importante con relación a la práctica, no sé ustedes, pero yo sí sostengo que la práctica del psicoanálisis va de lo más particular a lo más particular. No hay cabida para los sacrosantos universales en el psicoanálisis y si esto es así, no podemos dejar de afirmar que toda sesión de todo analizante se ejerce, se lleva a cabo de muy diferentes maneras. Cada sesión necesariamente es diferente a la que le sigue y a la que la precedió. Si esto es así con todo aquel que se acuesta en un diván, ¡qué podemos decir con relación a lo que es nuestra práctica al tener a más de un analizante! Toda sesión de cualquiera es diferente a todas las demás de todos los demás. De esas particularidades provienen distintos estilos de ejercerlo, así como las muy disímiles elaboraciones teóricas y hasta doctrinarias, aunque ¡Dios nos libre! el psicoanálisis no es una religión ni un adoctrinamiento, aunque es cierto, sería muy necio negarlo, existen diversas y múltiples agrupaciones que forman iglesias, capillas, capillitas y hasta catedrales, algunas con nombres tan pomposos que hasta mueven a risa, que funcionan con todo y sus feligreses además de sus oficiantes. Las instituciones analíticas también son interrogadas y, sobre todo, muy cuestionadas por Helga, su libro lo muestra claramente y han producido en mí estas reflexiones.
El amigo, la amiga y la amistad han estado ausentes de los múltiples, babélicos y muy polimórficos decires que conforman los muy variados discursos psicoanalíticos a pesar de que, como lo muestra nuestra autora en los dos primeros y en el último de los capítulos de este que ya es nuestro libro; capítulos que plantean, a mi entender, los elementos que forman los pilares que le sirvieron para forjar esta función que ella nombra del amigo. Insisto en la importancia de la palabra función, no se puede perder de vista esto como no lo hace ella a todo lo largo de su texto pues no se cansa de repetir que de lo que se trata es de una función, más allá del hecho, de lo fáctico, lo histórico o lo contingente que puede surgir y encontrarse en la amistad o en una amistad en particular. Entonces, no se trata solamente de la amistad o del amigo, sino de una función. Y si hace un momento usé y dije que ya era “nuestro” el libro de Helga Fernández, es porque, les pregunto, ¿acaso ustedes no se apropian de un libro que los inquieta a tal grado que los atrapa y de ahí en más ya no los deja en paz hasta que lo terminan o incluso hasta tiempo después de hacerlo? Eso me pasa a mi cada vez que leo un libro que me atrapa, por ejemplo, de Pascal Quignard, de Bernard Schlink, de Julian Barnes o de Paul Auster, noten ustedes que he mencionado tan solo a cuatro de mis favoritos y todos son literatos y no psicoanalistas, pues entre estos últimos hay menos, mucho menos que poetas y novelistas que me interesen, por la sencilla razón de que hay, para mí, mucho menos libros de psicoanálisis que me atrapan y me habitan que de literatura. Insisto, para mí, no cualquier libro de psicoanálisis me “agarra”. Afortunada o desafortunadamente soy muy, tal vez muy demasiado crítico. Pero, aun así, entre los psicoanalistas también hay algunos cuyos planteamientos y escrituras me han atrapado para no soltarme jamás. Desde ahora incluyo también a La función del amigo. Una tensión deseante, de mi amiga Helga Fernández y que hoy me honro en presentar.
Y ya que he dicho algunas cosas que son del orden de lo general respecto lo que produjo en mi la lectura de estas casi cuatrocientas páginas, el poco tiempo que me queda me limitaré, más que a hablar, pues el tiempo es escaso, a señalar unos cuantos puntos de los apartados que, considero que no tratan absolutamente de ninguna otra cosa más que de psicoanálisis y que le permitieron a la autora desarrollar su Función del amigo. Me refiero a los dos primeros apartados, que llevan por nombre, respectivamente, “La invención del lazo” y ”Un amigo no es un hermano” -cada uno de ellos con sus dos umbrales- y el último apartado que está colocado antes de los dos exergos, el llamado “Soberanía huérfana”, también con sus dos umbrales, por cierto, creo que Helga usa este significante en su acepción de “Paso primero y principal o entrada de cualquier cosa”, según el DRAE.
Freud, nos dice la autora, “escribe cientos de veces “mi amigo” y usa los términos “amistad y “amistoso” en muchas ocasiones, habla de amigas y amigos presentes en sus relatos o viñetas de casos, pero sin comentarios o elaboraciones, digamos “teóricas”, ni mucho menos de una función de la amistad. Lacan, por su parte nombra, en un sentido coloquial, a Lévi-Strauss, a Merleau Ponty o hasta a Jakobson, entre otros, como sus amigos, incluso a su analizante y alumno, Serge Leclaire, lo llama “amigo”, pero tampoco existe ninguna elaboración ni comentario alguno más allá del uso coloquial que hizo del significante amigo. Yo dudo que más que amigos, esas otras luminarias que he mencionado, eran sus interlocutores. En verdad desconozco -y miren que mis lecturas de y sobre Lacan no son escasas- si tenía amigos. Me pregunto si Lacan en verdad tuvo verdaderos amigos o sólo interlocutores, así como cientos o hasta miles de analizantes, muchos miles de alumnos y aduladores, controlantes y demás. Henri Ey, su añejo colega en sus lejanas travesías psiquiátricas en las guardias y en los pabellones de Sainte Anne, hablaban, comentaban, discutían, pero ¿eran amigos? Cuando Lacan funda su École freudienne de Paris, Ey, sin pensarlo mucho rechaza la invitación que le hiciera Lacan para hacerse miembro de SU escuela, nótese la acentuación del posesivo. ¿Preveía su excolega lo que el futuro podría depararle allí? Como dice nuestro gran poeta, por supuesto me refiero a Octavio Paz, en su excelso poema “Pasado en claro”, al hablar de su infancia en la vieja casona de su abuelo en el viejo barrio de Mixcoac, dice: “las familias, esos nidos de alacranes”. ¿Algo así percibió el organodinamista Henri Ey y de ahí su categórica negativa?
He mencionado en boca del poeta a la “familia” y Helga no pasa de largo en su cuestionamiento de la institución psicoanalítica a este significante, comentando muy críticamente, como toda crítica debe serlo, a la relación, al papel que hija y yerno, jugaron respectivamente en las vidas de Freud y de Lacan -y hasta en la muerte de este último-, así como en los legados que dejaron y que dieron formas a los destinos del psicoanálisis cuando sus cuerpos dijeron “ya basta, ya no más” y se detuvieron para siempre.
A lo largo del libro asistimos al forjamiento de la función del amigo, de la que, nos dice la autora, es una práctica que surge en un espacio liminar (en el umbral, en la entrada) en la vida de relación de alguien con otro o con otros. Además, leemos sus interrogantes y sus respuestas sobre la incidencia de la función del amigo dentro del campo del psicoanálisis.
En la historia de la concepción, la gestación y el nacimiento del psicoanálisis está la amistad. Es como si, refiriéndonos a nuestro campo, dijéramos, parafraseando a Juan, “en el principio fue la amistad” o “en el principio era la amistad”, o más aún, “en el principio estuvo el amigo”. Todos estos tres sintagmas podrían usarse cuando al hablar o escribir de la historia del psicoanálisis Helga comenta tres versiones de otros tantos autores que se dieron a la tarea de ir en busca del Santo Grial de una historia que a fin de cuentas construyeron, resultando versiones que son bien diferentes entre sí. ¿Cuál es la buena o por lo menos la más verosímil e incluso verdadera? Todas y ninguna. La veracidad de una historia, nos consta en nuestra práctica cotidiana, no es siempre la que se apega a los hechos fácticos, pero no por esto deja de ser verdadero lo que el sujeto relata cuando está en la posición horizontal tendido en un diván mirando al techo. Ninguna historia se apega en su totalidad a la realidad —¿les resuena eso de que “la verdad tiene estructura de ficción”?— no se apega a la realidad concreta, objetiva, externa, material, no, de ninguna manera no. ¿No hay acaso una novela familiar o hasta una novela de vida que cada quien se construye como puede o como diría Lacan, “cada quien construye su propio nudo como puede”? Qué aburrida sería la historia de cada uno de nosotros si no la condimentáramos con una buena dosis de nuestras fantasías, más no de los fantasmas. (fantaisie = facultad de imaginar, imaginación, fantasía; fantasme o phantasm = fantasía; fantôme, de esprit = fantasma, el aparecido).
Ernst Kris, Didier Anzieu y Octave Mannoni escribieron sendas novelas de Freud, teniendo como protagonista secundario —como se hace en las películas— a Wilhem Fliess. Otra protagonista fue la amistad que hubo entre ellos. La autora nos muestra en unos cuantos párrafos qué dijo cada uno de tres mencionados sobre la relación tan intensa que hubo entre ambos amigos que incluso llegaron a rivalizar paternidades teóricas y hasta a situar a uno, Freud, como analizante del otro, Fliess, por el lugar que el primero le otorgara al segundo, aquel en quien es instalada la función —una función también— del sujeto Supuesto al saber. No hay puntos en común en estas estas tres versiones; son tres historias llenas de lagunas. Afortunadamente tenemos, además y sobre todo, lo que quedó de la correspondencia entre ellos, misma que fue expurgada, por no decir censurada, por el mismo Kris, el biógrafo Jones y Ana la hija consentida.
¿Acaso, como acto de justicia, tendríamos que incluir a Fliess en esta categoría y hablar de descubridores del inconsciente y de creadores del método que condujo a la práctica del psicoanálisis? Me parece que no, aunque esto no le resta ni un ápice a la importancia del papel que Fliess jugó en esta relación de odioamoramiento.
Cito: “¿Por qué no pensar que la piedra angular del psicoanálisis fue la práctica de la amistad?”, se pregunta y nos pregunta Helga casi desde el primer párrafo de este segundo “umbral”. “Si la piedra angular” fue para Freud y para quienes le siguieron y a él retornaron en la segunda mitad del pasado siglo —me refiero por supuesto a Lacan y a la consigna que promulgó y que le sirvió de blasón, el cual llevó en ristre en los medios psicoanalíticos de la década de los cincuenta— decía que si la “piedra angular” fue la transferencia, entonces tendremos que añadir otra piedra de este mismo tipo, angular, que fue el descubrimiento del inconsciente y sus mecanismos, descubrimiento realizado a partir de intentar responder a las preguntas que Freud se hizo respecto a los enigmas de sus propios sueños y de los ajenos también, así como por las otras producciones de ese enfant terrible que es el inconsciente y de sus poderosos y traviesos mecanismos, todos los cuales, si nos detenemos a pensar en ellos por unos cuantos segundos, tienen que ver con el lenguaje y sus tentáculos.
Pero ¿y en las instituciones psicoanalíticas ha pasado lo mismo? Es decir, ¿ha sido la amistad y su práctica la “piedra angular” de ellas, de sus nacimientos, de sus funcionamientos, de sus sobrevivencias o de sus desmembramientos y fallecimientos? Esto nos obliga a plantearnos la pregunta ¿qué pasa con la función del amigo en las instituciones analíticas? ¿Ha tenido o tiene un lugar en ellas? ¿Tendría cabida como “piedra angular”? Desde la creación del Comité Secreto y sus siete nobles y aguerridos caballeros portadores del don freudiano que fue el anillo con el que Herr Professor los distinguiera, hasta la creación de la Sociedad de los Miércoles y luego de la Sociedad Psicoanalítica de Viena, después la de Berlín así como las de Budapest, París y Londres, ¿la amistad estuvo en juego? Más bien, diría yo, la transferencia y, por qué no decirlo por su nombre, la especularidad y la consecuente rivalidad, la agresividad y los celos relacionados al amor del “maestro”, que no es el amigo. Y después, en la celebérrima École freudienne de Paris que agrupó a multitudes de feligreses, así como en la desbandada posterior que ocurrió con su disolución y la muerte del Maestro —con M mayúscula— y la consecuente formación de otras escuelas, causas, asociaciones y grupos, ¿la amistad estuvo presente? Helga responde a estas preguntas sobe los orígenes planteando que “quizás el problema no sea identificar el origen verdadero sino leer porqué ciertas versiones prosperan mientras que otras permanecen silenciadas”.
¿Tendrá que ver para que una institución sobreviva y funcione, aquello de lo que una de tantas escuelas formuló desde su misma creación en términos de la construcción constante, permanente y problematizada de una doctrina que no termina nunca de revisarse, cuestionarse, modificarse, es decir que no se coagula en la inmovilidad por la falta de crítica y que todas estas condiciones apelen, convoquen, más que a un personaje, a un estilo de trabajo que posibilite el funcionamiento de una comunidad no de analistas sino una comunidad analítica? Me refiero a la escuela a la que Helga, Helena y yo mismo decidimos acercarnos y permanecer en ella.
Me parece que “la piedra angular” de Helga, la función del amigo, que ha estado hasta ahora sin relación alguna con el psicoanálisis, por la total exclusión que ha existido en él desde sus orígenes, me parece, decía que la lectura del libro nos permite ver que, de alguna manera, propone la inclusión de esta función en el campo freudiano, propuesta que es una apuesta de Helga, propuesta que es una apuesta de inclusión a partir de los planteamientos críticos presentes, desde mi punto de vista, sobre todo al principio y al final de su libro.
Y, para terminar, un par de preguntas a mi querida amiga y autora.
Hacia el final del primer umbral, Helga, dice algo que en verdad me dejó sorprendido y que ahora que ella está en esta misma mesa tengo la oportunidad de preguntárselo, pues su afirmación es, me parece, muy fuerte, muy pesada y creo que merece un comentario. Afirma que, cito, “la amistad, por estar hecha de la misma materia que el deseo, conlleva su agresividad estructural”, mi pregunta es pues, sobre el deseo, ¿de qué materia está hecho éste y por lo tanto la mismísima amistad de la que ella escribe?; y, unos renglones después, vuelvo a citar: “Si la función del amigo opera, lo hace introduciendo una alteridad que molesta, que raspa, que impide la envoltura narcisista. Una topología donde amigo y enemigo no son opuestos lejanos, sino el anverso y el reverso de la misma superficie”. Ya que se trata de una topología, ¿no cabría esperar más bien, puesto que se habla de una misma superficie, que se trate de una banda de Möebius en la que por la torsión que se hace al construirla, lo que eran dos superficies —anverso y reverso— dejan de existir y se convierten en una sola superficie en la que circularían en un continuo, cual hormigas de Escher, la amistad y la enemistad, el amor y el odio, o, en otras palabras, el odioamoramiento?
Muchas gracias Helga querida por tu libro y por tu muy apreciada y valorada amistad; muchas gracias a ustedes por la paciencia para escuchar algunas de mis necedades respecto a esta práctica que practico desde hace un buen rato.
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